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  terror > Terror GeneralSuicidio Concertado

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se publicó en la web el 29 de Julio del 2004

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  Categoría: terror > Terror General
  Titulo:

SUICIDIO CONCERTADO “No sabe uno lo que tiene hasta que lo pierde”. Vaya mierda de frase. ¿Quién coño dijo eso? Seguro que algún idiota que no sabía apreciar las cosas. Lo digo porque yo sabía (y apreciaba con toda mi alma) lo que tenía: una mujer preciosa y una hija de dos años y medio que eran la alegría de mi vida. Las quería mucho antes de perderlas y las seguiré queriendo siempre. No consigo acostumbrarme a la idea de haberlas perdido. Marta era sencillamente maravillosa. Tenía 32 años, dos menos que yo. Era la típica esposa sincera, cariñosa, guapa y nada materialista. Ella siempre decía que teniéndonos a mí y a nuestra hija Rosa, no necesitaba nada más. Rosa era la niña de dos años más simpática que he conocido. No extrañaba a nadie y se reía con cualquier cosa. Aún tengo grabada en mi mente la cara que ponía cuando jugábamos al escondite y yo la encontraba bajo la cama. Tantos recuerdos, tantos buenos momentos,… Pero ya no están aquí. ¿Cosas del destino? Yo no lo creo. No creo que tuviese nada que ver con el destino, ni con Dios, nada de eso. Todo pasó porque a un HIJO DE PUTA se le ocurrió beber más de la cuenta esa noche, coger el coche, saltarse la mediana y circular por el carril contrario. A veces incluso me culpo por no haber ido con ellas en el coche esa noche. Si yo también hubiera muerto, no estaría sintiendo el dolor que siento ahora, ese dolor que está contigo cada segundo. (pero ya está todo preparado) A veces tengo el consuelo de que el HIJO DE PUTA, al igual que Marta y la pequeña Rosa, no sobrevivió al impacto. Nadie sobreviviría a un choque frontal de esas características. Pero, ¿qué diferencia hay? Eso no me las va a devolver. Quizás si ese hombre no hubiera muerto en el impacto, lo habría matado yo. Pero no con una pistola, no, sino con mis propias manos… ir apretándole el cuello lentamente y cada vez más fuerte hasta que su vida se fuese apagando poco a poco delante de mis ojos, de la misma forma que él apagó las dos vidas que significaban todo en la mía. La misma felicidad que has ido trabajando durante años se desmorona ante ti en menos de un minuto. (pero ya está todo preparado) Hace días que no duermo, puede que semanas, no lo sé. Últimamente salgo muy poco a la calle y cuando lo hago es para ir a algún bar y beber hasta que me es casi imposible llegar a casa por mi propio pie. Pero fue precisamente en uno de esos bares donde conocí a Roberto, un personaje muy peculiar. Una leve sonrisa se forma en mi boca cuando escucho la música del piso de al lado. Es Tomás, mi vecino de 22 años. (Ese si que no tiene problemas ni preocupaciones). Tomás trabaja el turno de noche en una fábrica de colchones y hasta que llega la hora de irse a trabajar, se pasa el día durmiendo, fumando hachís y escuchando música rock. Vive de alquiler y dice que no comparte piso porque nadie le aguanta. Es un chico muy agradable que va a lo suyo, pero probablemente tenga razón, debe de ser bastante difícil vivir con él. Desde que Marta y Rosa murieron, habla menos conmigo cuando nos encontramos en el ascensor o en el rellano de la puerta. Supongo que es porque no sabe qué decir, aparte del propio dolor que él siente al verme. La pequeña Rosa se reía mucho con él y también congeniaba estupendamente con Marta. Creo que ellas dos le trataban más que yo. Tomás es el único que me ha mirado a los ojos y me ha soltado un simple “lo siento”. Cuando alguien te mira a los ojos así, sabes que te lo están diciendo de verdad. No como los demás gilipollas que te paran por la calle y te dicen que lo sienten, pero que hay que levantar cabeza, que la vida sigue. Pero no es así, la vida no sigue, al menos para mí. Al principio creía que sería fácil. Sólo había que subir a la azotea y lanzarse al vacío. O quizás beber lejía o tomar uno o dos frascos de pastillas. Que hipócrita era. Llevaba dos meses quejándome de la mierda en la que se había convertido mi vida, pero no tenía los huevos suficientes para acabar con ella. Hasta que conocí a Roberto en un bar. Yo estaba sentado en una mesa, bebiendo bourbon y compadeciéndome de mí mismo, cuando se me acercó. Era un hombre de mediana edad, con una complexión fuerte. Recuerdo que lo primero que me pregunté cuando se acercaba fue cuántas horas pasaría el cabrón en el gimnasio. -¿Te importa si te acompaño? Pareces necesitar hablar con alguien- me dijo, muy educadamente. - Vete a la mierda- le contesté, haciéndole saber rápidamente que no necesitaba ayuda de ningún buen samaritano tratando de ir de Jesús por la vida. Sin saber cómo ni por qué, y después del tercer o cuarto bourbon, le estaba soltando a este tipo todo lo que pasaba por mi mente, como me sentía, las pocas ganas que me quedaban de seguir viviendo, el dolor al que me enfrentaba cada día y cada noche. -Me llamo Roberto- me dijo, después de haber estado escuchándome durante más de media hora, - y puedo hacer que tu sufrimiento se acabe, si no eres capaz de acabar con él tú mismo.- -Y ¿qué vas a hacer? ¿Matarme?- dije, y una carcajada siniestra salió de mi boca. Roberto no contestó. Se limitó a sonreír levemente y a extender su mano para darme una tarjeta con su nombre, un número de teléfono y un número de cuenta de Caja Madrid. Antes de marcharse dio un último trago a su Radical de naranja y se acercó a mí para susurrarme algo de cerca. -No todo el mundo es capaz de saltar cuando se encuentran al borde del acantilado, incluso cuando su mayor deseo es saltar al vacío. La mayoría de la gente necesita un empujoncito para dar ese último salto. A eso nos dedicamos mis colegas y yo, a dar ese empujoncito de ayuda. Si el dolor continúa y sigues sin ser capaz de saltar desde lo alto del acantilado, llámame- y desapareció entre la multitud que en ese momento había empezado a abarrotar el bar. Parecía todo un sueño. Hubiera creído que todo había sido un sueño si no fuese porque a la mañana siguiente encontré la tarjeta en un bolsillo de mi pantalón. Extraño, una sociedad que se dedica a liquidar a la gente que no tiene los huevos de suicidarse, como yo. Bien pensado es un buen negocio. Es como los asesinos a sueldo, a diferencia de que el cargo de conciencia no existe, teniendo en cuenta que las víctimas son gente que están deseando que alguien se les acerque por la calle y de buenas a primeras les vuelen los sesos de un disparo. Hace más de un mes de mi encuentro con Roberto en el bar y el dolor no ha desaparecido. Les he llamado esta mañana y luego les he llamado una segunda vez a mediodía para confirmarles que el ingreso de la cantidad que solicitaban ya estaba hecho. Todo está arreglado. Me han dicho que vendrían esta misma noche. Sólo tenía que quedarme en casa y esperar. Ya tenía ganas de que acabara el sufrimiento. Me desperté de un sobresalto. Había anochecido. Tomás había bajado la música aunque todavía se escuchaba el “guitarreo” proveniente de su estéreo. Mi visión era un poco borrosa. Lo único que podía distinguir ante mí era una botella de Jack Daniels que acababa de vaciar un rato antes y el retrato de mi familia que sacamos el día que llevamos a Rosa al zoológico. De repente algo terminó de despertarme por completo. Se oyeron fuertes golpes en el piso de al lado. Los golpes fueron seguidos de lo que increíblemente sonaron como ráfagas de disparos. Corrí hacia la puerta y la abrí lo justo para intentar ver qué pasaba. Cuando me asomé observé a dos tipos con pasamontañas y rifles automáticos corriendo escaleras abajo. Me temí lo peor. Los vecinos gritaban, sin atreverse a salir al rellano de la escalera. Poco a poco iban saliendo. Todos estaban seguros de que lo que habían oído eran sin duda disparos. Salí al pasillo y vi que la puerta del piso de Tomás había sido golpeada y abierta por la fuerza. Entré en el piso y avancé rápidamente por el comedor hasta llegar a la habitación de Tomás. Allí estaba él, tumbado en la cama, cubierto de sangre y acribillado a balazos. Su mano derecha aún sostenía un canuto sin encender. Los vecinos comenzaban a invadir el piso de Tomás gritando: “¡Que alguien llame a la policía!”. La Sra. Manuela, una anciana que vivía en la misma planta que nosotros, venía detrás de mí. -Ya sabía yo que este chaval acabaría mal con las drogas, y esas amistades que tenía- dijo en voz muy baja y entre sollozos. Volví mi cabeza ligeramente para mirarla y pensé: “No, Sra. Manuela, no es eso. Este es el típico caso en el que pides una pizza y, por un pequeño error de dirección, se la llevan a tu vecino”. Ninguna bala había alcanzado el reproductor de CDs, por lo que Guns N Roses seguía tocando su Knocking on heaven´s doors. fin


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