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  fantasia > Fantasia GeneralOdisea

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se publicó en la web el 19 de Febrero del 2010

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  Categoría: fantasia > Fantasia General
  Titulo:

Sin perdón de Dios llegué al purgatorio y conseguí tocando la guitarra algún dinero para lanzar mi maqueta.

Los Santos y profetas eran bastante clásicos y en aquellas radios solo ponían música celestial clásica, con sonidos muy fríos venidos del paraíso y el mercado del rock and roll no tenía espacio, digamos que no estaba ni empezando. De modo que tras varios fracasos y de knock knock kocking on heaven´s door me autoexilié al infierno a probar suerte.

Las cosas allí no pintaban demasiado bien. La moneda había sido muy devaluada y existía cierto caos en las calles.

No encontré amistades allí, no habían ido a parar ninguno al infierno, de modo que no encontré el amparo de ningún padrino para hacerme eco entre la población.

La vida allí era muy anárkika y aunque existían muy pocas tiendas de música y distribuidoras conseguí hacerme notar con el boca a boca.

Mi cassette pasó rulando de mano en mano y conseguí cierta fama. Era muy gratificante ver como de vez en cuando pasaba y había gente escuchando mis canciones o tarareándolas.

Me contrataron en algunos pubs de la ciudad pero la gente estaba demasiado enchufada por las drogas como para detenerse mucho en mis letras o sonidos.

Con el tiempo si alcancé reconocimiento pero ninguna compañía quiso apostar por mí. Allí no había mercado no podía brillar a nivel comercial, de modo que mandé una carta a los de arriba para probar suerte en el cielo y hacer algunos bolos.

Fue tomado muy en cuenta que por mis pocos méritos en vida no tenía papeles legados para quedarme, de modo que me hicieron la vista gorda con un permiso provisional para poder dar un par de conciertos.

Increíblemente mis letras habían pasado del purgatorio hacia lo más alto y no podían censurar por más tiempo el clamor popular, pues a pesar de que habían sido prohibidos la venta de mis discos la gente deseaba que tocase allí. Me recordaba a los grupos norteamericanos que fueron a tocar alguna vez en la Alemania nazi antes de la guerra, totalmente censurados.

Me planté allí, y tras varios controles de aduanas y registros en los que tuve suerte de que no me encautaran droga conseguí después de muchos aprietos verme delante de un escenario.

Me puse a tocar, y noté como mis dedos tocaban inexplicablemente con especial rapidez, estaba sembrado, los solos de guitarra me salieron bordados y la gente se puso eufórica.

Las autoridades santuarias analizaron el problema e impusieron un decreto a espaldas de la legalidad para que mis canciones no sonaran en la radio.

De este modo y sin permiso de trabajo no podía permanecer más allí.

Un cazatalentos me pidió una entrevista y me dijeron que me producirían el disco y lo comercializarían.

Me puse muy contento, empezaba a abrirme paso pero de pronto algo pasó.

Hubo una cruzada en contra de aquel disco, y cuando quise darme cuenta, mi manager había sido asesinado. En la llamada de teléfono sonó su contestador y mientras me reconocía que sabía que venían a por él y que probablemente ya estuviera muerto cuando escuchase aquello, me recomendó que huyese. Y lo habría hecho. Me habría comido mi orgullo y me hubiera resignado a una vida de sexo y alcohol en el infierno de rumba y rock canalla sino hubiera sido por algo que cambió totalmente el curso de mis días.

Laura era rubia, delgada, tenía los ojos azules y vestía al estilo hippy premamá pero con tonos blancos para pasar desapercibida. Era inteligente, incluso más que yo, y me tenía absolutamente enamorado. Me dijo que luchase, que no me fuera, y que no me rindiese para sacar adelante mi proyecto allá donde estuviera.

Por tanto me fugué y en seguida se me declaró en busca y captura.

Me hice con una barca abandonada, la restauré, y la usaba para acercarme a la orilla de la casa de Laura en la casa de sus padres, a pie de playa.

Un día, mientras tocaba la guitarra con su cabeza apoyada en mi regazo, nos descubrieron, y tuve que meter la barca en el mar para escapar. Laura fue quitada de mis brazos a la fuerza y me gritó que huyese, que me irían a perseguir y que remase rápido.

Me metí todo lo dentro que pude, y cosas del destino, de pronto comenzó a llover, y se formó una terrible tempestad que echó atrás a los perseguidores. Con mi barca de madera, al tiempo que había escapado de ellos me encontré con que mi vida corría peligro. Si con barcos de motor ya estaba el mar peligros qué podía esperar de mi suerte.

Pero en medio de la tragedia, perdiendo ya los remos... una luz se abrió de entre las nubes y unas sirenas me escoltaron hacia tierra firme.

Era una islita con arrecifes de coral, muy pequeña, peligrosa para las embarcaciones, llena de conchas y vegetación exótica, las algas abundantes y tiburones y peces de todas las formas y colores se juntaban allí para conseguir el alimento de los corales.

Perdí el conocimiento, por exhausto, y las sirenas me llevaron en brazos al interior.

Me desperté delante de una hoguera, con una manta cubriendo mi cuerpo desnudo, y unos topacios mirándome sonrientes.

Me sirvieron una sopa, de un sabor extraño y salado, pero rico y revitalizador. Pronto me puse bien, y las sirenas me adoptaron en su nido.

Era un nido de amor, los días pasaron lentos, me escuchaban las canciones que tocaba con instrumentos extraños que me regalaron, y las incorporaban a sus cánticos cuando querían atraer a barcos que acababan estrellándose en sus corales.

Conmigo eran muy protectoras, y perdí la noción del tiempo.

Un día pensé en largarme, pero sin que se enteraran, pues dudo mucho que me hubieran dejado ir.

Así una noche, eché de nuevo la barca y volví a la mar.

Arrepentido de aquello horas después estaba al borde de la muerte, cuando un barco de piratas me recogió.

Eran piratas del infierno, sólo tenían huesos y solían subir de vez en cuando para atracar a los barcos del cielo.

Eché amistad con ellos, colaboré en sus robos y matanzas, y por fin un DIA, en mi cumpleaños, me nombraron oficialmente pirata y me regalaron una piedra en un colgante, que cambiaba de color cuando había una perla dentro de una concha a mi alrededor. De modo que cuanto más me acercaba iba cambiando de colores y así podía encontrarlas.

Recogí unas cuantas, y las vendí. Gané mucho dinero, me hice con un barco, coche casa y una moto acuática. Seguía intentando tocar la guitarra, y aunque me fabriqué mi propio estudio, no fui capaz de componer una sola partitura más. Mi voz era quebrada y mis dedos no fluían, mi imaginación se hizo pedazos y no compuse nada bueno.

Un día, me subí en mi moto de agua y corrí hacia la casa de Laura.

Yo era un fugitivo aún, vivía en la clandestinidad y tenía que guardar mucho mis apariencias.

De modo que llegué, y la vi a lo lejos, a cientos de metros de la orilla me pareció ver a una chica, de cabellos rubios, vestido blanco sentada en una roca.

Allí llegué, y cuando me incorporé a su roca, ella no prestó atención. No levantó su mirada como si yo no existiese.

La llamé por su nombre, pero no se inmutó.

En el pueblo me dijeron que había perdido el habla. Que ya no respondía a los instintos. Que estaba sola, triste, echada a perder, desde el día que un chico con el que estaba tuvo que salir huyendo, y no volvió a ser la misma.



Mi vida pasó a ser, digamos, diferente. Más bien parecido a los tiempos de pirata que a mis inicios.

Digamos que me dejé convencer por el lado oscuro. Me metí mucha droga, formé una red de narco, comencé mi revolución. Me sobraba el dinero, pero me empeñé en dinamitarlo todo. Inyectaba droga en aquel mundo injusto para echarlo a perder, corromperlo matarlo, limar las diferencias con el infierno.

A medio plazo llegué a ser el delincuente más buscado de la tierra santa.
Todas mis mujeres fueron de baja estopa. No llegué a saber que las buscaba insaciables y de dudosa reputación para no poder fiarme de ellas. Ya me fié de una y el destino me la arrebató.

Un día, en una tarde fría y gris, al anochecer con la luna llena salí a pasear. Y acabé en un garito cutre y tugurioso. Había un cartel en la puerta de una joven cantante, me senté solo en una mesa con mi gin tonic, y lo que oí, me impactó.

Los cánticos de sirena y canciones de piratas, las voces de ultratumba y los acordes celestiales de Dios, se fusionaban en unos ritmos mestizos con una voz que los cantaba, con fuerza y con personalidad.

Eran mis canciones, mis antiguas canciones versionadas que casi había olvidado, y la chica en el escenario, era mi chica. Era Laura.


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