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  criticas > LiteraturaPerdido

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se publicó en la web el 20 de Enero del 2005

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  Categoría: criticas > Literatura
  Titulo:

Este es mi relato: --------------------------------------------------- Perdido Debían ser algo más de las tres de la mañana. El dueño del último bar que visitamos nos había puesto cara de terrorista a la vez que miraba al reloj colgado de la pared, y habíamos decidido salir por patas, antes de que nos dijera algún improperio. Ikertxo y Sarita vivían en la misma calle que yo, así que mientras los otros se iban hacia el ala norte de la ciudad, nos dirigimos nosotros hacia la zona de Ortega y Gasset. Atravesábamos uno de los parques cercanos ya a mi casa, cuando Ikertxo empezó a insistir en que se sentía mal, y no era una idea que nos extrañase demasiado ni a Sara ni a mí, porque el chaval había bebido tanta tequila, que si echaba el aliento y encendíamos un mechero, seguramente parecería un lanzallamas; ya lo veía yo como a los faquires estos del circo, haciendo numeritos con una compañera persa vestida con un conjunto de braga y sujetador en poliuretano, dos tallas menores de las que debería llevar, y un pelo lacio encorsetado en un moño, que a base de estirarle el rostro no dejara adivinar una edad real. Nos sentamos en un banco, y hasta que Ikertxo no se puso tan blanco como el inodoro de mi piso, no estaba muy segura de si nos había hecho parar porque se mareaba al andar, o de si había montado un pequeño teatrillo para que la buena de Sara le hiciera mimitos. Desde un plano más objetivo quizá no, pero desde el mío propio los notaba un poco empalagosos: - Cariño, ¿quieres que te desabroche la camisa? ¿No tendrás el cinturón muy apretado? ¿Te quito la chaqueta…? -, le decía ella a él. Pero, ¡qué afán le había entrado a esta chica con desnudarlo! ¿Acaso había vuelto a su infancia y se creía que Ikertxo era un muñeco Nenuco? Pues no, eso no lo pensamos ninguno, por lo menos ninguno que hayamos pasado la edad de la inocencia… ¡Si es que cualquiera en mi lugar y con una postura algo más estable en su cuenta corriente les hubiera pagado un hotel! Ya no me sentía como una carabina, es que me sentía ya como un afgano con kalasnikov. Por occidente se nos acercaba un hombre de unos setenta años. Al principio la duda de que fuera un indigente o un borrachín fue general… Aunque no tenía un aspecto desaliñado, y sólo nos pidió ayuda con una voz un poco pastosa: - Por favor… Me he desorientado y no encuentro mi casa. Sé que está cerca, detrás de una iglesia. Necesito ayuda -. Se bamboleaba un poco mientras hablaba, e Ikertxo manifestó por lo bajines, que se habría pasado esa noche de copas: - Entonces como tú, sólo que es más educado -, mencioné con tono sarcástico. Sara rió mucho el comentario, y luego calló como ignorando al visitante; por fin, se consagró en cuerpo y alma a la contabilidad de los pelitos que asomaban por la camisa desabotonada, del pecho de su novio. No obstante, parecía que no pensaban ayudar al hombre, y algo había que hacer. En fin, estaba claro que toda la responsabilidad me la habían dejado a mí. El hombre agachó la cabeza, y se fue lentamente hacia delante, con serias dificultades en su marcha. - ¡Espere, señor! Yo le voy a acompañar -. Corrí hacia él, y sonrió agradecido. Por el gesto de los del banco, debieron rumiar que estaba loca por eso que se dice de que a ciertas horas todos los gatos son pardos, a lo que yo les contesté con una mirada con la que les reprochaba su total carencia de humanidad. - Te lo agradezco mucho, de verdad. No encuentro dónde vivo… y tampoco la iglesia que siempre veo cuando salgo; creo recordar que es la calle de Santa Teresa -. - Me suena la calle, pero exactamente no sé cuál es. De todas formas, creo que detrás de esos árboles está la iglesia que usted busca… Vamos hasta allí a ver si se orienta -. No estaba lejos la parroquia, pero nos costó llegar, ya que el hombre no podía caminar muy rápido. Tenía serias dificultades para seguir mi paso, y eso que yo iba muy despacio. - ¿Reconoce esto? -, le inquirí al llegar a la entrada de la iglesia. Negó con la cabeza, pero parece que reconoció el albergue que había al lado, y el hombre se alegró. En ese momento pasó una mujer de unos cincuenta años, y como era tarde y no pasaba mucha gente, corrí precisada a preguntarle sobre la calle de Santa Teresa. Al principio, me echó un vistazo desconfiada por si iba con malas intenciones para zafarse de mí. Le hice la consulta: - Por favor, señora… ¿Podría indicarme cuál es la calle de Santa Teresa? -. - Es esa de atrás -. Volvió a taparse el rostro con una especie de bufandilla que llevaba, y se esfumó, ignorando mi agradecimiento, y sin dejar opción a que le increpara para algo más. Volví hacia donde estaba el hombre, y continuaba allí como compungido, como si fuera un niño pequeño esperando en la puerta del colegio a que su madre le vaya a buscar. Sonrió de nuevo al volverme a ver a su lado. - No me dejes, chavala. No me dejes… -. - No se preocupe, que no me iré. Pero, estaba ahí al lado preguntando por la calle de Santa Teresa… Me han dicho que es ésa -, informé señalando la que la mujer me había indicado. Anduvimos un poco más con las manos entrelazadas, y sentí cómo me oprimía los dedos. Estaba nervioso, como desenfocado; le temblaban las piernas… Quizá tuviera frío también porque a pesar de estar en verano, por la noche había refrescado mucho, y la chaqueta que llevaba no parecía muy gruesa. De pronto, él se soltó de mi mano, y exclamó: - ¡Ya conozco esto! Ahí mismo está la panadería y allí está…! ¡Allí esta mi casa! -. - ¿Sabe dónde está, entonces? -. - Gracias por acompañarme, niña. No te preocupes ya más por mí. Me has ayudado mucho -. Vi cómo entraba en el portal. Cuando reconoció dónde estaba se le iluminó la cara; era como si una felicidad infinita le hubiera inundado el alma, como si hubiera tocado las estrellas y luego bailado con ellas. Me hizo darme cuenta de que hay personas que al volver a la simplicidad, encuentran la felicidad en las cosas más cotidianas. Que es un bienestar falso puede decir alguno, sin embargo personas tan maravillosas como esas son a las que precisamente tenemos que echar un capote, para que hacer un bien así nos obsequie con la placencia y el buen sabor que se nos queda al haber hecho algo bueno, en momentos peores y de no grato humor. Realmente es una suerte ver virtud donde ya no cabe esperanza. Mi móvil empezó a sonar con la melodía de Indiana Jones que hacía algunos días una amiga de la cuadrilla me había pasado. Era Sara que quería averiguar mi paradero. - Estoy de camino adonde os he dejado -. - Has tardado mucho. Entonces, te esperamos aquí. Te dejo que ando justa con la batería del móvil. Colgamos y enseguida aparecí donde estaban; Inmóviles y sin hablar como si el fresco de la noche les hubiera congelado las neuronas. - ¿Qué tal con el borrachín? -, indagó Ikertxo un poco socarronamente. - ¡Qué dices! ¡No estaba borracho! Supongo que tenía la enfermedad esa que ataca sobre todo a los mayores, Alzheimer. ¿No te fijaste en su forma de andar? Era obvio que tenía dificultades, pero aunque se asemeje no era la forma de caminar de alguien embriagado. El pobre no se situaba, estaba perdido… Un borracho sabe dónde está cuando se lo dices, y su mente no recobra o abandona datos y lucidez de repente. Habríais tenido que ver su sonrisa cuando encontramos su casa; me miraba como si hubiera sido su salvadora, y para mí fue tan fácil ayudarle… Volvería a hacerlo sin ninguna duda; ha sido satisfactorio para mí prestarle mi apoyo. Es como si la vida hubiera querido enseñarme que jamás nos derrumbaremos, mientras haya alguien de buen corazón por detrás. Creo que esto, de nuevo ha hecho que me enamore de la vida -. - ¡Eres más cursi, guapa…! Enamorada de la vida, dice… Enamorada de la vida… -. PILAR ANA TOLOSANA ARTOLA (27 – II – 2004)


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