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  fantasia > RolPIEDRA DE SANGRE, UNO

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se publicó en la web el 31 de Enero del 2008

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

ANTE TODO, QUIERO DAR LAS GRACIAS A QUIENES CON SUS COMENTARIOS ME HAN ANIMADO A SEGUIR, Y PEDIROS DISCULPAS POR LA TARDANZA. INTENTARÉ QUE NO VUELVA A OCURRIR. GRACIAS DE NUEVO PIEDRA DE SANGRE capítulo I -Rendid vuestras armas, o Geriat será vuestra tumba –rugió el guardia. La verdad, cuando a uno le han amenazado con frases parecidas a lo largo y ancho de todo el continente, pierden fuerza. Claro que los guardias parecían bastante convencidos de sus palabras. No sabían, claro, que frente a ellos estaba Olmo Tronchamozas. Tenían sus motivos. Después de todo, el joven Muf había sido acusado de asesinato, y allí estábamos los dos, con las armas en la mano, y la daga curva de Muf, autora de la muerte de la mujer, destellando bajo la luna. Pero no quiero precipitarme. Supongo que vosotros, admiradores de mis aventuras, os estaréis preguntando cómo y por qué acabé en Geriat, una de las capitales administrativas del imperio umdhu, junto a un enano acusado de asesinato, en el más caluroso verano que el imperio recuerda. Todo fue, más o menos, culpa de la Piedra de Sangre. El anterior invierno, yo había recibido de Talabian el elfo, la segunda mejor espada de Alassar, el encargo de recuperar el rubí para la cofradía de magos de Albondia. Son buena gente, mujeres en su mayoría, y me pareció justo devolverles el rubí. Es un poderoso catalizador mágico, y la orden Nargaal se lo había robado para controlar su poder. Aunque estoy seguro de que los detalles aburridos no os interesan, así que pasaré a contaros mis correrías. Tardé varios meses en hallar el rastro. Los magos lo habían escondido realmente bien, lo que es lógico. En nuestro mundo, muchas cofradías mágicas desearían controlar poderes como el del rubí. Y nuestros dioses, por supuesto, no son ajenos a la ambición del poder. Flejen, señor de la magia. Norkili, madre de los mares y las aguas del cielo. Tolirian, padre y madre de la tierra fértil. Y Tonf, señor de la guerra justa, del valor y la audacia. Gracias a él y a sus sacerdotes encontré el rastro, y me vi metido en un aburridísimo viaje por las montañas del Témpano. Claro, por supuesto, un viaje por el Témpano es algo fascinante, sobre todo si te persiguen un par de grupos de asesinos. Pero para mí, Olmo Tronchamozas, aventurero, espía y genio en general, esto resulta casi rutinario. Dejé que me vigilaran, esperando el momento en que se lanzarían al ataque. Eso sería señal clara e inequívoca de que me acercaba a mi objetivo. Acabé con ellos con cierta facilidad, para qué mentir. No eran buenos con la espada, resultaban penosos emboscando, y aún eran peores en el rastreo. Durante algunos días fue un juego entretenido. Dejé a uno de ellos herido, con un par de cortes en el estómago, y como es lógico corrió en busca de ayuda. Trató de informar a su jefe para así ganarse la recompensa de la curación. Así localicé a uno de ellos, uno de los hechiceros Nargaal. Tampoco fue muy difícil acechar al mago, para alguien como yo. Esos tipos suelen ser bastante engreídos, convencidos de su poder. Le envenené usando laudano, pero no en su comida. Eso lo habría detectado con facilidad. Me colé en sus aposentos, sorteando un par de protecciones mágicas y a varios guardias bastante inútiles. Mezclé el laudano seco con su tabaco, y él solito se lo fumó. Estaba tan narcotizado que en una sola noche logré que me revelase el escondite de la Piedra de Sangre. Tardé un par de semanas en llegar a la cueva de las montañas donde, según el difunto mago –no pensaréis que lo iba a dejar vivo, para que hablase, claro- escondían el rubí. Se trataba de una zona boscosa, en el virreinato de Tricia. Una región agrícola, plagada de granjas y explotaciones ganaderas, en la que hay que arrebatar al bosque cada palmo de terreno. Si uno descuida su granja durante un par de veranos, se encontrará con que los árboles y los helechos gigantes están creciendo en la puerta de casa. No es un lugar que me guste, puesto que sus bosques están plagados de monos chillones y murciélagos sucios y repelentes. No es que me asusten los murciélagos, por supuesto, pero hay que reconocer que son como ratas aladas. Peludos, malolientes y repugnantes. Bien, en todo caso, llegué a la cueva a finales del otoño, cuando las hojas alfombran el suelo del bosque y crujen bajo los pies de los cazadores. Supongo que en ese momento, el joven Muf y su padre, el admirable Galen, estaban preparando sus bártulos para el viaje a las montañas. En todo caso, yo llegué al pie de la colina durante una hermosa noche de plenilunio, cuando el sublime zafiro de la luna brilla a través de las nubes, tiñendo de azul brillante el cosmos entero. No estaba muy seguro de a qué me iba a enfrentar, puesto que los Nargaal eran por entonces una fuerza desconocida para nosotros, así que usé uno de mis objetos mágicos. ¿Cuál? Bien, quizá otra jarra de cerveza me ayude a recordar. Eso es. Estupendo. Claro, por supuesto. La hebilla de mi cinturón. Esa hebilla, pese a su aspecto normal –si una primorosa imagen del rostro de Norkili, en hueso de dragarto, puede ser normal-, encierra un gran poder. Aparta tus dedos de ella, hijo, y así podré contároslo todo sin tener que amputarle nada a nadie. Bien. Girando la hebilla, su antiguo hechizo se encarga de revelarme la presencia de cualquier ser mágico en los alrededores. Efrits, endriagos, licántropos, brujas, lo que sea. En aquella ocasión fue un genio. Y esa no es una buena noticia. La gente suele aplicar la palabra genio a personas especialmente listas. Pero no me refiero a ese tipo de genio. Me refiero a un genio elemental, a una criatura de pura magia, vinculada a campos de poder que los mortales, incluso los que son tan inteligentes como yo, apenas podemos soñar. Los genios son seres mágicos, dotados de un poder apenas por debajo del de los dioses, pero sometidos a fuertes restricciones a la hora de usarlo. Y con un amor propio exacerbado. La mayoría de los hechizos que los genios llevan a cabo son en respuesta a los deseos expresos de sus amos. Un buen negocio, si eres el amo. Pero pásame esa jarra, hijo, o mi lengua corre el riesgo de secarse. Bien. Esto está mejor. Cuando uno consigue dominar al genio, negocio nada fácil, puede aprovecharse de su capacidad para conceder deseos. O puede pedirle que guarde algo. Ese es uno de los deseos preferidos del genio. Le permite estar en un lugar normalmente tranquilo, y desarrollar su magia con cierta libertad. A fin de cuentas, el cómo guarde el lugar u objeto es cosa suya. Saqué un pellejo lleno de aceite de roca, y rellené mi lámpara con el aceite. Después colgué el pellejo en mi cinto, en vez de guardarlo en la mochila, y entré en la cueva. El genio, como suele ocurrir, mostró una actitud bastante soberbia. En serio, estos tipos se adoran a sí mismos. Cosa que no entiendo pues, pese a su respetable poder mágico, todo el mundo sabe que no pueden usarlo en beneficio propio, sino en servicio de sus amos. Una estupidez, vaya que sí. En fin, entré en la cueva y entablé conversación con el genio, fingiendo que estaba allí por casualidad. Él fingió creerme. A fin de cuentas, se aburren mucho y no tienen nada en contra de un poco de conversación con los ladrones antes de matarles. Así que estuvimos charlando un rato, sobre las noticias del mundo exterior y sobre lo maravilloso y poderoso que era él –ambos, temas preferidos de cualquier genio, aunque no necesariamente en ese orden-, y después pasamos a la fase de los retos. Todos conoceréis aquel viejo cuento en el que el héroe se enfrenta a un genio, y le reta a demostrar el alcance de su poder transformándose en algo. El genio toma forma de quimera, de dragarto, de golem… en fin, lo clásico. Y el héroe, más inteligente que él, le reta a convertirse en algo pequeño, como un ratón. El genio, claro, se ríe en su cara, “Te mataré después”, le dice, y se convierte en ratón. El héroe, en un rápido gesto, agarra al ratón y se lo come de un bocado. Os suena, ¿cierto? Bueno, pues la mayoría de los genios del mundo también conocen el cuento, así que la táctica no es muy eficaz. Salvo, claro, que seas Olmo Tronchamozas, el cerebro más privilegiado de Alassar. Entré en el juego, soportando que el genio se transformase en llamas –chamuscó mi mejor capa-, en endriago, en ogro, en gigante de roca y no sé cuántas cosas más. Después, según mi plan, le reté a convertirse en un charco de agua. Sí, así es. Un buen charco de agua. Se rió en mis barbas, al fin y al cabo el agua es inmune a los mandobles, y no tenía nada que temer, y se convirtió en agua límpida y cristalina, prometiendo que después me mataría. Pobre tonto. Clavé mi daga en el pellejo de aceite que colgaba de mi cintura, tirándome de bruces en aquel charco que me cubría hasta los tobillos. Para cuando pudo reaccionar y trató de tomar una forma sólida, el aceite se había esparcido por el charco. Y como el aceite y el agua no se mezclan jamás, el pobre genio fue incapaz de reunir todas sus partes y cambiar de forma. ¿Podéis imaginar una derrota más estúpida para un genio? Como sólo era cuestión de tiempo que el agua se evaporase, dejando atrás el aceite y permitiendo al genio restaurar su forma –y matarme, claro-, metí un poco de aquel agua en un frasco de cristal, mezclada con aceite, lo cerré bien y lo guardé en mi mochila, prometiendo al genio que lo dejaría en su sitio a la vuelta. Y un carajo, claro. Pero qué le iba a decir. Para acabar, llegué a las profundidades de la cueva, sorteé un par de ridículas trampas y recuperé el rubí. Así fue como llegué al barco que me llevaría al sur, a Albondia y a un buen puñado de doblones. Y allí conocí a nuestro amigo Muf, que es de quien queréis oír hablar, claro. Un jovenzuelo noble, temerario y engreído, convencido de que el mundo es suyo, de que lo sabe todo y de que la vida será algo hermoso, porque merece que lo sea. Un buen tipo. Hubo una pelea en la taberna del barco, que acabó convirtiéndonos en aliados, y decidí obsequiar a Muf y sus compañeros, su padre Galen y su hermanastro Lhu, con mi compañía. Después de todo, el joven Muf estaba loco por la hermosa Briada la de los Verdes Ojos, y yo era buen amigo de la familia imperial, así que teníamos gustos comunes. Viajaban hacia el pueblo de Lhu, donde debían comunicar a sus familiares la muerte del padre del muchacho y asegurarse de que el joven se hiciese cargo del negocio familiar. Por caprichos del destino, me pillaba de camino. En Apartadero tuvimos una pequeña trifulca, nada serio, con cierto traficante de armas que pretendía quedarse con la Piedra de Sangre, y eso hizo que viajase más alerta, si es posible en alguien con mi instinto predador. Desde luego, si un enano que trafica en chatarra conoce los detalles de tu misión, ha llegado la hora de vigilar tu espalda. Supuse que los chicos de la cofradía Nargaal habrían puesto sobre mi pista a todos los sicarios, caza recompensas y sayones que pudiesen pagar. Cuando volvimos al barco, y tras soportar la monumental bronca de Galen por poner en peligro nuestra seguridad y la del joven Lhu –no sé qué tiene este umdhu, que cuando habla hasta yo me siento inclinado a agachar mis picudas orejas-, vertí la botella con el licuado genio en el río rojo, contándoles la historia de la Piedra para suavizar la tensión. Aunque me parece injusto que nos abroncasen por “poner en peligro a Lhu”, pues he de decir que se lo pasó en grande en el combate, ya que su sangre es mitad aguardiente y mitad acero, como suele ocurrir con todos los de su raza. Excepto con Galen y Muf. Ellos son acero en nueve décimas partes. Posiblemente, volviendo al tema de la botella, los magos utilizarían la esencia del genio para localizarme, y decidí no ponérselo muy fácil. Diluida en el río, la esencia les daría pistas falsas desde allí hasta el océano. Después les conté a mis nuevos amigos toda la situación, y ellos decidieron unirse a mí. Habríamos sido un grupo formidable si el marinero enmascarado que nos ayudó en Apartadero estuviese por allí, pensé, pero nada volvimos a saber de él. Claro que, teniendo en cuenta lo que descubrimos en Geriat y cómo aquel tipo nos puso frente a los arcos de la guardia, mejor habría sido seguir ignorando su verdadera naturaleza. Pero me precipito. Pásame de nuevo esa jarra, mientras trato de ordenar mis pensamientos. Ah, sí. Bebamos, amigos míos, antes de que se caliente como la mano de un mamporrero. Bueno, sigamos, pues la luna viaja ya hasta su morada de zafiro y marfil, y el sol amenaza con sorprender a los incautos. A los pocos días, llegamos a Valdelduque, el pueblo natal del joven Lhu. La acogida de su familia, que ya conocía la muerte de su padre, fue de todo menos familiar. Los malditos ya habían dispuesto de la herencia del joven, amparándose en su minoría de edad, y el negocio del padre estaba a la venta. Tenían ya una buena oferta de cierto terrateniente local. Echaron al muchacho, junto con nosotros, de sus propiedades. Bastante afrentoso, si queréis mi opinión. Galen decidió que Lhu entraría como aprendiz en su herrería, noticia que Muf y el niño acogieron con entusiasmo. Yo les ofrecí una buena cantidad de dinero por acompañarme hasta el momento de la entrega del rubí, y Galen aceptó. En un primer momento me sorprendió, puesto que Galen es un tipo tan prudente que podría confundírsele con un cobarde –durante unos segundos, los que tardaría en hacer tragar esas palabras al idiota que las pronunciase-, pero supongo que quería facilitar a Muf un buen entrenamiento, ya que el joven pretendía viajar a Tarmhusel al año siguiente. Así que esa misma noche partimos hacia el sur, hacia la frontera. Fue una suerte que nos fuésemos tan pronto, porque podrían habernos relacionado con el extraño incendio que consumió hasta los cimientos cuatro casas de Valdelduque, quiso la casualidad que todas ellas perteneciesen a los familiares de Lhu, además del negocio del muchacho, esa misma madrugada. Claro que habría resultado aún más sospechoso si supieran que Muf, Lhu y yo mismo partimos con cierta ventaja sobre Galen, que se retrasó en el camino porque “quería rastrear algo de carne fresca para la cena”, y que nos alcanzó unas horas después. Sin haber cazado nada, por cierto. Digan lo que digan, me encantaba el sentido de la justicia de aquel umdhu, qué carajo. Atajamos a través del bosque, para evitar malos encuentros en la Calzada Real. Dejando aparte una torpe banda de salteadores que despachamos sin demasiados problemas –no pudieron decirnos si buscaban el rubí o fue simple casualidad; es lo malo de no hacer prisioneros-, el viaje no fue demasiado problemático. A la entrega tuvimos algunos problemas, relacionados con un difunto acólito Nargaal que no dominaba tanto como creía los hechizos de fuego, pero nada digno de otra jarra de cerveza, desde luego. Para mi sorpresa, las hechiceras no se quedaron la Piedra de Sangre. Sólo la necesitaban para reunir sus energías mágicas y curar a su Madre, la superiora local de la orden. Al parecer la anciana sufría una fuerte demencia senil que había borrado casi por completo su memoria. Durante algunos días, mientras la comunidad de magas preparaba sus hechizos, fuimos sus huéspedes. Y pude observar que nuestro joven Lhu desarrollaba una gran afición por los trucos mágicos que Selevia, una atractiva maga elfa, mostraba para entretener nuestros ratos de ocio. No diré que no fueran interesantes, claro, pero habríamos podido encontrar formas mejores de entretener el ocio, Selevia y yo. Finalmente, las hechiceras lograron curar a la anciana. En una conmovedora escena en la que se reunió toda la comunidad, y a la que fuimos invitados, la Madre nos comunicó que su enfermedad, si bien había desaparecido temporalmente gracias a la magia, regresaría en unas pocas semanas, y que sólo un poderoso catalizador como la Piedra de Sangre podría alargar su vida unos pocos años más. Bien, no había problema, le dijimos. Ahí tenía la piedra. Con una sonrisa triste y muy serena, la Madre nos dijo que no. La piedra no debía permanecer en su comunidad. El rubí debía ser llevado a Geriat, y allí ser entregada a la comunidad local. Al parecer, la hechicera estaba dispuesta a perder la vida por ello, resignándose a perder sus recuerdos y su poder, hasta morir víctima de la enfermedad, así que en Geriat necesitaban la Piedra de Sangre para algo realmente importante, eso estaba claro. La Madre no nos dio detalles, claro. Es lógico, porque aunque sin duda conocían mi prestigio, la presencia de los enanos no podía dejar de levantar suspicacias. Los secretos de los magos no deben quedar al descubierto, en manos de cualquiera. Bien, por supuesto acepté llevar la piedra a Geriat, donde debía entregarla en la taberna El Festín del Cerdo, a una hechicera de nombre Yonna. Me dieron su descripción, la paga por la misión y sus mejores deseos tanto para mí como para mis compañeros. Después emprendimos camino hacia el norte, con las bolsas repletas de doblones y el corazón animado por las bendiciones de las magas que habían recuperado su rubí, aunque aún lo tuviésemos nosotros. Fue en el viaje de vuelta donde todo se complicó, y donde, sin saberlo, viajamos directamente hacia las feroces manos de la guardia real, allí en Geriat. Pero con eso seguiré mañana. Ahora está amaneciendo.


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