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  ficcion > Narrativa LibreUna carga peligrosa

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se publicó en la web el 30 de Diciembre del 2008

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

Faltaba poco para llegar a Tucumán, las luces lo encandilaban y el camino de montaña se había tornado peligroso. Manejar el camión con esos postes de cemento apuntándole a la nuca no le causaban ninguna gracia. Durante todo el viaje debió soportar el temor a que las moles se zafaran de sus tacos y se incrustaran en la cabina del viejo Mercedes Benz. En sus travesías por el norte, siempre había tenido la costumbre de pernoctar en la whiskería del Turco Jabif. Las chicas eran cariñosas y un poco de ternura, aunque fuera comprada, nunca venía mal; pero después de juntarse con la Palmira decidió dejar de lado ese hábito compulsivo, amalgama de instinto y desamor. Había conocido a la muchacha en una estación de servicio a la salida de Bahía Blanca, en medio de una feroz tormenta. Iluminada por los faros del camión, la vio acercarse. Con pasitos cortos esquivaba los charcos cubriéndose la cabeza con un diario: “¿No me llevaría? Voy para Córdoba”, le había suplicado la Palmira mientras el agua chorreaba por su pelo y los zapatos se le hundían en el barro. Al llegar a la rotonda, tomó el camino hacia el Siambón. Una vez más controló por el retrovisor que la carga estuviera bien calzada y comenzó a descender. A pocos kilómetros, al final de la abrupta pendiente y enfrentando la curva, estaba la whiskería. Todo seguía igual: las bombitas de colores titilaban en el frente del edificio y dos inmensos tachos quemaban brea iluminando la entrada. Durante sus últimos viajes nunca había querido detenerse. En cuanto el camión asomaba la trompa hacia el valle, apuraba las marchas y descendía a toda velocidad para encarar las curvas con el máximo envión y así poder trepar sin dificultad las próximas lomadas. El hombre tenía sus razones; quería llegar cuanto antes a Córdoba, la Palmira lo esperaba. Pero esta vez no lo dudó. Fue aminorando la marcha hasta sacar el camión del asfalto para continuar derecho por el camino enripiado y detenerlo a un costado del viejo edificio. No le resultó fácil hacerlo. Maniobrar esas treinta toneladas de carga requería una especial maestría. Después de revisar las cubiertas y el enganche del semiremolque, entró al salón. La luz era tenue. Un desteñido globo de papel naranja iluminaba la barra del bar y detrás del mostrador al final de un oscuro pasillo, las pupilas del Turco Jabif baldeaban las gateras de amor, estrechos cuartuchos con palangana, cama y colchón, que en pocas horas se convertirían en remanso de muchas soledades. -¡Buenas! -dijo fuerte para que lo escucharan y de inmediato apareció la encargada. -Hola amor… ¡Qué sorpresa! Todavía falta mucho para el show… ¿vas a tomar algo? -Sí, un Fernet con Coca - Aprovechó que el salón estaba desierto para ubicarse en una mesa cercana al escenario. Tras el primer sorbo recobró el ánimo y continuó con sus cavilaciones. Llevaba más de diez horas conduciendo sin parar. Ni para comer se había detenido. Pero él consideraba que así era mejor, ganaba tiempo y ahorraba plata. En realidad era una costumbre más que otra cosa, no necesitaba dinero ni tampoco llegar temprano. Ya nadie lo esperaba. Los últimos meses habían sido muy duros para él. A pesar de los esfuerzos para sobreponerse a lo sucedido, las cosas no andaban bien y ya ni amigos tenía. Bueno, sí, tenía uno; Don Leandro, allá en La Falda. Pero hacía tiempo que no lo veía… - Otro Fernet. Obsesionado con sus pensamientos, una vez más intentó comprender lo sucedido. El dinero prestado a la Palmira era lo que menos le importaba ya que si trabajaba duro, pronto lo recuperaría. Por momentos pensó en la diferencia de edad. El era un hombre mayor, casi podía ser su padre; sin embargo la decisión de vivir juntos había nacido de ella. Después recordó que la muchacha no quería quedarse sola en la pensión cuando él viajaba. Pero no podía llevarla, la empresa no se lo permitía, tendría que haberlo entendido… Vencido por el cansancio, cruzó los brazos sobre la mesa y recostó su cabeza en ellos. Hacía más de cincuenta años que él también estaba solo. Solo en el orfanato, solo en los cañaverales, solo en los ingenios y finalmente, solo en las rutas. Tan luego a él le iban a hablar de soledad. De cualquier manera, llevarla en los viajes como pretendía, no hubiera sido posible… - ¿Vas a querer algún servicio papito? - le susurró al oído una morocha impregnada de spray. - Después - contestó con desgano. Si él era una persona buena, si era cierto que lo quería ¿por qué no regresaba? Y si había tenido algún problema ¿por qué no le escribía?… A un costado de la barra, detrás de un cortinado entreabierto, se iniciaban los preparativos del show y una morocha grandota se probaba un par de guantes. La Palmira era una mocosa, pero pintada parecía más grande. En un primer momento, cuando llegaron a la pensión, ella mantuvo las distancias, se la veía asustada; después, las cosas cambiaron. La música le encantaba y tenía la costumbre de escuchar la radio a todo volumen. En cuanto oía los primeros compases de un cuarteto, bailaba sola riendo sin parar, y a cada rato lo besaba o le hacía un mohín. Fueron meses inolvidables, su alegría contagiaba… Después del cuarto Fernet, la lengua se le soltó e inesperadamente comenzó a repartir piropos subidos de tono a cuanta muchacha circulaba a su alrededor. -¿Te estás acalorando, viejo? -le dijo la encargada mientras le servía nuevamente un trago. -¿Viejo? ¡Viejo es el viento y todavía sopla! -replicó de inmediato. Hacia la media noche la whiskería comenzó a llenarse de gente. La música fuerte y la algarabía de los más jóvenes creaban un clima de chacota generalizado. El Turco Jabif repasaba las mesas y las chicas terminaban con los preparativos del espectáculo. En una esquina del salón, sobre un entarimado de madera asentado sobre cajones de cerveza, se había improvisado un escenario. Una lona ribeteada con tachuelas amarillas cubría el frente y, por encima de éste, dos inmensas cortinas de arpillera blanqueadas con cal colgaban acartonadas. Más arriba, sujetas a un bastidor prolijamente armado con palos de escoba, una fila de bombitas embutidas en tarros de lata iluminaba el escenario. Finalmente, las luces disminuyeron hasta quedar apagadas y el show comenzó. Enfundada en un enterizo calado que le transparentaba el cuerpo, una morocha de sombrero y botas blancas hizo su aparición iluminando su cara con una linterna. “¡Dancing Club de las Estrellas y la productora local de Abud Jabif y asociados, tienen el agrado de presentar a ustedes el más rutilante show de la noche tucumana! Para iniciar el espectáculo, con ustedes: ¡Yoli Yang! La maravillosa reina del mambo” La silbatina fue ensordecedora. Las luces se encendieron y un fuerte ritmo tropical, acompasado por estridentes trompetas, comenzó a sonar en los parlantes de un pequeño wincofón estratégicamente ubicado detrás del escenario. Apenas cubierta por un sacón de piel sintética que abría y cerraba al compás de la música, una muchacha con taparrabo amarillo y los pechos al aire salpicados por lentejuelas multicolores, comenzó a serpentear su desnudez por encima de un par de sillas enfiladas. Acodado sobre la mesa, una vez más repitió para sí: ¡Viejo es el viento y todavía sopla! Y continuó rumiando sus penas sin prestar atención a lo que sucedía en el escenario. Mientras tanto, el salón continuaba llenándose y los clientes se corrían hacia adelante acercando sus sillas y mesas al escenario para ver mejor. Cuando se dio cuenta de lo retrasado que estaba, quiso hacer lo propio. Y, sin poder evitarlo, trastabilló en las salientes del piso de ladrillo y cayó al suelo arrastrando con él todo lo que había sobre la mesa. Rápidamente, los muchachos que lo rodeaban lo ayudaron a sentarse. Por unos instantes quedó aturdido pero al tomar conciencia del papelón que estaba haciendo, miró hacia el escenario e intentó disculparse con la muchacha que actuaba. Nuevamente volvió a desplomarse. Esta vez no fue por la borrachera. -¡Palmira! ¡Palmira!… ¿Sos vos, Palmira? -gritó sorprendido señalándola desde el suelo. La muchacha quedó paralizada y, ante la mirada atónita de los clientes, se retiró del escenario. -¡Palmira! ¿Sos vos? -volvió a gritar desesperado, mientras los parroquianos protestaban por su interrupción. Avergonzado, logró levantarse sin ayuda y tambaleando encaró el mostrador para quedar acodado en la barra, a salvo de un nuevo porrazo, mientras otra muchacha se apresuraba a continuar con el show. -¡¿Qué te pasa flaco?! -lo increpó el Turco desde atrás de la caja registradora -Va a ser mejor que te vayás a dormir al camión. Acá no queremos borrachos. No podía creerlo. Siempre pensó que la Palmira se había ido a Bahía Blanca a visitar a su madre enferma. Para eso le había prestado la plata. Y aunque habían transcurrido más de seis meses sin tener noticias, siempre mantuvo la ilusión de un reencuentro para hacer realidad lo que tanto había soñado: dejar los fletes, instalar un almacencito en La Falda como el de Don Leandro, formar una familia, tener hijos y tantas otras cosas. Pero encontrarla en ese inmundo prostíbulo tucumano era un golpe que jamás imaginó recibir. No podía creerlo. ¿Cómo iban a engañarlo de esa forma? ¿Cómo podía ser tan imbécil?… Aprovechando que el Turco estaba distraído cobrando los servicios de las pupilas, se aproximó al escenario y decididamente corrió el cortinado para meterse por un pasillo lateral al que daban las habitaciones. Una por una fue abriendo las puertas hasta que encontró a la Palmira. Ella no se inmutó al verlo. Sentada al borde de la cama, continuó retocando su maquillaje frente al espejo de una cómoda como si nada hubiera pasado. -¡Palmira!, ¿por qué me mentiste? -la increpó sin vueltas. Ella lo miró de reojo y continuó pintándose. -¡¿Por qué, Palmira?! ¡¿Por qué?! -le gritó con rabia. -¡Porque no te quiero! -¿Entonces lo nuestro fue una farsa? La muchacha no le contestó. Intentó tomarla del brazo para que lo mirara de frente pero sin darse cuenta fue tomado por la espalda y un par de puñetazos se estrellaron en su cara. Ya en el suelo, comenzaron a patearlo. Entre la borrachera y la paliza no pudo ver nada. La sangre caliente le recorría la cara y los labios comenzaban a hincharse, pero no sentía dolor alguno. Finalmente lo arrastraron hacia afuera hasta quedar tirado a un costado del camión. Fue entonces cuando escuchó decir a la Palmira: “!Sacámelo de encima, Turco¡”. “No lo quiero ver más”. . . . . El viento frío lo ayudó a reponerse. Después de algunos intentos logró trepar a la cabina del Mercedes y allí quedó: aferrado al volante, solo como siempre. Ni siquiera las luces intermitentes de la whiskería pudieron interrumpir tanta oscuridad. Sumergido en sus ausencias, ya no se acordó más de Don Leandro, ni de sus consejos, ni de todo lo que había soñado con la Palmira. Sólo recordó su niñez, las curdas de su viejo y su paso por el orfanato cuando los más grandes agarraban a los más chicos en los baños… Finalmente, consiguió arrancar el camión y sacarlo a la ruta. A paso de hombre, con riesgo de reventar el motor, trepó por la empinada cuesta, otra vez hacia el norte; pero al llegar al final entró a un playón de maniobras e inesperadamente giró en redondo para retomar el camino hacia la whiskería y comenzar a descender. Una vez más verificó por el espejo retrovisor que las moles de cemento estuvieran bien calzadas. Aferrado al volante como si fuera un autómata, aceleró a fondo apurando las marchas al máximo: primera, segunda, tercera…; siempre apuntando con la estrellita del Mercedes Benz a las luces de la whiskería.


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