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  eroticos > TransexualesSecreto Eterno

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se publicó en la web el 20 de Diciembre del 2006

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  Categoría: eroticos > Transexuales
  Titulo:

Clamando a la providencia por mesura, suspiré azorado ante la plenitud de su belleza. Beldad magnificada por la sutil armonía de las castañas sombras de un tenue maquillaje, aplicado con el mayor cuidado sobre el leve destello de su dispersa mirada. Misteriosas farolas de dorada languidez encontraste a la dulce faceta del pálido rostro, apenas teñido por el claro rubor de la mórbida infamia. -¡Maldito de mí!-exclamé- .Mil veces he jurado corregirme y mil veces he faltado a mi promesa. Y deje entonces hacerse el silencio, y permití a los castaños parpados caer sobre las doradas farolas. Difuminada a través de las volutas de vapor que ascendían de la tasa de té que tenía enfrente, la grácil figura de bucles azabaches y hermosos trazos se entregó sin más a un pesado letargo. Con la inconciencia fluían también, como las ondas ligeras del mar al alba, las reminiscencias traídas por el atormentado sopor. “Me he enamorado de usted” decía aquella carta con la que comenzaba todas las noches el mismo sueño. Desvaríos febriles de muchacho. Y a continuación se sucedía una comedía representado por una rápida serie de amargas postales. La veía a ella, mi madre, llorando a mis pies - ¿En qué momento pasó esto?- decía ella, mientras silencioso me limitaba a dirigirle una mirada compasiva. Lamentaba tanto todo aquello, más por causarle dolor que por creerlo endiabladamente antinatural. Veía también a Sofía, mi enamorada de toda la vida. Con ella venían acompañados los recuerdos de la recién dejada atrás infancia, las manzanas acarameladas, los bombones cubiertos de chocolate, los bailes y las carpas de la feria. Nuestros juegos de chiquillos y su amor fraternal. Sentía vivamente sobre los labios aquel primer beso que me diera hacía años frente a la fuente de azulejos del jardín y veía aún con horror el rostro del hombre muerto que encontramos entre la maleza del arroyo. Me veía entonces a mí, con una estúpida sonrisa que trataba de denotar tranquilidad, estaba de nuevo ante mi madre. Trataba yo de aligerar el duro golpe con palabras que nada explicaban-Te aseguro que de esto nadie tiene la culpa- dije por fin con tono indiferente.-Tratas de buscar una explicación, pero a lo largo de mucho tiempo he aquí la única que he logrado encontrar: Yo simplemente he nacido así. “Pero usted no puede contestar a mis cartas- proseguía el extraño texto-, pues usted no existe. Es usted sólo una imagen. Cada noche con un rostro distinto, una historia diferente. Una noche la diva, otra noche la compañera, la muchacha bonita, la artista. Eres tú todas las imágenes juntas. La mujer, aquel asunto peligroso y desconocido con el que sueño, con el que me lamento y me doy fortaleza en momentos agitados. Y te he escrito tantas cartas ya, con tantos motivos. A ti, Fernanda, Gabriela, Laura... Con frases confusas, con ideas extrañas. Escritas todas al calor del momento, sin propósito, con el único fin de aclarar mis ideas. ¿Que cómo soy -te lo he contado tantas veces ya- en nada diferente a los demás. Sencillo, sin ningún atractivo, soy como aquella muchacha de la novela de Virginia Woolf "Las Olas", ahí donde ellos tienen rostro, yo no lo tengo. Ellos viven en un mundo real, con objetos que pesan, y cuando les preguntan saben qué contestar. Cuando van por la calle y se cruzan con alguna persona, no se ríe de ellos en sus narices. Por eso los imito, por eso trato de ser como ellos. Y sin embargo guardo también un terrible secreto”. Era aquel un extraño tête à tête. Concertado desde la licenciosa espontaneidad del adormecimiento. El yo racional, mesurado, atormentado por la culpa y dispuesto a todo por cambiar. El yo romántico. Torpe enamorado de la mujer, taciturno y retraído. Capaz de escribir complicadas cartas a una novia que no existe y nada puede contestar. Frente a aquella eterna prisionera, que melancólica, clama todas las noches por salir de su cruel encierro. Maldito de mí. ¿Porqué he tenido que nacer así? De pronto un sobresalto. Escuché con horror el crujir de la puerta del salón, seguido inmediatamente por las doce campanadas del reloj. “Han llegado, están aquí y me muero de miedo” me dije, mientras jugueteaba nerviosamente con la cadenilla dorada del reloj que llevaba prendido a la estrecha cintura. Estaba de espaldas a la puerta, mirando plácidamente al fuego. Mi corazón exacerbado palpitaba con un vigor hasta entonces olvidado. Era el mismo impulso que me hacía probarme las ropas de mi prima de pequeño, el mismo desazón y desconcierto que había hecho ingrata mi adolescencia-¡Ah!, miserable sensación-. Tenía apenas unas dos semanas de haber llegado a la casita de campo de mi tío y ya me había metido en semejante lió. Ahora estaba ahí, vestido en el ceñido vestido de muselina gris, esperando al par de criados que habían descubierto mi secreto. De ahora en adelante, o hasta que encontrara una solución, debería de verme degradado a satisfacer todas sus oscuras perversiones. Yo, el señorito de la casa. El niño mimado cuya tía había rescatado de la pesadumbre que le destruía después de la muerte de sus padres. Cuyo tío pensaba legarle toda su fortuna y cuya hermosa prima, Sofía, le había amado desde siempre. Yo el sensible joven entregado de lleno al estudio de Goethe, de Schiller, de Byron, de Pope. Yo debía servir a ellos. Pues nada de eso le importaba a aquel par de patanes. Yo debía darles gusto, yo debía... Yo debía... -¡Ea!, Pedro. Ya estamos aquí muchacho- dijo el más joven y atolondrado.. -Mejor será que no olvides lo que hemos pactado, o de lo contrarío nos veremos obligados a contarle todo a tu tía.- Agregó Juan, el más viejo y vil de ellos. Nada contesté, no tenía ningún caso. Juan bien lo sabía, sin decir nada más se echó de un salto al mullido sillón, y tomando la delantera me acercó a él con uno de sus robustos brazos. -Vamos a ver muchacha, tendrás que estar con los dos. Pero te daremos el privilegio de elegir a ti el orden en el cual deberás servirnos. -Los prefiero a los dos a la vez, así terminaremos más pronto-contesté. -Como quieras. Estaba aterrorizado, “¿Cómo puede pasarme esto?” me decía, y sin embargo el joven Luís prefirió esperar su turno en el pasillo. “¿Qué me está pasando?-pensaba al ver caer los pantalones de Juan al suelo-¿Por qué no puedo dejar de mirarle?” Sentía como la sangre se agolpaba en mi rostro. Mi corazón apenas y podía contenerse, me temblaban las piernas y una especie de sudor frío me escurría por la espalda. “Yo lo deseo, yo deseo esto”, me decía. Me había convencido por fin de como había sido yo quien propiciara todo eso. De como me había arreglado con el mayor gusto con el vestido de mi prima que más me favorecía, de como había esperado impaciente durante todo el día. Sí, a mí me gustaba todo esto, me gustaban sus abusos, sus humillaciones. Me gustaba la forma en que se doblaba el miembro erecto de Juan, me gustaba la forma en que colgaban sus robustos testículos. Me gustaba el tufillo a orines que de él se despedía. Entonces la imagen de Sofía ya no me importaba nada, su bello rostro, su pecho firme, su estrecha cintura, eran nimiedades frente a aquella barra de carne caliente que tenía enfrente. Quería probarla, llevármela a la boca. Sentirla punzando entre mis adentros. Y así me decidí a dejarme llevar por todo aquello que deseaba. Por eso no opuse ninguna resistencia cuando él me llevó violentamente la cabeza a su entrepierna. Por eso mismo traté de tragar lo más que pude de aquel largo falo, y por eso mismo comencé a darle pequeños lametones entorno al glande. El no decía nada, con la cabeza echada hacía atrás y los ojos perdidos en el cielo raso, se limitada a gozar calladamente del placer que mis labios le estaban propiciando. “¿Por qué no me mira?-pensaba- ¿Mirarías a Sofía?” Comenzaba a sentir por primera vez en mi vida una fuerte envidia a Sofía. La envidiaba porque era hermosa, porque había nacido niña y porque podía gozar sin remordimiento de todo aquello reservado para las chicas. Seguí yo lamiendo con fruición un rato más, hasta que él me echó violentamente a un lado. Tomándome de los hombros me hizo darme la vuelta y sin ningún cuidado me arrancó el hermoso vestido de muselina gris. Dejando al descubierto mis carnosos glúteos, los golpeó con la misma fusta con la que arriaba a los caballos. Aquello no fue como yo lo esperaba. -Cuidado- alcancé a decir al sentirme atravesado. Me ardían las entrañas y sentía como se me habían escaldado los ojos, quería llorar. Llorar por el dolor, por haber faltado a la promesa que le hice a mi madre. Llorar por engañar a Sofía, la persona a la que más amaba en el mundo. Y sobre todo llorar por estar gozando todo aquello, por desear con ardor otra violenta arremetida suya. Por desear probar las mieles de su virilidad en mi boca. Llorar por desear más que nada en el mundo los placeres que me estaba dando ese hombre. “Chop,chop, chop” Era lo único que podía oírse. Sus robustos testículos golpeaban ahora mis enrojecidos glúteos. Una y otras vez iba y venía, me tenía fuertemente asida por la cintura y no me soltó hasta que le sentí brotar de en mi interior. Le vi salir. Presuroso se subió los pantalones y sin decir nada echó a andar sigilosamente hacía el cuarto de los criados. Entró entonces Luís blandiendo una expresión de furia en el rostro, podía presentir que aquel muchacho me haría aun más daño que el viejo. -Le aseguro, señorita, que jamás volverá a pasar esto- me dijo el granuja de Luís para mi sorpresa apenas hubo entrado-. Por mi cuenta corre que ese miserable de Juan pague todo lo que ha hecho. “Estúpido. ¿Porqué no me tomas?, ¿Qué deseas?” Pensé en mi ensimismamiento y nada respondí. -Yo a usted le quiero, le quiero desde siempre, como chica y como...-dijo él sin que yo le dejase terminar. -Vete, Vete- le dije. Obedeció sin dilación, hizo una reverencia tosca y lanzándome una mirada tempestuosa salió. “La amo. A usted, al hombre o a la mujer, sea lo que sea le amo” pude leer en sus ojos. ********* Hoy por la mañana, han encontrado el cuerpo de Luís colgado de uno de los postes del establo. Ahí, en el mismo lugar donde el desgraciado dio muerte a Juan una quincena después de haberme ultrajado, yace frío y tieso, sombrío y miserable. Mi venganza está completa por fin. He sido yo quien le ha orillado a apuñalar a Juan una fría noche, en que borracho, desperté su animosidad con un beso y una risible declaración de prohibido amor. He sido yo también quien le ha roto el corazón al casarme con Sofía.


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