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  terror > Terror GeneralUn Vecino Atípico

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se publicó en la web el 08 de Febrero del 2010

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  Categoría: terror > Terror General
  Titulo:

Marcos era un vecino atípico. No tenía amigos, no tenía ningún tipo de relación con el exterior. Estaba solo, y hoy era uno de esos momentos en los que se sentía más solo qué nunca.
-Marcos. ¿Qué te ocurre que no te has levantado ya…? ¿Es qué no vas a ir a trabajar hoy…?-le dijo su madre con severidad y aplomo.
-No me encuentro muy bien mamá. Prefiero no ir hoy; quiero quedarme durmiendo.
La madre enfurecida por la insolencia de su hijo, al que siempre le había dicho que el trabajo era lo primero, comenzó a echarle una reprimenda de los más concisa y severa.
Marcos, por no seguir oyendo, lo que desde hacía varios días estaba sufriendo se levantó sin más y se dispuso a arreglarse para ir a trabajar.
Entró en el lavabo y miró su rostro demacrado por la depresión en el espejo. Tenía el rostro pálido, lívido, y unas ojeras de color cárdeno le colgaban como bolsas en los ojos. No era feliz, se sentía desdichado, y había perdido la ilusión por vivir, y por estar en este mundo.
En más de una ocasión había pensado en suicidarse. Pero el remordimiento de dejar a su madre sola, le negaba tan atractiva idea; cuando ella se fuera él lo haría también.
-¡Vamos Marcos qué vas a llegar tarde!-le reprochaba la madre.
Marcos miró ido a la madre que con ojos centelleantes le miraba. Siempre había sido muy dura, y parecía carecer de emociones propias, aunque lo cierto, es que la vida la trató con tal dureza, que le era difícil ablandar los retales de su turbada vida.
Marcos cogió su maletín y se dispuso con cierta inapetencia a ir a la oficina. A la vorágine de la ciudad, al gentío, a las aglomeraciones, al ¡maldito día a día! Que tan en silencio sufría.
-Adiós mamá.
-¡Qué tengas un buen día hijo! Y recuerda, el trabajo es lo primero.
Sin más, sonó el zumbido de la puerta cerrándose.
Marcos se cruzó en las escaleras con varios vecinos, que le clavaban miradas que le daban que pensar; “el raro”, mira ya baja el extraño, ¡qué chico más raro verdad! Esos pensamientos nunca salieron de sus bocas pero sí de sus ojos. Los ojos a veces hablan sin palabras, y dicen verdades donde calla la razón.
Sin embargo, algo le aliviaba a tan arduos inicios de días, era ver a Marta.
Marta era una chica no muy guapa, pero tampoco muy fea y se notaba que en el ambiente había un revoloteo de amor incipiente.
-¡Hola Marcos!-dijo sonriente Marta-. ¡Qué guapo estás hoy…! Bueno en realidad como todos los días…, ¿te diriges al trabajo?
Marcos calló tragando saliva. Era un alivio poder respirar de esa forma, la realidad le asfixiaba.
-Sí. ¡Otro día más!-dijo sonriendo.
-Si quieres… podemos ir juntos-respondió Marta de forma avispada.
Pero a Marcos le daba miedo iniciar una posible aventura. Marta era una mujer casada, y lo peor de todo es que estaba casada con uno de sus mejores amigos. Y ella, a buen saber de todos, era una mujer ligera de cascos.
-No, … mejor no. Prefiero ir un poco más tarde. Tengo cosas que recoger-dijo solventando la situación.
Marta sorprendida, aunque acostumbrada a las negativas tentativas que desde hace días le venía lanzando, pensó para sí misma: ¡ya caerás otro día!
Y sin más, se fue.
Marcos estaba furioso. ¿Por qué se tenía que haber casado con uno de sus mejores amigos? ¿Por qué todo era tan complicado? La realidad siempre conseguía sacarle de sus inestables casillas.
Cogió el transporte y como siempre, se metió entre un montón de gente, comprimido como una sardina en lata. Intentado respirar, apartó con el codo a un hombre algo rudo que no paraba de mirarle.
-¡Eh cuidado chaval! ¿Qué pasa, estás buscando pelea?
Lo cierto es que el hombre daba pie a pensar que era un camorrista, pues las pintas y las formas le delataban. Marcos, con sensatez, prefirió mirar a otro lado.
-¡Eh atontado! Te estoy hablando a ti-todo el conjunto de gente le miraba como si fueran a hacer algo… ¡Cobardes!
Por suerte, Marcos llegó a su parada y todavía le esperaba un fastuoso día de trabajo. Al menos, eso esperaba.
Saliendo del transporte llegó a su trabajo, y para empeorar más las cosas, la cantidad de cosas y de problemas que había era insoportable. Uno de esos días en los que es mejor no levantarse.
Ocho horas pasó, más otras dos horas extra más, soportando una abrumadora cantidad de problemas, de sopor y sufrimiento ingentes.
Llegó a su casa rendido. Aturdido, desanimado y muy cansado de tan angosto día.
Su madre, como siempre, le fustigaba con las palabras y le oprimió la poca razón que le quedaba, quebrantada desde hace años. Ésa era su triste vida, años y años padeciendo, sufriendo en silencio, alimentando su locura. Hasta que ese día… estalló.
Su cara comenzó a tener convulsiones, y frente a sus ojos comenzó a desfilar un conjunto de imágenes grotescas, ¡de muerte!, deseaba fervientemente matar a toda esa gente, ¡A TODOS!
La madre se asustó al ver ese repentino cambio y brusco que le removió los cimientos de su ser.
-Marcos… ¡qué te pasa! Sé que has estado últimamente triste, pero recuerda que el trabajo y el ser alguien respetado es lo primero, ¡no cómo tu padre…!
Marcos saltó como un animal. Y golpeó con furia y vehemencia el cuerpo inerte de su madre. Salpicando la sangre por todos los lados: en su cara, en los muebles, en sus ropas. Fue una explosión de hemoglobina de lo más inverosímil, pero ese individuo no era Marcos: era su enferma mente manipulando y dirigiendo su cuerpo.
Sin ningún remordimiento fue a la cocina. Cogió con las manos ensangrentadas el cuchillo más robusto que pudo encontrar, y viendo su rostro reflejado en él, comenzó a reírse, emanando de su boca una pútrida alegría, una oscura sensación. Seguía riéndose a mandíbula batiente, y después… a llorar.
Con apremio comenzó a descuartizar las articulaciones de su madre. Saltando la sangre a borbotones por todos los lados. No reparó en limpiarlo todo, pero el olor a muerte pululaba por el ambiente…
Metió el cuerpo de su madre en una bolsa. Y lo dejó encerrado en un trastero hasta qué se le ocurriera una idea lo suficientemente sólida para no ser delatado. Pero Marcos ansiaba soltar su represión, ¡quería matar!, ¡necesitaba hacerlo! Aunque debía de ser cauto, sí; la cautela es la mejor consejera… sí, sí, sí, se repetía para sí mismo.
Cogiendo la bolsa, y limpiando todo, abrió todas las ventanas que pudo para que el maloliente olor de su herejía saliera de su casa.
¡A quién matar después…! A quién…
Sí. A Marta; ella será la siguiente. ¡Es una zorra! Va a morir como una perra, y se reía mientras limpiaba el cuchillo de los restos de sangre.
Aparentemente todo quedó limpio y no debía de preocuparse por los restos, ¡ya encontraría alguna manera de deshacerse de ellos! Tenía que matar a Marta y rápido. Pero; ¿cómo…?
Pensando largo y tendido, llegó a una conclusión. Quedaría con ella en su casa, y allí la mataría. Después… guardaría sus restos en una bolsa (como con su madre), y ya hallaría la forma de deshacerse del cadáver. Todo planeado y atado en su enferma mente…
Marcos se arregló mirándose en el espejo. ¿Qué iba a estar loco? ¡Estaba mejor qué nunca! Su rostro era otro, y torciendo una sonrisa, se dirigió de la mejor guisa a casa de su próxima víctima: ¡Marta!
Apretando el timbre, unos pasos de tacón se dirigieron a la puerta.
-¡Hombre Marcos!, ¡qué sorpresa!-dijo Marta sorprendida-. Esta noche caerás en mis garras-pensó.
-¿Puedo pasar?-dijo Marcos seriamente.
-¡Claro! Adelante…
Marcos se llevó la mano al bolsillo mientras sentía el cortante filo en las yemas de sus dedos.
¡Vamos hazlo!-le dijo una voz en su mente. Y murmurando, dijo: ¡Puta! Y lanzó una cuchillada que le entró en el ojo a Marta. El cuerpo comenzó a temblar furioso, y gritaba de forma lastimera.
-¡AHHH! Marcos… ¡Qué haces!-dijo dolorosa-.¡Socorroooo!-gritaba aterrada.
Pero Marcos inexorable, le lanzó otra puñalada al corazón. Y el cuerpo de Marta, de una convulsión, cayó al suelo inerte.
-¡Lo ves puta…! Tantos años insinuándote a mí. ¡Ya te dije que Luis era mi uno de mis mejores amigos…! Siempre me gustaste, pero yo era el raro… ¿verdad…? ¡Puta!
Y con la rabia contenida de tantos años atrás la violó con fuerza mientras lloraba desconsoladamente.
Cuando acabó, comenzó a trocear el cuerpo. Pero alguien, para su sorpresa, golpeó la puerta:
-¡Policía! …, ¡Abran la puerta…!
Sin embargo, Marcos no respondió. El amor que sentía por Marta le hizo llegar a un extremo enfermizo y con las fuerzas que le quedaban se sentó en la mesa con una idea, escabrosa y tenebrosa.
Una patada rompió la puerta. Cuando la policía entró, no podía creer lo qué estaban viendo. Marcos estaba sentado en la mesa, devorando como un animal el cuerpo de Marta. Comenzando por la cabeza…
Tres disparos, al ver que se levantaba para abalanzarse hacía los policías bastaron para reducirle. Finalmente, cuando Marcos cayó al suelo, la furia pareció abandonar su cuerpo, y un torrente de lágrimas pareció marcar el final.
Los vecinos todavía siguen preguntándose, por qué Marcos, el callado Marcos, el raro, pudo hacer algo así…


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