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  fantasia > RolRIO DE SANGRE; APARTADERO

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se publicó en la web el 31 de Enero del 2008

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

Resumen de lo perpetrado, digo contado, hasta la fecha. Muf Leddalsord y su padre, Galen, son dos enanos que regentan una herrería. En invierno, poco antes del fin de año o Fin de Vuelta, viajan hasta las montañas para cazar junto con algunos compañeros. En su primera cacería, Muf se vio implicado en el secuestro de Briada, princesa de su pueblo, a la que salvó de uno de los reyezuelos piratas de las Islas Yeshde. En su segunda visita a las montañas, Galen y su cuadrilla se encontrarán con un nefárida, un asesino de otro mundo que trata de permanecer en Astayer vinculándose a Muf. Mientras tanto, la familia real, por medio de Talabian, señor del Palacio de Invierno, somete a Muf a prueba, ofreciéndole la mítica espada Leddalsord, un arma con conciencia propia, forjada por el dios Tonf. La espada ordenó a Talabian que siguiese probando a Muf, llevándole al palacio de invierno como escudero. En las montañas, el nefárida Mnemestro asesina a una partida de cazadores, consiguiendo que parezca obra de un oso huggo. Sólo Lhu, un niño, sobrevive, ayudado por Galen y Redhú. Muf decide seguir con su padre durante otro año, para que pueda enseñar a un nuevo aprendiz. Esto causa la furia de la princesa Briada, que ha jurado no volver a dirigir la palabra al joven enano “hasta que los elfos vuelen”. Lo que, en principio, parece imposible… En este momento, Galen y Muf viajan hacia la costa oeste del imperio enano, hacia Valdelduque, para llevar a Lhu junto a su familia. Hala, ya está. RÍO DE SANGRE APARTADERO El Vheralnas, o Río de Sangre, recibe su nombre del color de sus aguas. Nace en las montañas, muy cerca de inmensos yacimientos férricos, de los que arranca oligisto que luego transporta en su ancho caudal. El aporte natural de la erosión y el resultante de los trabajos mineros durante siglos ha convertido el lecho del río en una verdadera mena de oligisto rojizo, y las transparentes aguas dejan ver el fondo, que parece teñido de sangre. Viajar por la parte navegable del río durante el mediodía, cuando el sol cae de plano sobre las aguas, es un espectáculo formidable. Las pequeñas partículas, arrastradas por la corriente, destellan en toda la gama de ocres, rojos y pardos terrosos, y el fondo, como una obra de orfebrería viva, cambia constantemente de forma y color, mostrando mil filigranas imposibles, mientras la estela del barco parece convertirse en una cinta de rojos rubíes a medida que la proa rompe las aguas. Galen y Lhu estaban disfrutando de esta visión. El padre de Muf habría disfrutado más si los tres hubiesen estado juntos, acodados en la borda del barco, contemplando en silencio aquellas aguas. Pero entendía que su hijo necesitaba estar solo, pensar en su futuro. El joven había decidido quedarse a su lado durante otro año, y Galen lo agradecía. Pero temía que al pasar aquel tiempo la generosa oferta de Talabian hubiese expirado. Claro que también temía lo contrario, pues los hombres sencillos suelen ser simples peones en los juegos de los grandes, y no consiguen más que problemas al mezclarse con ellos. Abajo, en la taberna del barco, Muf era presa de similares pensamientos. Aunque a él no le preocupaban Talabian, la corte, el emperador Grenort o Leddalsord –no demasiado, en todo caso, y mucho menos de lo que le habrían preocupado si hubiese podido ver el futuro-, sino la princesa Briada. La joven se había mostrado atenta con él durante su convalecencia, casi cariñosa. Le llevaba la comida, le visitaba y hablaba con él. Cierto es, Tonf lo sabe, que la mitad de aquellas conversaciones acababan en peleas y discusiones, o con la ofendida princesa marchándose de la habitación tras verter la sopa sobre la cabeza del joven. Pero desde que declaró su intención de regresar junto a su padre, la princesa parecía odiarle. Había jurado que no volvería a hablar al enano hasta que los elfos volasen, y parecía dispuesta a cumplirlo. Muf daba por sentado que el haber salvado la vida de la joven, y su valor en el enfrentamiento con el nefárida, le habrían convertido en una especie de héroe a sus ojos. Y ahora parecía importarle menos que bosta de caballo. Por eso estaba dolido y furioso. Y por eso ocurrió lo que ocurrió. Olmo Tronchamozas era, entre otras muchas cosas, un monárquico convencido. No de la forma de gobierno, tal vez, pero sí de la actual familia real. Admiraba a Grenort y sus tolerantes leyes, que habían hecho del imperio un lugar mejor para vivir. Como hijo de un elfo y una enana –quizá el único shelumdhu de todo Astayer- el joven camorrista apoyaba a cualquiera que derogase leyes discriminatorias y luchase por la igualdad. Por eso, mientras estaba jugando a los dados con otros cuatro pasajeros, tres elfos y un robusto lugan, casi tan borrachos como él mismo, y uno de los elfos tuvo la osadía de llamar a Briada “presuntuosa niñata” entre las risas de sus tres compañeros, Olmo se puso en pie y retó a duelo al descarado. -Estás borracho –dijo el elfo-. No pienso batirme en duelo. No merece la pena morir por una tontería. -Claro, amigo –dijo el lugan-. No merece la pena. El lugan se puso en pie, cogiendo del brazo a Olmo Tronchamozas. Los dos elfos que había a sus lados también se levantaron, con el semblante tan serio como permitía su borrachera. Uno de ellos, situado a su izquierda, cogió su jarra por el asa, y Olmo se dio cuenta de que pensaba golpearle con ella. Así que sonrió, dando suaves palmaditas en la mano del lugan. -Tienes razón, amigo –dijo, mientras iniciaba el gesto de sentarse de nuevo. En el mismo segundo en que percibió que los que le rodeaban se relajaban un poco, cogió al lugan por la muñeca, tirando de él hacia la izquierda, mientras desplazaba su cuerpo hacia la derecha. El elfo de su izquierda trató de golpearle con la jarra, pero se encontró sólo con la cabeza del pobre lugan. Riendo, Tronchamozas salió de detrás de la mesa, lanzó un directo a la mandíbula del elfo que tenía enfrente, y retrocedió buscando un espacio abierto. Y el elfo golpeado retrocedió, tropezando con Muf, que en aquel momento se llevaba a los labios su propia jarra de cerveza. Ni la mesa ni el banco se movieron, porque como es lógico en un barco, estaban atornillados al suelo. Pero la cabeza de Muf chocó contra la jarra, y más de la mitad de la cerveza se derramó en el suelo. Ahí empezó de verdad la pelea. El barco, una inmensa mole de profundo calado, que los enanos llamaban “ballenas dulces” debido a su utilización en los ríos, tenía cuatro alturas sobre la cubierta, como todos los de su clase. La primera y segunda estaban dedicadas a camarotes de pasajeros, la tercera y cuarta eran grandes y limpias cantinas, usadas como zona de ocio, comedor y sala de juegos durante la larga travesía del Vheralnas. Bajo cubierta quedaba el espacio para equipajes, tripulación, carga y demás. Tanto las salas comunes como la zona de camarotes estaban bien iluminadas y ventiladas, gracias a un buen número de amplias ventanas. Así que cuando el primer cristal estalló al paso de un barril de cerveza, que cayó estrepitosamente sobre la tranquila corriente, todas las miradas se volvieron hacia los ventanales del piso superior. El capitán, los tripulantes y el pasaje corrieron escaleras arriba, en parte dispuestos a impedir la pelea y en parte –la mayor parte, quizá- prestos a intervenir en ella. La cantina era una tolvanera de jarras volando, chardhui de todas las razas golpeándose, ventanas rotas y vajilla usada como arma arrojadiza. Un elfo y un enano llevaban en volandas a otro enano, que sangraba por la nariz y los labios rotos. -¿Dónde creeis que vaís? –rugió el capitán al verles. -Ha sacado una daga en la pelea, capitán –explicó el elfo. -Oh. Una daga, ¿en serio? Y, con un ligero cabeceo de asentimiento, el capitán dejó paso libre a los dos personajes, que arrojaron al elfo desde lo alto del barco hasta las mansas aguas. Ninguna persona honorable, sea de la raza que sea, utilizaría un arma en una pelea amistosa como aquella. En el centro de la estancia, rugiendo como un demonio desatado, se alzaba un chardhu de peculiar aspecto. Medía casi un metro ochenta, llevaba una larga barba rubia en la que asomaban algunas canas, y su complexión era casi tan sólida y recia como la de un enano nacido en el mismo Clavo. Pero sus orejas puntiagudas, su estrecho talle y sus claros y grandes ojos hablaban de su herencia élfica. Aunque repartía mamporros como un carretero enano, sin duda. A un par de metros de él, subido a una mesa y armado con un hermoso jamón, Muf se defendía de varios sitiadores, bateando con igual entusiasmo jarras vacías, platos y cabezas. El resto de los comensales se golpeaban con la misma exaltación, y todos parecían divertirse muchísimo. -¡Quietos todos o haré subir al constructo! –rugió el capitán. Claro. Aún no hemos hablado del constructo. Algunos os habréis preguntado, ¿cómo puede moverse un barco tan pesado sin velas ni remeros? ¿Sólo con la corriente? Pues bien, no necesita ni siquiera la corriente. Puede ir río arriba o río abajo con idéntica facilidad. En la proa del barco hay una sala, una sala repleta de ruedas y engranajes que, conectados a una especie de noria, son impulsados por un constructo –un golem, si lo preferís-, animado por la magia. El constructo es un humanoide, fabricado en barro, piedra o metal, e incluso en madera, si el artífice es un elfo o comparte sus gustos, y dotado de una inagotable fuerza. En los barcos que recorren los ríos de Alassar, el imperio umdhu, los constructor obedecen órdenes sencillas, como accionar la maquinaria que pone en marcha la rueda impulsora del barco, o luchar en defensa del capitán y la tripulación. Derrotar a un constructo es muy difícil, incluso usando la magia, así que pocas veces un barco es atacado en el río, y pocas veces la orden de un capitán es desobedecida. Desde luego, en esta ocasión todo el mundo hizo caso de la orden. -¡Quietos todos o haré subir al constructo! –rugió el capitán. Y todos los presentes se detuvieron, alzando las manos como símbolo de acatamiento. A la hora de la cena, los restos de la pelea habían desaparecido y la sala estaba limpia. Aquellos que un rato antes se golpeaban estaban ahora sentados juntos, riendo y disfrutando de la comida –solomillo de cerdo regado con una salsa de mantequilla, tomillo, orégano, albahaca, pimienta blanca, estragón y perejil, además de una ensalada de patatas, vino tinto y café frío con un chorrito de aguardiente enano-, y se palmeaban las espaldas, comentando la diversión de la tarde. Olmo Tronchamozas, con un ojo casi cerrado por la inflamación y una sonrisa llena de blanquísimos dientes, tomó asiento frente a Muf, saludando con una inclinación de cabeza a Galen y Lhu. -Peleas bien para ser tan bajito –dijo antes de llenarse la boca de patatas. -Tú también, para ser tan…¿qué eres tú, exactamente? –dijo Muf. -Soy Olmo Tronchamozas, hijo de elfo y enana. Papá y mamá eran gente abierta, sin prejuicios –sonrió, mientras la densa salsa de mantequilla resbalaba sobre su barba-. ¿Hacia dónde os dirigís? -Viajamos hasta Valdeduque, para acompañar a nuestro amigo Lhu –dijo Muf, señalando al joven-. Y este es Galen, mi padre. Mi nombre es Muf. -Que Tonf te guarde –saludó Galen. -Que él siempre acompañe en el camino –respondió Tronchamozas-. Viajaremos juntos un tiempo, entonces. Yo dejaré el barco en Valdeduque, también, y seguiré luego hacia el interior. -¿A la frontera? Tronchamozas, que ya tenía otra vez la boca llena de carne, masticó ruidosamente mientras asentía. Después se bebió un vaso de vino de un solo trago. -Soy comerciante –palmeó una pequeña faltriquera que colgaba de su cinto-, por decirlo de alguna manera. Llevo un pedido a un cliente del sur, en Albondia. Sonrió con complicidad, bajando la voz con aire conspirador. -Aquí llevo el rubí más puro del mundo –susurró-, tan grande como el puño de un enano. En cuanto lo entregue al cliente, seré rico –enarcó las cejas-. Muy, muy rico. Sonrió. De sus blancos dientes colgaban algunas hebras de carne. -Ya entiendo –Galen también sonrió-. Y no te da ningún miedo ir contándolo por ahí, ¿no? Tronchamozas llenó los vasos de vino otra vez, sin dejar de sonreír. Soltó un eructo, y se encogió de hombros. -No hay motivo para temer, amigo umdhu. Después de todo, soy Olmo Tronchamozas. Los enanos rieron ante la sincera y simple jactancia de su compañero de mesa. -Bien, siendo así –dijo Galen- brindemos por el señor Tronchamozas y su gran rubí. En las salas comunes fueron muchas las risas aquella noche, y se iniciaron otras amistades, quizás no tan importantes para nosotros como la de Olmo Tronchamozas y Muf Leddalsord, que estaban destinados a influir en la historia del mundo, pero igualmente importantes para quienes las vivieron. Los chardhui, como solía ocurrir en aquella época de paz que caracterizó el primer siglo del reinado de Grenort, se limitaban a disfrutar de la mutua compañía. Sin embargo, abajo, muy abajo, en la sala donde el Golem mantenía en marcha la maquinaria del barco, había alguien solo. Un hombre, tal vez lo fue; o un elfo, eso es algo que la historia no aclara y a la leyenda no le importa. Se llamaba Mnemestro, y quería vivir. Quería permanecer en un mundo donde los ríos pueden ser rojos, donde los osos gobiernan los bosques y donde el amor es posible, un mundo donde el dolor y la caza sólo son una parte del todo, pero no el todo. Oportunidades, no obligaciones. Y para eso, tenía que matar. Su elección vino dada por el azar, al menos en su mayoría. El azar quiso que un hombre, un humano alto y fornido, fuese el encargado de engrasar la maquinaria del barco. El nefárida lo había vigilado durante dos días, y siempre era el mismo. Si se hubiese tratado de un estilizado elfo, un lugan bajito o un enano demasiado ancho, Mnemestro habría tenido que esperar. Pero era un humano, y su talla era semejante a la del nefárida. El humano entró en la sala, cerrando la puerta tras él. Era una medida de seguridad habitual, pues la entrada de pasajeros a la sala estaba prohíbida. Aunque el golem no dejaba de moverse en círculos a no ser que el capitán cambiase las órdenes, nadie quería arriesgarse. El humano dejó en el suelo el cubo de grasa y se encendió un cigarrillo de marihasha, disfrutando del relajante olor a hierba y de la tranquilizadora sensación de leve euforia que producía la droga. Era estimulante, y a la vez le aliviaba, el sonido de la maquinaria, el traqueteo de cadenas, engranajes y rodamientos. Exhaló una vaharada de humo, esperando que el golem siguiese girando para pasar por su espalda y llegar a la abertura que daba al exterior. una vez allí, entre los engranajes, avanzó por una delgada pasarela hasta situarse en la parte más baja de la popa, desde donde podía engrasar los ejes de la rueda motriz. No vio la sombra a su espalda. Mnemestro esperó a que dejase el cubo en el suelo, disfrutando de una nueva calada de su cigarrillo estimulante. Entonces, el nefárida tosió levemente. Como era de esperar, el marinero se giró, y Mnemestro clavó su daga en la frente del hombre, justo entre los dos hemisferios cerebrales. Apenas profundizó unos centímetros, no lo suficiente para matarle, pero sí para paralizar todas sus funciones cerebrales voluntarias. Justo lo que quería. Sacó un cuchillo de monte, una de esas armas de hoja ancha y afilada tan útiles a la hora de destripar una pieza de caza. Abrió el pecho con dos cortes en forma de V, y siguió cortando en línea recta desde el vértice de la V hasta el pubis. Separó las costillas apalancando con la hoja, mientras sujetaba al hombre con la nuca para evitar que cayese al agua. Los ojos del marinero seguían clavados en él con absoluta fijeza, pero sin vida. No sentía dolor ni sufría, su mente estaba ya muerta. Claro que eso no era un factor a tener en cuenta para el nefárida. Tras separar las costillas, Mnemestro tomó el corazón en su mano derecha, cerrando los ojos y disfrutando de la magnífica sensación de vida que proporcionaba aquel latido. -Cu, cu-cum –dijo, siguiendo el ritmo-, cu, cu-cum… Se agachó hasta que su rostro plagado de cicatrices quedó a la altura del pecho del marinero, y seccionó la arteria con un corte limpio y profesional, atrapando con los dientes el flexible tubo antes de que se recogiese en el interior del pecho. Bebió. Bebió. Bebió hasta saciarse, apenas unos segundos, pero casi dos litros de sangre aún impulsada por los desfallecientes latidos entraron en su ansiosa garganta. Cu, cu-cum. Arrancó el corazón de un tirón brusco, devorándolo en tres rápidos bocados, disfrutando hasta el éxtasis de la sangre viva, cálida, que contenía el músculo. -Cu, cu-cum –dijo al marinero en un susurro sensual. El marinero, aún más muerto, no respondió. El nefárida dejó que el cadáver se desangrase sobre las aguas, fundiéndose el rojo de sus venas con el rojo del hierro que formaba el lecho del río. Sorbía, extasiado, ajeno al universo entero, y relamía cada gota que escapaba por las comisuras de sus labios grotescos. Esperaba. Cuando el sangrado hubo llegado a su fin, y Mnemestro logró controlar la descarga de vida y adrenalina que recorría su organismo, empezó el trabajo. Desnudó al marinero. Resulta muy fácil desollar a un animal, si se sabe cómo hacerlo. Un buen corte longitudinal, un recio tirón, unos retoques en los puntos clave. Hacerlo con un ser humano, cuando se pretende obtener la piel entera, es poco más o menos igual, pero más delicado. El nefárida era un maestro en estas operaciones, y no tardó demasiado en obtener la piel entera, casi como un traje de una pieza o un mono de trabajo. Evisceró después al cadáver, arrojando los restos al agua de forma gradual, para evitar que fuesen demasiado visibles a los ojos de un observador casual. Se preocupó de guardar algunos de los músculos, porque el marinero había sido más robusto de lo que él era y tendría que usarlos para rellenar brazos y hombros. Usando el ancho cuchillo de caza, seccionó las articulaciones, extrajo la espina dorsal y desmembró el cuerpo. Siguió arrojando trozos durante unos minutos. Mientras trabajaba, sonreía. El mayor reto era ahora conectar la piel a sus propios músculos y nervios, pero tenía los conocimientos y el tiempo necesarios para ello. El dolor que implicaba la operación, cosiendo cada parte a su propio organismo, logrando que su sangre y su corazón mantuvieran viva la piel y los músculos, era un paso necesario. Y Mnemestro era muy capaz de hacer lo necesario. Al cabo de dos horas, el marinero salió de la sala. Llevaba en la mano el cubo de grasa, casi vacío tras el trabajo, pero la maquinaria funcionaba a la perfección, bien lubricada y cuidada. Regresó a la sala común y se puso a jugar a las cartas con sus compañeros. Le notaron muy callado aquella noche, pero no achacaron nada anormal a su comportamiento. Durante la partida, uno de los jugadores comentó lo cansado que estaba de soportar a sus traviesos gemelos, y la suerte que tenía él de estar soltero y sin hijos. -Tampoco será tan malo, hombre –dijo el marinero. -Uf, tendrías que estar en mi piel, amigo –repuso su compañero. El marinero río con ganas mientras arrojaba una carta sobre la mesa. Los enanos consideran que si un muchacho puede sentarse en un taburete y apoyar los codos sobre la mesa, ya tiene edad suficiente para beber alcohol. Así que Lhu acompañó a Galen, Olmo y Muf en aquella velada en el río. Bebieron, charlaron e intercambiaron historias y anécdotas de sus vidas. Galen estaba contento, porque las increíbles aventuras de Olmo Tronchamozas, o su talento para inventarlas, tanto da, despertaron muchas sonrisas en los labios de Lhu, y no pocas en los de Muf. Ambos jóvenes estaban tristes. Uno había perdido a su padre, el otro a su primer amor, y aquellas carcajadas fáciles, regadas con vino joven y algo de naciente camaradería, eran buenas medicinas para sus almas. Por eso, incluso Galen se relajó, bebió algo más de lo que solía y contó algunas aventuras propias, no pocos chistes verdes y muchas anécdotas de cazadores. A cambio, y mientras abría otra botella de vino arrancando el tapón con los dientes, Tronchamozas les narró sus desafortunados amoríos con la joven hija de un shaba pirata, que se truncaron al denunciarle la joven a su padre e intentar él convertirlo en eunuco, de lo que escapó milagrosamente a lomos de un elefante marino hasta que le rescató un barco pesquero. Entre carcajada y carcajada, Galen observó: -Tienes muy mala suerte con las mujeres, Olmo. Éste asintió con la cabeza, mientras un camarero acercaba otras dos botellas y se sentaba junto a ellos, atraído por el ambiente festivo. -Es por mi amiguito –dijo Tronchamozas, confidencial el tono. -¿Tú amiguito? –preguntó Lhu, ya bastante achispado. Tronchamozas vació de un trago su jarra, llenó la de todos los presentes –incluido el camarero- y asintió, pidiendo al joven que se acercase con un gesto cómplice. -Mi amiguito –señaló expresivamente su entrepierna- es demasiado grande y acaba por asustarlas. Todos siguieron riendo sin dejar de beber. Muf y sus compañeros durmieron hasta tarde. Ya había pasado el mediodía cuando se levantaron de sus camas y dejaron el camarote. En un barco de otra nacionalidad habrían tenido que esperar para comer algo, pero éste era un barco enano y la comida estaba sobre la mesa las veintiséis horas del día[1], así que devoraron una buena ración de cordero frío, acompañado de patatas regadas con salsa de tomate, caramelo y cayena, o salsa Machote, como la llaman los umdhui. Mientras estaban comiendo, apareció Tronchamozas, tan fresco como una lechuga en el huerto y… -Estoy más contento que un cerdo en un charco de mierda, gracias –respondió cuando Muf le preguntó cómo se encontraba. El indómito personaje no tenía ojeras, ni palidez, ni ninguna otra muestra de resaca. -Aguantas muy bien la bebida, para no ser enano –le felicitó Galen. -Se lo debo a mi parte umdhu –dijo el otro, mientras cogía un filete de cordero del plato de Muf con los dedos. -¿Y qué sacas de tu parte elfa? –preguntó Lhu. -Supongo que un razonable buen gusto por los tonos pastel y las florecillas. Después de comer bajaron a cubierta, esperando que el fresco aire del río les ayudase a despejarse. El paisaje, una zona llana cubierta de bosque, era espléndido. Algunos pájaros revoloteaban cerca de las aguas, devorando a los insectos demasiado torpes o confiados, y los monos saltaban de rama en rama, corriendo hasta la orilla para recoger la comida que los pasajeros arrojaban desde el barco. A veces pasaban por zonas cultivadas, donde los labriegos de todas las razas aprovechaban el final del invierno para retirar las piedras de los campos, recolectar las plantas de frambuesa o ejercitar a sus acémilas. Al final de la tarde, pasaron una pequeña aldea ribereña, un conjunto de casitas de madera de cuyas chimeneas salía un humo con olor a encina y familia. -Pronto llegaremos a Apartadero –dijo Tronchamozas-, una pequeña ciudad donde el barco parará para aprovisionarse. -Haremos escala durante un día entero, si no me equivoco –dijo Galen. Tronchamozas asintió. -Yo bajaré a tierra. Perdí mi espada cuando adquirí el rubí. Era un buen estoque, pero sustituible. ¿Bajaréis conmigo? -Mis viejos huesos me piden descanso, amigo –dijo Galen-, pero si los chicos quieren acompañarte, pueden hacerlo, claro. -¿No te parece mal, padre? –dijo Muf, mientras Lhu sonreía. -Me parece una locura, y estoy seguro de que te las arreglarás para meterte en líos –dijo Galen, pasando la mano por el hombro de su hijo-, pero sabrás qué hacer. Apartadero se yergue, orgullosa, en la ribera del Vheralnas. Es el primer gran puerto fluvial del río, y uno de los más antiguos. Empezó siendo una pequeña población minera, en la que los buscadores de oro luchaban por arrancar de las aguas una riqueza más soñada que real. Como suele ocurrir, los buscadores provocaron la aparición de tabernas, juerguistas, tahúres, meretrices y algún que otro almacén de comestibles, y el asentamiento de tristes chozas se convirtió en… bueno, en un asentamiento de chozas menos tristes. Algunos grupos de leñadores se unieron a la floreciente población, instalándose allí con sus familias, y el comercio se activó. Poco a poco, Apartadero creció, siempre de cara al río. Los ciudadanos veneran a Norkili, la Señora de la Espuma, la Diosa de las Aguas, que gobierna sobre el líquido elemento en tierra, mar y cielo. De hecho, lo primero que vieron los viajeros del barco, fue la estilizada torre de su templo, una alta torre de veinte metros, coronada por una esfera de paredes de espejo que refleja el río, el cielo y la luz del sol. Apartadero nace en la orilla del río, en una amplia plaza donde conviven el templo, la Casa del Pueblo y la cárcel, además de las casas de los prebostes, las de los mercaderes y las oficinas comerciales. De esta plaza salen tres calles, como los radios de una esfera cortada por el río, que dividen la ciudad en tres sectores. Al norte está la parte más rica, limitada por la Avenida Imperial, que se extiende hasta fundirse con la Calzada Real. La parte central, entre Imperial y Buscador de Oro, es una zona comercial, llena de calles como Orfebres, Herreros o Burdeles –no olvidemos que esta actividad es perfectamente legal en todo el imperio de Alassar-, donde un hombre puede hallar todo lo que desea y permite la ley. La parte baja, entre Buscador de Oro y Avenida del Mago, es mucho más oscura, divertida y apasionante para las gentes que, como Olmo Tronchamozas, viven en la frontera de lo legal. Si alguna vez visitáis Apartadero, es mejor que no crucéis al sur de Buscador de Oro. Así que Tronchamozas, Muf y Lhu desembarcaron, tomaron la Avenida del Buscador de Oro y se metieron por la tercera calle, la Marmita de Cobre. Los dos jóvenes enanos no dejaban de mirar boquiabiertos a todas partes, tratando de absorber todo lo que veían. Las tiendas, los puestos callejeros, los carruajes, las elegantes parejas de guardias patrullando, los coloristas vestidos de las mujeres, los operarios de limpieza que despejaban las calles de nieve… todo eso les sorprendió y encantó. Pero cuando cruzaron la avenida y entraron por la calle de la Marmita, su sorpresa se multiplicó hasta el infinito. Ambos eran jóvenes de pueblo, oriundos de poblaciones pequeñas, donde todos conocían a todos, donde los vecinos eran los encargados de limpiar las calles y apenas había un ladrón por cada cien habitantes. Aquí, cada calle era un carnaval; las casas eran bajas, de puertas amplias y abiertas a la calle, como toda la vida en el barrio marginal. Leñadores, peleteros que disimulaban el hedor de sus negocios con clavo y naranja, ladrones, músicos que recorrían las calles en una fanfarria espontánea, prostitutas, cambistas de moneda, trileros, danzarinas, malabaristas, grupos de pandilleros que se identificaban por los colores de sus jubones, formaban la fauna de aquel carnaval. Muf y Lhu no cabían en sí de admiración. -Cerrad esas bocazas antes de que alguien os meta la mano por ellas y os robe hasta las costillas. -Lo siento, Olmo –dijo Muf, dando un fraternal codazo a Lhu-, es que nunca habíamos estado en un sitio así. -Y mejor que no os acostumbréis a frecuentarlo. Es un lupanar, un lugar para gente de mala ralea, y ningún chardhui honrado perdería aquí su tiempo, ¡hola, Frehor, cuánto tiempo! –saludó a un malencarado lugan-, ¡Selveia, cada día que pasa estás más hermosa! –dijo lanzando un beso a una elfa que, ignorando el frío, mostraba descaradamente su busto a través de translucidos velos de encaje. -No, no es un sitio muy aceptable, socialmente hablando. Pero es interesante –sentenció con una sonrisa. Cruzaron un par de calles más, sin ver ni un solo soldado patrullando, ni tampoco una pelea, un robo o un escándalo. Los marginados de la sociedad parecían muy capaces de guardarse a sí mismos. Finalmente, llegaron a una pequeña plaza en la que desembocaban no menos de ocho callejuelas. Las casas de la plaza eran de dos y tres pisos, el suelo estaba empedrado y en bastante buen estado, y tenía una ligera inclinación hacia el centro. Ocho pequeños canales hacían que el agua de la nieve y la lluvia bajase hasta el centro de la plaza, vertiéndose bajo el pedestal de una estatua de bronce que representaba a un hombre fornido, vestido con un delantal y un capacete de cuero, que sonreía amistoso desde su cara de niño grande y se apoyaba en un inmenso martillo. -Tonf, el forjador de mundos –dijo Muf, llevándose el puño cerrado al corazón como saludo. Lhu miró a su amigo, imitando después su gesto. -Así es –sonrió Olmo-; esa estatua lleva aquí, en la Plaza de la Rueda, al menos doscientos años. Velando por nosotros. Después, Tronchamozas entró en una de las tabernas que parecían ser toda la ocupación comercial de la plaza. Se llamaba La Mandíbula de la Piraña, y de ella emergía un fuerte olor a pescado frito, patatas al ajillo y cerveza agria. Una vez dentro, Tronchamozas se sentó en una mesa libre y un joven gild se acercó con una sonrisa en los finos labios. -¿Qué va a ser? –preguntó. -Tres pintas de cerveza, tres raciones de trucha al ajillo, tres de huevos de la casa y tres de patatas picantes –guiñó un ojo al camarero-. Y estos dos, que se pidan lo que quieran. Casi todos los marineros que desembarcan en Apartadero disfrutan sus ratos de ocio en las tabernas cercanas al puerto, o en las casas de juego de la Avenida del Buscador. Algunos, más amantes de lo sórdido, se desplazan hasta la Avenida del Mago, para ver las peleas de osos, o participar en juegos tan prohibidos como ruinosos. Muchos se pierden en las calles, en los fumaderos de marihasha o en los brazos de concubinas demasiado aficionadas a la cara sádica del sexo. Mnemestro, sin embargo, llegó hasta la Mandíbula siguiendo los pasos de Muf. No le interesaba permanecer en el barco, un lugar cerrado donde su sed de sangre podría traicionarle, sino las amplias calles llenas de oportunidades de caza. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Mnemestro tenía otra necesidad. Sentía curiosidad. Se acodó en la barra del establecimiento, pidió una jarra de cerveza y observó discretamente. Al poco rato, un enano de avanzada edad, vestido con una vistosa túnica de algodón verde y pantalones de cuero negro, se sentó en la mesa de Tronchamozas. El enano llevaba a la cintura una larga espada, tan larga que la punta de la vaina rozaba el suelo, y un hacha de cabeza doble pendía de su espalda. Conversó durante unos minutos con Olmo y los jóvenes, a los que estrechó las manos con solemne gesto. Se quitó la vaina de la espada, entregándosela a Tronchamozas, que se excusó y, levantándose, salió por la puerta de atrás del local. El enano no dejaba de vigilar la puerta por donde Olmo había salido, pero parecía relajado. Mnemestro supuso que era un armero, y que la espada sería un encargo que el extraño semielfo tenía que recoger. Y supuso también que el enano habría apostado algunos guardias en el exterior, ya que dejaba salir tranquilamente a Tronchamozas. Imaginó que estaría prohibido desenvainar armas en el local y por eso el semielfo habría salido a la calle para examinarla. El enano seguía sentado a la mesa, y había llamado al camarero para pedir tres nuevas jarras de cerveza. Mnemestro pestañeó –aún no se había adaptado del todo, y el ojo derecho pestañeó un segundo antes que el izquierdo, produciendo cierto efecto reptiliano en su mirada-, y miró hacia la puerta de atrás. “Vaya, vaya. Este Muf no es tan listo como se cree. Pero tampoco el armero”. Se levantó, dejando una moneda sobre el mostrador, y cogió una botella de cristal vacía. “Eres poco hábil, armero”, pensó. “Deberías haber pedido cuatro jarras si pensases que tu cliente va a volver”. Sacó un amplio pañuelo del bolsillo de su pantalón y se tapó el rostro con é, dejando sólo los ojos al descubierto. Llegó hasta la puerta de atrás, abriéndola de una brusca patada. Un hombre, sin duda el que vigilaba la salida, salió despedido. En el callejón, tres elfos luchaban contra Tronchamozas, que se defendía muy bien pese a la herida que tenía en el brazo izquierdo. Sin una palabra, Mnemestro rompió la botella en la cabeza del caído, que intentaba incorporarse, y luego segó su abdomen con el cuello roto de la botella. Mientras cogía la espada del hombre, se relamió al ver los cálidos intestinos desparramarse sobre la nieve, exhalando una nubecilla de tibio vapor. Tronchamozas creyó que un nuevo enemigo se acercaba a él, y retrocedió un paso, tratando de ganar espacio. Como era lógico, los tres asaltantes avanzaron, y Tronchamozas se lanzó a fondo contra el de la izquierda antes de que pudiesen situarse, hiriéndole en el hombro y girando sobre el pie adelantado para cubrirse con su cuerpo de los otros dos. Mnemestro sonrió ante la grácil agilidad del semielfo y atacó al bandido de la derecha. En el interior, el armero enano vació su jarra con gesto impaciente. Trataba de distraer a los jóvenes con su cháchara, hablándoles del arte de la forja, lo que encantaba a Muf, pero estaba nervioso. Sus hombres ya deberían haber entrado por la puerta de atrás, con el rubí en su bolsa. Muf se dio cuenta de la nerviosa mirada del enano, y también del detalle de las jarras. Un nudo frío bloqueó su estómago, y sus pardos ojos se entrecerraron involuntariamente. La rabia, aquella rabia fría que tantos problemas iba a causarle en su vida, se apoderó de él. Su primer impulso fue atacar al viejo enano y correr hacia la puerta, pero no podía dejar atrás a Lhu. El joven estaba a su cuidado, le gustase o no. Además, era imposible saber si el viejo armero contaba con algún aliado en el local. Pero tampoco podía quedarse quieto, mientras Tronchamozas podía estar herido o muerto en la calle. Desenvainó la curvada daga del nefárida con la mano izquierda, y a la vez hizo una pregunta sobre la cantidad necesaria de carbono que requería el acero, y se acercó al enano como si desease oírle mejor entre el murmullo general de la taberna. Después apoyó la punta de la daga en sus testículos, apretando ligeramente. -¿Dónde está mi amigo? El armero se puso tenso como una cuerda de arpa, apoyando las manos en el borde de la mesa. Lhu, tan sorprendido como el viejo, miraba de uno a otro. -¿Qué pasa, Muf? –preguntó el joven. -Pasa que este desgraciado es un ladrón. Ponte en pie, Lhu, despacito. Mientras el joven obedecía, Muf mantuvo su mirada clavada en el anciano. Algo en sus ojos le advirtió de que iba a actuar, pero Muf aún era demasiado joven e inexperto para poder reaccionar a tiempo. El anciano empujó la mesa con fuerza, golpeando el brazo armado de Muf y alejando la daga de su cuerpo. La silla cayó hacia atrás. Mientras Muf y Lhu se apartaban de la mesa volcada, el enano se puso en pie y cogió su hacha. -¡Corre, Lhu, corre! –rugió Muf- ¡Por la puerta de atrás! En el callejón, Mnemestro estaba disfrutando como un chiquillo. Mientras Tronchamozas se defendía de sus dos contendientes, él jugaba con su propio enemigo. Trataba de cubrirse lo mejor posible, para evitar destrozos en su nuevo cuerpo, pero sabía que las armas mortales no podían matarle. No, en las actuales circunstancias. Cuando la puerta del local se abrió y vio salir a Lhu y Muf, el nefárida sonrió. -Creo que tenemos que despedirnos ya, amigo –dijo a su contrincante. Se lanzó sobre él ignorando todas las leyes de la esgrima, y clavó su espada en el pecho del hombre, mientras metía la daga entre sus costillas. Muf se giró, apoyando el cuerpo contra la puerta y sujetándola con ambas manos. La sonrisa de Mnemestro se congeló en su rostro. Muf tenía las manos vacías, y la daga no estaba en su vaina. “Maldito estúpido”, pensó, “ha perdido la daga” El filo del hacha partió la madera de la puerta, y Muf se lanzó en una rápida voltereta para apartarse. Mnemestro observó. Muf se puso en pie, poniendo a Lhu a su espalda y empujándole lentamente. -Vamos, Lhu, atrás. Atrás. Los ojos de Muf volaban por todo el callejón, tratando de encontrar un arma, algo que le permitiera defender sus vidas. Pero no había nada, excepto cubos de basura y desechos de todo tipo. Tronchamozas hirió en el cuello a uno de los asaltantes, quedando solo frente al último de ellos. El enano del hacha salió de la taberna. Mnemestro observó que, precariamente enfundada en su cinto, llevaba la daga que él había entregado a Muf. La daga. No podía permitir que el Muf la perdiese, pero tampoco podía permitir que el joven le reconociese en el futuro. Lanzó su espada a los pies de Muf, y echó a correr hacia el armero enano, embistiéndole con un golpe de cabeza. El enano cayó, pero lanzó un rápido y torpe golpe con el mango de su hacha contra el nefárida. Mnemestro lo esquivó sin dificultad y cogió la daga del cinturón del enano, mientras éste se ponía en pie. Con un rápido gesto, el nefárida arrojó la daga a los pies de Muf, cerca de la espada, y corrió dentro de la taberna, esperando que Muf viese la daga. El armero se lanzó hacia Muf con el hacha por delante, descargando un golpe mortal. Muf se giró, empujando a Lhu hacia atrás, y se tiró a por la daga, atraído por ella, aún sabiendo que no llegaría a tiempo. El hacha descendió hacia su cabeza, buscando su cuerpo. Sus manos estaban aún a veinte centímetros de la daga. Oyó el silbido del hacha. Diez centímetros. Un estampido sordo llenó sus oídos. Cinco centímetros. El enano cayó sobre él como un fardo, como un peso muerto. Muf perdió el aliento por el golpe. Lhu, con la abollada tapa de un cubo de basura en la mano, le miraba jadeando, a medio camino entre la carcajada y el llanto. La daga, que Muf había conseguido levantar en el último instante, sobresalía del pecho del armero, y su sorprendida cara estaba enrojecida por el golpe de Lhu. Antes de que pudieran reaccionar, un grito agónico llenó el callejón. Miraron hacia atrás, justo a tiempo de ver caer al último enemigo, herido en el pecho por la espada de Tronchamozas. Un par de minutos después, los tres compañeros entraron en la taberna. Nadie les miró dos veces. Nadie les dijo nada, ni prestó atención a sus ropas manchadas de sangre ni a las armas que ahora portaban los tres. Lhu llevaba el hacha a la espalda, mientras Tronchamozas se había quedado con la espada que iba a comprar y con una de los asaltantes, y Muf había recogido otra espada. Y por supuesto, la daga. Presa del miedo y la excitación, casi la olvidó en el cuerpo del enano, pero luego una especie de voz interior le recordó que debía recogerla. Por algún motivo, el alivio le inundó al hacerlo. En conjunto, ofrecían un aspecto bastante peculiar. Pero nadie les miró dos veces, ni pudo responder a sus preguntas sobre el marinero embozado que había entrado en la taberna un momento antes, desapareciendo rápidamente por la puerta. Aquello era el sur de la Avenida del Mago, y allí todos son ciegos, sordos y mudos cuando suena el acero. Si alguna vez vais por Apartadero, no es una calle que debáis cruzar. -------------------------------------------------------------------------------- [1] Veintiséis, no veinticuatro. El mundo de Astayer, su calendario y sus ciclos han sido ampliamente estudiados, si bien profundizar en ello resultaría muy largo. Para una información más completa, recomiendo consultar “Observaciones sobre el día y la noche, la alternancia de las estaciones y el influjo de las mareas”, de Efrén el de los Muchos Talentos.


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