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  humor > Hechos RealesONCE AÑOS DESPUÉS

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se publicó en la web el 15 de Febrero del 2008

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  Categoría: humor > Hechos Reales
  Titulo:

ONCE AÑOS DESPUÉS La playa destilaba frescor por donde se viera. El oleaje seducía la arenosidad de la orilla que en su incondicional seno cobija a los bañistas. La multitud se divierte como nunca, como si esta fuera la primera vez o la última, bronceándose, bañándose, exhibiendo la multiformidad física del ser humano, unas veces “normales”, otras trágicas, y algunas esculturales. Y a la izquierda un colosal león, todo de roca, prodigiosa creación de la naturaleza, descansa y ve la infinitez oceánica. Y en su lomo se vislumbra una fugitiva silueta que va ganando altura, escalando peligros y jugando con la muerte. Trepando y trepando, con la destreza de un consumado alpinista que se juró el tocar la melena del titánico león, que va encima de los 50 metros de alto y que es el vigilante perpetuo de este balneario. La silueta se detiene. Desde la cabeza ve el terrorífico vacío, y la visión no le arredra, al contrario, le inyecta una adrenalina y tenacidad heroicas. El hombre abre un álbum de fotos y conmemora, suspendido, que hace once veranos también estuvo aquí, pero no solitario como esta vez. ¡Once años!...casi la décima parte de un siglo, un oncenio en el que el mundo y lo inmiscuido en él varían de un modo asombroso y grotesco, a veces vertiginoso, desairoso. Corría el año 1996, y en Lima el verano destacaba por su crueldad, típico de esta temporada, se suda si se va a la calle, se suda si uno se encierra en su casa, ningún poro queda intacto al paso del abrasador sol, cuyo efecto preferido es el hacerte transpirar a chorros, hagas lo que hagas, y no puedes desahogarte de tanto bochorno.. La familia de Sebastián Aduvire, por decisión unánime, había acordado ir a la playa. - Pero a una que esté bien lejos de las playas populares en las que no hay ni espacio para que uno se relaje a sus anchas, arme castillos o montes de arena, y por la noche, qué bella es ¿no? Canturrear en torno a una fogata de la que su fueguito y crepitar sean especial y exclusivamente para la familia. Nada de eso es dable en una popular, vamos a una alejada, ya que contamos con una carrazo 4x4, último modelo, para que sepan – había reafirmado el tío de Sebastián y patriarca del hogar, Teobaldo Aduvire, pudiente empresario que tiene dispendiosas inversiones en comercio e industria a nivel nacional, y precisamente por eso jamás se separaba de su revólver de “seguridad personal”, que lo insertaba en el bolsillo secreto que mandó confeccionar en todos sus sacos y casacas ,que usaba desde aquella vez en que lo secuestraron y pidieron medio millón de soles por el rescate, y los condenados plagiarios se salieron con la suya. Sebastián vino como turista a Lima, a visitar a los suyos, a esparcirse, a ignorar por un instante sus problemas. - Que se queden en la provincia de donde vengo -repetía seguidamente en sus monólogos a cualquier hora del día-. Con el tío y su respectiva esposa se llevaba bien, con las primas, que eran tres, genial, sólo que con la hermana menor del tío, Gertrudis, cabían la desconfianza y, por consiguiente, un excesivo formalismo que ahoga las relaciones humanas, aquel que no pasa de ser una árido saludo y de un ceremonioso ¡cómo estás! Gertrudis tenía un hijo, Martín, que con sus siete añitos era un pillín propinando bromas a todo el linaje Aduvire. Y como Sebastián era quinceañero, el más joven de casita, Martín lo tomo como el punto de las bromitas y travesuras, y Sebastián le daba sendos coscorrones al intrépido y pesado que era su sobrino. Y Sebastián intentaba hacer el papel de inflexible verdugo de los cocachos, y lo hacía muy mal debido a que si inflexibilidad era cuestión de segundos y allí nomás quedaba la cosa, luego terminaba por tratar de enmendarse con el agraviado Martín, y le compraba los antojitos (mayormente dulces) que el niño pedía. Las travesuras y los posteriores premios se hicieron costumbre. Era un pacto implícito. Entablándose así un cariño singular entre el sobrino y el tiíto. Claro, cuando llegó el santo del tiíto, que hubiese apagado quince velas de no haber sido por el tremendo soplido que metió Martín, y luego el dedazo que malogró la estética de la torta, que ameritó un jaloncito de orejas de una Gertrudis formalísima y que dijo no tolerar estas cosas, cosas que , para bien o para mal, ocurrían. En Perú, enero es uno de los dos meses que son sinónimos de “ir a la playa”y espectar cueritos acostados en la arena . Fue así como los Aduvire montaron su poderosa 4x4 y pisando el acelerador se enrumbaron a la playa “León Dormido”. -Es lo máximo ese sitio –decía Teobaldo, con la mano en el volante y la mirada fija en la carretera-. ¿Saben el porqué de su nombre? –y los ve desde el espejo retrovisor del auto-. - No tío, ni idea –contesta Martín, que cada 3 ó 4 minutos tira de los cabellos de Sebastián, que ya está contabilizando uno a uno los coscorrones que le va debiendo el pillín, y no puede hacer nada porque la formalísima de Gertrudis ve cada jaloncito y ríe tapándose la boca con la mano-. - Se debe a que hay una enorme agrupación de rocas que, en primera vista, a simple impresión, forman la figura de un león descansando. Con cabezota, melena, garras y todo, hasta la cola, véanlo ustedes. El trayecto duró 45 minutos, dicho de otro modo, Martín tiene pendiente una deuda alrededor de 15 u 11 cocachos con su tiíto, sin contar con los intereses que de seguro éste le agregó. Martín también estaba muy feliz, pues sus cálculos matemáticos pronosticaban una docena de regalitos que su tío le haría, a guisa de enmendarse. Gertrudis, ansiosa y meditando cómo hablar lo más correctamente posible ante algún noble caballero que pudiese conocer en “León Dormido”, se quitaba las legañas e iba untándose el bloqueador solar, luego le dio por ir escogiendo el sombrero que le asentaría mejor, probándose una y otra vez los sombreros que estuvieran a su alcance, y nuevamente meditando cómo hablar correctamente. Seleccionando mentalmente las palabras más lindas por decir. Pensó: - Por fin conseguiré un padre para mi Martincito. Llegaron. Dejan la 4x4 en una playa de estacionamiento. Y Martín se da cuenta que esta playa, a diferencia de las playas marinas, tienen el piso de cemento, paredes gruesas, “guachimanes” que parecen adquirir cada vez mayor seriedad, carros dentro y…y más linda le pareció la playita marina, donde la arena, el mar y las rocas están en perfecta simetría. Los Aduvire van hacia la orilla, desempacan sus objetos playeros y arman una carpa ideal para ellos y para la ocasión. - Es magnífica – dice Teobaldo, mientras está detrás de su esposa y la abraza, y ríen-. Esto no es un pandemónium como los balnearios populistas. Gertrudis va con sus tres sobrinas, y recorren gran parte de la orilla, en pos de algún grupo de jóvenes solteros que las puedan cortejar, o por lo menos alguna silbadita o un besito volado, algo, ¿no? Sebastián, ya con ese short negro que tanto le gusta y con su tatuaje de “Alianza Lima” en el pecho, va a darse chapuzones y a tratar de darse unos saltitos mortales desde empinadas rocas, rocas que terminan asustándolo y no le quedó otra que esconder la cabeza como el avestruz, no modo, y como un cauto tiburón acecha a sus presas, así el inicia furtivas miradas a las chicas que más allacito están en un partido de vóley, están en bikini, lo cual emboba al tiburón-Sebastián. Martín, que es un infante, y como tal, no es discreto en el asunto de los bikinis y es un desentendido del envaramiento que va sintiendo el otro, va corriendo y más que preguntarle, le clama: - ¡Los coscorroncitos! ¡ ¿Cuándo?! - No te oigo, Martín –responde, mientras se moja el cabello y comienza a sonreírle a una chica que hace rato lo ve-. - ¡Los coscorroncitos! Era lógico. Asoció el castigo con el premio. A ello se debe su persistencia y su, digamos, naciente masoquismo. El tiburón sale del agua y le da el castigo tan requerido. Y precisamente surge de la nada, como aparición de un santito, morenito él, que en voz muy elevada anuncia y reanuncia que vende helados, ayudado por un retazo de cartón que le sirve de “megáfono”. - ¡Helado! ¡Helado! Y Martincito exige su premio, su paga de consuelo. A lo cual Sebastián cede. Le compra dos helados, de los caritos, de vainilla y salpicados de caramelo dulce. . Y el vendedor les agradece muchísimo, verá usted, eran los helados que le faltaban para terminar, y con su dejo chinchano dice: - Gracia, amigo, gracia e verdá. Martincito coge una pelota que trajo tío Teobaldo y se resbala, cayendo sentado. Afortunadamente los helados están salvados, prácticamente intactos. El balón parece caminar hasta el morenito, en verdad rueda, pero más parece caminar. Éste se detiene, al darse cuenta de cómo el balón le roza el tobillo, puesto que usaba unas sandalias apunto de romperse, y deja su caja de tecnopor e inicia una admirable serie de “dominaditas” y malabares con la pelota. El tío, el sobrino y las chicas del bikini espectan perplejos al hábil morenito, que de ser un simple heladero se volvió en el ídolo del momento. Y Sebastián, para demostrar que es conocido del “ídolo de momento” se le acerca y le pregunta, aunque luego se dio cuenta de que su pregunta era ridícula: - ¿Usted practica fútbol? ¿Cómo hace para mantener tal dominio? Y el otro responde como famoso que está ante la prensa: - Sí, entreno mucho. Verá, estoy en la selección de mi barrio. Yo –prosigue el sagaz pelotero- soy de cuna pobre, pero, como dice mi mamacha, la cuna no lo hace a uno: uno no escoge la cuna. Lo mejore fubolista han sido pobre, misio como uno , vale. Día y noche tú practica y te hace, te vuelve tigre. ¿Entendiero, muchacho? Hace rebotar el esférico sobre su cabeza y uno, y dos, y tres, y cuatro…y Sebastián contó como 20; y luego, sin perder el ritmo de las dominaditas, con la rodilla se hizo como treinta, y uno, y dos, y tres…turnando la pierna izquierda y la derecha. Y pasaron media hora viéndolo alelados y boquiabiertos al negrito de las dominaditas, que tenía por sueño ser el mejor jugador de la selección peruana, que hace muchos años no clasifica a un mundial., y pasta para ello no nos falta, decía. Tío Teobaldo, que no estaba muy alejado, observó también al espectacular morenito, pero él iba preparando un suculento cebiche a la limeña, y teniendo como principal ayudante a su esposa Ana María, convocó a sus parientes para almorzar. Entonces el negrito dice que ya es tarde y que mejor se va, pero Sebastián, que es fanático del balompié, y que tuvo una repentina admiración por el heladero, habla con Teobaldo y acuerdan el invitar al negrito para comer en la misma mesa, por supuesto, si apetece, y desde luego apetecía. Llegan las chicas y la formal Gertrudis, un tanto aburridas y molestas porque todos los chicos y caballeros (nobles y churros) tenían cada uno su respectiva pareja abrazándolos muchísimo al divisar a las cuatro solteras al acecho, dispuestas a lo que sea, sacando garra y colmillo. Ven al negrito despectivamente, ¿quién es el exótico invitado, eh? Y Sebastián les presenta al invitado más grande que pueden tener en su mesa, al más genial malabarista de pelota que vio en su vida, y seguro ellas también, qué más da, el tipo es estupendo y es un talento en albores, con 17 añitos de los cuales doce fueron consagrados al balompié, a entrenar mañana, tarde y noche, por ello sus estudios se paralizaron en sexto grado de primaria, un sacrificio. Un sacrificado futbolista el hombre, y que no asomen dudas. Terminaban el suculento cebiche y el negrito se chupaba hasta los dedos, haciendo un ruidito, mal modal que preocupa a las cuatro solteras que se miran entre ellas y hablan bajito: - ¿Qué modales, caray? - Caracho, miren al negrito, qué gente, qué barbaridad. Teoblado, su esposa, Sebastián y Martín perciben el efecto de las chupadas dedales del morenito en las cuatro señoritas solteras, y continúan preguntándole al invitado sobre el fútbol de sus sueños y de sus amores. Y como ya no hay más que comer y , por ende, el invitado dejó de fijar su atención en su platillo y se sintió como un intruso, dijo: - Ya debo irme, perdone, señorita y señore, tarde es y debo ir donde mamacha. Mamacha, sino se preocupa, y eso no e bueno entre nosotro. Entonces Teobaldo le dice que por favor conserve la pelota y que cuando sea un astro del fútbol, y aunque no lo sea igual, lo salude si lo ve en la calle, que usted es la juventud y la vitalidad que la patria necesita, hombre, la blanquirroja lo requiere, no se olvide, compadre. Y el morenito, que en su niñez jamás palpó una pelota de cuero y menos una tan costosa como esa, se fue con una gran sonrisa hasta su Chincha natal, conservaría eternamente el balón y guardaría en su memoria a aquellos tres hidalgos que no lo discriminaron por ser misio y medio analfabeto. La noche renacía con su fantasmal velo y oscurecía el balneario, lo mismo al león rocoso. Eran cinco para las diez. Y el grupo, a excepción de Sebastián y Martín, estaba tirado sobre las mantas y se oían unos ronquidos muy potentes del tío, cuya comisura de los labios estaba húmeda, ya que el babeaba un poco al dormitar. Sebastián se levanta, se pone su chompa y ve que los demás bañistas descansan plácidamente, y la acogedora quietud de la playa lo tienta a pasear por la orilla. Y pasea. Escucha el rugido de las olas, y a veces cree que el “León Dormido” quien intenta hablar, emitiendo esos rugidos. Se detiene ante la masa de agua, que en sus ires y venires parece decirle “hola, cuéntame que te pasa, amigo humano”. Y en el preciso instante en que dará rienda suelta a su torrente de confesión, Martín, de súbito, se le aproxima por la derecha, lento e inseguro de seguir acercándose. Sebastián voltea y le saluda con la mano. - Ven, no te quedes mirándome como si fuese un monstruo. No te preocupes que no muerdo. Los coscorrones están de vacaciones y no vendrán hasta algún lejano día. ¡Ven! ¡Ven! El sobrino hace una tímida sonrisa, pero ya está a su lado, y su tío le pone una mano en el hombro. - ¿Tú tampoco tienes sueño, según veo? - No. Yo no tengo ganas de dormir. Sebastián mira estupefacto las estrellas, ya que el fantasmal velo de la noche hermosea las estrellas, dándoles a cada una el brillo natural que le roba al sol del día. Martín le interroga sobre ellas. - ¿Qué son? - Estrellas –responde, con afán de burla-. - ¡Ya lo sé! Seré chibolo pero no soy un tontonazo, tío. - Está bien, perdón. Pero esa pregunta tuya es difícil de responder, ¿sabes? Es que habemos tantas clases de personas, y ojo, cada quien responde de manera distinta, ni dudarlo. - ¿Cómo así? - Te explicaré. Ahora trata de ser lo más pedagógico posible. - Para los científicos, esos tíos que se visten como médicos o panaderos, que generalmente usan lentes y tienen cara de nerds, las estrellas son enormes bolas de fuego que viven millones de años y que son rodeadas por varios planetas. ¿Sabías que nuestro sol es una estrella enana y niña? - Eso no sabía - Para los religiosos y místicos, es decir curas, pastores, obispos, también esos ancianitos de barba larga que van por todo el mundo diciendo qué es bueno y qué es malo, en alguna estrellita está el reino de dios. O sea, un lugar donde los muertitos son felices. Y oír “muertitos” entristeció repentinamente a Martín, y dejó de verle a los ojos a su tío, yéndose luego a un lado y tratando de disimular su cambio. Pero Sebastián inquirió: -¿Sucedió algo, Martín? ¿Por qué te me pusiste tristón? -No es nada. -Vamos, ¿cuéntame, si?...vamos, ten una pizca de confianza en tu tío. - Es que al escucharte pensé en mi papá, en que él habitaría feliz en alguna estrellita. -¿Tu padre? -Es que… Y sus ojitos estaban llenecitos de lágrimas. -Mi papá murió cuando yo recién cumplía un año…ni siquiera sé cómo era su voz… ni su carácter…tan sólo sé lo que mamá algunas veces me cuenta…y…ella no habla mucho de él. Sebastián abraza al niño y le acaricia el cabello, como signo de consuelo. Después le mira de frente, se da cuenta de la sensibilidad del momento, del silencio que ni siquiera los rugidos marinos pueden vencer. Le sigue mirando de frente, y a la espalda del niño bosteza el océano nocturno, bañando la costa y pendiente de lo que Sebastián pueda decir. Adquiere la paciencia y solemnidad que para este caso son perentorias. -Martín: si tu padre viera lo bueno y lo dinámico que eres, estoy seguro que estaría orgulloso de ti, complacido y muy feliz de verte así. Y , además, te diría que obedezcas a tu madre y a tu abuelo que te quieren un montón. El niño se sosiega y seca sus lágrimas con un pañuelo que le alcanza Sebastián. Y prosigue: - ¿En cuál estrella habitará mi padre? Viendo el espacio sideral y viendo a su tío, clava su atención en la contestación de su interlocutor. - Eso sólo tú puedes saberlo, lo sabes tú ¿En cuál crees? - En esa de allá –y apunta con el dedo, Sebastián lo ve-. Es más grande que otras y su luz es bonita - Entonces está en esa. Tú eres su hijo y por lo mismo puedes encontrar a tu padre donde quieras: en una estrellas, en un sueño, en un dibujo, en tu imaginación…porque tu padre está inmortalizado en tus venas. El niño, viendo la estrella, se durmió. Sebastián ve a Martín, a ese picarón niñito que le dio tantos jalones y que le debe coscorroncitos, apoyado en su hombro, tierno y cariñoso. Se quita la chompa y envuelve con ella la espalda del pequeñín, lo carga y lo lleva a la carpa donde el tío sigue roncando y haciéndole competencia a los ronquidos del mar. Lo acomoda entre las mantas y se recuesta a su costado. Hasta entonces no sabía que era huerfanito de padre, y por fin sintió una especie de amor paternal hacia el infante. Le entró la peregrina sensación de ser algún día papá, de serlo ahora con Martín. En el aeropuerto, al día siguiente, por la tarde, Sebastián se despedía febrilmente de los Aduvire, más que todo de Martincito. Iría a Tacna y un primo que era mayor de edad le acompañaba, subió la escalinata, y Martín no quería que su tiíto se fuera, pero tuvo que atenerse a la hiel de la despedida. El avión despegó y con él Sebastián. El fragor del avión cavó muy hondo en Martín, y de idéntico modo en Sebastián. Habían prometido encontrarse en la playa “León Dormido”, un doce de enero, como aquel día memorable, sin estipular año alguno, pero Sebastián, por vicisitudes de la vida, no pudo venir hasta once años después. Y ahora, sobre la melena del león colosal, Sebastián ve una poderosa 4x4x acercándose a la playa de estacionamiento. Desde lo alto, saca sus binoculares y verifica quienes bajan del automóvil, cogido por la certidumbre de ver al pillín que alguna vez quiso como a su legítimo hijo, acercarse y contarle lo que aconteció en su vida desde aquel día en que veían las estrellas.


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