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  ficcion > Ciencia FicciónSujeto al Pasado

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se publicó en la web el 03 de Abril del 2008

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

Y si pudieras, de alguna forma cambiar lo que te ocurrió en el pasado. Puede ser una locura, pero, ¿y si pudieras?.. Si pudieras cambiar el ser rico o pobre, un héroe o un fracasado, si fueras a tener suerte o fueras a ser desafortunado en la vida. ¿Qué harías si adquirieras el poder de cambiar las cosas, a la gente, los acontecimientos?, puede que incluso tu vida, ¿sabrías por donde empezar? Tal vez nadie pueda saberlo hasta que ocurre… El pasado ataca al presente sirviéndose de los implacables recuerdos y como el incesante devenir de las almas en pena, reaparecieron aquellas espeluznantes imágenes de aquel fatídico día; día en el cual una determinada persona nunca volvería a ser la misma. Aquella estancia totalmente desconocida con un cierto aspecto de habitación de motel de mala muerte, el olor tan característico de la sangre fresca, el cuchillo que usaba normalmente para la carne bañado en líquido vital estaba en su mano y en la hoja se podían avistar lo que al parecer eran fracciones de carne y vísceras humanas, las paredes salpicadas abundantemente, daba la sensación de haber asistido como protagonista a una matanza de género porcino. No sabía lo que ocurría, ni el por qué estaba allí, ni de cómo había llegado, sólo podía recordar salir del laboratorio como de costumbre e ir al garaje a por su Cadillac, cuando en el preciso instante en el que agarró la manilla de la puerta para abrirla, solo sintió... la oscuridad y un extraño ardor recorriéndole el cuello. Se incorporó dubitativo, exhausto y conmocionado. Sentía dolor de cabeza y debilidad corporal, semejante a la de una gran resaca. Al incorporarse pudo contemplar una de las imágenes más sobrecogedoras y duras que nunca antes había presenciado, imágenes que le acompañarían atormentándole el resto de su vida. Acechó con la mirada dos cuerpos totalmente desnudos, al parecer mujeres, totalmente acribilladas a cuchilladas y retorcidamente colgadas de los tobillos boca abajo, con una cuerda escalada bastante gruesa. Las dos mujeres tenían una herencia física abrumadora, sus curvas dibujaban lo que en vida tuvieron que ser dos monumentos estéticos humanos. Ante toda aquella orgía de sangre y tanta confusión, no pudo contener la calma y comenzó a temblar como una gelatina en un plato, acto seguido oyó un ruido que provenía del exterior, era el sonido de unos golpes en la puerta. Esto le dejó totalmente petrificado, no pudo reaccionar de ninguna manera ante tal fatídica situación, sólo podía observar su alrededor sin hacer nada más al respecto. - Toc-Toc. Volvió a sonar la puerta - Policía de Illinois, abra la puerta inmediatamente señor. Se escuchó al fondo de la habitación. Otto seguía sin mover ni un sólo músculo de su cuerpo, y si lo hacía era por las convulsiones que le provocaban tanto temor. - TOC-TOC. Los golpes eran más violentos. - Abra la puerta o nos veremos obligados a derribarla. Tales voces poseían un tono que se intuía impetuosamente agresivo. Ante tanta incertidumbre, el estómago se le estremeció y no pudo impedir expeler el poco contenido que permanecía del almuerzo de aquella mañana en su estómago. - BLOG-BLOG. El efecto del sonido de sus nauseas alertó aun más a los policías. - Vamos a disponernos a entrar. Apártese de la puerta, quédese quieto sin hacer nada extraño y ponga las manos donde las podamos ver. Gritaron desde fuera. Un segundo después, derribaron de un sólo golpe la puerta, seguramente una patada. El sonido que produjo la puerta al caer al suelo le pareció eterno. Seguidamente entraron los policías con pistolas en mano y no pudieron evitar permanecer estupefactos por un instante, por lo que les causó tal lóbrega escena. ... Otto Morgan, un gran Bioquímico, Genetista y gran adepto de las artes filosóficas, con un coeficiente intelectual de ciento noventa y doctorado en la prestigiosa Universidad de Illinois (Chicago). Sus padres lo dieron en adopción a una familia rica que no podía concebir hijos, la cual murió en un trágico accidente de aviación cuando tenía 20 años, dejándolo de nuevo sólo ante el mundo. Era aspirante a Premio Nobel por sus maravillosos trabajos y descubrimientos en el campo de la bioquímica genética, de los cuales, uno de ellos fue la síntesis de una proteína enzimática encargada de segregar unos neurotransmisores que aceleran el metabolismo de la regeneración celular cien veces mas de lo normal. Así, que se comenzó a utilizar especialmente en la cicatrización de grandes heridas, quemaduras, traumas, reconstrucciones por deformaciones de graves accidentes, etc. Supuso una gran evolución en la medicina moderna, pero era un producto que había que manejar con sumo esmero, ya que un mal uso podría llevar al paciente a padecer un cáncer mortal e irreparable, avivando cuantiosamente la metástasis de las células cancerígenas. El bioquímico tenía 38 años, de aspecto jovial aunque las numerosas canas que cubrían su espesa cabellera morena le delataban. Era un hombre corpulento ya que había entrenado a lo largo de los años sus músculos en sacrificadas sesiones de gimnasio, aunque no era muy alto su complexión era imponente. Su rostro solía estar cubierto por barba contundente en cierta medida, que le confería una impresión de lo más benévola. Uno de los rasgos que más llamaba la atención en su faz, eran sus ojos, ya que presentaba heterocromía parcial en uno de ellos. Tenía una parte del iris de distinto color del resto, una raya marrón oscura en la parte superior. Eran de dimensiones amplias y de color verde aceituna. Sus dientes, debido al contraste que le proporcionaba su abundante barba negra, tenían un tono blanco nuclear, fuera a parte del dedicado esmero durante su vida en el cuidado de su salud buco dental. O. Morgan consideraba que lo más importante en las relaciones era la honestidad, eso le llevaba frecuentemente a llamar las cosas por su nombre. Pero además de la sinceridad que demostraba tener, no le asustaban ni las discusiones ni las confrontaciones, llegado el momento. Creía que demostrar sutileza y tacto en las relaciones, lo que habitualmente se conoce como diplomacia, era una demostración de falta de carácter. En todo caso, no sólo era una persona que se muestra diáfano, sin miedos, sino que el derecho del beneficio de la duda también se lo concedía a las demás personas. A veces, presentaba un carácter algo obsesivo ya que tendía a examinar detalladamente situaciones, conversaciones, imágenes, trabajos, ideas, sin poder dominar y parar en cualquier momento ese torbellino de ingeniosidades. Su interior ardía en rebeldía. También mostraba predisposiciones al perfeccionismo, el orden y la limpieza. Pero se podía considerar su arma de doble filo, ya que, gracias a este “vicio”, había alcanzado la mayoría de sus propósitos. Era soltero, lo que le permitía en su tiempo libre, que no era muy extendido, practicar senderismo, puenting y paracaidismo desde magnas alturas. Sin embargo también gozaba con actividades menos productoras de adrenalina, tales como realizar platos culinarios exquisitos, disfrutar apasionadamente con la lectura de sus filósofos favoritos y gozar de orgasmos emocionales que le provocaban las hermosas piezas de música clásica y baladas del género heavy. No obstante, tras los hechos que le acontecieron, su vida daría un giro insospechado y totalmente radical. Al cabo de numerosos procesos judiciales con todas las pruebas y la prensa en su contra, aun habiendo tenido una carrera envidiable para la mayoría y haber hecho tanto bien a la comunidad, el famoso bioquímico, fue condenado culpable de asesinato en primer grado con agravantes y sentenciado a morir en la silla eléctrica el día veintitrés de agosto del dos mil diecinueve, por el pavoroso doble asesinato en el Gran Motel West a las afueras de Illinois. Mientras tanto permanecería en la prisión de Fox River pasando sus últimos días. Tras un año en la prisión, habituado a su monótona rutina, contando cada segundo que le faltaba para el día de su juicio final, convertido en un zombi mental, probablemente como le pasaría a una persona en la misma circunstancia y sobre todo con tal inexpugnable condena, nunca más volvería a ser como lo era antaño. Una semana antes de ser ejecutado, Otto no podía suponer que, iba a conocer a un sujeto que le ofrecería una alternativa de lo más inaudita. En una de sus pocas salidas al patio individual, que tenía la prisión para este tipo de reos, sentado en un banco de piedra, que había sido construido hace más de cuarenta años por otro preso condenado a muerte. Estaba cerca de una reja que comunicaba con el patio colectivo, sumido en un profundo trance recreando la escena ya que el pasado ataca al presente sirviéndose de los implacables recuerdos. En numerosas ocasiones llegaba a estar tan concentrado en lo ralo de sus memorias, que pretendía interactuar moviéndose dadivosamente por sus remembranzas. Las mismas imágenes que tanta agonía le provocaban, pensamientos perturbadores le absorbían las pocas esperanzas que le quedaban de averiguar la veracidad, según la conclusión que obtuvo con su mente analítica, de una supuesta conspiración contra él. Una voz grave y rota, detrás de él, le devolvió a su propio ser, a su mundo, a este tiempo. - Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. Dijo el desconocido. - ¿Hablas conmigo? - El pasado nunca acaba y el futuro nunca empieza. Respondió el individuo. Esta frase, suscitó un repentino interés en Otto, la cual le hizo responder: - Pensándolo bien tiene sentido, sería algo como, la cena de ayer son los restos de mañana o algo parecido. - Sí, claro, estoy de acuerdo, pero, el caso es, que, la mayoría de nosotros vive en el presente… es fácil, hasta que todo cambia y nada vuelve a ser lo mismo otra vez. Recalcó el desconocido. A Otto le apresó intelectualmente el comentario y comenzó a notar algo extraño e intrigante en aquel tipo. - ¿A qué te refieres con esto? ¿Quién eres? ¿Por qué hablas conmigo? ¿Qué buscas de mí? Pregunto Otto algo exaltado. - Tranquilo amigo, mi nombre es Nathan y estoy aquí porque vengo a ofrecerte la solución a tu gran problema. Respondió aquel hombre llamado Nathan. - ¿Vienes a cubrir mi puesto en la silla? Por que otra solución sería inverosímil. Habló Otto sarcásticamente. - No mejor aun, hay otra manera más efectiva. Otto lo miró confuso. - Amigo aunque la vida está llena de imprevistos, de dificultades que nunca ves venir como los campos de minas cuya existencia ignoras. A veces puedes evitar el desastre. Pero a veces ni siquiera eso es suficiente, a veces a la hora de la verdad se necesita la ayuda de una fuerza superior. Recitó Nathan. - Lo siento, soy ateo no creo en los milagros, si vienes a darme una charla sobre Dios y su ayuda, una semana antes de mi ejecución puedes ahorrártelo conmigo. Replicó el bioquímico. - Todos los días ocurren cosas imposibles. Pequeños milagros. La mayor parte de las veces no los vemos, no porque sean invisibles sino porque no sabemos lo que estamos buscando. Pero puede que no debamos ver los milagros, sólo creer que existen. Porque a veces creer es suficiente. Pero no te confundas amigo, no te hablo de religión ni de Dios, te hablo de un milagro de la ciencia. Reiteró Nathan. - Entonces ¿por qué no vas al grano? y me cuentas en que consiste ese maravilloso milagro. Rebatió Otto. En ese preciso instante, la maldita sirena sonó, marcando el final de la conversación y de la salida al patio. Justo entonces Otto se dio la vuelta y contempló el rostro de aquel tipo que le ofrecía algún tipo de ayuda. Era una persona de unos cuarenta años de edad, alto y fornido. Tenía la piel tostada y de fachada áspera y pese a estar en la cárcel su semblante era bastante saludable. Llevaba barba de tres o cuatro días que le otorgaba una cierta similitud con un mendigo. Sus ojos eran grandes y redondos, con un color azul intenso. La frente comenzaba ganarle terreno a su consistencia capilar, tenía unas entradas pronunciadas, pero aun así llevaba el pelo largo, castaño y cubierto de multitud de canas. El rasgo que mas llamaba la atención era su destacada y extendida mandíbula, recordaba a Marlon Brando, interpretando a Vito Corleone en el Padrino. Sus miradas se cruzaron penetrando en lo más profundo de cada uno. Y sin que Nathan emitiera ningún tipo de sonido, Otto intuyó que no sería la última conversación que tendría con este personaje aparecido de la nada. Y así fue, pues cuatro días antes de su desdichado destino, en el mismo lugar y en las mismas circunstancias de la vez anterior, aquel tipo apareció de nuevo. - La muerte es tu amiga, te libera de la prisión de la vida. Sacó Nathan a Otto de sus pensamientos. - Has tardado mucho, pensaba que no te volvería a ver más. Durante estos días no he parado de dar vueltas a aquello que mencionaste, aquello que dijiste que me ayudaría a escapar de la prisión. Contestó Otto con los ojos como platos. - Tranquilo amigo, estoy aquí precisamente por ese motivo. He venido a desvelarte uno de los mayores descubrimientos científicos llevado a cabo en esta década. Un descubrimiento que te permitirá ser libre y modificar aquello que en su momento cambio el transcurso de tu vida. Decía Nathan mientras se acercaba al metal separador. - Me estas diciendo que tal descubrimiento, ¿va a solucionar mis problemas con la justicia?, y ¿va a devolverme a mi antigua vida? ¿Qué es? ¿Una especie de teletransportador o de máquina del tiempo? Por que como no sea algo parecido, no sé como va a sacarme de aquí en los pocos días que me quedan. Hablaba Nathan vacilante. - No estas mal encaminado, pero es algo mucho mas sutil. Así pues, Nathan comenzó una detallada ilustración del hallazgo científico que haría que la vida de Otto volviera a tomar sus riendas. En resumidas cuentas, Nathan le explicó que se trataba de un estupefaciente sintético llamado MAR19 (Mental Acceleration Retornable), creado a partir de la mezcla de metilendioximetanfetamina (éxtasis) y un prototipo especial de adrenalina, combinado con la unión iónica de ciertos monómeros activadores del flujo eléctrico y sanguíneo del cerebro. Esta sustancia bien digerida, acompañada de una buena comida y líquido en abundancia, para facilitar la absorción de sus compuestas moléculas y sometiendo al cabo de unas tres horas al sujeto a una fuerte descarga eléctrica, induciría un aumento masivo de la actividad neuronal en el córtex del lóbulo temporal (donde se almacenan los recuerdos), provocando el caso de los llamados sistemas de transferencia mental, mediante el cual un individuo es capaz de viajar mentalmente a su pasado y efectuar cambios en la línea temporal de su vida. La mente de Otto sería trasladada a sí mismo al momento exacto de sus recuerdos durante la descarga de la silla. Esto haría que volviera a su cuerpo en el pasado, pero siempre conservando todos los conocimientos adquiridos hasta entonces. Así Otto iba a poder volver sobre sus pasos, para poder saber porqué había terminado de esa manera y al fin desenmascarar a quienes conspiraron contra él. - Me estás diciendo, que, ¿gracias a una “súper droga” voy a ser transportado al mismo instante que este recordando en el momento de mi ejecución? ¿Sabes qué estas hablando con una persona doctorada en química y biología? Replicó Otto ofuscado. - Te conozco mejor de lo que tú crees, por eso pensaba que ibas a considerarlo. También sé perfectamente porqué estás aquí, además sé que eres inocente y que alguien muy poderoso te tendió una trampa. Por eso vengo a ofrecerte esto. - Desconozco totalmente a que organización perteneces y cuales son los fines de vuestro experimento, pero en estos momentos no tengo nada que perder, así que estoy dispuesto a someterme a esa especie de regresión mental en el tiempo. Nathan al percatarse de la transparente agonía de Otto, no profundizo más en el tema y concretó todo el proceso. Un día antes de la ejecución, sería la última salida al patio que tendría Otto. Entonces, Nathan se encontraría con él en el mismo lugar y le entregaría la dosis de MAR19. Esa dosis deberá ingerirla en la última comida que le ofrecen a los condenados a muerte, para que dé tiempo a su perfecta asimilación. En el momento de la ejecución la descarga eléctrica realizará el resto del trabajo. - Por lo que puedo observar, has entendido perfectamente cuales son las pautas a seguir para que todo funcione como es debido. ¿Es cierto? Preguntaba Nathan. - Sí, eso creo… De nuevo, el sonido de la sirena volvió a poner fin a la conversación, pero esta vez la duda era aun más asaltante. Se despidieron pues y volvieron a sus respectivos cubículos. Al pasar un día, un guardia se acercó a la celda de Otto, para llevarle un papel en blanco donde debería escribir la petición de su última cena. Así lo hizo, solicitó de primer plato gratén de patatas y verduras y de segundo estofado de cordero. Para beber, prefirió un néctar a base de plátanos, naranja y manzana mezclado con algo de gaseosa para una buena digestión y de postre macedonia de frutas con nata helada. Después de hacerlo, deslizó el papel por debajo de la puerta para que los guardias lo recogieran. En ese instante se escuchó la voz de uno de ellos. - Buena elección, exigente, pero buena elección. A ver que se puede hacer Morgan. Dijo aquel guardia con la voz alzada. En aquel momento, empezó una larga espera para Otto, parecía que nunca llegaba el día en el que Nathan le debería entregar la supuesta llave del tiempo. Un día antes de cumplir su pena, como de costumbre, sumergido en sus pensamientos más profundos, Otto estaba sentado en la cama de su celda esperando a que un guardia viniera a buscarlo para llevarlo al patio. De repente, se escuchó como se abría la puerta, era aquel guardia tan simpático que recogió la petición de su última cena. - Morgan, date la vuelta, ya sabes que te tengo que esposar para sacarte. - Vale, perdona estaba enajenado. Oye, ¿cómo va lo de mi cena? Pregunto Otto. - Ya nos hemos encargado de llevarlo a su correspondiente destinatario. Tranquilo no hay ningún problema para cocinarte lo que has pedido. Le decía mientras lo esposaba. - Espero contentar a mi paladar con la última degustación culinaria. Bromeaba el bioquímico. - Y yo espero que lo satisfagas como es debido. Decía mientras lo llevaba al patio. - Bueno ya hemos llegado, hace muy buen día, así que disfruta del sol y de la brisa. Hoy te dejaremos estar aproximadamente una hora más. Le comentaba el guardia con gesto sonriente. - Muy bien, muchas gracias Clark, te haré caso y disfrutaré del día. Así pues, el guardia procedió a quitar las esposas de sus muñecas. Otto salió al patio y percibió el buen clima, era bastante agradable sentir el sol en la cara, se podría decir que producía un efecto un tanto ansiolítico. Se dispuso a caminar hacia el banco para aguardar la llegada de Nathan. Pasados unos minutos pudo vislumbrar en la lejanía aquella figura inconfundible, que se acercaba poco a poco. Aunque Otto se mostraba algo incrédulo a lo referente a la historia, ese tipo había hecho que resurgiera de cierta manera su esperanza, y no puedo evitar que el brillo de sus ojos cambiara. - Te noto algo excitado Otto. Comenzó a hablar. - ¿Cómo crees que puede estar una persona el día antes de su muerte?, que espera que un desconocido le salve la vida. Respondió Otto algo malicioso. - Amigo mío, la vida esta llena de cosas asombrosas y quién puede decir qué es real y qué no. Cuando un hombre se pierde puede volver a encontrarse a si mismo. Cosas más extrañas han sucedido. Decía intentando tranquilizar a Otto. - ¿Tan extrañas como que un tipo de la cárcel, te ofrezca la panacea contra el más colosal mal que puede tener el hombre? Preguntó Otto colérico. - Afrontémoslo, la vida es difícil, se requiere mucho esfuerzo. La mayoría de las veces no hay atajos ni soluciones fáciles. Pero de vez en cuando la vida te sorprende, el caso es que no puedes buscar las salidas fáciles, son ellas las que te encuentran a ti. Por eso de vez en cuando todos necesitamos que nos despierten. Mientras tanto hay que mantener la cabeza fuera del agua, seguir nadando. Contestaba reintentando tranquilizarlo. - Pero, llevo ahogándome más de un año en un mar de incertidumbre y mañana voy a dar mis últimas bocanadas de aire, soñando ser rescatado, respirando al fin plácidamente. ¿Se cumplirá mi sueño? Preguntó atormentado. - Todos tenemos un sueño, es inherente al ser vivo. No importa donde te criaste ó quién seas ó lo que hagas, si estás vivo, lo tienes. Pero los sueños que cuentan, son a los que nunca renuncias. Decía Nathan. - Pero nadie vive para siempre, Sobretodo cuando el futuro es contingente y llevas los bolsillos llenos de esperanza, sabiendo que el mañana es una promesa que estas deseando cumplir. Contestó Otto. - Por eso hay que conceder a la gente el beneficio de la duda, porque nadie sabe lo que sucederá mañana. Dijo Nathan mientras sacaba una cajita metálica de su bolsillo derecho del pantalón y se la entregaba a Otto por uno de los cuantiosos agujeros de la verja que los separaba. - ¿Esto es aquello que me va a proteger de mi desdicha? Preguntaba receloso mientras abría la cajita. - Sí, esto es por lo que has estado esperando todo este tiempo. Ya sabes lo que tienes que hacer. Otto observaba perplejo, lo que contenía aquella cajita metálica. Era una especie de cápsula de gelatina de color ámbar translúcido, con una pequeña inscripción en el lateral con su nombre, MAR19. Se podía entrever una especie de polvo formado por diminutos cristales que brillaban gracias al efecto de la luz solar. Se preguntaba a sí mismo, cómo una cosa tan minúscula podía hacer algo tan grande. Repentinamente, sonó la campana, eso lo hizo resurgir. Levantó la mirada en busca de Nathan, pero sorprendentemente ya no estaba allí, sólo se podía ver en la lejanía como los presos volvían de nuevo a sus antros. Ahora ya sabía lo que tenía que hacer, sólo era cuestión de tiempo averiguar la eficacia de tal descubrimiento. Así que, decidió tranquilizarse y disfrutar del tiempo que le quedaba en el patio. Se quitó la camiseta y se tumbó en el banco a tomar las agradables radiaciones solares de aquella mañana. Y al fin llegó el día y la hora que tanto esperaba Otto, el momento de su última cena. Clark, aquel guardia tan simpático abrió la puerta, pidiéndole como de costumbre que se pusiera mirando hacia la pared pegado a ella. Acto seguido, entró lo que al parecer era un cocinero de la prisión, con la comida en una gran bandeja. Titubeante, la dejó en el suelo, mirando de reojo al prisionero, el cual le guiñó un ojo con gesto de agradecimiento. Ambos se dispusieron a salir de la celda. - Que aproveches camarada. Le dijo Clark a Otto. - Clark, te agradezco toda la amabilidad y confianza que me has prestado durante toda mi estancia. Alabó Otto al guardia. Clark, asintió con la cabeza, con el rostro desolado y cerró la puerta. Uno y otro se alejó, para dejar que disfrutara tranquilamente de su última cena unas horas antes de su ejecución. Asimismo, comenzó la ingesta de los alimentos, no antes sin haber engullido con un sorbo de aquel delicioso néctar aquella peculiar droga. La comida, estaba portentosamente mucho mejor de lo que habría esperado. Paladeó cada mordisco como si se le fuera la vida en ello. Al cabo de unos noventa minutos, Otto notaba sequedad de la boca, las mandíbulas tensas, una elevada transpiración y la fotosensibilidad aumentada. Lo que no sabía era, si se lo producía la metanfetamina que contenía la droga o eran sus nervios extremos. Lo que sí era seguro, es que sólo quedaban dos o tres horas contadas y que aquellas paredes estaban fastidiando cada vez más al bioquímico. Transcurridas casi las tres horas que restaban, aparecieron cuatro guardias frente a su celda, ya era la hora. Entró uno de ellos para pedirle que se colocará frente a la pared y esposarlo. Pudo contemplar el rostro desencajado del reo, pero no le dio importancia alguna, ya que era de lo más normal en aquella situación. Tan pronto como lo esposó, entraron los guardias restantes para dirigirlo a la sala de la silla. Era una sala pequeña, con una tarima central, que se disponía hacia una gran cristalera. La silla estaba en el centro, era como él la había esperado. Escueta, de madera, de dimensiones amplias, con varias correas y grilletes para atar las piernas y los brazos y con el electrodo en la parte superior de esta. Detrás de la cristalera, había numerosas sillas para los espectadores del evento, pudo reconocer varios rostros, compañeros del trabajo, amigos, algunos familiares de sus presuntas victimas y otras caras totalmente desconocidas para él, pero todas ellas con un semblante que transmitía decepción y tristeza. Uno de los guardias le retiró las esposas y le indicó con un gesto que se sentara. Otto creía que se le iba a salir el corazón por la boca. Ya sentado otros dos guardias a cada uno a un lado, le colocaron las correas y los grilletes en piernas y brazos. Seguidamente otro de los guardias, empapó de agua en un cubo una esponja y la escurrió sobre su cabeza, para aumentar la entrada de la electricidad en su cuerpo. Otto, pensó satíricamente en como el mismo líquido que le había dado la vida le iba a ayudar a arrebatársela. El mismo guardia, bajó el electrodo hasta su cabeza y ató otra correa alrededor de su mandíbula. Este guardia se dirigió al interruptor que activaba la corriente, estaba al fondo a la derecha. El guardia que le esposó se quedo frente a él y los otros dos que lo ataron se colocaron justo a su derecha. Definitivamente y después de un instante de silencio perenne, el guardia que estaba delante de él comenzó a hablar. - Otto Morgan, la electricidad atravesará tu cuerpo hasta causarte la muerte de acuerdo con las leyes del Estado. Que Dios se apiade de tu alma. Tras una pausa de unos segundos y ante las expectantes miradas de las personas que allí estaban, el guarda dio la orden. - Activando dos. Comenzó pues, el proceso de electrocución. El flujo eléctrico quemaba todos los tejidos que se encontraban desde el punto de entrada al de salida, asimismo afectaba a la composición y función de los órganos provocando al preso su irremediable muerte… Pero en el cerebro de Otto estaba ocurriendo algo extraordinario. Moviéndose a velocidades cercanas a las de la luz, sus pensamientos discurrían sin control alguno, hasta que en medio de tanto caos y dolor, pudo localizar el recuerdo que buscaba. Se concentró en él, viajando en una especie de túnel conmemorativo hasta que sintió estar abandonando su cuerpo… Finalmente y tras varios minutos de intensa descarga, el cuerpo humeante, quemado y sin vida de Otto Morgan yacía definitivamente en la silla. Hay quien dice que al final todo sale bien, otros dicen, que las cosas son como deben ser. La vida es un camino lleno de curvas y no siempre sabe uno dónde le llevará, pero el viaje puede resultar muy interesante. El pasado nunca acaba y el futuro nunca empieza.


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