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  fantasia > RolPRIMERA SANGRE

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se publicó en la web el 03 de Julio del 2006

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

Este es el primer relato de Muf Leddalsord, que inicia su saga. Aquí nos encontramos con un joven Muf, aún un muchacho normal que vive en compañía de Galen, su padre, herrero y cazador. Muy poco o nada sabemos de la madre de Muf por las crónicas. En la cultura umdhui la expresión “primera sangre”se refiere tanto a la primera batalla de un guerrero como a la pérdida de la virginidad por parte de una doncella PRIMERA SANGRE El joven enano estaba cada vez más seguro; se había perdido. Caminaba por el bosque, en las laderas agrestes del Clavo, buscando lo que los umdhui llamaban “la percha”. Se trataba de un largo cable sujeto en ambos extremos por postes de acero, que salvaba una distancia de cien metros y un fuerte desnivel de casi ciento cincuenta. Los enanos, cuando cazaban osos, muflones o yerais en la montaña, tenían por costumbre enviar la carne y las pieles en paquetes etiquetados con el nombre del cazador lanzándolos por la percha. Abajo, en un refugio de caza, Gem el Tuerto los recogía, pesaba y entregaba a los mercaderes, cobrando según las tarifas fijadas por los inspectores reales y entregando después su parte a los cazadores, que sólo descendían de la montaña al final de la campaña. Aquella era la primera expedición de caza para Muf, que contaba diecisiete años. Su padre y el resto de la cuadrilla le habían cargado con una mochila repleta de pieles de yerai, el castor blanco, y el joven caminaba encorvado por el peso, cada vez más angustiado al ver que la noche caía, y que tal vez tendría que sobrevivir hasta el amanecer armado tan solo con un cuchillo de caza, en una montaña llena de lobos, qimeros y quién sabe qué otras amenazas. Sin embargo fue la luna de zafiro la que le salvó, iluminando los altos postes de metal de la percha. Muf respiró aliviado al ver el destello entre los robles, y se dirigió tan directamente como pudo hacia allí. A punto estaba de echar a correr cuando oyó el crujido. Temiendo la presencia de algún depredador, el enano se agazapó tras un tronco, llevando la mano a la empuñadura del cuchillo, pero sin desenvainarlo para que ni su brillo ni su sonido delatasen la posición que ocupaba. Aguzó los oídos, y pronto el crujido se repitió. Muf rodeó el árbol, desembarazándose sigilosamente de la mochila, y observó. Al otro lado, avanzando entre los troncos, cuatro enanos de extraño aspecto portaban un saco. Los enanos vestían ropa de algodón teñida de negro, y sus rostros estaban embozados y cubiertos por capuchas. De los cinturones pendían cortos machetes curvos, un arma que no gustaba a los umdhui de las montañas. “¿Qué está pasando aquí?”, se preguntó Muf, seguro de que aquellos no eran cazadores. Lo que más le extrañó fue su calzado. En lugar de las pesadas botas de piel, aptas para caminar durante mucho tiempo y soportar el frío, llevaban ligeras botas de gamuza, untadas en grasa. Aquél era el calzado típico de los marineros. ¿Y qué hacía un grupo de marineros en lo alto de la montaña? Los extraños enanos se detuvieron, al parecer para que el que llevaba el saco se lo pasase a un compañero. Ninguno hablaba, ni llevaban antorchas o lámparas para iluminar el camino. En ese momento, Muf captó un movimiento en el interior del saco, como si llevasen un animal vivo. -Cuidado –dijo uno de los enanos-, creo que está despertando. -Será incómodo llevarla si está despierta, pero no temáis. La mordaza y las ligaduras son fuertes. Aquello resultaba cada vez más sospechoso, y el joven Muf echó de menos la compañía de su padre o alguno de sus amigos. Sin embargo, decidió seguir al grupo, más llevado por la imprudencia que por el valor. Tal vez poseía ya la osadía que en tantos problemas habría de implicarle en el futuro. Durante media hora, el grupo avanzó, siempre pendiente abajo. Sin embargo, no había seguridad en sus pasos, y cada poco tiempo tenían que detenerse para orientarse por las estrellas, lo que demostraba que no eran hombres de la montaña. -Descansemos un poco, hermanos –dijo uno de ellos-. Estoy agotado. El resto se mostró de acuerdo. Depositaron el saco en el suelo, y un nuevo movimiento indicó que la presa acusaba su falta de delicadeza. -Prudencia, hermano –dijo el que parecía mandar el grupo-, si el Shaba ve demasiados cardenales en la presa, te hará azotar. -Imploro tu perdón, contramaestre, el saco ha resbalado. Muf abrió unos ojos como platos. La curiosa forma de hablar de los enanos y el título de contramaestre habían sido reveladores. Sí, eran marinos. Pero el “shaba”, sin lugar a dudas, era el título que los señores piratas de las Islas Yeshde se daban a sí mismos. Los enanos que tenía delante eran, por tanto, piratas. Muf sabía que aquellas alimañas solían abordar barcos y atacar ciudades costeras, e incluso enviaban hombres al interior para secuestrar a personas importantes y lograr así suculentos rescates. Pero, ¿quién podría interesarles en medio de la montaña? ¿Y quién valía tanto como para arriesgarse así? Estaban a kilómetros del puerto más cercano… Galen y el resto de la cuadrilla de caza empezaban a inquietarse por la suerte de Muf. El cazador paseaba nervioso en torno a la hoguera, temiendo que su inteligente pero despistado hijo se hubiese extraviado. Cuando oyeron el ruido entre los arbustos, al borde del claro, todos pensaron que Muf había regresado por fin. Sin embargo, una recia voz les sorprendió a todos. -¡En nombre del rey, alzad las manos! -¿Quién vive? –gritó Galen por respuesta, desenvainando su cuchillo. -Justicia del rey –respondió la voz. Los cazadores se miraron entre sí, más sorprendidos que asustados. Nada debían temer de los soldados del rey Grenort, si realmente eran ellos. Así pues, se levantaron de sus lechos de hojas y mostraron las manos en alto, pero sin alejarlas mucho de las armas. No sería la primera vez que los bandidos atacaban a los tramperos para robar su botín. -Muéstrate, entonces –gritó Galen. Diez hombres, vistiendo la librea azul de las tropas reales, entraron en el círculo de luz. -Soy Kanalem, teniente de la tropa del rey. -Galen, cazador y herrero. ¿Qué puedo hacer por ti? -Tengo intención de registrar tu campamento, cazador. Buscamos algo muy valioso que el rey echa en falta. Ruega al buen Tonf porque no lo encuentre aquí. Galen enarcó las cejas, molesto por la insolencia del oficial. Sin embargo, aquél enano parecía nervioso y tenso, y además él no tenía nada que ocultar, así que se forzó a reaccionar con calma. -Todo lo mío es del rey, oficial. El teniente asintió, en principio satisfecho. Los soldados registraron con prontitud el campamento y sus alrededores, mientras dos de ellos vigilaban a los seis enanos que componían el grupo de caza. -Ni rastro, mi teniente –informó minutos después uno de los guerreros. -Está bien, cazadores –dijo Kanalem -, disculpadnos y que la caza os sea propicia. Cuando se disponían a marcharse, Galen se interpuso. -Esperad un momento, soldados –dijo-. No sé qué misión tenéis, pero si hay algo que podamos hacer para ayudaros, contad con ello. El resto del grupo asintió. -¿Arriesgarás tu vida sin saber por qué, cazador? -Arriesgaré mi vida por mi rey, ahora y mil veces que me lo pida. Además, hace unas horas envié a mi hijo a la Percha con unas pieles, y si hay algún peligro en el bosque, quiero saberlo, pues por él arriesgaría mi alma. El teniente pareció debatirse entre el silencio y la confianza, y finalmente se decidió. -Está bien, Galen –dijo-. La princesa Briada provir Grenort ha sido raptada esta noche, y sus captores huyen ahora por la montaña. Probablemente Muf se habría quedado de piedra si hubiese escuchado al teniente, pues a su edad ya sabía que, para los hombres humildes, mezclarse en los asuntos de los grandes no es sino fuente de problemas. Sin embargo, no sabía dónde se estaba metiendo. Así que siguió a los piratas durante un buen rato, y escuchando su conversación dedujo que llevaban secuestrada una joven, destinada al harén de su señor, el shaba. “No pienso consentirlo”, se dijo el joven. “Además, si mi padre se entera de que he visto esto y no hago nada, me despreciará toda su vida”. Y es que Muf estaba aún en esa edad en que el padre es la figura suprema, un héroe por encima de reyes y leyendas, un ídolo que no puede ser vencido por su propia cotidianeidad y al que imaginamos siempre dispuesto a todo. Así que el joven umdhu trató de pensar en lo que haría Galen en su situación, añorando la tranquila sonrisa y la determinación del padre en aquél instante. Cuando los piratas hicieron alto de nuevo, ya varios kilómetros más debajo de la Percha y del campamento de cazadores, Muf decidió actuar. Mientras ellos examinaban las estrellas para confirmar el rumbo y el que portaba el bulto (es decir, a la princesa), lo depositaba en el suelo, Muf subió a la copa de un árbol joven y calculó la distancia hasta el siguiente, justo encima de los piratas. Satisfecho, el osado enano optó por la táctica directa. Saltó a la rama cercana y se dejó caer sobre el enemigo, gritando como un loco y enseñando los dientes mientras atacaba con su cuchillo. Los piratas, sorprendidos y asustados, retrocedieron unos pasos, y Muf aprovechó el momento para coger el bulto del suelo, echárselo sobre los hombros y lanzarse a una loca carrera bosque adentro. Desde luego, ni Galen ni cualquier enano con dos dedos de frente habría actuado así, pero Muf era joven e inexperto. Los piratas tardaron unos segundos en reaccionar, y comenzaron la persecución. Uno de ellos había sufrido un corte superficial en la pierna, que Muf causó más por suerte que por destreza. El resto, aunque cansados, estaban en mejores condiciones físicas que el joven. Sin embargo, Muf pudo mantener cierta ventaja gracias a su conocimiento del terreno. Había vivido y crecido en la montaña, y sus ojillos de halcón distinguían y esquivaban cada rama, cada piedra y cada raíz antes de que su cerebro fuese consciente de haberlas visto. Tropezando y maldiciendo, los piratas se acercaban cada vez más. Soldados y cazadores se unieron en la búsqueda de la joven princesa. Según explicó el teniente Kanalem al padre de Muf, la familia real se había trasladado a su refugio de caza en secreto, intentando descansar de las responsabilidades del trono. Era evidente que alguien, un miembro de la corte, estaba confabulado con los piratas, y había facilitado el secuestro. -Sin duda –dijo el teniente-, para pedir un rescate cuantioso. -No soy quien para llevarte la contraria, teniente –dijo Galen mientras observaba una rama rota e indicaba el rumbo al resto-, pero no creo que esa sea su intención. -¿Ah, no? ¿Y qué piensas tú que van a hacer? -Pues, si yo fuera un shaba ambicioso, me casaría con la princesa. El teniente palideció durante un segundo. Según la ley umdhui, si una muchacha contraía matrimonio siendo virgen, no tenía posibilidad de divorciarse. Muchos enanos conservaban un anticuado punto de vista, y pensaban que la mujer y el hombre debían llegar vírgenes al matrimonio, y que después el divorcio sólo era legal en casos extremos. De hecho, no pocas jóvenes se habían visto forzadas a casarse con sus secuestradores, y no pocas habían fingido ser secuestradas por el hombre que amaban, para desposarse con él a despecho de sus familias, si éstas se oponían a la relación. Según la teoría de Galen, si el shaba se casaba con la princesa virgen sería muy difícil que ella encontrase un nuevo marido después, y tal vez el rey se viese obligado a aceptar ese matrimonio impuesto antes que dejar a su hija en la vergüenza. Era un plan audaz, casi loco, y más cuando el joven rey Grenort trataba de cambiar y modernizar leyes como esta. Pero podría salir bien, puesto que Grenort sería muy criticado si modificaba una ley justo cuando eso beneficiaba a su familia. No eran pocos los intrigantes que aprovecharían para enfrentarse a Grenort con excusas más baladíes, ya que el trono de los enanos, al que había subido recientemente, era ambicionado por varios jefes de clan y príncipes menores. -¡Adelante, soldados! –rugió- ¡Debemos encontrar a Briada! Muf había equivocado de nuevo el camino. No corría hacia sus compañeros de campamento, que ya estaban buscando a la princesa junto a los soldados. Había perdido toda referencia con ellos, y sólo se le ocurrió dirigirse a la Percha, el único vinculo geográfico que tenía. Azuzado por el sentido del deber y por el miedo, el joven cobraba ventaja a sus perseguidores, pero no sería suficiente. Cuesta arriba, el peso de la muchacha pronto sería excesivo. Y tampoco tenía tiempo de bajar a la joven de sus hombros y liberarla. Desesperado, siguió adelante y arriba. A veces, al girar la cabeza, podía ver a sus perseguidores, sombras oscuras entre las ramas, reflejos de la luna azul sobre el acero. Cuando pensaba ya que sus pulmones estallarían y que sus piernas se quebrarían como ramas jóvenes, el muchacho vio la Percha. Llevado por su instinto valiente y suicida, giró hacia donde había visto al grupo por primera vez y llegó al lugar donde había dejado su bulto de pieles. Sin ningún miramiento, arrojó la cara humana que portaba y recogió las pieles. -No sé quién eres ni qué quieren de ti-jadeó, tratando de susurrar-, pero si quieres vivir es mejor que no te muevas ni hagas ruido. Inmediatamente, sin esperar a ver si su consejo era escuchado, Muf se echó las pieles al hombro y siguió corriendo, gritando para pedir ayuda y para atraer sobre él la atención de sus perseguidores. En las sombras de la noche, los piratas no distinguieron el bulto que su presa llevaba a la espalda. Pensaban que el enano, aparecido quién sabía de donde, llevaba aún a la princesa. Y sabían que su jefe no perdonaría que la perdieran. Continuaron la persecución, animados al ver que se recortaban las distancias y que el perseguido se dirigía recto al borde del acantilado. Entonces, capturando la luz de la luna, la Percha brilló. Muf no detuvo su loca carrera en ningún momento. Sabía que los piratas eran superiores en número, mejor armados y mejores luchadores. Sabía que no perdonarían su intromisión ni su engaño, y que no tenía posibilidades contra ellos. Y sabía que en la Percha existía una posibilidad de salvarse. Corrió y corrió, colocándose las correas del fardo como una mochila, sin detenerse a pensar en la locura que estaba cometiendo. Y al llegar al borde del barranco, simplemente saltó. La Percha es un largo cable metálico, de acero trenzado. El soporte está pensado para aguantar mucho peso, y desciende por la fuerza de la gravedad hasta los puestos de cazadores cuando se cuelga un peso suficiente. Para evitar que los cazadores se queden sin percha de la que colgar su captura, el cable pasa por una polea doble sujeta en lo alto del poste. En el cable de vuelta hay otro soporte, también sujeto al cable. Al colgarse peso de uno de ellos, el otro sube impulsado por el descenso del primero, y se cruzan a medio camino. Cuando el cargado llega abajo, el que está libre llega arriba, y el proceso puede repetirse indefinidamente. En eso se basaba la esperanza de Muf. Se agarró con fuerza al cable, y su peso le llevó a un descenso de locura a toda velocidad mientras el grupo de piratas llegaba al borde del barranco y le miraba, impotente e incrédulo. A mitad de recorrido, la segunda percha se cruzó con Muf y éste, en un esfuerzo supremo, estiró su mano y consiguió agarrar el segundo soporte. Si no lo hubiese logrado, habría bajado a más de cien kilómetros por hora y se habría matado al llegar al suelo. Sin embargo, y aunque la sacudida estuvo a punto de arrancarle el brazo, logró aguantar y mantener sujetos ambos soportes. Después, muy despacio, colgando a más de ciento cincuenta metros de altura, Muf empezó a quitarse la mochila y a sujetarla en el soporte de bajada. Puede parecer muy valiente por su parte lo que hizo, y desde luego lo fue. Sin embargo, también es cierto que el enano lloró de puro pánico mientras se debatía, sacudido por el frío viento de la montaña, tratando de engancharse con las piernas al soporte de subida. Sus manos temblaban y los dientes le castañeteaban con tal fuerza que se habría amputado la lengua de habérsela pillado. Bajo él sólo había oscuridad y vacío, la promesa de una muerte cierta por ayudar a una desconocida. Pero era algo justo, y Muf tenía que hacerlo. Los cuatro piratas no sabían muy bien qué hacer. La ventaja de tiempo que pudieran tener se esfumaba rápidamente, y aquél loco tenía a la princesa colgando sobre el abismo. -Debemos bajar –dijo uno de ellos. -Tú estás loco. Nos mataremos. El que había hablado primero se encaró con su compañero. -¿Y crees que será mejor volver junto al shaba sin la presa? ¿O esperar aquí a los soldados del rey? -El grupo de apoyo llegará pronto-dijo el otro- y nos ayudarán. -Si el grupo de apoyo nos encuentra, que lo dudo tras nuestro cambio de ruta, es posible que nos maten ellos mismos, por incompetentes. Las órdenes son llevar a la princesa virgen hasta el punto de encuentro, y el último que desobedeció al shaba es ahora comida para cuervos… Sin decir palabra, los asustados piratas improvisaron un soporte con correas y cuerdas, formando nudos corredizos alrededor del cable. Dos de ellos descendieron por el cable que había usado Muf, y otro lo hizo por el que traía el soporte de vuelta. El cuarto, el jefe del grupo, se quedó arriba “por si acaso”, aunque sus compañeros protestaron enérgicamente. Abajo, con lágrimas de miedo brotando de sus ojos pardos, Muf esperaba. Unos sesenta metros le separaban del borde del barranco, y casi igual distancia del suelo en el lejano puesto de cazadores. Aunque Gem el Tuerto mantenía un montón de paja y tierra listo para amortiguar la llegada de las mercancías, Muf dudaba que fuese suficiente para salvarle si caía. Los piratas habían recorrido ya la mitad de la distancia que les separaba, y Muf no podía esperar más para saber si su maniobra resultaba. No era sólo el miedo y el cansancio, sino también el ansia de saberse más listo que el enemigo, la excitación loca y salvaje del guerrero en su elemento, la locura de la lucha. Con las piernas fuertemente entrelazadas en el soporte de subida y el pesado bulto de pieles atado al de bajada, Muf soltó las manos. El peso de las pieles era mayor que el de Muf, y a esto se unían los dos piratas sujetos al cable. Así que el enano y el tercer pirata, que descendía por su lado del hilo de acero, se vieron inmediatamente impulsados hacia arriba a toda velocidad. Los piratas que bajaban, sobrecogidos, no pudieron evitar la caída, y descendieron a la misma velocidad. Su compañero, que ascendía, se golpeó de espaldas contra el soporte de la Percha y se soltó, conmocionado por el impacto. Cayó al borde del barranco, rebotó como un pelele y se precipitó hacia abajo, a la negrura sin fondo visible, gritando desesperado. Muf estaba listo para la llegada a la cima. Antes de golpear contra el soporte y seguir el destino de su enemigo, el joven se soltó y rodó al tocar tierra, empujado por la inercia, y se llevó un buen golpe en las costillas y la cabeza. El viento ahogaba los gritos de los piratas, y éstos callaron definitivamente cuando golpearon contra el muro de tierra y paja del Tuerto. El último pirata no daba crédito a lo ocurrido. Cuando Muf, con la imberbe cara arrasada en lágrimas, se puso en pie y buscó su cuchillo, el enano no esperó más. Se giró, dispuesto a huir, y se encontró de frente con una joven de ojos verdes, pelo oscuro y mirada furiosa. La princesa Briada, que había escapado por fin de su sarcófago de pieles, empujó con fuerza al pirata. Este, desconcertado y desequilibrado, habría caído por el barranco de no sujetarle Muf. -Creo que tendrás que dar muchas explicaciones, amigo –dijo el joven enano. En ese momento se oyó el ruido seco de unas ramas quebrándose, delatando el paso apresurado del grupo de apoyo de los piratas. El prisionero, con una sonrisa salvaje, se deshizo de la presa de Muf. -Tú le darás explicaciones a Tonf esta noche, osado niñato. Muf vio aparecer al primero de los nuevos enemigos, y no se entretuvo en contarles. Dio un torpe puñetazo al pirata, para evitar que pudiese retenerle, y corrió hacia Briada, tomándola de la mano y lanzándose en una loca carrera hacia la protección del bosque. -¿Dónde me llevas? –gritó la princesa. -No tengo la menor idea –respondió Muf, jadeando. Los piratas perdieron unos segundos en hacerse cargo de la situación, y partieron enseguida tras los jóvenes. Eran siete, frescos y bien armados. Y Muf estaba agotado y sólo tenía un cuchillo. Galen había perdido al resto del grupo. Su instinto y sus conocimientos de rastreo le llevaban por una pista clara, que le condujo sin dudas hacia la Percha. No se entretuvo en saber lo que había ocurrido allí, sino que encontró pronto el rastro de su hijo. -Lleva con él a la chica…de momento –dijo. Y corrió tras ellos, con una flecha dispuesta en la cuerda de su arco. La montaña parecía un canoso gigante, descansando tras una vida de lucha, y aquellas nieves de su cumbre alimentaban multitud de riachuelos casi helados y poco profundos. Muf cruzó varios de ellos, siempre arrastrando a Briada, siguiendo su cauce unos metros arriba o abajo y saliendo después por la otra orilla, siempre por la zona de más densa vegetación. Los piratas, poco acostumbrados a aquel ambiente, cayeron en la trampa. Perdieron el rastro del joven, y tuvieron que dedicarse a buscar ramas rotas o huellas en las orillas, lo que dio a los fugitivos una buena ventaja. Sin embargo, la suerte no quiso ayudar al enano. Casi tan desorientado como sus perseguidores, aturdido por el golpe y la Percha, Muf corrió hasta introducirse en un estrecho cañón, tan cubierto de arbustos y matorral que no supo dónde estaba hasta que casi chocó de frente con la pared. -¿Dónde me has traido? –preguntó Briada, jadeando. -A un callejón sin salida –respondió Muf con la vista clavada en lo alto de la pared de piedra. Y cayó de rodillas, desesperado y agotado. Los marineros consiguieron encontrar el rastro, pero habían perdido más de media hora sobre su objetivo. Les azuzaba el miedo al shaba, pues conocían muy bien a su señor y sabían que no perdonaría un error en aquella misión. Así que sonrieron como lobos cuando se dieron cuenta de que el camino de Muf se introducía en el cerrado cañón. Las luces del amanecer dibujaban ya el alto perfil de la pared, coronada de árboles que parecían los dientes rotos de alguna mítica criatura. Desenvainando las armas, los piratas se abrieron en abanico y se dispusieron a matar al audaz enano y recuperar a su rehen. Sin embargo, lo que encontraron en el fondo del desfiladero fue distinto de lo que esperaban. Tumbada en el suelo, Briada dormía tranquila. Ante ellos, de pie, con el cuchillo en la mano, una tira de tela vendando su antebrazo y una fiera resolución pintada en el rostro juvenil, Muf esperaba para enfrentarles. La princesa, sucia de hojas y tierra, tenía la falda manchada de sangre seca y sus piernas estiradas mostraban también hilillos coagulados allí donde la falda no la cubría. Los piratas se detuvieron, conmocionados. -Podéis matarme y llevarosla, escorias –dijo Muf, decidido- pero lo que deseais de ella ya me lo he llevado yo… Los piratas intercambiaron miradas aterradas. -¿Quieres decir…-dijo uno de ellos- que tú y la princesa…? Muf asintió con la cabeza. -¿Y que ella ya no es virgen…? Muf denegó con la cabeza. -¿Entonces, vosotros…? Muf asintió de nuevo. Briada despertó en ese momento, y se levantó asustada, refugiándose tras la espalda de Muf. Éste la abrazó con la mano libre, interponiendose entre los piratas y ella. La intimidad de aquellos gestos convenció a los marineros del fracaso de su misión. Aturdidos por el inesperado giro de los acontecimientos, los piratas no sabían qué partido tomar. -Yo digo que les matemos de todas maneras-opinó uno. -Volvamos al barco antes de que acaben con nosotros los guardias del rey –dijo otro. -Matemos al chico y huyamos –opinó un tercero. En ese momento, un cuerno de caza sonó tras ellos. Galen había llegado, rodeando el desfiladero y trepando por su cornisa, hasta situarse enfrente y encima de los fugitivos. Oculto por los matorrales, disparó dos rápidas flechas contra los piratas, y corrió después por la cornisa, cambiando de posición y disparando de nuevo. El cuerno volvió a romper el viento con su nota orgullosa y desafiante. -¡Nos atacan desde la cornisa!-gritó uno de los piratas- ¡Huyamos! Otra flecha voló, atravesando la pierna del pirata que dirigía el grupo. El resto, aterrorizados, creyendo que un grupo de arqueros les rodeaba, miraron indecisos alrededor. Entonces, el cuerno de los soldados del rey respondió al de Galen, y los piratas huyeron a través del bosque antes de verse completamente rodeados. -Así que la princesa y yo estuvimos hablando, sabiendo que no podíamos huir más –explicó Muf a los rescatadores-. Suponíamos que el shaba quería casarse con ella, aprovechando esa estúpida ley, y decidimos que sólo había una solución. Todos los adultos se miraban entre sí, pasmados. Si realmente aquel joven había yacido con Briada, lo más probable era que Grenort le despellejase vivo o le convirtiera en príncipe, y nada se habría solucionado. -Muf se hizo un corte en el antebrazo con su cuchillo de caza –siguió Briada la de los verdes ojos –y me manchó con su sangre, para dar a entender que era mi primera sangre… luego, cuando los piratas llegaron, creyeron que yo… bueno, que él…, bueno, que ya no tenía sentido secuestrarme. Y en eso estaban al llegar vosotros. El teniente y Galen respiraron aliviados. Así pues, todo había sido una treta del ingenioso joven, y la virtud de Briada estaba a salvo. Sin poder evitarlo, se echaron a reír en medio del bosque. -Bien puede decirse, joven Muf –dijo su padre-, que ésta sí ha sido tu primera sangre. Así cuentan las crónicas que se conocieron Briada la de los ojos esmeralda y Muf Leddalsord, y así comenzó su romance. El resto, leyenda o historia, merece un relato aparte y debe ser contado en otra ocasión. Pronto, tal vez. No se supo más de los piratas huidos, excepto un cadáver encontrado por los cazadores dos días después, con el cuello roto por una mala caida, y semidevorado por los carroñeros del bosque. El shaba, sin duda, recibió las noticias de sus hombres, pues no reintentó el secuestro de Briada. Aunque sí muchas otras cosas contra el imperio de Grenort. El muro de Gem el Tuerto quedó destrozado por el tremendo impacto de los piratas, y se tardó varios días en limpiar de sangre y sesos el soporte de la Percha. Gem, a quien no le interesaban cuentos sobre princesas secuestradas y héroes de tres al cuarto, presentó una demanda formal contra los cazadores por daños y perjuicios, y el primer sueldo de Muf como cazador se gastó en pagar las pérdidas para evitar que Gem les llevase a los tribunales, lo que provocó las vehementes protestas del joven, que aseguró que jamás volvería a ayudar a damas en apuros. Galen no pudo evitar reírse y, tras hacer efectivo el pago, se alejó de allí dando a su hijo uno de sus escasos y entrañables abrazos, y Muf se sintió el rey del mundo.


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