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  fantasia > EpicaSniper (E)

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se publicó en la web el 09 de Enero del 2008

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  Categoría: fantasia > Epica
  Titulo:

Poco a poco se acercaba el día del levantamiento, aquel para el que llevábamos preparándonos varios años. Tenía que estar perfectamente coordinado para que cientos de miles de hombres alzaran sus armas y se jugaran sus vidas por ganar su libertad. No pocas dudas nos surgían sobre si debíamos o no hacerlo. El enemigo reaccionaría con crueldad y cuando se reagrupara atacaría con contundencia sin importarle la muerte de cientos de miles de civiles. Sobre nuestras conciencias estarían esas muertes, que habríamos provocado. Arderían nuestras principales ciudades y había muchas posibilidades de que fuera un sacrificio en vano. Carecíamos de su logística y nuestra única ventaja era el factor sorpresa y la momentánea facilidad para escondernos. Facilidad que compensarían con artillería y lanzallamas con los que nos sacarían de nuestros escondites para cazarnos como conejos. Al finalizar la guerra, victoriosos o no, surgirían mil voces críticas por nuestra actuación, desde cierto punto de vista, desconsiderada hacia los que perderían la vida por nuestra culpa. No éramos Dioses para decidir sobre todas esas vidas y no teníamos la seguridad de que eso fuera a mejorar un ápice la vida de nuestros compatriotas. En cierto sentido nuestra decisión era fascista. Incluso si triunfábamos, al terminar la guerra se nos olvidaría, se intentaría minimizar nuestro sacrificio. Éramos la prueba viviente de la cobardía de los demás y aunque aparentarían admirarnos, en el fondo nos odiarían, por haberse quedado de brazos cruzados mientras otros arriesgaban sus vidas por un poco de dignidad. Los mismos que llegarían al poder, nada más regalárselo nosotros con nuestro sacrificio, también intentarían hacernos caer en el olvido. Al fin y al cabo no llega al poder aquel que lucha por algo sino quien sabe servirse de los demás sacrificándolos por el camino, traicionando todo tipo de ideas y volviéndolas ambiguas para abarcar un pensamiento único. Nosotros, de una forma u otra éramos instrumentos de toda esa gentuza, que mediante las apariencias y la mentira alcanzarían el poder ganado por otros. Eran la prueba viviente de que casi nada se consigue mediante el esfuerzo y el valor, salvo sentirse bien con uno mismo. Pero…¿cuál era la alternativa? ¿quedarnos mirando mientras nuestro pueblo y nuestra tierra agonizaban? ¿Escoger el camino de la sumisión y la mediocridad?¿Hacer lo que el resto de la sociedad creía que era lo realista? Cuando pensaba en todas las voces reaccionarias que se alzaban para impedir que algunos defendiéramos nuestra dignidad, un desprecio y una ira tan fuertes me embargaban que me ponía a pensar en lo sanas que son las guerras para purgar la escoria que subyace entre nosotros. Es ahí donde se mostraban las verdaderas personas. Pensaba en lo poco que valía una persona cobarde, que se justificaba de todas las formas (intelectuales o de sentido común) posibles para no hacer nada, para dejarse llevar por la inercia y no pelear por aquello que era lo justo. La cobardía y la mentira a uno mismo y a los demás, para mi, eran sinónimos de una misma vergüenza. Y pensando todo eso perdía por un momento la sensación de culpabilidad por todas las personas que morirían por mis actos. En cierto sentido algo así era necesario, como una especie de lección para recordarnos lo que somos y las cosas por las que merece la pena vivir y luchar. Pero por otro lado, preferiría sinceramente, que las personas decidieran libremente si ser o no mediocres ya que yo no era dueño de ninguna verdad, salvo aquella que me dictaba la ira, el odio y la intuición de lo que debía ser bueno para todos. Llegó el gran día. Mi arma estaba preparada y todo mi pensamiento orientado hacia la matanza. Llevábamos años recopilando información sobre los movimientos del enemigo. Conocíamos al detalle todos sus acuartelamientos, la forma de actuar según que circunstancias y habíamos ponderado su capacidad de respuesta. De todos modos habría muchos imprevistos y errores de cálculo, que nos costarían muchas vidas y posiblemente la batalla. Amaneció en el día señalado y he de decir que era precioso y soleado, lo que me hizo levantarme de buen humor a pesar de que ese día posiblemente conocería la muerte yo y cientos de miles más. Me puse en el lugar indicado por mis comandantes, para apoyar a una unidad que trataría de detener mediante barricadas y bombas, la división acorazada que con seguridad aparecería por esa avenida. Me subí a lo alto de un edificio en un piso presumiblemente abandonado. En varias ocasiones había pasado por allí para comprobarlo, pero esta vez encontré una familia escondida: Unos padres con sus dos jóvenes hijas. Se aterrorizaron al verme entrar. No les permití salir de allí mientras no hubiera empezado la batalla, cuando ya no pudieran delatarme por la confusión que surgiría entre las tropas. Intenté explicárselo pero estaban muertos de miedo, casi como si yo fuera el enemigo. Prácticamente les tuve que amenazar para que estuvieran callados en un rincón sin molestar. De todos modos, al ver lo demacrados que estaban les di mi ración de comida a pesar de lo mucho que la iba a necesitar si se prolongaba varios días. Al menos así les conseguí tranquilizar. Mientras esperaba para la hora señalada daba vueltas en círculos sin decir nada, intentando concentrarme en lo que iba a ocurrir y en mi pequeño cometido en toda esa orgía de destrucción que llegaría. La familia me observaba con curiosidad mientras engullía los alimentos. Había un cierto temor y respeto en sus ojos. Les dije que en cuanto todo comenzara podrían irse. No intenté contarles el cuento del sacrificio que hacía por la patria y todas esas bobadas. De sobra podían ellos pensar lo que quisieran mientras no me estorbaran. No buscaba justificarme ni ser amable, solo cumplir mi cometido. Bastante carga moral tenía ya pensando en la masacre que iba a haber. Llegó la hora y en distintos puntos de la ciudad y del país, se lanzaron bombas sobre los cuarteles. Aparecieron como por arte de magia barricadas donde más podrían molestar a los tanques posicionados en ellos y también a las afueras de la ciudad. Se colocaron francotiradores en todos los tejados y se sincronizaron cientos de ataques simultáneos a los puntos débiles del enemigo, en especial a sus fuentes de comunicaciones y suministros. Mientras unos perpetraban ataques, casi suicidas, otros esperaban los inminentes refuerzos enemigos que atacarían con contundencia salvaje. Yo me encontraba en uno de esos puntos de contención. Supuestamente atraparíamos a los tanques e infantería en un fuego cruzado desde todas las ventanas. Recibirían fuego de mortero, granadas, cohetes e incluso ladrillos si era necesario. Desde mi ventana podía oír los disparos y las bombas y veía como se alzaba el humo en distintas partes de la ciudad. Los primeros objetivos no serían difíciles de conseguir por haber sabido de antemano todas las rutinas del enemigo, pero en cuanto vinieran los refuerzos conoceríamos otro tipo de guerra, completamente imprevisible y sangrienta. Poco a poco el ruido de bombas se iba acercando y la tierra comenzó a temblar. Los tanques se acercaban por la avenida principal. La familia de mi cuarto, ya no estaba tan asustada pues había comprendido la razón de que yo estuviera allí (aunque se lo expliqué no quisieron creerme) y se sentían más tranquilos a pesar de lo que se nos venía encima (quizás porque de no haber un levantamiento les cogerían en breve). Pude vislumbrar por fin los tanques que se acercaban. Me puse a disparar a los soldados que se guarnecían tras ellos, intentando que no fuera de forma indiscriminada para que no averiguaran mi posición. De todos modos, las barricadas centraban la atención de los carros blindados y yo me podía permitir hacer una carnicería redonda. Los tanques avanzaban inexorablemente hacia la barricada que se encontraba debajo de mi ventana, a pesar de los muchos esfuerzos que hacían mis compañeros por atacarlos por los flancos. Yo me centraba especialmente en los puestos de mortero y en los francotiradores del enemigo, bien escondidos tras esquinas o escombros. Eran ellos mi peor enemigo y también el de los que se enfrentaban a los tanques lanzando granadas a pecho descubierto. Las avenidas se iban regando con sangre mientras miles de hombres explotaban al son de las granadas y yo disparaba de forma mecánica e inmisericorde a todo lo que se movía. Iba comprobando a gran velocidad todas las esquinas y ventanas para que nadie me pudiera cazar y cambiando mi posición a cada disparo. Los dedos me sangraban y la piel se me oscurecía por el sudor y el polvo. Me iba convirtiendo en un animal que hacía todo por puro instinto. Los tanques iban siendo detenidos por las granadas que destrozaban sus orugas o que provocaban incendios en su interior, haciendo salir a los conductores envueltos en llamas. Yo disparaba sin piedad a los conductores que salían asfixiados de sus carros y un puesto de mortero pareció localizarme. Cayó una bomba sobre el tejado de mi piso y los escombros me sepultaron en parte. Los cristales se me clavaron en el cuerpo, pero yo no sentía nada gracias a la adrenalina despertada por la batalla y la sed de sangre. Me quedé inmovilizado bajo los ladrillos, que se me clavaban en la espalda. Oía las explosiones de forma lejana y el ruido de las ametralladoras. Creí oír una música en mi cabeza, que iba al son de ese lamento ininterrumpido de muerte. Como si ya mi pensamiento estuviera completamente invadido desde todos los sentidos por lo que ocurría a mi alrededor. Me levanté con todas mis fuerzas y la familia que se había dirigido a ayudarme vio como se elevaban unas piedras y salía mi cuerpo ensangrentado de ellas. Sin decir palabra busqué a gran velocidad el puesto de mortero y masacré a todos sus miembros. Por un breve momento en la avenida, callaron las ametralladoras pues parecía que hubieran muerto todos los enemigos. Quedó un espantoso silencio, salvo algunos ruidos muy lejanos de otros combates. Contemplé las calles llenas de cadáveres destrozados y de tanques ardiendo. Pensé en que habíamos ganado al menos esa batalla, aunque pronto llegarían más. Los cristales habían producido cortes en mi cara, especialmente cerca de los ojos y en el resto de mi cuerpo. Y mientras llegaba el ocaso en el horizonte cuyos colores eran desafiados por las llamas de los edificios y las máquinas, aderezado con el duro color de la sangre regada en cada esquina, rugí como un animal victorioso, sobre los escombros, mientras lloraba sangre y sentía pena por todo lo que se había perdido, pero al mismo tiempo la sensación de gloria de haber conseguido por fin, demostrarme y demostrarnos, que la victoria era posible, por mucho que dijeran los demás; aquellos que justificaban su mediocridad, creyendo ser realistas.


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