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  terror > Asesinos en serieun grito desesperado

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se publicó en la web el 25 de Octubre del 2006

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  Categoría: terror > Asesinos en serie
  Titulo:

Nunca pensé que terminaría así… encerrado, esperando paciente mi muerte. Claro que no siempre tuve una vida de prisionero. Resulta que yo era antes una especie de noble, una especie de persona influyente en la sociedad; no un prisionero de ella. Yo vivía en una gran casa en las afueras de la ciudad, muy cerca del lago. Aquel lago siempre me inspiró una mezcla de sentimientos difíciles de describir. Era algo intermedio entre respeto y fascinación. Pasaba la mayoría de mi tiempo libre contemplando las oscuras aguas del lago, tratando de encontrar una explicación a aquellas sensaciones. El diez de Mayo llegó al pueblo una mujer, de nombre Amelia. Proveniente de París, escapando de la gran Revolución, esta muchacha tomó lo que más pudo y partió hacia su destino. Tal mujer me provocaba algo indescriptible. Era la mujer más bella que había visto en mi vida. Tenía los cabellos de oro y sus ojos eran tan misteriosos e intrigantes como el lago. Apareció en la puerta de mi casa preguntando por trabajo y un techo donde dormir. Sin siquiera poder pensarlo, respondí con un sí, mientras sus ojos de misterio mantenían el encanto. Amelia era muy eficiente. Comenzó a trabajar como ama de llaves y pronto hizo surgir en mí, un cariño enorme que, poco a poco, se convirtió en amor. Una noche, ella estaba en la cocina lavando los platos. Entré furtivamente y robándole un beso me declare ante sus pies. Pasó de ama de llaves, a novia y próxima prometida. Unos meses después nos casamos y al año tuvimos nuestro primer hijo. Un lindo bebé que nombramos Rafael en honor a mi padre… El gran Rafael Provenzano. Mi vida dejó de ser tan maravillosa como lo era antes y pronto el pequeño Rafael se convirtió en lo más importante en mi vida. Una tarde, cuando volvía tras un día lejos de casa, mi mayor temor se hizo realidad. Encontré a mi esposa, la mujer que amé a primera vista, con otro hombre en mi cama. Al parecer no se dio cuenta de mi presencia, pues siguió con lo suyo. Encolerizado por la escena, me abalancé sobre mi mujer y aquel hombre. La golpee dejándola yacida en el piso y, con la lámpara de la mesita de noche que su madre me regaló, di muerte al hombre que me quitó mis ojos. Amelia, saliendo de la inconciencia, comenzó a llorar histérica. Intentaba pegarme pero los nervios la traicionaban. Su actitud avivó mi ira y, mirándola a esos ojos, la ahorqué con la sabana. De un momento a otro, las llamas misteriosas se apagaron y su alma se escapó por entre sus labios de carmín. Apenas se fue su vida, me di cuenta del atroz acto cometido. Consumido por el horror, fui a la bodega. Tomé el hacha y volví a la escena del crimen. Lentamente fui cortando, miembro por miembro, a mis víctimas. No me percaté de que tenía un pequeño espectador. Rafael estuvo mirando toda la escena desde la ventana. Una vez acabado, guardé todo en las sábanas y me dirigí a la salida. Miré a la ventana y me percaté de algo. Sobresalía una pequeña cabecita que reconocí al instante. Me acerqué a la ventana llevando a la rastra el saco en que se habían convertido los amantes y miré a Rafael a los ojos. Estaba aterrorizado, sus ojos en blanco miraban al olvido y su mente seguía en la escena ya descrita. Al volver en sí, clavó sus pupilas en mí y comenzó a gritar. El alarido fue tan fuerte que pensé que mi cabeza estallaría. En un escape de angustioso por acallar aquel grito desesperado; le di una bofetada. Lejos de terminar con el coro, paso de grito a llanto. Llanto de un niño que acababa de ver como la persona a quien más quería, mataba a otras dos. Llanto que llegó hasta mi alma y me conmovió hasta lo más profundo. Solté el saco y solo atine a acamparle en su llanto. Reviví en mi cabeza todo lo pasado en aquella tarde de verano y logré opacar a mi hijo. Hasta el más inhóspito de los oídos pudo escuchar mi penuria. Ese grito fue la causa de mi captura y pronta muerte. Los vecinos llamaron a la policía que me encontraron tendido en el piso, a los pies de un niño que miraba el lago perdiéndose en el horizonte. El lago en que alguna vez jugamos. Me condenaron a morir por mis actos. Me fusilaron el diez de Mayo de 1782. ¿Coincidencia?


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