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  eroticos > SadomasoSlave farm 1ª parte

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se publicó en la web el 27 de Mayo del 2005

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  Categoría: eroticos > Sadomaso
  Titulo:

Domingo por la tarde. Cuando llegué a la estación del pequeño pueblo donde habíamos quedado, la gente del vagón ya no me miraba con descaro o sorpresa. Las miradas, de reojo o de sorpresa y torvas las menos, habían sido especialmente intensas al principio, cuando subí y tomé uno de los asientos. La gente no se acostumbra a ver a alguien caminar normalmente por la calle con los pies desnudos; para la mayoría es algo antinatural y propio de hippies, gitanos o mendigos. Piensan que es sucio. Y sí, lo es; tan sucio como las suelas de unos zapatos. Pero también es sensual y estimulante y a mí siempre me ha gustado; desde niño. Aquel verano había decidido no usar zapatos ni sandalias de ninguna clase y llevaba así todo el mes de junio. La verdad es que las miradas tenían algún motivo más de conmiseración o desprecio. Además de ir descalzo y con los pies negros, la camiseta que llevaba estaba asquerosa, tenía el vaquero roto y desgarrado en varios lugares y el cabello largo, lacio y grasiento llegaba hasta la mitad de mi espalda; hacía dos semanas que estaba de viaje y había dormido donde había podido hacerlo gratis. Era el trato. Nada de dinero, apenas ropa y sólo una mochila pequeña con las cosas personales y algo de comida. Los billetes habían sido enviados por correo y sólo para el último trayecto desde la capital al pueblo. Me gustaba la aventura y había decidido salir de mi casa en Francia tal cual llegaría al punto de reunión, a más de 1500 kilómetros. Al bajar del vagón vi a los que serían mis acompañantes aquella semana que esperaba feroz y placentera. Estaban sentados en un banco de hierro del andén, el más alejado de la salida, y los reconocí de inmediato a pesar de no haberlos visto nunca en persona. La muchacha vestía sólo un top amarillo y unos shorts muy cortos, y el chico una especie de chilaba árabe, de lino. Los dos sonreían. Iba a acercarme a ellos cuando escuché mi nombre pronunciado desde atrás. Allí estaba el que sería dueño y señor de nuestros cuerpos durante 7 días completos, de domingo a domingo, las 24 horas de cada día. Sólo lo había visto en las fotos enviadas por e-mail, cuando aún andábamos en negociaciones. Pero eran muy fieles a la realidad: un hombre de 45 o 50 años, de cuerpo atlético y bien cuidado, bronceado, de manos largas y finas y más alto que la media. Desde luego, más alto que yo. Vestía, a pesar del calor de julio, de negro riguroso y con unas botas altas de media caña, también negras. Las gafas de sol completaban el atuendo. Me acerqué a él y le sonreí, pero apenas me echó una mirada de arriba a abajo y llamó también por sus nombres a los otros. Una vez reunidos y sin una sola palabra más, echó a andar hacia la salida de la estación con tres jóvenes creciditos y estrafalarios tras él. Estábamos avisados. Habría muy pocas palabras aquella semana. Las justas. Al Amo le gustaba el silencio. Subimos a una furgoneta sin ventanillas, desvencijada por los años y el uso, que olía por dentro a tierra y verduras. Luego supe que la utilizaba uno de sus empleados para llevar cajas de hortalizas al pueblo y venderlas en las tiendas y el mercado. Montamos por detrás y nos sentamos en el suelo de metal. Estaba caliente, pero no demasiado. El Amo subió adelante, cerró la puerta, arrancó, ajustó el retrovisor para mirarnos y dijo la palabra que nos mantendría así durante una semana entera: - Desnudaos. Lo hicimos mientras el vehículo estaba ya en marcha. El más rápido fue el muchacho, Alí. No llevaba nada bajo la chilaba y se quitó las zapatillas que llevaba sacudiendo las piernas. Tenía el cuerpo muy moreno y, como yo, apenas lucía vello, aunque lo suyo era natural. Miré su cuerpo con envidia recordando mis sesiones de depilación de pecho y piernas. La muchacha tenía unas tetas bonitas y su pelvis también estaba depilada. No tenía esas feas marcas blancas del sujetador o las bragas en su cuerpo bronceado. Me gustó. También me gustó que su nombre fuera Alicia y tuviera unos pies bonitos con las uñas sin pintar, me gustó que lo angosto de la furgoneta hiciera que los acercase a los míos. Por mi parte, me quité el pantalón y la camiseta que había llevado durante dos semanas de viaje en lo que es otra historia, que quizá en otro momento cuente, de aquel verano tórrido del 2001. Pusimos toda la ropa y el calzado en un montón junto a mí y el amo ordenó que la colocase en el asiento de delante. Titubeé un instante porque quizá podían verme desde la calle, pero lo hice rápidamente. Luego me senté de nuevo frente a los otros dos. La muchacha sudaba un poco pero su cuerpo emanaba un aroma perfumado que me recordaba al del melocotón. Muy diferente a mi perfume de sudor y mugre. Estaba sentada con las piernas cruzadas y se frotaba las rodillas con las manos. Sonreía. Alí estaba con las piernas estiradas y los brazos cruzados sobre el pecho, tenía la polla más larga que la mía y más fina y estaba circuncidado y levemente excitado. Me sonrió al ver que le miraba y me guiñó un ojo. Yo le acaricié uno de sus pies con la mano izquierda, pasando mis dedos por entre los suyos. El viaje fue penoso. A la salida del pueblo la carretera dejó de estar asfaltada. La furgoneta tomó un desvío cuesta arriba por lo que parecía ser la ladera de un monte y el camino estaba salpicado de baches y piedras. Nuestros culos botaron varias veces en el suelo de metal antes de que los tres, enseguida, nos pusiéramos en cuclillas para amortiguar mejor los saltos, sujetándonos con las manos a las paredes del vehículo. Sudando por el calor. Pasó al menos media hora de viaje de esta guisa hasta que al fin frenamos y llegamos a la granja que yo ya había llamado en muchos e-mails como “Slave-Farm”


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