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  fantasia > RolSANGRE DE REYES

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se publicó en la web el 09 de Abril del 2007

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

SANGRE DE REYES Con un golpe sordo, el fardo de pieles llegó al final de la Percha. Gem había colgado algunos cascabeles del cable, para escuchar con claridad la llegada de las nuevas entregas, así que dejó la bandeja que tenía en las manos sobre una mesa libre para ir a recoger el fardo. -¿Es esa la comida para el joven Muf, posadero? –preguntó Briada la de los verdes ojos. Gem asintió con un gesto hosco –los umdhui no son muy dados a los formalismos y el protocolo- mientras se ponía un abrigo tan sucio que podría sujetarse sin necesidad de percha. -Supongo que se le enfriará la sopa, porque yo voy a tardar un rato –comentó. La princesa, dignamente sentada junto a la ventana, cerró el libro que estaba leyendo. La sala estaba vacía. Los cazadores estaban en la montaña, y los parroquianos del pueblo no habían salido de su casa, ya que la tormenta rugía en el exterior. La princesita habló en un susurro, como si le avergonzase lo que iba a decir. -Yo podría llevársela. Gem contuvo una sonrisa, mientras su único ojo chispeaba con malicia. -Os quedaría reconocido, princesa –dijo con falsa galantería. Después salió al exterior para recoger las pieles. Briada se puso en pie, con las mejillas sonrojadas, y cogió la bandeja. Un cuenco de sopa caliente, una tortilla de setas y pan de centeno, además de una jarra de casi un litro de cerveza, constituían la dieta del herido para ese día. -Demasiada cerveza –se dijo la princesa mientras subía las escaleras-. Yo no le dejaría beber tanto. Inmediatamente, se sonrojó por completo, dándose cuenta de lo que había dicho. Afortunadamente, nadie podía verla ni oirla. Así que la princesa entró en la habitación tras respirar hondo y sonreír para sí misma. Muf dormía, con el contusionado pecho desnudo, y las sábanas enredadas en las piernas. Su cabeza se agitaba ligeramente, y sus ojos se movían bajo los párpados, viendo tal vez imágenes del Mundo de los Sueños. Briada contempló el joven cuerpo durante unos instantes, sintiendose a la vez nerviosa y culpable, y después retrocedió hasta la puerta. Golpeó suavemente con los nudillos. La reacción de Muf fue tan súbita y violenta que la princesa casi dejó caer la bandeja. En un solo movimiento, el joven se había sentado en la cama, con la daga de Mnemestro en la mano derecha, los ojos completamente abiertos y una actitud alerta. No despertaba como los hombres civilizados, sino como los animales del bosque, dispuestos a afrontar cualquier peligro en el momento más vulnerable, el del sueño. Briada retrocedió un paso ante la mirada del muchacho; una mirada que le recordó los orgullosos y salvajes ojos de los halcones de palacio. Pero apenas duró un segundo. Inmediatamente, Muf la reconoció y su rostro se cubrió de rubor mientras dejaba la daga sobre la mesilla, tratando a la vez de cubrirse con las sábanas. El resultado fue un enredo monumental. -Oh, eh –dijo el enano-, yo… Tiró de la sabana que cubría sus piernas, intentando taparse el pecho, pero se enganchó la pierna derecha. Al moverse, giró demasiado y cayó del colchón al suelo, quejándose como un gato al que le pisan la cola. Briada no pudo evitar reírse. Muf, ofuscado, se envolvió en las sabanas como si fuesen una túnica, y se sentó en la cama. -Estás siendo de mucha ayuda para curar mis costillas, princesa –dijo cuando logró recuperar algo de dignidad. Ella dejó la bandeja sobre la mesilla, posando sus increíbles ojos verdes en la daga. -Oh, vamos –protestó-, no es culpa mía si te despiertas como un animal acorralado. -Si yo no me portase como un animal acorralado, tú vivirías ahora en el harén del shaba –gruñó él. La princesa, casi sin querer, llevó su mano hacia la empuñadura de la daga. -No seas tan presuntuoso, joven plebeyo –dijo con sequedad-; después de todo, te limitaste a cumplir tu deber. Alargó la mano hacia la daga, pero antes de que llegase a tocarla, Muf se estiró con la velocidad de una serpiente y la cogió. Briada retiró la mano, sobresaltada. No era la primera vez que observaba esa reacción. Muf, en apariencia de forma inconsciente, no permitía que nadie tocase el arma de Mnemestro. -No tan plebeyo, princesa –deslizó el arma bajo la almohada, y cogió la jarra de cerveza. -Oh, claro –dijo ella, con tono de burla-. Eres un Leddalsord. -Así me lo enseñó mi padre. Y así es. Ella notó la seriedad de su tono, una solemnidad que no había percibido antes. Y le gustó. Pero no lo dio a entender. -Cuando la mayor parte del clan se refugió en El Clavo y fundó la dinastía real, hubo otros que se quedaron fuera, luchando para mantener el imperio desde abajo. Vosotros, princesa, sois los reyes. Pero nosotros somos el pueblo que os hizo reyes. Briada se retiró un par de pasos, observando a Muf. Aún magullado, medio desnudo y tendido en su cama, el enano destilaba una dignidad tan poderosa, tan viva, tan magnética, que la heredera de todo un imperio retrocedió sin darse cuenta. Muf no era un súbdito, no era un cortesano sumiso dispuesto a adularla entre reverencias. Muf era algo distinto. Y eso hizo que la princesa sintiese de nuevo un extraño calor en las entrañas. Además, lo que decía el enano era cierto. Pero la joven, acostumbrada a ser idolatrada por quienes la rodeaban, a ver satisfecho cualquier capricho, notó que el calor de su interior se transformaba en furia. -¿Con qué derecho me hablas así, plebeyo? –bufó, con los brazos en jarras. -Bueno, para empezar te he salvado la vida en la montaña –Muf enumeró, contando con los dedos-, me he jugado el pescuezo para ir a buscar ayuda cuando el nefárida nos estaba cazando, he peleado con él… -Eres un engreído –estalló ella-, un muchachito soberbio, un pedante, un, un… Muf rió, encantado por el estallido de furia de la joven, y hechizado por el brillo de sus ojos verdes. Él era un muchacho de pueblo, acostumbrado a tratar con chicas descaradas e insolentes. Los recatados modales de la princesa no iban a echarle atrás. -Tú también eres encantadora –se burló-. Para ser una princesa, aupada al poder por gente como yo, claro. -¡En cuanto mi padre regrese, serás azotado! ¡Te colgarán de los pulgares! ¡Te defenestrarán, de desollarán, de descuartizarán, te des…! -Despacio, despacio. Muf se puso en pie, tratando de sujetarse las costillas con la mano, porque realmente le dolían tanto como si fuesen a salírsele del cuerpo. -Perdona, princesa –musitó mientras se sentaba y cogía la jarra de cerveza-. Pero no creo que vayas a decirle a tu padre que te insulté un poquito… mientras estabas en mi habitación. Briada buscó una respuesta ingeniosa, boqueando como un pez mientras sus ojos despedían chispas de plata. Ante la sonrisa descarada del joven, que la miraba con la cabeza ligeramente inclinada y las cejas enarcadas, fingiendo una cortés atención, la joven se sintió desarmada. -Imbécil –susurró mientras daba la vuelta y corría escaleras abajo. -Hermosa –musitó Muf, mientras su gesto se volvía triste. Comió en silencio, sin apetito. Al terminar trató de ponerse en pie, pero había perdido mucha sangre y una explosión de nubes negras turbó su visión cuando intentó levantarse. Se dejó caer en la cama, suspiró y se durmió pensando en el fuego verde de aquellos ojos. Cuando abrió los ojos, sin saber el tiempo transcurrido, Muf estaba algo mejor. La comida y el sueño le habían sentado bien. No trató de ponerse en pie, consciente de que la paciencia era su mejor arma. Para entretenerse, empezó a repasar mentalmente las lecciones de historia, caza y otras materias que su padre le enseñaba cuando estaban juntos. “Cuando estés solo, aprovecha tu tiempo, haz trabajar a tu mente, hijo. Tu mente es como el resto de tu cuerpo, y de tu talento. Necesita ser entrenada”. Esos eran los consejos que solía darle su padre, Galen, y Muf no dejaba de escuchar mentalmente su voz segura y tranquila, y de obedecerla. Al cabo de un rato, unos golpes en la puerta rompieron su concentración. -Adelante. Pensó que sería Gem, trayéndole la cena, o quizá Briada, pero se encontró con una sorpresa aún mayor. Grenort, emperador de los umdhui, entró en la estancia. Muf se tensó. Seguro que la princesa, finalmente, había contado a su padre lo ocurrido, y el emperador se disponía a castigarle. Muf apretó los dientes mientras el joven rey caminaba con paso firme hasta el pie de la cama. El rey apartó la capa de viaje que le envolvía, y llevó la mano hasta su cintura. Muf no dijo nada, pero su propia mano se deslizó bajo la almohada, cerrándose en torno a la empuñadura fría de la daga de Mnemestro. -Quiero mostrarte algo, Muf –dijo el rey con voz amigable. El tono tranquilizó al joven, que asintió levemente sin por ello soltar la daga. El rey sacó de su vaina la espada, y la ofreció a Muf por la empuñadura. El joven jadeó al darse cuenta de lo que estaba viendo. La larga hoja de um, el más puro de los metales, estaba cubierta de runas; la empuñadura era una trabajada representación de dos dragones, cuyas alas, semiabiertas, formaban la guarda; sus colas enroscadas, entrelazadas, daban forma a la propia empuñadura. Sus largos cuellos se estiraban, curvándose elegantemente, uno a cada lado de la hoja, y sus cabezas estaban trabajadas con tal detalle que los pequeños ojos parecían seguir al observador con su mirada. Los colmillos de ambas bocas se cerraban sobre la hoja, cerca de la base. Y entre los extremos de las colas se engarzaba una piedra, una esfera de colores suaves y lechosos, de absoluta perfección esférica. Muf alzó la vista. -Leddalsord –murmuró con respeto. -Leddalsord –asintió el emperador, con el mismo tono-. ¿Te gustaría tocarla? Muf alzó la vista. Había más gente en la habitación. Briada, un par de cortesanos umdhui que ya conocía, y un elfo. El elfo parecía joven –lo que no es una gran pista sobre la edad de los elfos, claro-, aunque tenía los ojos algo hundidos y el gesto era severo, casi cruel. Vestía una túnica corta de viaje, en un apagado color burdeos, bajo la que se adivinaba una armadura de cuero, y unos pantalones de cota de malla. Llevaba un par de dagas en el cinto, y una corta espada en el costado. Pero de una ancha correa en bandolera pendían varios saquitos que, aún en la distancia, despedían olores a serbal, azufre, y otras sustancias desconocidas para el joven. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos, y a Muf le costó aguantar con firmeza el escrutinio de aquellas pupilas oscuras. -¿Por qué me la ofreces, señor? –preguntó al fin. Grenort quedó un poco sorprendido, pero el elfo dibujó una mueca que casi, sólo casi, podría considerarse una sonrisa. Dio un paso adelante, hablando con una voz suave y aterciopelada –incluso algo afeminada, pero eso tampoco desentona mucho en un elfo-, mientras se colocaba a la izquierda del rey. -En primer lugar, es un premio y un privilegio que se te ofrece para agradecerte lo que has hecho por la familia real. Y, en segundo lugar, una prueba. Muf apartó la vista del elfo, recorriendo la hoja de la espada. Aquella hoja perfecta había sido templada por el mismo Tonf, dios de los umdhui, Forjador de Mundos. O así lo decía la leyenda, y también las sagradas escrituras que custodiaban las iglesias de los cuatro dioses. -Una prueba. -Así es –dijo el elfo-, una prueba. Queremos saber si realmente tu sangre es la del clan Leddalsord. -Para eso ya tienes mi palabra y la palabra de mi padre, elfo –escupió Muf con rabia. -Sí, pero no es… -Para mí es suficiente –interrumpió Grenort-, y estoy seguro de que lo será para todos. Pero, si Leddalsord te acepta, pienso ofrecerte un puesto en mi guardia de elite, joven Muf. Cuando pasen unos años, claro. Muf se puso en pie trabajosamente. Sintiéndose emocionado, deseando que su padre estuviese allí para verle, posó la mano derecha en la empuñadura de la espada y, con los ojos furtivamente fijos en los de Briada, agarró con fuerza la Leddalsord. De pronto la esfera brilló, y las dos cabezas de dragón se movieron con la velocidad de un rayo, clavando sus dientes en la mano de Muf mientras las colas se enroscaban en su muñeca, apretándose con fuerza. Muf sintió el dolor de los mordiscos, y también la fuerte opresión de las colas, y no pudo evitar un grito. Soltó la espada, tratando de huir del dolor lacerante. La espada cayó al suelo, clavándose en las tablas. Muf se aferró la muñeca. Dos heridas, dos lacerantes marcas de piel abrasada, rodeaban su mano. Todos los presentes le miraban en silencio. De sus dedos heridos goteaba la sangre, la muñeca le ardía, el brazo entero temblaba presa de espasmos. Pero el mayor dolor venía de los ojos de Briada, fijos en él. Leyó la decepción en aquellos ojos. La princesa había esperado que fuese capaz de sostener el arma. Y él no había podido. Grenort estiró la mano para coger la Leddalsord, pero Muf fue más rápido. Sin pensar, cogió la espada con su mano izquierda, desclavándola del suelo. Inmediatamente, las colas se enroscaron de nuevo en su muñeca, y las alas se cerraron, envolviendo su mano, mientras el orbe brillaba de nuevo. Pero esta vez, el brillo y el tacto eran cálidos, confortables, casi protectores. El peso de la espada parecía ajustarse a la fuerza de su brazo, y el joven enano la alzó, orgulloso, con los ojos fijos en la princesa. Ella sonrió y sus mejillas se cubrieron de rubor. El brillo del orbe disminuyó, mientras la empuñadura recobraba su aspecto habitual, y finalmente se apagó por completo. Muf entregó la espada a Grenort, que le contemplaba con una sonrisa. -Descansa ahora, joven –dijo el rey-, seguiremos hablando. Y se marchó tras palmear su espalda amistosamente. El elfo, en cambio, se quedó retrasado, contemplando con curiosidad a Muf. El joven le devolvió la mirada, desafiante. Estaba claro que el elfo no había quedado satisfecho con la prueba. -Mi nombre es Talabian, Muf –se presentó el elfo-. Uno de los asistentes de su majestad. Supongo que iremos conociéndonos con el tiempo. -Es un placer conocerte –respondió el joven, tratando de no frotarse la dolorida muñeca, y deseando que aquel pedante le dejase solo para poder lavársela y aliviar el dolor. Talabian pestañeó, y alzó una mano en un gesto vago, como si estuviese acariciando el aire. Las heridas desaparecieron de la mano de Muf sin dejar rastro. -Ya nos veremos –dijo el hechicero, saliendo de la habitación. Muf se quedó solo, y se derrumbó en la cama, jadeando. Habían sido suficientes emociones para un día. Realmente, habían sido suficientes emociones para toda una vida. Con una sonrisa, se dejó caer en la cama. Y se durmió, sintiendo en su mano izquierda el tacto de aquella espada maravillosa. Aquella noche soñó con grandes hazañas, batallas épicas y unos ojos verdes que, como suspendidos en el firmamento, le contemplaban con devoción mientras luchaba con la Leddalsord en la mano. El armario de su habitación se abrió, lentamente, con una suavidad propia de un felino al acecho. Una criatura alta, estilizada, cubierta de andrajos, le miró con su único ojo, penetrando la oscuridad. Los labios, remachados por clavos oxidados, dibujaron una sonrisa que estiró la piel llena de cicatrices. Mnemestro se acercó hasta la cama, con pasos leves como el suspiro de un ruiseñor. -Bien, mi joven amigo –dijo con voz suave-, muy bien. Sueña y desea. Que la sangre de los reyes hierva de deseo en tus venas. Eso la hará más sabrosa. Sin dejar de sonreír, el nefárida regresó a su oscuro refugio, dispuesto a esperar.


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