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  fantasia > Fantasia GeneralReencuentro I

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se publicó en la web el 09 de Diciembre del 2008

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  Categoría: fantasia > Fantasia General
  Titulo:

Reencuentro (I) Europa Central, verano. Año de Nuestro Señor Jesucristo 1054; 475 del Profeta; 3695 del calendario chino; 4814 según los hebreos. 1 Abrí los ojos atenta, el peligro despertaba mi instinto. En cuanto mis sentidos escudriñaron la noche fui consciente de una amenazadora certeza. Me había equivocado, y la primera regla en el arte de la planificación dicta: 'Los errores cuestan vidas'. Mi mente visualizó al grupo de bandidos armándose protegidos entre las sombras del espeso bosque de coníferas cercano. Aguardando entre la escasa maleza, se aprestaban al combate dispuestos a capturar cuantos prisioneros pudieran. Los escasos guardias, ajenos a la emboscada, dormitaban confiados en la seguridad que yo les brindaba. Esta vez, había cometido un error de cálculo, restaba... asumir las consecuencias. Soy conocida como Delasoir, Señora Delasoir, con diversas pronunciaciones según la región y lengua utilizada. Las personas que dicen conocerme me consideran una admirable u odiosa mujer que sabe mantener su independencia al amparo de los considerables obsequios con los cuales la naturaleza ha regado tanto mi cuerpo como mi espíritu. A quienes fascino, o me detestan, los mantengo firmemente sujetos, ni unos ni otros cruzarán la delgada línea fronteriza con el siempre imprevisible caos. Aquellos que creen conocerme un poco más me consideran una mujer que observa el mundo desde su torre de marfil, generando amor y odio a raudales entre hombres y amantes; una sutil estratega incapaz de regalar una sonrisa sin la seguridad de obtener un palpable beneficio. Sin embargo, cuando estoy a solas con mis pensamientos, cuando poseo la certeza de que nadie escucha el hilo de mis reflexiones dentro de mi mente, repito una y otra vez mi auténtico nombre procurando recordar quien soy, sin atreverme a pronunciarlo. Mi nombre, mi verdadero título, está maldito. Hundido en el nebuloso océano del olvido hacía demasiado tiempo continua siendo impronunciable. Desde entonces, es un recuerdo, un lejano recuerdo doloroso al que debo, como siempre he hecho, sobrevivir. Mi oficio es el comercio. Continuamente mi camino discurre desde el lejano extremo oriental hasta orillas del mar Caspio, desde las duras estepas de las tribus nómadas hasta los fértiles valles del río Indo. Recorro estados, establezco acuerdos, pactos y protección; mis caravanas acarrean mercancías por las principales rutas comerciales: especias, telas, metales, artesanía, cerámica, ganado; cualquier producto requerido es transportado, excepto esclavos; llamadme nostálgica por considerar la vida y la libertad como algo sumamente frágil. Este vagar conduce mis pasos frente a nobles y poderosos. Con ellos debo mantener a la par una actitud humilde e independiente. Como mujer que soy pretenden imponer su autoridad. Pocos, demasiado pocos, respetan ese anhelo. La mayoría prefieren compartir mi lecho, grave error para sus intereses. La íntima compañía me permite convertirlos en juguetes de mi falso capricho. Otros prefieren enredarme en argucias y trampas pretendiendo someter mi voluntad; tardan un precioso tiempo en ser conscientes de haber caído en una delicada telaraña de propósitos inciertos. Al final, encuentran la perdición entre las sábanas o entre oscuras estrategias. Es entonces, cuando unos sonríen resignados aunque satisfechos, y otros odian cegados por su deseo de verme sometida, la respuesta depende de la cualidad de nuestra esencia natural dentro de cada individuo. Afianzo mis pasos estableciendo esenciales almacenes en las ciudades a través de las principales rutas comerciales. Compran, venden, intercambian y atienden a las caravanas. Una red extendiéndose por el territorio de reyes y príncipes, gobernando a sus espaldas el tránsito de mercancías sin permitirles conocer quién maneja esos intereses. La caravana principal donde yo viajo se compone principalmente de soldados, artesanos, un médico árabe y otros oficios menores no menos importantes; con ellos sus esposas, compañeras, hijos, hijas. Prefiero mantener los núcleos familiares unidos. Sus integrantes descienden de miembros más veteranos, o bien fueron salvados en los caminos de las alimañas cuando eran apenas niños. Llegados a la edad adulta, hijos e hijas, quedarán desligados encomendándoles tareas en cualquiera de las rutas dentro de esa telaraña. Habitualmente, esta pequeña aldea continuamente en movimiento habitada por un crisol de razas y culturas es la escuela donde aprenderán su futura ocupación. Sin embargo, esta vez había desviado el curso hacia el norte, cruzando el río Volga y luego al oeste a los límites de un fatuo Imperio. Allí entre sus reinos vasallos, Polonia y Hungría, en esa difícil frontera donde ambos monarcas pretendía imponer su autoridad, existía otro caudillo sin reconocimiento legal. Escondido, temible. Desertores, asesinos, proscritos, ladrones, desesperados sin nada que perder unidos en torno a un misterioso guerrero. Unas pocas decenas de hombres imponiendo su propia ley en un territorio demasiado extenso. Además, cualquier destacamento enviado en su búsqueda consideraba el encomiable logro de hallarlos como el peor regalo que el cielo podía otorgarles. A vista de una lechuza el campamento presentaba una simetría singular. En el centro la gran jaima bellamente decorada donde acababa de despertar; rodeándola, cuatro tiendas orientadas con precisión matemática a los cuatro puntos cardinales. Un segundo círculo albergaba ocho tiendas envolviendo al anterior; un tercero de dieciséis, y un cuarto de treinta y dos. Un conjunto de sesenta y una jaimas circulares de diversos colores, tamaños y estilos. La distancia entre anillos aumentaba justo el doble según camináramos del interior al exterior ocupando una gran extensión de terreno. En ese espacio intermedio se repartían carros, ganado, perros, bueyes y caballos descansando de las duras jornadas de viaje. Los ojos de la lechuza descendieron al linde del cercano bosque. Silenciosos jinetes surgieron agazapados en sus monturas. A la cabeza ese indiscutible líder, un lento martirio aguardaba a quien osara dudarlo. Su mortal aura, su bramido brotando feroz de su garganta lanzando a sus hombres al combate en cuanto fríamente calculó su devastador asalto, me hizo temblar sintiendo el miedo, pánico, adueñarse de mis guardias. Ese jinete no era un guerrero cualquiera, nadie conocía su procedencia, su fama se extendía desde hacía una década de oriente a occidente alimentada gracias al rastro de sangre dejado a su paso, al número de cadáveres brutalmente mutilados. Nunca otorgaba estocadas mortales. Sus certeros golpes iban encaminados a producir heridas profundas, lentas; dulces agonías contempladas con deleite en un gesto de profundo odio hacia todo aquello que latiese vivo. Mi temblor desconocía el miedo. Recuerdos lejanos acudieron en cuanto percibí su aroma, ese aroma suyo tan peculiar por debajo de la pestilente muerte arrastrándome a un pasado demasiado lejano. Entonces obtuve una certeza: Un paso se estaba dando, encontraba a los fugitivos, a los perdidos sin memoria. El inexorable destino los ponía en mi camino permitiendo nacer una brizna de esperanza. No obstante, ahora, en este preciso instante, la única opción consistía en sobrevivir a ese odio encadenando su piel y sus instintos a la más oscura de las sendas. Sentada en mi lecho esperé nerviosa observando alrededor. Separada mi estancia privada del resto por una ligera cortina celeste entreveía en el centro la baja mesa rectangular dorada custodiada por dos gruesos mástiles centrales, perpendicular a ella y a mi derecha la entrada a la tienda. Desvíe la mirada a los laterales donde pequeñas mesas redondas de distintos tamaños disponían flores frescas embriagando el aire con su tierno aroma, mezclándose con el exquisito perfume a incienso de jazmín; la tenue luz de dos candiles plateados creaba un ambiente destinado a calmar los sentidos. Pronto acudiría a recoger la joya de su botín y entonces debería corregir el error, aunque eso... seguramente costaría mantener la entereza, sangre y lágrimas. Escuchaba los gritos sin inmutarme, aguardando el preciso momento cuando por fin la gruesa tela roja se apartó dando paso al guerrero. Su aspecto parecía normal. Plateada coraza con ribetes dorados encima de un peto de cuero negro como su corazón, la cota de malla sobresaliendo por debajo y por sus brazos hasta los marrones brazaletes terminados en guantes también en cota de malla; su puñal y espada narraban incontables agonías en sus filos; su roja capa como la sangre amada. Su vestimenta aunaba una amalgama visible en memoria de nobles caballeros despedazados. Inconscientemente mis ojos buscaron los suyos, esos negros ojos como la noche sin luna, ese pelo hasta los hombros negro azabache. Mi interior mantenía una frenética lucha contra el impulso de lanzarme sin medida a sus brazos. Antiguos sentimientos surgían por doquier. Mi mente trataba de contenerlos a golpe de látigo encendiendo en mayor medida mi deseo. Me levanté dando un suave ritmo a mis pies desnudos sobre las alfombras cubriendo el suelo, una reverencia evitando su mirada en un claro gesto de sumisión. Sus oscuros luceros penetraron a través de las finas gasas blancas cubriendo mi cuerpo. El profundo olor a sangre y a esa imperceptible fragancia impregnó la tienda en un instante. Esa sutil esencia obligó a mi rostro a elevarse anhelando sus negras pupilas. Caí en ellas sumergiéndome atada, dejando atrás sangre, muerte; reviviendo unos recuerdos destinados a provocar la ligera humedad de mis ojos sin posibilidad de detenerla. Él quedó atrapado en mi verde mirada. Él no poseía recuerdos. Tan sólo sintió como su odio y sed de sangre caían derrotados ante un poderoso impulso más visceral, aun más primitivo y arraigado bajo su piel. Un empuje paralizando sus músculos. Conseguí salir del aturdimiento gracias a los desesperados chillidos exteriores de mis sirvientas y balbuceando logré articular. - Señor, os suplico..., detengáis... la furia de... vuestros hombres. Permanecía quieto, perdido entre el verde follaje. Por fin, sus abrasadores carbones me dieron un respiro, se apartaron y escucharon los gritos. Dio la vuelta raudo y en el exterior, con voz potente resonando por encima de gritos, llantos y el sonido del metal entrechocado, pronunció unas palabras que sus soldados jamás imaginaron oír de sus labios. - Respetad a los prisioneros! A pesar del asombro general nadie se atrevió a contradecir su voluntad. Su gigantesco oficial hizo un claro gesto de descontento clavando furioso su hacha ensangrentada en un carro; manteniendo una brutal actitud rayando la insubordinación con la maza firmemente agarrada en su mano izquierda, prácticamente enloquecía con la visión de la sangre, lavando sus rubios, grasientos y sucios cabellos con el bermellón fluido de la muerte. El guerrero, sin realizar el menor caso, regresó al interior, se desprendió de sus guantes arrojándolos sin cuidado sobre la mesa, se deshizo de la coraza lanzándola a un lado, desabrochó su cinto con la espada y dos puñales tirándolo sobre la coraza. Sin mediar palabra. Sin pedir permiso. Me tomó por la fuerza primero sobre la mesa, poseyéndome, lacerando la piel de mi espalda con cada embestida en esos guantes, haciéndome suya... y yo..., yo... no pude negarle nada. En ese momento suponía un maravilloso regalo concedido por el destino, una recompensa a mi larga espera. Mis uñas se aferraron a su espalda hasta sentir en las yemas su cálido elixir, mis labios volvieron a saborear la sangre hirviendo en sus venas. Sentí de nuevo la inmortalidad, el don de la vida latiendo con descomunal poder. El mundo dejó de existir. El alba lo despertó, acarició mi mejilla; levantándose se vistió con su peto, el pantalón y las botas, con el cinto en la mano se dirigió a la entrada. A mitad del recorrido se detuvo. Percibí su odio creciendo a cada instante, una furiosa guerra interna se había desatado. Ese corazón no admite la pasión. Su negro corazón mata y odia, no siente, sólo el fuego de la sangre sometida le obliga a sentir la fuerza de la vida. Con decisión retornó al lecho y agarrando mi cuello me arrastró hasta uno de los mástiles. Resistirme generará más odio, debo evitar provocarle. El plateado cordón de la cortina sujeta mis manos apretando con fuerza hasta rasgar mi piel. Su mirada buscó sin hallar, presuroso salió de la tienda. Recompongo mis pensamientos. Por mucho que yo misma lo deseara, ¡no iba a permitirle azotarme!, debía impedir a ese oscuro corazón conducir las riendas del juego. Moví suavemente mis muñecas y el recio nudo se deshizo, regresé al lecho y continué descansando. Al poco entró violento con un látigo enroscado en la mano, se detuvo en seco sorprendido. Me observó, miró el mástil, el cordón reposando colgado, de nuevo su mirada se posó en mi rostro. Abrí los ojos clavándolos en sus pupilas, comenzó a acercarse despacio, nuestras miradas se desnudaron, en nuestras pupilas ya estábamos amándonos enloquecidos, sudorosos, abarrotando la tienda con el aroma de nuestros cuerpos ardiendo. Una vez a mi lado estiré el brazo, despacio sujeté el látigo y con un lento movimiento se lo arrebaté- - Señor,… - hablé sin desatar la mirada mientras la respiración y mi ser galopaban desbocados -. Señor, ¿creéis necesario demostrarme vuestra crueldad? No he acudido a vuestra presencia con la intención de verme forzada y azotada. Sentado en la cama con su brazo, sin apenas esfuerzo, levantó mi espalda y acercó sus labios a los míos. - Señor,… - nuestros ojos volvían a perderse, nuestro deseo calentaba el tibio aire de la mañana, anhelaba sentirlo en cada poro de mi piel, embriagarme de su aroma, abandonarme en sus manos, hacerlo mío, ¡completamente mío! hasta el último rincón de su cuerpo. Antes de lo inevitable conseguí hilar un último pensamiento-. Os estaba esperando. ©FJGH, Lunes, 1 Diciembre, 2008


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