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se publicó en la web el 13 de Noviembre del 2006

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

Recuerdo cuando todo esto ni siquiera había comenzado, hace ya años. Yo era una persona diferente; sí, muy distinta. Básicamente me diferenciaba en que poseía una vida rica tanto exterior como interiormente. A menudo solía viajar, tenía infinidad de amigos con los cuales salía, y acudía a fiestas donde me explayaba y conocía a otra gente, e incluso hubo varias mujeres en mi vida. Pero sobre todo era más sensible, abierto, sociable, y hasta creo que me encantaba hablar con los demás, reír y bromear constantemente… Hoy sé que la vida primordialmente consiste en eso… o consistía, pues ya no queda nada de aquello. Sencillamente todos esos valores que mi juventud honró y proclamó con ansiedad: Libertad, vida en comunidad socializada, han ido desapareciendo a mí alrededor. ¿O acaso fui yo quien los exterminó? Todo comenzó con el acontecimiento del ordenador. La mañana, el día, en que pude reunir el dinero que me permitió comprar la máquina. Llevaba un tiempo tras ello; no en vano, había anuncios y multitud de informativos que proclamaban que aquello era algo nuevo y maravilloso. Sí, recuerdo hace ya años cuando todo esto sólo era un proyecto intangible. Yo era una persona diferente. Muy distinta. Hasta que me senté frente a la computadora y me señaló lo que podría hacer realidad; y por primera vez supe que era posible habitar sin tener que moverse un centímetro. La última vez que me desplacé, recuerdo, lo hice con objeto de trasladarme al lugar donde ahora resido. Es un rincón apartado. Creo, ya no lo sé con certeza, que ahí afuera hay montañas frío nieve y que me encuentro olvidado en algún punto lejano de Alaska. Pero como estoy junto a mi ordenador no me hace falta salir al exterior y ni tan siquiera utilizar ventanales, ya que en mi chalé no hay salida. Aunque “yo” no estoy prisionero ni dependo de la máquina, ella me lo recuerda a menudo cada vez que jugamos. Me exhorta, a que en cuanto le gane una sola partida, salga de nuevo al exterior. Claro que ¿para qué salir? Si es aquí, en el ordenador, donde veo a mis amigos. Todas las noches hablo con ellos a través del monitor. Y, además, si lo deseamos, mediante el programa Google Hearth, podemos visitar nuestras ciudades y las demás poblaciones del mundo. En realidad le debo mucho a los programas; sin ellos no podría vivir y gracias a ellos puedo asearme, reírme, llorar, cantar, nadar, hacer el amor la guerra y tantas cosas más… Desde el monitor controlo mis cuentas, manejo la bolsa, liquido facturas, y una vez al mes un servicio de abastecimiento me introduce por un gran cable "Ethernet" un paquete con las provisiones y utensilios que obtengo en los mejores autoservicios de internet. También desde aquí chateo con mis amigos del mundo. Ellos, al igual que yo manejan ordenadores, pero muchos afirman que salen de sus casas acuden a fiestas, poseen amigos y son independientes. Y, la verdad, no sé ni puedo entender a qué clase de amigos se refieren, o si mienten con objeto de hacerse los interesantes. Aunque… quizá exista una posibilidad, utópica claro, de que sean autónomos de sus ordenadores. Pero hoy ha sucedido algo terrible, inimaginable, espantoso. Anoche tras noventa años y veinticuatro días de partidas verifiqué un jaque mate. Después, agotado, dormí mis horas diarias de rigor, y cuando desperté, me hallé ante una sorpresa imposible. El monitor del ordenador estaba… ¡apagado! Revisé los contactos y tras más de veinte horas de rotaciones en torno a el sobre la giro silla, tratando de resolver el problema, fui consciente del suceso. ¡El ordenador se había averiado de forma irreversible! Aterrado tuve que hacerlo. Me incorporé por primera vez y aunque pensé que no conseguiría realizarlo sin ayuda, a duras penas logré mantenerme y caminar hacia la salida. Lo intuí como una lejana pesadilla; recordé haber accedido por allí. Con sorpresa localicé el interruptor y a su lado un rótulo grabado en un carácter ya antiguo descifré lo que había allí impreso, indicaba: “Salida de Emergencia.” Pulse el botón. Un espacio se retiró y ante mí cedió una amplia cavidad por la que, transfigurado en cuerpo tembloroso, me deslicé. Una brisa fresca, de una pureza increíble irrumpió de golpe en mis pulmones. Elevé la vista despacio, con cuidado de no dañarme los ojos. Era de noche y frente a mí descubrí una ciudad alumbrada y en silencio. ¿No estaba perdido en Alaska? O a lo mejor quien estaba perdida en Alaska era ¿la humanidad…? Los chalés, todos similares, eran cubículos sin puertas ni ventanas, y las calles cuadrículas perfectamente delineadas que se reiteraban ocupando una extensión interminable... De pronto mis frágiles piernas comenzaron a fallar se doblaron y me postré de rodillas. Y por primera vez en más de cien años sin necesidad de un programa comencé a sollozar y lo supe. Hacía décadas en que funcionando o averiados, ellos habían ganado ya la partida decisiva. José Fernández del Vallado. Sept 2006.


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