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  fantasia > RolSANGRE FRESCA, FINAL

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se publicó en la web el 29 de Noviembre del 2006

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

CAPITULO 2 El camarero apareció cojeando, arrastrando la pierna izquierda sobre la nieve. Muf vio que trataba de atarse el cinturón a la altura del muslo, intentando contener la hemorragia. Incluso desde esa distancia era posible distinguir cómo su pierna chorreaba, cómo caía la sangre empapando y derritiendo la nieve. Muf corrió hacia el camarero, o lo que fuese, con intención de ayudarle. Pero el hombre alzó la cabeza y le gritó: -¡Corre junto al rey!¡Es un nefárida! La tronante voz no dejaba lugar a la desobediencia. Muf, que no tenía la menor idea de qué era un nefárida, envainó el puñal y salió corriendo hacia el local de Gem, sin mirar atrás. Fuese lo que fuese la alta figura, el destino del hombre estaba decidido, y Muf sería incapaz de enfrentarse a ese ser que había acabado, sin duda, con ambos camareros. Llegó a la posada, jadeante y pálido. Los presentes se abrieron, dejando un pasillo abierto que el muchacho recorrió hasta caer de rodillas ante el rey. -Es un nefárida –dijo sin más ceremonia-. Los camareros… los camareros se enfrentaron a él, pero… Galen se colocó junto a su hijo, posando su fuerte mano en el hombro del joven. -Debí haberles ayudado –susurró Muf. Su mayor temor no era el nefárida, ni la reacción del rey o la de cualquiera de los hombres. Sólo temía que su padre le considerase un cobarde, que Galen no estuviese orgulloso de él. Que le despreciase, en resumen. -Si te hubieses quedado, tendríamos otra muerte que lamentar. Ponte en pie, hijo. Tenemos trabajo. Muf obedeció, aliviado. Su padre le palmeó la espalda y luego le entregó su arco. Redhú, otro de los cazadores de su grupo, se dirigía ya al establo, para recoger las flechas que guardaban en los carros. Otros cazadores hacían lo mismo. -¿Dónde creéis que vais, vosotros? –tronó Grenort. -Hay que cazar a esa cosa –dijo Redhú. Grenort negó con cabeza. De un salto, el joven rey subió a una de las mesas, para así quedar bien a la vista de todos los presentes. -Hay un nefárida en las calles –dijo-. Un nefárida, para quienes no sepan de qué hablamos, es un ser de otro mundo. Un chardu muerto tiempo atrás, y condenado por sus delitos ante los dioses, a un Mundo Posterior terrible. Un lugar donde todos los que son como él se persiguen, se cazan y se torturan unos a otros por toda la eternidad. Un mundo de asesinos, donde no hay redención posible. Grenort se calló, dejando que los hombres asumiesen sus palabras. Respiró hondo, con los ojos perdidos en algún recuerdo lejano. -No creo que podamos detenerle con las armas –dijo, aunque hablaba más para sí mismo que para los demás. Galen se adelantó un paso, decidido. Comprendía lo que el rey había dicho, pero no era hombre que se rindiese con facilidad. Ni el origen del ser ni su supuesto poder eran motivo para dejar las cosas como estaban. No para Galen. -Debemos cazar a esa cosa, sea lo que sea –dijo. -No lo entiendes, buen Galen –Grenort sacudió la cabeza-. En tiempos de mi bisabuelo, un nefárida escapó del Mundo Posterior, sólo los dioses saben cómo. Y apareció en el Clavo. Todos soltaron un jadeo expectante, un murmullo de incredulidad. -Sí. En el Clavo, el palacio de nuestros padres. El símbolo de nuestro poder. Cazó para alimentarse, ansioso de carne fresca, de sangre fresca. Según me contó mi padre, los nefáridas sólo disponen de un tiempo para permanecer en nuestro mundo. Una vez saciada su hambre, o cumplido ese tiempo, la voluntad de Tonf o de otros dioses le devuelve a su lugar. Sólo podemos escondernos y esperar a que eso ocurra. -¿Sugieres que nos quedemos aquí, como viejas que esperan junto a la hoguera que pase la tormenta, y no hagamos nada? –dijo Galen. Grenort frunció el ceño, furioso ante la expresión desafiante del cazador. Clavó sus ojos en Galen, pero éste no apartó la mirada. Fue el rey quien acabó por hacerlo. -No lo sugiero –dijo al fin-. Lo ordeno. Tengo que ordenarlo. Todos los habitantes del pueblo deben refugiarse aquí. Ahora, esta noche. En cualquier sitio. Mis hombres vigilarán el perímetro, pondremos barricadas y esperaremos. -¿Y cómo sabremos que se ha ido? –preguntó una voz desde el fondo de la sala. -No lo sé –reconoció Grenort-. Ya pensaremos algo. Si logramos salir de esto con sólo tres muertes… -Cuatro –dijo Muf. Todos los presentes le miraron. -Cuando vimos a esa cosa, llevaba un corazón en las manos. Y Ahnú no había perdido el corazón… A lo largo de la noche, los umdhui se afanaron en obedecer a su rey. Las patrullas trajeron a todos los habitantes del pueblo al local de Gem. Aquella manzana de casas se convirtió en el refugio en el que se hacinaban casi trescientos hombres, mujeres y niños. Varias casas de alrededor fueron derribadas, y sus vigas y tablones se convirtieron en materia prima para las barricadas que pretendían protegerles de un fantasma de otro mundo. Grenort dejó la organización del trabajo en manos de Galen y el sargento de su guardia, y entró en la habitación de su hija. - Ojalá hubiese traído la Leddalsord conmigo –dijo mientras acariciaba los oscuros cabellos de la niña. -¿Leddalsord tiene poder para acabar con el nefárida, padre? Grenort sonrió. Leddalsord, forjada por Tonf en el principio de todo, tenía poder para acabar con los mismos dioses. Pero Briada aún era una niña, y resultaba prematuro rebelarle algunas cosas tan pronto. -Sí, hija mía. Podría hacerlo. -Pues es una pena que no la tengamos –dijo la niña, con una mirada huidiza a las cortinas que cubrían la ventana-. Deberías mandar por ella. Grenort, demasiado ocupado negros pensamientos para captar aquella mirada, sacudió la cabeza. -Está en el palacio de invierno, en Tarmhusel. Tardaríamos varios días en traerla, y arriesgaría la vida de quien fuese a buscarla. Espero que el nefárida desaparezca antes. Ahora, duerme. Nosotros velaremos por ti. Besó a su hija en la frente, saliendo después de la habitación. Un momento más tarde, abrió la puerta de nuevo. -Ah, hija mía –dijo-. El camarero me ha pedido que le digas al joven Muf que, pese a que agradecemos su interés en protegerte, esconderse tras la cortina de la habitación de una dama no es muy galante. Briada se sonrojó, tapándose con la manta, mientras Muf salía de detrás de la cortina. -¿Cómo te atreves, jovenzuelo? –le reprochó- ¡Soy la princesa de los umdhui, no una camarera! ¡Sal de aquí y no vuelvas! Muf, más confuso que azorado, obedeció. Se quedó con ganas de decirle a Grenort que la misma Briada le había pedido que se quedase allí, protegiéndola, pero no lo hizo. No habría sido galante. Así que pasó junto al rey, con la cabeza muy alta, mientras éste sonreía. Grenort cerró la puerta y le alcanzó en las escaleras. -Un momento, hijo. Muf se detuvo. -Tengo que pedirte un favor. Algo importante. Muf hizo una breve y torpe reverencia, más azorado que antes. -Mi vida por ti, sheré. Grenort suspiró, como si le costase decir lo que quería. Era una decisión difícil. Pero lanzó una mirada a la sala común, atestada de gente. La luz del amanecer se colaba por las ventanas, plomiza y triste, iluminando los cansados rostros de los enanos. Mujeres angustiadas, niños que lloraban, hombres que vigilaban el exterior sin saber bien qué acechaba allí. -Ya has oído que Leddalsord está en Tarmhusel, en el palacio de invierno. Tú conoces bien esta región. Puedes llegar allí en dos o tres días, y traer la espada. -¿Es lo único que acabará con el nefárida? -De forma normal, sí –dijo Grenort-. Una estocada de Leddalsord le destruirá para siempre. Un arma normal podría matarle, pero muy lentamente. No se detienen por el dolor, ni por las heridas. Mi bisabuelo vio cómo veinte guardias caían a manos del nefárida mientras las flechas y las espadas atravesaban su cuerpo. -Pero en el Clavo teníais la Leddalsord –dijo Muf- ¿Por qué no la usó tu bisabuelo, sheré? -Eso no importa ahora. Al final, mi abuelo, Ganaert el Justo, acabó con él usando la espada. Grenort no quería hablar del tema. Su bisabuelo fue un buen rey, pero un mal hombre. Adúltero y violento, su esposa y sus hijos habían pagado en sus propias carnes la agresividad del rey, hasta que un día, Leddalsord se cansó. La espada, dotada de voluntad propia, se negaba a salir de su vaina cuando la mano del rey la tocaba. El nefárida había llegado en aquel tiempo, y Leddalsord decidió no actuar. El bisabuelo de Grenort huyó ante el nefárida y fue su hijo menor, el abuelo de Grenort, quien pudo tomarla en sus manos y defender al pueblo. Aquel día fue elegido como sucesor de su padre. Muf asintió. -Traeré la espada. Muf partió a mediodía, mientras los cansados hombres dormían en cualquier rincón. Llevaba un mensaje firmado por el rey, sin el que los soldados jamás le entregarían la Leddalsord. Tenía la firme intención de regresar con el mágico arma y una hueste de buena infantería enana, y convertirse en un héroe a los ojos de su padre y de Briada. No había hablado con Galen antes de irse. Sabía que su padre, pese a obedecer al rey, no vería con buenos ojos su misión. Como decía Grenort, tendría más posibilidades de escapar al nefárida él solo, mientras el ser buscaba víctimas por el pueblo desierto, que si le acompañaba un grupo numeroso. Lanzó una mirada a su padre, que dormitaba junto a la puerta, con el arco entre las manos, y se fue en silencio. Logró salir del pueblo sin novedad, atento a cualquier sonido a su alrededor. Llevaba una aljaba repleta de flechas, el arco y dos espadas cortas, además de una lanza y una rodela de madera y cuero. Se sentía como un soldado, como un hombre. Descendió la ladera, siempre en dirección noroeste. De vez en cuando se detenía, escuchando cualquier sonido que el viento le trajese. Pero no había nada, sólo silencio blanco. Empezó a nevar al atardecer, y Muf lo agradeció. Sabía que, si el nefárida había decidido seguirle, la nieve sería su aliada, tapando las huellas que pudiese dejar. -¿Seguirme? –dijo, hablando consigo mismo-. ¿Y por qué iba a seguirme? No seas absurdo, Muf. Caminó unos metros más, observando el musgo helado en los troncos de los árboles y la inclinación de los círculos de hada para orientarse. -Estará allí arriba, pelándose de frío y acechando a los demás –siguió diciendo, para tranquilizarse-. Seguro. Pero el miedo seguía creciendo en él, tratando de hacer presa en su corazón con afilados dientes de rata, rebuscando en su interior. Caía la noche, una noche de luna nueva. Las estrellas se hicieron invisibles tras la capa de nubes, y Muf se detuvo. Los sonidos de la montaña parecieron crecer. Lo que antes era fácilmente identificable –las carreras de los rebecos, los jadeos juguetones de algún zorro de las montañas, el trinar inquieto de los chotacabras blancos- se convirtió ahora en un ominoso mar de fondo, en una serie de amenazas veladas por la oscuridad creciente. -Y si está por aquí, ya le habría odio –se dijo Muf-. A no ser que sea tan silencioso como en la plaza, claro. Allí no le oímos caminar sobre la nieve hasta que pudimos verle… Miró a su alrededor una vez más. La nieve empezaba a caer, cegándole en parte. ¿Qué era aquello? Algo se había movido al sur, entre los árboles. No, no había nada. Siguió avanzando. El llano ya estaba cerca. Un crujido. A su espalda. Se giró, lanza en ristre. Una rama, demasiado cargada de nieve, no había soportado el peso de la nueva ventisca. Sólo eso. Por si acaso, avanzó de espaldas, sin dejar de sostener la lanza con manos temblorosas. Otro crujido, muy cerca. Saltó hacia delante, dejando escapar un alarido. Al ver lo que era, rió de alivio. Había pisado un charco helado, y el sonido era el hielo, crujiendo bajos su pies. Sólo eso, y nada más. Controló su risa, dándose cuenta de que era demasiado estridente. Casi un kilómetro más tarde, la nieve le llegaba hasta las pantorrillas. Se detuvo, descolgó la mochila de su espalda, y se calzó las raquetas de nieve. -Ahora podré avanzar como un maldito elfo –se dijo. Al ponerse en pie lo vio. Quince, quizá veinte metros más arriba. Casi oculto por la nieve que caía, pero perfectamente visible para los ojos de un enano, que pueden perforar la oscuridad natural. Dos metros de alto, quizá más. Flaco, hierático y terrible. En cada mano sujetaba una daga curva, brillante aunque no hubiese ninguna luz que reflejar. La figura alzó la mano derecha y agitó la daga, en una especie de saludo. Muf se lanzó a la carrera, ladera abajo, sin mirar atrás. La cosa, el nefárida, parecía volar sobre el terreno, sin hundirse en la nieve ni importarle los accidentes de la ladera. De vez en cuando soltaba una breve carcajada, como si le divirtiese el juego de la caza. Muf se supo perdido cuando escuchó la carcajada justo sobre su hombro. Un segundo después, un dolor lacerante recorrió su espalda. El nefárida había atacado, rasgándole sobre el omoplato. Ni siquiera había clavado su arma en la carne del joven, tal vez para no estropear el juego. -Tonfporfavor, Tonfporvafor… -susurró el joven mientras seguía corriendo. Azuzado por el terror, Muf logró unos metros de ventaja. Miró a su alrededor, buscando un refugio. Casi paralelo a él corría un río, una torrentera ahora casi anegada por la nieve, y helada en sus orillas. Al otro lado, al este, sólo espacio abierto, con algunos grupos de arbolillos que poco o ningún refugio podían ofrecerle. Antes de que la criatura le alcanzase de nuevo, Muf se dejó caer sentado en el suelo. Había comprendido que el nefárida deseaba herirle, desgastarle lentamente, para que ofreciese menos resistencia. Como una presa que huye, desangrándose, hasta que el cazador la atrapa sin esfuerzo. Y Muf no pensaba ser una presa fácil. Se dejó caer, girando sobre el trasero con la lanza al frente, y el nefárida, que ya estaba encima de nuevo, chocó contra ella, clavándosela en el muslo. Muf rodó a un lado, soltando la lanza. El nefárida, sorprendido, rodó también cuesta abajo. Ambos fueron arrastrados por la inercia, deteniéndose unos metros más allá. El joven enano se puso en pie y empezó a correr hacia el este, esperando poder cruzar el río si el hielo aguantaba. Su enemigo pesaba más que él, así que la opción parecía la mejor. Llegó a la orilla, musitando una oración a la diosa de las aguas, Norkili, para que el hielo le soportase. El nefárida se puso en pie. Con un gesto de desprecio, arrojó la rota lanza al suelo, sin molestarse en desclavar la punta de su carne. Se miraron durante un instante. La piel de la criatura era pálida, surcada de venas varicosas. Le faltaba un ojo, cubierto aún por el pus de una herida reciente, tal vez causada por las Sombras de Piedra, los camareros que Muf conoció. Bajo la andrajosa túnica negra, la carne aparecía cubierta de cicatrices y laceraciones, algunas de ellas cosidas con alambres de puntiagudo espino. Sobre las cejas y alrededor de los labios, el nefárida exhibía pequeños clavos herrumbrosos, fruto tal vez de alguna tortura del Mundo Posterior. La cosa sacó la lengua, una lengua larga y roja, y se relamió, señalando a Muf. El joven no necesitó que le azuzasen para cruzar el río. El nefárida se lanzó tras él. Muf resbaló en el centro del riachuelo, y cayó sobre la espalda. El nefárida aulló de risa, saltando sobre él con las dagas por delante. Muf se revolcó, tratando de extraer su propia daga, pero el peso del asesino le aplastó, sacándole el aire de los pulmones. El hielo crujió, a punto de romperse. El nefárida atacó con una daga, pero Muf se revolvió como pudo y sólo se clavó en la aljaba. Inmediatamente, el joven mordió la muñeca del nefárida. Sintió nauseas ante el sabor de aquella carne muerta, pero no soltó la presa. Sujetó con las dos manos la otra muñeca de la criatura, mientras ambos rodaban hacia abajo, se deslizaban por la fina capa de hielo y se pateaban con rabia. Así combatieron, a cara de perro, sin reglas ni tregua. Como dos niños que se muerden, patalean y se arañan. Las dagas cayeron durante el combate, y el hielo se quebró en un remanso poco profundo. Muf sintió el agua helada, el dolor en su carne descubierta. Sintió más miedo aún que en la Percha, pero no se atrevió ni a llorar. No podía perder el tiempo en eso. De pronto, sus pies tocaron fondo. Pudo asentarlos en el limoso lecho del río, y aprovechó para afianzar su posición. El nefárida hizo lo mismo, y ambos retrocedieron un par de pasos, contemplándose. La criatura sonrió, jadeando, y Muf no pudo evitar que una sonrisa, canina y hambrienta, asomase también a sus labios. Ambos sangraban por varios cortes y heridas, y el frío empezaba a hacer mella en ellos. Pero Muf volvió a sentir la excitación de la lucha, de la caza. El sabor cobrizo de la sangre, propia y del enemigo, calentando su alma indómita. -Tú eres como yo –dijo la criatura, con un susurro ronco. Muf no dijo nada. Sólo buscó su espada, pero la mano se cerró sobre el aire vacío. La había perdido en la lucha. Sin embargo, aunque la sonrisa del nefárida se hizo más profunda al darse cuenta, Muf no pestañeó. -Estás desarmado –dijo el ser-. Y yo aún tengo mis dagas. Deberías suplicar por tu vida. -No suplicaré por lo que ya he perdido. Si me matas tú, o si te mato y muero de frío al regresar, no importa. Pero voy a intentar quitarte de en medio. El nefárida lanzó una risotada áspera, ronca. Cuando echó la cabeza hacia atrás Muf pudo ver que tenía la garganta rasgada, sangrante. Había sido él durante la lucha, pero ni siquiera sabía cuándo. -Tienes razón, umdhui –dijo el nefárida-. Hoy morirás. Y yo regresaré a mi lugar, en el Mundo Posterior. La criatura habló con pesar, como un amigo que se tiene que despedir de sus seres queridos antes de un largo viaje. -Me queda algo de tiempo Astayer –miró a su alrededor-. Pero lo perdería buscando un lugar poblado donde cazar. Me has fastidiado bien la pierna, ¿sabes? Muf se encogió de hombros. -Era mi deber. El nefárida le observó unos instantes más, mientras el enano trataba de controlar el temblor de sus miembros. -¿Cuál es tu nombre, niño? -Soy Muf Leddalsord, hijo de Galen. -El orgullo llena tu voz, hijo de Galen, y fortalece tus manos –hizo una leve reverencia-. Yo soy Mnemestro, y saludo tu valor. Con un rápido gesto de la mano izquierda, la criatura arrojó su daga, clavándola a los pies de Muf, en el lecho del río. -Lleva esto a los tuyos, como prueba de que me he marchado. Has vencido por esta vez, hijo de Galen, y tu nombre debe ser pronunciado con reverencia por los umdhui. Al menos por algún tiempo. Pronto serás un hombre, hijo de Galen, y yo estaré curado de mis heridas. Decidiremos entonces si mereces ser llamado guerrero, o si hoy fue sólo tu noche de suerte. Muf asintió, sin dejar de mirar los ojos de la criatura, temiendo una traición. -Me matarás en cuanto me de la vuelta –dijo. -Te mataré en el futuro –la voz de la Mnemestro era suave, una caricia de frío y perdición-. Cuando tengas algo que perder. Recuérdalo siempre, hijo de Galen. Volveré cuando pueda arrebatarte algo, cuando tu valor se rompa por el miedo a perder lo que amas. Hasta entonces, esta daga es mi regalo a tu fuerza, a tu coraje. Muf se agachó lentamente, apartando los ojos de Mnemestro sólo un segundo, para arrancar la brillante daga del lecho del río. Cuando alzó la mirada, estaba solo. Al día siguiente, Galen y sus cazadores encontraron a Muf en la ladera, a un par de kilómetros del poblado. Había viajado durante la noche, venciendo por simple fuerza de voluntad a la debilidad, al frío y al miedo. Redhú le encontró, medio muerto, aferrado a la brillante daga que despedía un extraño calor, tal vez el suficiente como para mantenerle vivo y consciente, pero no más. Entraron en la sala común donde los enanos aguardaban, y todos se colocaron a su alrededor. Gem el Tuerto, sin una palabra, puso a calentar una olla de vino con miel, pimienta y albahaca, para que los expedicionarios entrasen en calor. -Todo ha terminado –dijo Muf cuando sus ateridos labios le permitieron hablar-. Ya no está. Grenort y Briada llegaron junto a él. -¿Está bien? –preguntó Briada, la de los verdes ojos. -Está bien –dijo Galen, con voz neutra. Después se alejó, sin decir ni una palabra. Gem llevó el vino a los cazadores y a Muf. Luego, con una jarra llena y dos copas, salió al exterior. Galen se había sentado en una de las vigas que servían como barricada, ya inútiles. Gem le puso una copa en la mano y la llenó. Después se sentó junto a él, liando un par de cigarros, y ofreció uno al maduro cazador. -Tu chico es un valiente –dijo-. Puedes estar orgulloso de él. Galen asintió. El rey salió de la posada, con una copa en la mano, sonriendo. -Todo ha terminado bien –dijo-. Mejor de lo que yo esperaba. Sé que te prohibí salir del refugio, pero me alegro de que lo hicieses y encontrases a Muf. Sois unos valientes. Alzó su copa para brindar con Gem y Galen, pero ninguno de los dos correspondió a su gesto. Galen dio un trago, calentándose el cuerpo. -Somos hombres, mi rey –dijo-. Y cumplimos nuestro deber como hombres. Si vuelves a enviar a mi niño a una misión de hombres sin mi consentimiento, haré lo que un hombre, y un padre, debe hacer. Y Briada reinará antes de tiempo. Sin decir más, Galen se puso en pie, vació el vino en el suelo, y se alejó seguido de Gem. El emperador de todos los enanos se quedó mirando aquella mancha carmesí sobre la nieve, que se extendía como sangre fresca.


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