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  eroticos > Dominaciónmonica

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se publicó en la web el 29 de Junio del 2006

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  Categoría: eroticos > Dominación
  Titulo:

Mi nombre es Mónica y tengo 21 años. Empecé a trabajar a los 17 como azafata de congresos . Desde muy joven mi cuerpo no ha sido el de una simple muchachita bonita, como el de la mayoría de las chicas de mi edad, sino el de una auténtica mujer: grandes senos, pero con la firmeza y el vigor de los pechos jóvenes, y voluptuosas caderas, con el culo prieto de una adolescente. De hecho, tengo unas medidas casi perfectas: 95-61-90, con las que podría haber llegado a ser una brillante modelo de pasarela, si no fuera por no ser demasiado alta. Sin embargo, era ideal para el trabajo de azafata y relaciones públicas. Mi amiga Elena, que llevaba varios años en eso, fue la que me introdujo en la agencia. Me confesó que mis fotos en bañador les habían impresionado (no me extraña, porque eran realmente sexis: jugando en la piscina de un amigo, inocentemente uno de los pezones, tiesos por el agua fría, se dejaba ver por el escote del bañador mojado, con el que se me transparentaba ligeramente el vello púbico); además, les interesaba mucho porque era la única pelirroja auténticamente guapa que tenían (había otras dos, pero ninguna con mis rasgos felinos ni mi cuerpo tan bien formado, ni siquiera tenían una larguísima cabellera roja y rizada como la mía). Ella fue también la que me presentó a mi primer novio: un chaval español de 18 años que hacía algunos trabajillos de modelo. Estaba buenísimo y encima era muy fogoso, jodiámos varias veces al día. Pero no era demasiado ambicioso, y perdía muchas oportunidades de trabajo por estar pegado a mí. A los dos nos encantaba el sexo, pero mientras que él sólo pensaba en eso, yo sabía controlarlo, porque también quería ganar todo el dinero que pudiese. Ël tenía que estar follando conmigo cada vez que le entraban ganas y, por ello, dejaba de asistir a castings. Sin embargo, yo prefería currar toda la semana, aunque eso implicara no poder acostarme con mi novio en varios días. Durante los días de diario, contenía mis impulsos hasta la noche, y cuando llegaba a casa, me hacía un dedo y descansaba. Los fines de semana, con las pelas que había ganado me montaba un viajecito con mi novio. Para mí, aquel amor era suficiente, pero siempre buscaba más dinero para poder viajar más lejos. Llegué a promocionar en la agencia hasta azafata de congresos internacionales. Con eset rabajo, tenía que viajar constantemente al extranjero, lo cual odiaba mi novio y nunca quería acompañarme. Por el contrario, a mí me encantaba mi nuevo puesto porque me permitía conocer diferentes países, aunque me tocaba pasar las noches sola en los hoteles. Para no aburrirme mucho, me compré un par de consoladores una vez que estuve en Amsterdam. Los llevaba siempre en la maleta. No sólo los usaba en la cama de un hotel, sino incluso en los lavabos del aeropuerto mientras esperaba el avión. Uno es grande y venoso, que utilizo para calmar mi ardiente coño; el otro es más fino y curvado, el cual suelo humedecer un rato girándolo dentro de mi vagina y luego me lo meto hasta el fondo en el ano. Ambos clavados en culo y coño me provocan múltiples orgasmos seguidamente. Sin embargo, los masturbadores no me bastaban. Echaba muchísimo de menos hacer el amor con un hombre e incluso fantaseaba poder hacerlo con dos, con sus cipotes carnosos rellenándome a la vez mis dos agujeros. Al poco tiempo, me salió un trabajo en París para ser relaciones públicas durante un mes en una empresa de cosmética. Allí conocí a mi actual marido, Phillipe, un ingeniero químico francés de 33 años. Por entonces, yo tenía 19 y un chocho ansioso pidiendo guerra. A Phillipe lo vi por primera vez en una de las reuniones de la empresa a las que yo asistía para atender a los participantes. Era el más guapo de los que estaban sentados. Él tampoco me quitaba la vista de las tetas y sentía sus ojos lujuriosos recorrer mis piernas como si quisiera levantarme la minifalda con su mirada. No podía dejar de observar cómo su paquete iba engordando de deseo dentro de sus pantalones. Me mordisqueaba los labios imaginando lo rica que sabría su polla. Nuestras mentes estaban fuera de la reunión, fijas entre las piernas del otro. Y nuestros cuerpos reaccionaban a esas fantasías: el líquido templado que fluía por mi vagina se iba espesando y se depositaba caldoso en mis bragas, él no podía controlar su picha erguida bajo la bragueta del pantalón. De repente, me hizo un gesto para que me acercara. Fui a su lado y le pregunté que quería: - Qu'est que vous voulez, monsieur?. - Un café, s'il vous plait. Al agacharme para escucharle mejor, los pechos se me juntaron, casi se me salían por el escote, y a él casi se le salían los ojos de las órbitas. Mientras le servía el café, noté cómo me acariciaba ligeramente la pantorrilla con la mano que disimuladamente dejaba colgar del asiento. - Voulez-vous quelque chose de plus, monsieur?. - Je veux te baiser! . ¡A la educada pregunta de ¿algo más?, me había respondido que quería follarme! Pensé que me estaba equivocando, que a lo mejor sólo había dicho que deseaba besarme. La duda me excitaba todavía más. Pronto comprendí que no lo había entendido mal, cuando me enseñó la lengua provocativamente al finalizar la reunión. Todos se marchaban y él se quedaba el último. Yo era la encargada de cerrar la sala de reuniones, así que me tenía que esperar a que se quedara vacía. Salieron todos menos él. Me preguntó cómo me llamaba. "Monique". No terminé de decirlo cuando intentó besarme. Cerré la puerta con llave y lo besé con toda pasión. Nuestras lenguas daban vueltas como locas intentando llegar a la garganta. Le desabroché la cremallera y su verga empinada salió disparada del slip. Me puso de espaldas sobre la mesa y me bajó las bragas deprisa. Durante unos minutos estuvo contemplando absorto mi redondo culo, acariciándomelo, lamiéndomelo. Me agarró las cachas con fuerza, abriéndome la raja todo lo que pudo. Creí que iba a clavarme su enorme tranca en todo el medio, por lo que quise darme la vuelta para impedirlo. Pero él me tiró de mi largo pelo rojo y no me dejó. Se echó encima de mí, mordiéndome el cuello, casi no me dejaba moverme. Entonces, me penetró con su dura verga hasta el fondo del chocho. Me mordí los labios para no gritar por la mezcla de placer y dolor, por temor a que nos oyeran. Por el contrario, a él parecía no darle ningún apuro y empezó a azotarme. Aquello me llevó al clímax. El tío me empujaba tan fuerte con su pelvis que la mesa se desplazó y, con mis sacudidas, me caí al suelo. Mis nalgas estaban enrojecidas por los azotes y la caída. Él permanecía de pie, machacándose el nabo a punto de reventar. No tardó en hacerlo. Los chorros de semen que caían sobre mis sonrosadas nalgas calmaban el escozor de mi culito. Galantemente me recogió del suelo y se preocupó por si me había hecho daño. A mí me molestaba un poco una pierna al andar, pero exageré al cojear. Me ayudó a subirme las bragas y me llevó hasta la puerta apoyada en su hombro. Cuando salimos de la sala, telefoneó a un taxi y me ordenó que me fuera a casa a guardar reposo, sin preocuparme, ya que él se encargaría de decirle a mis jefes que había tenido un accidente laboral. Una vez en el hotel donde estaba pasando esos días, no pude descansar, no sólo por la excitación por lo que había pasado, sino también por miedo a que Phillipe me la jugara y perdiera mi empleo. Al fin y al cabo, acababa de conocerlo y no sabía aún que clase de persona era, aunque intuía que sería un buen tipo. Además, yo tenía novio y si él por algún medio llegaba a enterarse, se iba a enfadar muchísimo. Pero, pensaba sólo en mí, no en él; pensaba en que lo de mi novio no tenía sentido, pues con él nunca había experimentado lo que acababa de sentir con ese hombre. Al día siguiente volví a la empresa muy nerviosa porque no sabía lo que iba a pasar. La grata sorpresa con la que me encontré fue, no sólo que Phillipe había contado lo de mi accidente de una forma totalmente verosímil, sino que encima les había hablado tan bien de mí a mis jefes que éstos me propusieron un contrato fijo en la empresa. No me lo pensé ni un segundo, lo acepté, llamé a mi novio para decírselo y cortar con él, se lo comuniqué a mi familia y así empezó mi vida en Francia. Phillipe y yo estuvimos saliendo durante 6 meses y finalmente nos casamos en París. Comprendí que era el hombre de mi vida, puesto que adoraba las dos cosas que consideraba fundamentales en este mundo: sexo y dinero. Periódicamente, cada 15 días, viajaba a España para visitar a mis padres y mis amigos. Elena seguía en la agencia de Barcelona, pero en cada visita me percaté que la tía estaba haciendo dinero: se mudó a un piso muy grande, se compró un buen coche, vestía ropas muy caras. Mi curiosidad iba en aumento y un día le pregunté directamente cómo manejaba tanto dinero si sabía a ciencia cierta que en la agencia no pagaban demasiado. Como éramos amigas íntimas, ella me confesó lo que todavía no le había dicho a nadie: que actualmente además trabajaba como señorita de compañía. La propia agencia le proporcionaba los clientes. Por lo que me explicó aquel trabajo era muy parecido al de relaciones públicas que ella y yo habíamos estado haciendo hasta ahora, salvo que encima incluía sexo y mucho dinero, justamente las dos cosas que me volvían loca. Por esa razón no le costó convencerme para que la acompañara en la próxima ocasión. Elena lo arregló todo para dentro de dos semanas, cuando yo volvía a Barcelona normalmente. Un cliente habitual, un tal Jorge, la requería para una cena de negocios. Como iban a ser varios, Elena le preguntó si alguien más podría necesitar compañía y Jorge le dijo que podría estar bien para un colega soltero que también iba. El día de la cita, fui a ver a mis padres por la mañana como si tal cosa, por la tarde estuve de compras con Elena, quien me regaló un bonito vestido de tirantes de terciopelo negro y un sexy body negro con encajes y transparencias. A la noche me hallaba en el apartamento de Elena, donde habíamos quedado con ellos en que vendrían a recogernos en un taxi, un poco nerviosa por lo que iba a hacer. Yo solamente quería probar una vez, con ello Elena me había asegurado que me pagarían de golpe lo que yo ganaba en 1 mes como R.R.P.P. de la empresa en París. El taxi llegó y Elena y yo salimos como verdaderas damas, con nuestros elegantes vestidos, zapatos de tacón y el pelo recogido en sendos moños. Dentro del taxi, empezaron las presentaciones: Jorge era un cincuentón viudo, alto directivo de una importante compañía española, y Carlos su joven adjunto a la dirección. Jorge explicó que en la cena tendrían que hablar de negocios con unos italianos y, aunque más o menos se entendían, esperaban que, puesto que Elena le había contado que yo tenía un perfecto dominio de ese idioma, les ayudara en la conversación. Llegamos a uno de los restaurantes más selectos de la ciudad. Allí ya nos esperaban todos sentados, incluidos los italianos. Les saludé con un cortés: - Buona sera, ignori. Come va tutto?, a lo que contestaron con galantes piropos. Durante la cena, se quedaron prendados de mí por mi elegancia y desparpajo. Me dí cuenta que Elena se había quitado un zapato y le estaba haciendo cosas a Jorge por debajo de la mesa con el pie. En el postre, quise imitarla y le puse disimuladamente la pierna encima a Carlos. Primero se puso rojo y le cuchicheó algo al oído a Carlos. Pero después me sonrió y comenzó a acariciármela, acercándose cada vez más a mis ingles. Notaba con la rodilla que su pene se iba haciendo prominente. Todavía no habían terminado de tomarse el café, cuando Jorge nos mandó a Carlos y a mí que fuéramos subiendo a la habitación que habían reservado en el hotel de enfrente. Carlos se disculpó del resto de comensales diciendo que se iba a preparar inmediatamente los contratos que habían firmado con los italianos, dándome las gracias por mis servicios de traducción. . Salimos del restaurante, cruzamos la calle y ya estábamos en aquel majestuoso hotel. En la recepción le entregaron a Carlos la llave sin preguntar. Ya en la habitación, él se sirvió un coñac y a mí un whisky con hielo. Carlos me atraía físicamente, puesto que era muy guapo y más joven que mi marido. Tomé la iniciativa, sacando el hielo del whisky y deslizándolo lentamente por entre mis senos. Después me lo metí en la boca y lo besé. Mientras jugueteábamos con el hielo con nuestras lenguas, Carlos me desabrochó el vestido y me apartó los tirantes. Me balanceé un poco para hacerlo caer y quedarme sólo con el body y las medias. Me tumbé en la cama y me abrí de piernas. Cogí otro hielo de la copa, me abrí los corchetes de la entrepierna y comencé a frotar con él mi vulva. El hielo se fundía deprisa por el calor que desprendía mi chocho. Carlos se abalanzó sobre mí a comérmelo como un hambriento. Estaba claro que la cena no le había calmado ese apetito. Me chupaba los labios del coño con fuerza, absorbiendo todos sus jugos. Las succiones en la boca de mi vagina me llevaron al orgasmo. Aún estaba convulsionándome, cuando tocaron a la puerta y Carlos me ordenó que abriera, mientras él se desnudaba. Me dijo que no me importara abrir con la ropa interior, ya que sería simplemente la camarera con la apañada botella de champán. Pero, los que traían la botella de champán eran Elena y Jorge. Al ver mi cuerpo tranparentándose por el body, Jorge me cogió en brazos y me tiró a la cama con rapidez al lado de Carlos. Éste me metió mano hasta dejarme completamente desnuda, mientras Jorge y Elena también se desnudaban y manoseaban. Me puse a cuatro patas para mamársela a Carlos. La tenía gordísima, el cabrón. De repente, sentí que alguien me lamía el chocho con gran destreza; unos cuantos lametones bastaron para que volviera a correrme. Miré atrás para agradecérselo al que habia sido: ¡Elena! ¡Guau! Era la primera vez que me comía el coño una mujer y había sido fantástico. La besé, comprendiendo que nuestra amistad era especial. Carlos aprovechó que le solté la polla para colocarse debajo de mí a chuparme las tetas. Le cogí el cipote nuevamente y me lo introduje en mi chocho húmedo. Escuchaba los jadeos de Jorge y Elena follando a nuestros pies. Los gritos de ella al correrse debían de oirse por todo el hotel. Volví a besar a Elena. Entonces, inesperadamente noté la larga verga de Jorge rompiéndome el culo. Aullé de dolor. Carlos y Jorge se pararon un momento. Elena cogió saliva y me echó un buen escupitajo que se deslizó lentamente por la raja de mi culo. Cuando llegó al trozo de polla de Jorge que quedaba aún fuera, éste me la metió por completo lentamente. Volví a gritar, pero esta vez de puro placer. Sentía los dos rabos friccionando entre sí a través de la delgada pared de mi vagina. Carlos y Jorge se movían sincronizadamente. Sus pollas se enfrentaban en mis dos canales por hacerse hueco, pero crecían tanto que apenas cabían más. Elena se entretenía acariciándome los pechos. Nunca había sentido tanto placer en tantos sitios a la vez. Mi cuerpo entero estaba orgasmizado. Jorge fue el primero en salirse para verterme toda su leche por la espalda. Elena lamió los restos que quedaron en su glande. Carlos pudo ahora moverse más deprisa. Me metí dos dedos en mi ojete, aún abierto. Un nuevo orgasmo se apoderó de todo mi cuerpo, mientras Carlos eyaculaba dentro de mí. Los cuatro nos tumbamos exhaustos en la cama y estuvimos bebiendo champán hasta caer dormidos. A la mañana siguiente, los chicos ya se habían marchado, pero habían dejado sendos cheques firmados de 300.000 pts. cada uno. Mi amiga y yo desayunamos a lo grande en el hotel para celebrarlo. Pedimos un taxi al aeropuerto y allí nos despedimos. En el avión de vuelta a París, iba pensando cómo iba a repetirlo y qué le diría a mi marido. Philippe vino a recogerme. Decía que me había echado mucho de menos y que no aguantaba más, pero que no teníamos mucho tiempo porque había quedado con un amigo para ir todos a comer. Por ello, nos metimos en los lavabos de caballeros del aeropuerto e hicimos el amor de pie. A mí me gustó y a Phillipe aún más, pero noté que me faltaba algo, tal vez, una recompensa económica por aquello. Mi marido se dio cuenta de que algo me pasaba y, creyendo que estaba cansada por el trabajo en España, me propuso que comiéramos en casa y ya quedaríamos con su amigo Berbard otro día. Sin embargo, yo le sugerí que le llamara y que le invitara a comer en casa, pues había traido comida del pueblo de mis padres y podíamos tomarla entonces. Mi marido llamó a Bernard, quien aceptó encantado la propuesta, ya que le pirraba la cocina española. Llegamos los tres casi a la vez a casa. Mi marido sacó el jamón y los otros embutidos, sirvió el vino y puso a calentar unas conservas. Bernard no paraba de mirarme. Yo todavía llevaba puesto el vestido negro que me había regalado mi amiga en España, pero iba sin la ropa interior, que había guardado en la maleta aún húmeda por la juerga de la noche anterior. Dudaba si Bernard lograba verme los pelos del coño, aunque confiaba que no se notarán con el terciopelo negro del vestido. Me levanté al baño y allí decidí depilarme el conejo. Cuando volví a sentarme en el salón, Bernard fijó su mirada entre mis piernas y advirtió la diferencia, y noté cómo se ponía más cachondo. En cuanto mi marido se levantó para servir los platos calientes, Bernard se sentó a mi lado, con su abultada bragueta. No pude evitar tocarla para palpar la carne y Bernard no se resistió y empezó a manosearme las tetas. Mi marido salió de la cocina y nos pilló. Nos quedamos inmóviles esperando su reacción. Se dirigió hacia mí y violentamente me quitó el vestido, quedándome totalmente en bolas delante de los dos hombres. Phillipe se desnudó deprisa, me dio la vuelta y empezó a darme por atrás, lo cual fue una grata sorpresa para mí, pues mi marido y yo nunca habíamos practicado el sexo anal, del que había descubierto que tanto me gustaba. Bernard parecía no saber qué hacer, pero pronto reaccionó, agachándose debajo de mis piernas para saborerar el zumo de mi chocho. Con una mano me abría los labios rasurados de mi almeja y con la otra se la cascaba. Cuando la tuvo bien dura fue hacia mi marido para decirle algo al oído. Entonces, Phillipe sacó su enorme verga de mi culo, para recibir abierto y palpitante el gran rabo de Bernard. Mi marido se sentó en el sofá y nos ordenó que nos pusiéramos encima de él. Nuevamente iba a poder rellenar a la vez mis dos insaciables agujeros. Repleta con tanto nabo terminé corriéndome antes que ellos y caí rendida en el sofá. Mi marido primero y seguidamente su amigo también llegaron al orgasmo y desparramaron su semen por mi cara. Tenía dos pollas chorreantes golpeándome el rostro para que las limpiara. Con mi experta lengua no dejé ni gota. Entonces, cuando acabé, agarré sus nabos y dije: - He acabado. Ahora toca pagar. Philippe no podía creer lo que estaba oyendo, pero cuando vió cómo su amigo sacaba la cartera de los pantalones dispuesto a pagar un precio, no dijo nada. Le cobré 4000 FF (unas 100.000 pts.) por el polvo y la comida. Cuando terminamos de comer y se fue, me sentí con fuerzas para plantearle a mi marido que podría dedicarme de vez en cuando a acompañar a sus amigos o compañeros de trabajo a veladas como éstas. Al principio, a Phillipe no le hizo mucha gracia la idea pero me dio libertad si quería hacerlo. Así, una semana más tarde quedé con un par de amigos suyos para ir a una fiesta a la que a Phillipe no le apetecía mucho ir. Nos lo pasamos genial, bebiendo y follando como cosacos, y ganando dinero, yo. Esta vez saqué medio millón, que le mostré a mi marido. Sus amigos le llamaron para alabar cómo me ganaba el sueldo. "¡Ojalá tuvieramos una mujer que valiera tanto como la tuya!" le dijeron. Phillipe quedó así también satisfecho. Y desde entonces promueve por ahí mi trabajo como señorita de compañía, que ya le ha aportado a él algún que otro beneficio económico y profesional. Ahora estoy pensando en montar mi propia agencia de señoritas de compañía. chauu!


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