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  eroticos > OtrosNoche en Queens

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se publicó en la web el 05 de Febrero del 2009

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  Categoría: eroticos > Otros
  Titulo:

Sophie se mordió los labios, maldiciendo. Su pelo rizado, continuamente agitado por el viento en diversas direcciones no dejaba de meterse en sus ojos y su boca. Volvió a apartarse otro mechón e la cara, poniéndose de cara al gélido aire, que tardó pocos segundos en congelar sus mejillas. Sus ojos entrecerrados en una mirada vacía lanzada a un punto cualquiera del asfalto no mostraban precisamente una expresión de alegría. Llevaba ya un rato arrepintiéndose de lo que estaba haciendo. Incluso se prometió que si en media hora más no venía nadie, daría media vuelta, volvería a su casa, se quitaría toda la pintura barata de su cara, cortaría en pequeños pedacitos los ligueros que no dejaban de arañarle los muslos y lanzaría al río los malditos tacones de aguja que le jodían los pies viva. Pero tras esa media hora, y otra, y otra, la ira se acabó deshaciendo hasta tirar toda su moral por los suelos, volviendo a perder la confianza en ella y sus putas locuras, odiándose por creer que sus tonterías funcionarían fácilmente. Niña tonta. Volvió a agitar sus brazos, cobijada, dentro de su larga gabardina. Para colmo hacía un frío de muerte. Estaba siendo el invierno más frío de los últimos veinte años en el condado de Queens. Los árboles se agitaban con furia a su alrededor, y asustada por si alguna rama le caía encima se mantenía al borde de la carretera, parapetada junto a una farola, y a expensas de que algún coche conducido por un neoyorkino con prisas le lanzase toda la tierra embarrada por la lluvia del día anterior a la cara. Su moral estaba por los suelos. El frío ya le daba igual y navegaba a la deriva entre sus pensamientos. ¿Por qué a ella no le funcionaba? ¿Era sólo mala suerte? Entendía que mañana fuese un miércoles laboral. Entendía que la gente solía hacer esto los fines de semana. Quizá un jueves. Pero ella lo necesitaba YA. ¿Cómo coño de entre los más de ocho millones de idiotas que poblaban New York ninguno salía a divertirse un martes por la noche? Miro el reloj otra vez. Eran la una y media de la noche. A estas horas era una locura coger el metro. Estaría lleno de vagabundos y yonkies, o incluso podría cruzarse con alguna banda callejera de latinos sin escrúpulos, que no dudarían en desvalijarle la cartera y sepa Dios qué más. Hubiese estado decidida a largarse de una vez de no haber aparecido al final de la carretera las luces de un coche. Si la racha de la noche seguía y resultaba ser alguien que simplemente estuviese de paso, al menos intentaría ahorrarse un taxi haciendo autostop. El sonido de la música le dio una buena sensación. Sonrió. Sin demasiado descaro, se soltó la gabardina al desabrocharse el cinturón, dejando a la vista sus medias negras que ascendían hasta esconderse en la diminuta minifalda de cuero negro. Se volvió a pasar su pintalabios por su boca cuidadosamente, extendiendo toda la pintura negra, mientras el coche paraba a su lado. Se agachó, apoyándose en la ventanilla para responder ante sus rescatadores. En el coche había dos jóvenes de no mucho más de veinte años. En sus caras se marcaba una sonrisa de bobo que les iba de una mejilla a otra. Pese a ir algo desaliñados por lo que debía haber sido toda una noche de juerga, no vestían mal. Probablemente fuesen hijos de papá que se fundían su paga semanal en alcohol mientras fingían sacarse derecho o medicina. La idea de que fueran dos al principio no le gustó. Pero dado que no iba a encontrar nada mejor, prefirió ver el lado bueno de las cosas por primera vez en la noche ¿Más vale que sobre que falte, no? Se adelantó a ellos. - Hola chicos. ¿ A dónde vais? Los muy idiotas se miraron antes de responder, como si a los dos se les hubiese olvidado a donde iban. Ella mantenía una mirada pícara, atrevida, desafiante. Repetía absolutamente todo lo que había visto en las pelis. Seguramente así funcionaría. El que conducía finalmente habló desde el fondo del coche. - Bueno, estamos de paso…en realidad somos de Brooklyn, pero venimos mucho de fiesta por aquí... No tardó en darse cuenta de que miraban más el escote que marcaba el top de cuero que su cara. No los culpó, estaba hecho para eso. - Uhm…vaya – Respondí. Más les valía currárselo un poco a estos idiotas. - Pero no pasa nada, nena. Sube, te llevamos a donde quieras. Abrió la puerta del coche y pasó a dentro. El calor de la calefacción la reconfortó. Empezó a dudar que los tíos tenían claro lo de si era una puta. Daba igual. Parecían estar dispuestos a follarse cualquier cosa. El copiloto apoyó el brazo en el cabecero del asiento, acomodándose para mirarla a ella. No paraban de reírse por lo bajo y sonreír como críos. Empezó a rebuscar en su bolso hasta sacar el kit de maquillaje. Se comprobó en el espejo los labios. Cualquier cosa con tal de no mirar al baboso a la cara. - Oye, nena…tú… ¿por cuánto lo haces? - ¿Cómo? Por un momento se le olvidó qué hacía allí. Se apresuró a responder antes de crear desconcierto. - Ah…pues…depende, jaja. Los tíos volvieron a mirarse entre ellos, confabulados. Como mínimo iban bebidos. Sophie volvió a desconfiar de su decisión. Se había decidido a hacerlo. Estaba decidida. Pero no lo había previsto con dos. Era algo que no entraba en sus planes. Había oído muchos rumores del tema. Demasiado alcohol. Demasiadas drogas. Magulladuras. Moratones. Cicatrices. Quemaduras. Violaciones. Una chica encontrada desnuda y asfixiada junto a un terraplén de la carretera en la M-12 de Manhattan. Volvió a morderse el labio. Empezó a incomodarse. Se dio cuenta de lo duro que debía ser para las putas su trabajo. Su sonrisa camufló su desconfianza. - ¿Qué te parecen…sesenta pavos? El conductor hablaba mientras la miraba por el retrovisor. Quizá ella no fuese puta, pero tampoco tonta. - Ni de coña. 120 por los dos. Y no más de una hora. Me querréis dejar propina de lo que os gustará, tranquilos. Estallaron en risas. El copiloto le hizo una seña para mostrarle un sitio donde aparcar. Seguíamos estando en una de las carreteras periféricas de Queens, obscura, apenas iluminada y menos transitada a estas horas aún. La gente corriente dormía, dispuesta a madrugar dentro de unas horas para ir a sus trabajos de mierda. En cierta forma, esto era un descanso de la dura vida rutinaria. Ambos bajaron del coche, tras reclinar los asientos hacia adelante y dejar el mayor espacio posible. Al parecer, ninguno quería quedarse fuera con el frío. Entraron en la parte trasera. El coche era un monovolumen . No habría problemas por el espacio. Cada uno entró y ocuparon los asientos laterales. Ella estaba en el medio, terminando de maquillarse. Cerró el kit y mientras seguía rebuscando en el bolso les hizo la última pregunta antes de comenzar. - ¿Lleváis condones? No, ¿Verdad? Ya me lo imaginaba… Sacó un par de preservativos del bolso y los dejó en el asiento de delante. Los tíos estaban inquietos, no sabían qué hacer. No se habían subido a muchas chicas al coche. Eso la hizo sentirse más relajada, sabiendo que tenía más control y que jugaba con dos idiotas babosos que no tenían ni idea. Se arrodilló frente a ellos. Sin decirles nada, se acercó al chico rubio que había estado conduciendo. Empezó por él, acariciando todo su paquete sin planteárselo. Lo hizo suavemente, para que se relajara a la vez que se ponía a tono. Lo miraba a la cara. Él entrecerraba los ojos y se dejaba llevar. Un escalofrío de placer recorrió su espalda. La joven se sintió con fuerzas. Acercó su lengua a la entrepierna del chico, recorriendo su pantalón vaquero rápidamente, sin apartar la mirada de su cara. Se relamió. Desabrochó el cinturón y le bajó la cremallera. Ya estaba empalmado. Acarició el bulto que se asomaba entre los calzoncillos mientras repetía la misma operación a su compañero. Cuando ya estaban bien calientes, se acercó primero al rubio, y bajándole los pantalones hasta las rodillas sacó su duro miembro al exterior. Lo agarró con cuidado, pero con firmeza, y lo agitó suavemente de arriba abajo, exprimiendo los primeros gemidos de placer. El otro miraba como un idiota. Le dio un primer lametón al capullo rosado, antes de metérselo entero en su boca y comenzar a saborearlo. Soltó la mano. Dejó que su boca escurriera por el falo mientras la lengua poco a poco lo iba lubricando de saliva. Llegó hasta la base, la cual mordisqueo suavemente, antes de llegar a los cálidos huevos que no tardó en saborear. Mientras, sacudía con la otra mano la polla del otro chaval, el cual parecía gozar más con tan poco. Tras dejarla completamente empapada, sacó el falo de su boca y se dirigió a catar la otra. El tío rubio se levantó y se puso justo detrás de ella. Parecía que no se iba a contentar con ver como se la chupaba a su amigo. Sin ni siquiera molestarse en quitarla el tanga a la chica, echándolo a un lado, empezó a penetrarla como un completo salvaje. Sophie empezaba a notar una excitación como la que pocas veces había tenido antes. Sabía que llegaba el momento. Notaba como el miembro empapado penetraba en su interior, una y otra vez, con velocidad y contundencia. Sus gemidos eran solo acallados cada vez que se metía la otra polla en la boca, chupándola con fiereza y dejándose el pintalabios en una mezcla de babas y sudor. Notó un azote en el culo. Se lo tomó como una broma, pero vio que siguieron otros cuantos más al primero. La estaban follando duro por el coño. Las embestidas cada vez eran más fuertes y rápidas. Ella aumentó el tono de sus gemidos, notando el placer en su pelvis y sus jugos caer por sus piernas. La cosa entonces empezó a desmadrarse. Mientras escupía saliva y la extendía pajeando el miembro antes de probar a metérselo entero en la boca, el tío al que le estaba haciendo la felación empezó a grabar la escena con el móvil. Decidió no darle importancia, aunque la maldita lucecita que salía del móvil la cegaba, teniendo que cerrar los ojos y mamar a oscuras. Las risas y los azotes aumentaron. No le gustaba que esos niñatos le ordenaran hacer nada. Decidió seguirles el juego. Dado la insistencia, se quitó el top y mostró sus pechos voluminosos a la cámara. Incluso lamió con cara lasciva uno de sus pezones antes de encajar en su canal la polla y empezar a masajearla con las tetas. Eso pareció ser demasiado para él. Comenzó a gemir advirtiendo de su inminente corrida. Ella abrió la boca y pasó la lengua por el capullo, introduciéndoselo en la boca mientras la machacaba rápidamente con la mano. Notó como rápidamente iban saliendo los chorros de leche en su boca, teniendo cuidado de que no escapase nada de su boca. Estaba cálida y picante. El de detrás no tardó mucho más. Notó como sacaba el rabo de su coño empapado y se pajeaba exprimiendo su semen por todo su trasero. Ella sonrió. Con el miembro aún duro entre las manos, y la cara llena de semen subió aproximándose a la cara del chico. Este puso cara de asco cuando la vio acercarse relamiéndose. - Oye, no te me acerques con la cara pringada. Aparta, joder! Fue entonces cuando bajo hacia su cuello. De su sonrisa salió su lengua ardiente. Sedienta, acarició con su húmeda punta el cuello del joven. Rápidamente, dio el golpe de gracia. Sacó el bisturí que llevaba tiempo escondido en el cinturón de su minifalda y con un corte limpio sajó el cuello del joven. Su grito se ahogo en un chorreón de sangre que comenzó a brotar de su boca y cuello. Por unos segundos la imagen de la mancha roja fluyendo le hizo olvidarse del que tenía detrás. Éste aún no se había enterado del final de su compañero. Estaba demasiado concentrado subiéndose los pantalones. El extraño gemido de su amigo le hizo advertir el furtivo movimiento de la joven. Fue incapaz de reaccionar. Segundos después, el estilete atravesaba su ojo izquierdo mientras chillaba antes de caer inconsciente del dolor. Sophie caminaba por la acera, junto al sendero de farolas. Aún quedaba una hora para llegar andando a su casa. Recapacitaba sobre lo que había hecho. Había sido una noche productiva, desde luego. En un principio temió sentirse culpable por lo que había hecho, tener remordimientos. Pero sólo notaba satisfacción. Un trabajo bien hecho. En ningún momento sintió pena por los dos niñatos. Ni siquiera mientras extraía su corazón palpitante y lo consumía frente a sus ojos antes de que los cerrasen. Había sido mucho más fácil que tener que tratar con un pobre cuarentón en búsqueda de compañía, cansado de los maltratos y vejaciones de su mujer. Se relamió los labios, limpiándose el último rastro de sangre, mientras se preguntaba cuándo volvería a notar la necesidad de repetirlo.


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