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  fantasia > RolSANGRE FRESCA 1 continuación de PRIMERA SANGRE

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se publicó en la web el 27 de Noviembre del 2006

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

SANGRE FRESCA (continuación de PRIMERA SANGRE) Briada la de los verdes ojos respiró hondo, saboreando con fruición el fresco aire de la montaña. La temporada de caza había llegado de nuevo, y de nuevo su padre, Grenort, emperador de todos los enanos, había decidido pasar unos días de vacaciones en la Montaña de los Cazadores, alejado del bullicio de la corte y sus intrigas. Hasta ese momento, las visitas de la familia real a la montaña se habían mantenido en un estricto secreto, tratando de velar por su seguridad. Pero el año anterior, cierto reyezuelo pirata había enviado a un grupo de secuestradores con la intención de incorporar a la princesa a su harén, y sólo la intervención de dos cazadores, Galen y su hijo Muf, evitó la tragedia. Así pues, Grenort decidió mantener sus costumbres, pero esta vez hizo pública la visita, y desplegó una verdadera demostración de fuerza, haciéndose acompañar por cincuenta soldados de elite y anunciando a bombo y platillo su viaje. Sin embargo, la mayor fuerza del señor de los umdhui no estaba en aquellos soldados, sino en cuatro modestos camareros, miembros habituales de su séquito. Los cuatro eran Sombras de Piedra, una unidad del ejército umdhui tan secreta y poderosa que ni el mismo emperador conocía a sus miembros. Las comunicaciones entre la corona y la unidad de los Sombras se hacían a través de mensajes ocultos, sin que nadie llegase jamás a identificar a los enigmáticos soldados, pero Grenort sabía que estaban allí, y que serían fieles a él hasta más allá de la muerte. Por eso Briada respiraba tranquila mientras su yegua era detenida por uno de los pajes frente al refugio de caza de Gem el Tuerto, lugar habitual de encuentro para los cazadores enanos. Muf, junto a los otros seis enanos que componían su partida de caza, se levantó respetuosamente al entrar el emperador y su séquito en la posada de Gem. El dueño, ya advertido por los correos reales de la ilustre visita, había hecho los preparativos de la mejor manera posible (lo que equivale a decir que fregó el suelo por primera vez en tres años, y contrató a dos jóvenes de la aldea para que limpiasen las manchas de grasa y tabaco de las paredes), y salió a recibirles con altanera dignidad. Todos los presentes rindieron homenaje a sus señores, aunque las reverencias no fueron demasiado largas ni demasiado pronunciadas. Si hay algo que define a un enano, es su orgullo. Muf no pudo evitar que sus ojos resbalasen lentamente sobre Briada. Tal vez el amor a primera vista no sea real, y tal vez sí. Pero Muf llevaba un año pensando en ella, esa es la verdad. Galen, su padre, atento como siempre, captó la indiscreta mirada del joven y le propinó un suave pisotón. -Recoge tus ojos del suelo, chico –le dijo con su voz áspera y firme-, se te van a salir. Muf enrojeció, pero su padre lanzó una de sus escasas sonrisas, y el cielo del joven se iluminó de nuevo. Rieron juntos mientras sus compañeros pedían una nueva ronda de cerveza. Los cazadores pensaban subir a la montaña el día siguiente. Allí vivirían durante algunas semanas, alimentándose de la carne de los animales cazados, y entregando sus pieles a Gem para que comerciase por ellos. Era una forma dura de vivir, pero era una buena vida. Compañía, amigos, cuentos y tradiciones; la hosca terquedad de la naturaleza, el juego eterno de la vida y la muerte; el hambre, para quienes no lograsen cazar; el miedo a ser las presas de algún depredador más inteligente. La sensación de estar vivo, en definitiva. Muf estaba deseando subir, aunque eso le separaría de la princesa. Sin embargo, la madrugada antes de la partida, ocurrió algo que cambió los planes de todos ellos. El cadáver fue encontrado por Mesh, uno de los mozos de la taberna. Al anochecer se acercó al almacén de Ahnú, que era el proveedor de aquel pequeño pueblo de las montañas. Traía de la capital vino y cerveza, aceites, ropa y muchas otras cosas, y vendía los productos artesanales y agrícolas. Mesh fue a verle para comprobar si había recibido el envio de cervezas que la taberna necesitaba. La época previa a la caza era buena para vender cerveza. Aunque ningún grupo de cazadores llevaba comida a las montañas, respetando el antiguo principio de “comer sólo lo cazado”, respecto a la cerveza eran más permisivos, y la mayoría de ellos ascendían las laderas portando barriles sobre las anchas espaldas. Cuando Mesh llegó al almacén se encontró con la puerta cerrada, así que rodeó el establecimiento hasta llegar a las puertas de atrás. También estaban cerradas. El joven camarero trepó sobre unas cajas que había en el exterior y se asomó a las sucias ventanas. Dentro, tendido sobre varios sacos, estaba el viejo Ahnú. La sangre empapaba el suelo, y Mesh, espantado, salió corriendo hacia la taberna, gritando a pleno pulmón “Han matado a Ahnú, han matado a Ahnú”. Los cazadores, el tuerto Gem y un pequeño grupo de guardias corrieron hasta el almacén, mientras la mayoría de los soldados cerraban filas en torno al rey y la princesa. Muf, junto a su padre, llegó de los primeros a la puerta. Los guardias, entorpecidos por el peso de sus armaduras, lanzas y escudos, tropezaban en la nieve y se retrasaron unos metros. Galen trató de abrir la puerta. Al comprobar que estaba cerrada, rodeó el edificio. -También está cerrada –dijo Ulmar, otro de los cazadores del grupo. -Por la entrada de la bodega –decidió Galen. Los guardias llegaron, intentando hacerse cargo de la situación. El sargento ordenó a los cazadores que se apartasen, pero la mayoría ni siquiera le escucharon. Levantaron la trampilla que daba paso a la bodega, y varios de ellos se deslizaron por el tobogán que Ahnú había usado siempre para descargar las mercancías. Muf, zafándose con facilidad de los coléricos guardias, se lanzó tras ellos. Galen, Muf, Ulmar y dos cazadores más subieron las escaleras que daban al establecimiento, cruzando la bodega a toda velocidad. La escalera daba a una pequeña habitación, una especie de despacho amueblado con una mesa maciza, un armario y tres sillas. Allí era donde Ahnú negociaba sus tratos con los proveedores. Había tres puertas en la habitación; la que habían usado los enanos para entrar, la que daba a la tienda propiamente dicha, y una tercera, en apariencia cerrada. -Echad un vistazo por aquí –ordenó Galen-, a ver si han robado algo. Los cazadores obedecieron, mientras Muf y su padre entraban en la tienda. Pronto llegó el sargento junto a dos de los soldados. El espectáculo que encontraron era realmente tétrico. Ahnú yacía sobre unos sacos de harina, boca arriba. En el techo había dos poleas, engranadas en dos carriles de metal, que se usaban para alzar los sacos y fardos de mercancías y colocarlos en las estanterías o llevarlos hasta la puerta. Los asesinos habían usado las poleas para torturar al viejo enano, atando sus brazos con sedal, pasando el fino y fuerte hilo por las poleas, y atando el otro extremo a los sacos. Ahora los sacos estaban en el suelo, y los brazos del enano, amputados a la altura del codo, donde se habían atado los hilos, colgaban del techo. Bajo el cuerpo había dos sacos más, completamente cubiertos de sangre. Muf sintió una nausea, pero la controló a tiempo. Su padre le agarró por el brazo con firmeza, pero sin brusquedad, y Muf encontró en ese gesto fuerza suficiente para seguir mirando. Galen y el sargento avanzaron juntos hasta el cadáver. -La sangre está seca –dijo el sargento-. Hace horas que murió. Galen asintió, agachándose y tocando con la punta de los dedos la mancha de sangre. Aún estaba algo viscosa, pero muy espesa y casi completamente coagulada. -Está fría. Después se dedicó a observar el rostro de Ahnú, pálido y crispado. El pobre viejo debía haber sufrido horriblemente antes de morir. -Le amordazaron para que no gritase –dijo Galen. Muf sintió que se mareaba. Había visto la muerte de los animales, incluso había matado a algunos hombres. Pero eso había sido el año anterior, cuando tuvo que luchar por su vida y la de la princesa. Aquello era un asesinato, un crimen frío y sin sentido, una crueldad innecesaria. Miró a su padre. Galen también estaba algo pálido, pero ni sus gestos ni su voz temblaron cuando, delicadamente, hizo girar el cuerpo muerto. Su padre haría lo necesario, y eso reconfortó al joven enano. Cuando el cuerpo del anciano rodó sobre los sacos y pudieron ver la espalda, todos contuvieron el aliento. El sargento retrocedió corriendo, y vomitó en un rincón. -¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente? –preguntó el rey una hora después, en el cálido refugio del local de Gem. -Es un asesinato, sin duda –informó el sargento-. Un asesinato cruel, la obra de un loco. -Pero, ¿en qué estado se encontraba el cuerpo? ¿Cómo fue? El sargento dudó antes de hablar, mirando a la princesa. Briada se sentaba junto a su padre, tratando de aparentar serenidad, como correspondía a su papel. Galen, menos delicado, dio un paso al frente y respondió con voz serena. -Majestad, al parecer el asesino o asesinos quería torturar, castigar a Ahnú. Le alzó del suelo usando las poleas del almacén, después de amordazarlo para que no gritase. Después, laceró su espalda con un cuchillo de caza o algo similar –Galen lanzó un vistazo a la princesa, que aún mantenía la serenidad. Sonrió con aprobación y continuó-. Mientras los pesos desgarraban lentamente los brazos de Ahnú, el asesino le desolló la espalda, y arrancó sus riñones. Hemos encontrado algunos órganos en el suelo, así como la columna del pobre viejo. Pero el hígado no ha aparecido. Grenort movió la mano, buscando la de su hija. Se estrecharon unos instantes. -Entiendo –musitó el emperador, impresionado-. Galen, tu consejo y tu sabiduría me ayudaron el año pasado. Quiero que vuelvas a hacerlo. Dime qué piensas. -Creo que el asesino disfrutó de lo que hizo. No sé para qué puede querer el hígado, pero desde luego tenía formas más sencillas de hacerse con él. Además, para hacer lo que hizo tenía que estar bajo el cuerpo. Bañándose en su sangre… Muf, siempre atento al entorno, vio cómo dos de los camareros del rey intercambiaban algunos gestos rápidos. Uno de ellos tomó una capa verde oscuro de la percha y salió de la estancia, perdiéndose en la noche. Muf, al darse cuenta de que nadie le prestaba la menor atención, decidió seguir al camarero. Ya había anochecido, pero el camarero se movía con paso seguro, como si fuese un lugareño que conociera el trazado de las calles. Apenas un par de lámparas de gas alumbraban el poblado. Poca gente se aventuraba a pasar frío en aquellas largas noches de invierno. El camarero –Muf estaba bastante convencido de que no era otra cosa- dobló una esquina, entrando en la pequeña y despejada plaza mayor. Cruzando la plaza llegaría a la calle donde Ahnú tenía –tuvo- su almacén. Muf llegó a la esquina, asomándose muy despacio, aguantando la respiración para que una nubecilla de blanco aliento no le delatase si el camarero miraba atrás. Pero la plaza estaba vacía. Inmediatamente Muf se agazapó, llevando la mano al largo cuchillo de monte, y miró a su alrededor. La inconfundible figura del hombre, embozado en su verde capa, se alejaba por la calle por la que habían llegado. Sorprendido, el joven tardó un par de segundos en reaccionar. -Agagaznar –murmuró, maldiciendo en la Vieja Lengua- ¿Cómo lo ha hecho? Se puso en pie, dispuesto a seguir el rastro del hombre. Éste dobló una esquina, al parecer de regreso a la hospedería de Gem. Muf volvió a repetir la maniobra, acechando desde el cruce. Pero al asomarse, la presa había desaparecido de nuevo. Y en el suelo cubierto de fina nieve no había más huellas que las suyas. Por puro instinto desenvainó el puñal, dejándose caer al suelo y rodando hacia la pared. Algo golpeó el muro sobre su cabeza, y dos sombras se abalanzaron sobre él. Dio una voltereta hacia atrás, abriendo las piernas y lanzándolas hacia arriba en un intento de sorprender a sus atacantes. Pero fue él el sorprendido cuando un par de férreas manos atraparon su tobillo derecho, dejándole colgado cabeza abajo, y la puntera de una bota pateó su estómago. -Un chico listo –dijo una voz. -Pero demasiado lento –dijo la otra. Y el tono de esta segunda voz fue tan frío que la nieve parecía una cálida manta. No es fácil saber qué habrían hecho los Sombras de Piedra a continuación. Por regla general, estos soldados de elite tienden a eliminar a cualquiera que les descubra; también es cierto que Muf sólo era un muchacho, y que no había hecho más que seguirles. Pero los falsos camareros no tuvieron tiempo de decidir. En ese momento, una sombra cruzó la plaza del pueblo, apenas visible entre la niebla que ya tomaba las calles. Parecía un hombre, un humano excepcionalmente alto, tal vez. Tenía algo entre las manos, algo que se llevaba a la boca con un horrible sonido de succión. Los dos camareros alzaron la vista, a la vez. Antes de que Muf fuese consciente de lo que ocurría ambos habían desenvainado dos anchas y largas dagas, forjadas en un metal mate que no reflejaba la escasa luz. Los dos hombres corrieron hacia la figura que, a su vez, les había visto, y corría también tratando de escapar. Arrojó al suelo lo que llevaba en las manos, y se perdió en la noche. -¡Vuelve a la posada, chico! –ordenó el más alto de los camareros. Muf tardó unos segundos en recuperar la respiración y decidir su siguiente paso. Se acercó poco a poco hasta el centro de la plaza, buscando el objeto arrojado por el humano. No fue difícil de encontrar. Era un trozo de carne, un corazón, al parecer. Pero resultaba casi imposible identificarlo, porque aquel hombre, aquel ser, lo había estrujado y sorbido como un niño sediento haría con una naranja. Muf paseó la vista por el rastro de sangre y huellas, que se perdía en la dirección de donde había venido el ser. -Agagaznar –musitó, antes de caer de rodillas y vomitar todo el contenido de su estómago. Así permaneció, de rodillas y sufriendo arcadas, hasta que los espasmos de su cuerpo fueron cortados por un grito horrisono, un grito que parecía expresar más dolor del que un ser humano puede sentir. Un grito que procedía de la dirección en la que habían corrido los camareros. Muf se levantó, temblando de frío y miedo, y caminó lentamente hacia el grito. Al fondo, sólo la oscuridad parecía mirarle. Y Muf la miró también, con el puñal apretado en la mano y los dientes clavados en sus labios ateridos. Esperando lo que viniese.


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