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  ficcion > Narrativa LibreTango feroz

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se publicó en la web el 29 de Diciembre del 2008

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

En Villa Residencial Argentina vivía Don Jorge Pucheta, hombre respetuoso y afable. Trabajaba como jefe de administración en una empresa de transporte y apesar de las dificultades propias de la época, con su sueldo y algunas clases de matemática a chicos del secundario, había logrado sacar adelante a su familia con decoro, sin sobresaltos. Tenía casa propia, un perro llamado Tarco y un modesto automóvil que sólo usaba los fines de semana. Apasionado por el fútbol llegó a ser director técnico de club “Las Lilas”, prestigiosa entidad cultural y deportiva del pueblo. También, tesorero de la cooperadora del colegio de sus hijos y revisor de cuentas de la mutual de empleados de comercio. Para ese entonces Villa Residencial Argentina era un lugar tranquilo y previsible, bastaba sólo la palabra para sellar un acuerdo, la confianza y el orden eran los pilares fundamentales de una convivencia armónica. Transcurrieron los años y el pueblo comenzó a transformarse. Llegaron los semáforos, la televisión por cable, los video juegos, la telefonía celular y otros cambios que trajo la modernidad. La vieja proveeduría fue comprada por una cadena de supermercados, la caja de crédito se transformó en banco regional, el viejo bar en pizzería “delivery” y la panadería en telefónica. Lo mismo ocurrió con el local de la zapatería frente a la plaza, que fue ocupado por una casa de cambio y el de la mercería, que cedió su lugar a una empresa de computación. Convencido de que no sería riesgoso pedir un préstamo para acceder a los adelantos tecnológicos que iban llegando al pueblo, Don Jorge dejó de lado la prudencia y la austeridad que lo caracterizaban y habló con el nuevo gerente del supermercado para que le otorgaran un crédito de consumo familiar. No hubo demoras ni inconvenientes, sólo la advertencia de que el monto original llevaría un pequeño recargo por financiación. Terminado el trámite, adquirió una video casetera, un televisor de veinte pulgadas, una cocina a microondas, vajilla nueva, un procesador de alimentos, y también una parrilla premoldeada de origen taiwanés que adosó a la pileta del lavadero. Ésta última llegó con un juego de jardín recubierto de azulejos que formaba parte de la promoción comercial. Pasó el tiempo, llegaron las elecciones y con ellas un nuevo intendente. La prédica electoral tuvo como eje de campaña “insertar al pueblo en el mundo globalizado”. Para ello era necesario crecer y realizar transformaciones de fondo. De hecho, así se hizo: el inmueble del dispensario municipal fue vendido a una clínica privada, se licitó la recolección de residuos e igual suerte corrieron la cooperativa de servicios y otras reparticiones oficiales consideradas ineficientes. Muchos no entendieron lo que ocurría, pero la mayoría estuvo de acuerdo y los cambios continuaron. Las empresas más importantes fueron vendidas a inversores foráneos y lo mismo ocurrió con grandes extensiones de campo y la cooperativa Láctea. En definitiva, Villa Residencial Argentina crecía, se vivía una fiesta, la gente viajaba y gastaba, parecía que la plata no iba a acabarse nunca. Una tarde de invierno, la radio local dio a conocer una noticia alarmante: Un ex empleado del Concejo Deliberante había alertado a la fiscalía de turno sobre irregularidades en el municipio. Luego de averiguaciones y controles, se acusó al intendente de malversar fondos públicos. Según la denuncia, la municipalidad había acumulado deudas millonarias con el banco regional, cifra que no se condecía con el monto gastado en obras de alumbrado y pavimento. También informaron que durante los últimos años de gestión municipal, la planta de empleados se había duplicado, al igual que los viáticos de sus principales funcionarios. En definitiva, que el municipio estaba en bancarrota, que gastaba más de lo que recaudaba y que la mitad de la población no pagaba impuestos. A Don Jorge Pucheta le pareció una barbaridad lo sucedido. Pensó que era una campaña contra el intendente motivada por razones políticas. Pero al mes siguiente, cuando la municipalidad informó a los directivos de la empresa donde trabajaba que rescindirían el contrato de fletes adjudicado en forma directa, recién allí tomó conciencia de la gravedad del asunto. Recordó que muchos de estos servicios estaban sobrefacturados, y que así lo habían convenido el presidente del Concejo Deliberante con el gerente de la transportadora, como una forma de compensar la falta de pago en término del municipio. Además, no le quedaron dudas del destino final de ese sobre, sin membrete ni remitente, que todos los meses entregaban al chofer del intendente. Apremiado y sin recursos, el municipio decidió emitir bonos para pagar sus deudas pero las cosas no mejoraron. Ante el acoso judicial, el intendente optó por pedir licencia y el presidente del Concejo Deliberante debió hacerse cargo de los destinos comunales. Muchos vecinos protestaron frente al juzgado; sin embargo, poco a poco la tensión fue disminuyendo y todos pensaron que las cosas finalmente se arreglarían. Durante las vacaciones, la señora de Pucheta y su hija fueron a la proveeduría del supermercado con la intención de averiguar precios para cambiar los muebles del living, que ya estaban viejos. Quedaron sorprendidas al enterarse de que esas compras no estaban autorizadas, que antes debían pasar por administración. La mujeres enfurecieron cuando el gerente les informó que no les otorgaría un nuevo crédito, que debían tres cuotas del anterior y que si no regularizaban la situación, les iniciaría acciones judiciales. Asustadas, volvieron a su casa y le contaron lo ocurrido a Don Jorge, quien de inmediato se puso a revisar cuentas. Después de hacer números tuvo la certeza de que, además de la deuda en la proveeduría del supermercado, debían los materiales para la construcción del galponcito, los muebles de la cocina, los azulejos del baño y gran parte de la mano de obra. Todo esto sin contar el saldo pendiente de la tarjeta de crédito y las dos últimas cuotas del auto nuevo. Para justificar lo que les sucedía, los Pucheta comenzaron a difamar a los propietarios del supermercado diciendo que las cosas no eran como antes, que ellos eran gente decente, que los habían estafado. En un primer momento muchos vecinos se solidarizaron con ellos, principalmente amigos y parientes. Incluso hubo quienes les prestaron algún dinero para que resolvieran sus urgencias, pero en poco tiempo las intimaciones judiciales comenzaron a acosarlos. Al ver que la situación no se resolvía, Don Jorge decidió visitar a un abogado quien le informó que no tenía ninguna posibilidad de parar las demandas iniciadas y que si no pagaba lo que debía, le rematarían todo. Al día siguiente, Don Jorge le pidió a su mujer que lo acompañara a la escribanía y decidió hipotecar la casa para pagar todas las deudas. No correría riesgo alguno, el escribano era conocido, nunca había ejecutado a nadie. Para evitar otros inconvenientes, terminó pidiendo un monto superior al que necesitaba ya que sus hijos estaban en la universidad y debían continuar sus estudios. Terminado el trámite, el matrimonio juró y rejuró hacer lo posible para achicar gastos y no pedir más plata prestada; eso sí, los chicos no debían enterarse de nada. Sin embargo, lejos de mejorar su situación económica, Don Jorge vio reducidos sus ingresos como consecuencia de una quita de salarios que realizó la empresa y nada pudo hacer para impedir el atraso en el pago de los alquileres del departamento que sus hijos ocupaban en la ciudad, del cual sus suegros eran garantes. Ante lo sucedido, decidió disponer del dinero remanente de la hipoteca, pensando que con esto solucionarían todo. Lo que no tuvo en cuenta fue que la señora que los ayudaba con la limpieza de la casa, cansada de reclamar el pago de vacaciones y aportes atrasados, lo demandaría judicialmente. La suma era alta y se incrementaba aún más por los abultados honorarios que pretendía cobrar el abogado patrocinante quien, por extraña coincidencia, tiempo atrás había compartido el estudio jurídico con el juez de turno. Desesperado intentó paliar sus penurias pidiendo un préstamo personal en el banco regional. Mientras realizaban el trámite, la entidad financiera se presentó en convocatoria argumentando que no prestarían un solo peso más a nadie, ni devolverían la plata a los ahorristas, si el municipio no pagaba lo que les debía. Finalmente, Don Jorge decidió poner fin a sus penurias y echar mano a una importante cobranza que acababa de realizar la empresa compensando la caja diaria con asientos falsos. La situación no tardó en ser descubierta por una auditoría interna, con las consecuencias previsibles: lo despidieron del trabajo, le remataron la casa y el auto, su mujer lo abandonó por sinvergüenza y sus hijos no quisieron regresar más al pueblo. Pasó el tiempo y muchas cosas han cambiado en Villa Residencial Argentina. El ex intendente es diputado provincial, el juez fue ascendido a camarista, la transportadora donde trabajaba Don Jorge y el banco regional se presentaron en quiebra, la casa de cambios vende bonos municipales a un treinta por ciento menos de su valor original y la mayoría de los jóvenes busca trabajo en pueblos vecinos. ¡Ah!…, olvidaba contarles. En la actualidad, Don Jorge Pucheta vive en una pensión de la Capital, se las rebusca como ayudante de cocina en un bar de la terminal de ómnibus y cuando tiene algún dinero, toma fernet y juega a los naipes.


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