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  fantasia > RolNacemos de las cenizas

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se publicó en la web el 21 de Octubre del 2008

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

Este es el primer capítulo. No os cortéis, por favor, comentadlo: Capítulo 1: NACEMOS DE LAS CENIZAS Un grito le despertó. Era su padre, que lo llamaba. Él no le contestó, estaba intentando recordar lo que había soñado pero lo había olvidado todo. Era un chico de catorce años muy diferente a su familia. Tenía el pelo castaño y los ojos marrones en contraposición de los habitantes rubios de aquella región del norte de Orvingut. Era un muchacho listo e inteligente, aunque era muy despistado. -¡Gri! ¡Levanta de una vez! -gritó su padre. -¡Ya voy papá! Se vistió deprisa y corrió hacia el piso de abajo y fue hacia el pequeño comedor de su casa, almorzó con el resto de su familia y al acabar se fue con su padre y sus hermanos a trabajar a la herrería. Era pleno invierno, acababa de nevar y hacia un frío especialmente intenso en el Valle, por lo que Gri agradeció entrar a la herrería donde la alta temperatura provocada por el horno, donde se fundían los metales y calentaba sus fríos cuerpos. Aquel día habían empezado a trabajar mucho antes porque habían de fabricar unas piezas que les habían encargado urgentemente unos campesinos de una aldea vecina. -¡Vaya! No queda mucha agua! -dijo uno de los hermanos. -Gri, ve al río a buscar agua -le ordenó su padre al muchacho- ¡Y no te entretengas! El joven humano cogió un par de galletas y se fue corriendo al río que se encontraba al pie de la falda de la montaña, donde se asentaba el pueblo. Tardó una hora en volver. Y lo que vio cuando estaba cerca del pueblo le dejó sin aliento. El pueblo ardía en llamas. El muchacho corrió hacia su casa que había empezado a arder. Entró en la herrería. Su padre estaba tumbado al suelo, no se movía. Y entonces oyó un horrible rugido de dolor. El joven corrió hacia su casa, de donde venia aquel grito. Dos de sus hermanos se estaban defendiendo de un guerrero que empuñaba una enorme hacha de guerra. Uno de sus hermanos se dio cuenta de su presencia y le gritó: -¡Corre Gri! ¡Corre!. El guerrero se giró un momento para observar al chico y éste se quedó paralizado del miedo. Aquel guerrero no era un humano. Tenía la piel verdosa unos ojos amarillos inyectados de sangre, unos cuernos parecidos a los de una cabra le salían del yelmo de cuero. El ser rugió enseñando los dientes. Rugió tan fuerte que le trajo al muchacho un pestilente aliento. El monstruo avanzó hacia Gri que no podía moverse del terror. Cuando ya estaba a pocos pasos, uno de sus hermanos saltó sobre el ser y le clavó un cuchillo de cocina en la espalda. El monstruo gritó y intentó liberarse del humano. -¡Maldita sea, corre! - le suplicó su hermano. Gri reaccionó y salió corriendo de su casa sin mirar atrás. No entendía nada, no sabía ni hacia donde iba. Solo corría. Entonces justo cuando giraba en una esquina de una calle del pueblo, chocó con un cuerpo grande y cayó al suelo dolorido. Intentó levantarse pero alguien le dio una fuerte patada en el vientre, que hizo que vomitara y cayese al suelo de bruces. Entonces sintió que una pesada bota lo aplastaba contra la nieve del suelo. El chico entonces se dio cuenta de que había perdido a su familia, a sus amigos, su hogar. Escupió sangre y empezó a llorar en silencio su pérdida. Ya no le importaba morir, lo había perdido todo. Simplemente cerró los ojos y esperó a la muerte. Pero la muerte no llegó y el muchacho se atrevió a abrir los ojos. Vio a su verdugo, otro de aquellos monstruos, que hablaba con otro ser de aquellos de una gran altura y corpulencia, que estaba escoltado por dos guerreros más. Parecía que aquel enorme monstruo estaba impidiéndole al otro que matara al chico. El monstruo le miró a los ojos e hizo una mueca que parecía ser una sonrisa. Al parecer, el monstruo que le había salvado la vida era el jefe de aquel grupo formado por unos veinte engendros, los que habían saqueado el lugar. Al chico le ataron las manos y fue obligado a latigazos a seguir el grupo, que abandonaba el pueblo que ya no era más que cenizas. No pararon de andar durante todo el día en dirección oeste, hacia la salida del Valle. Gri tuvo tiempo de pensar en todo lo que le había ocurrido y sospechó que él sería a un esclavo de aquellos seres. Así, cuando ya anochecía, el grupo paró en un claro del bosque cercano del vado del río, donde montaron un campamento hecho de tiendas de pieles que formaban un círculo en torno de una plaza central. El campamento estaba lleno de actividad, cada miembro era responsable de hacer una actividad concreta. Llegó la noche cuando los orcos se hicieron una modesta cena con la carne de unos ciervos que habían cazado. Después de cenar, los monstruos se fueron a dormir, dejando unos pocos de guardia. Gri estaba atado a un palo por una fuerte cuerda. Aunque todo el rato había intentado escapar, finalmente comprendió que le era imposible y se rindió al sueño. Le despertó una fuerte explosión, el muchacho se sobresaltó y empezó a mirar a su alrededor. Una de las tiendas ardía y los monstruos corrían en todas direcciones empuñando sus toscas armas y gritando, parecían muy nerviosos y furiosos. Justo entonces pasó cerca de Gri una especie de fogonazo que impactó contra un grupo de sus captores, que salieron despedidos mientras ardían en llamas. Entonces se oyó una voz muy fuerte que gritaba: -¡Cargad! Entraron en el círculo un grupo de guerreros que empuñaban hachas y martillos de guerra. Pero le sorprendió que, aunque tenían forma humanoide, eran del tamaño de un niño de diez años. Estando en semioscuridad el muchacho, no reconoció qué eran. Los monstruos cargaron contra el otro grupo que, aún siendo inferior en número, estaba más bien preparado para la lucha. Los escudos chocaron, las cabezas rodaron y los cuerpos fueron hechos pedazos. Más fogonazos impactaban contra los monstruos que al final escaparon perdiéndose en la oscuridad de la noche. Los atacantes no les persiguieron, se limitaron a inspeccionar el campamento y a atender a sus heridos. Uno de estos seres se percató de la presencia de Gri y gritó a los otros: -¡Eh! ¡Aquí hay un humano! Entones se acercaron más de aquellos diminutos seres. -¿Se puede saber que hace un humano en un campamento de orcos? -dijo uno de ellos, el que parecía el jefe- Supongo que eres un esclavo, ¿no? Ahora el chico se fijo más en los guerreros. Todos lucían unas largas y espesas barbas. Vestían con cotas de malla y empuñaban hachas o espadas. -S-s-s-si...señor -tartamudeó el chico sorprendido. -¡Tranquilo, que no muerdo! Los guerreros soltaron unas risotadas. -¡Vamos! ¡Desatadle! -dijo el guerrero. Dos de ellos obedecieron y mientras le desataban Gri preguntó: -¿Quiénes son ustedes, señores? -¿Es que nunca habías visto a un enano? -No, señor. -¡Pues ya lo has visto! Hubo más risas entre los enanos. Entonces llegó una figura alta que se acercó al grupo. Estaba envuelta en una capa y una capucha le tapaba casi toda la cara. Los enanos se incomodaron un poco. Gri se fijó en una figura de su altura, que también llevaba una capa y capucha. -¿Quién es ese? -preguntó con una voz clara señalando al chico. -Ah, no lo sé, estaba atado...-dijo el enano jefe. -¡Soy Gri! -saltó el joven interrumpiendo al enano y desafiando a la figura. - ¡Vaya, qué carácter tienes chico! -dijo. Se quitó la capucha. Era un hombre de cabellos largos y grises y con unos ojos oscuros penetrantes. - Me llamo Brambleburr. Y soy un mago. Gri ya no sabía si estaba soñando o estaba en el mundo real. - No me crees, ¿verdad? -dijo el hombre adivinando su pensamiento- Mira. Señaló una piedra especialmente grande del suelo. El hombre puso una mano sobre la piedra sin tocarla y pronunció unas palabras en un idioma extraño. Entonces la piedra se levantó. Gri no cabía del asombro. Pero no cabía duda, se había levantado sola. Los enanos miraban la escena con desconfianza. -¿Me crees ahora? No contestó. Ni el otro esperaba respuesta, miró al jefe de los enanos Y le dijo: -Dejadnos solos. No hubo rÉplica. El mago se volvió hacia la figura que había detrás de él. La figura de detrás del mago se quitó la capucha y mostró la cara de un joven de su edad con los cabellos despeinados y castaños. - Supongo que no os he presentado -dijo el mago- Gri, este es Pachi, mi aprendiz. Pachi, este es Gri, mi nuevo aprendiz. -¡Eh, un momento! -dijo Gri- ¿a qué viene todo esto? -Bueno... -dijo el mago- digamos que tú tienes un poder en tu interior... -¿Poder? ¿Qué poder? -dijo Gri. -Que eres un mago. -vaticinó el maestro. Gri no creía ninguna de las palabras del hombre. -No, no pued... -¿Quién ha dicho que no? -dijo el maestro. -¿Cómo lo... -Leyendo tu mente. Ahora Gri empezaba a creer en las palabras de Brambleburr. -Mira, te doy a escoger -dijo el mago-, puedes quedarte aquí con las cenizas de tu casa y con los orcos acechando..., o puedes venir conmigo y aprender los caminos de la magia y convertirte en un poderoso hechicero. ¿Qu´r prefieres? Gri ya no sabía qué pensar, todo había ido tan deprisa... Había empezado una mañana normal y de pronto acabó en un campamento orco hablando con unos enanos y con un mago. Por eso no sabía qué hacer. Los dos caminos parecían peligrosos, pero ya nada le ligaba a aquel valle en llamas. -Vendré con usted -dijo al fin. -No te arrepentirás. -Maestro, los orcos -avisó Pachi. -Es cierto -observó el Maestro- ¡Ya ni me acordaba! Debemos irnos de aquí. Los enanos ya podrán con ellos. El mago le hizo una señal para que se acercara. -Cogéeos de la mano -dijo el mago- ¡Ah, se me olvidaba! Gri, a partir de ahora llámame Maestro. -Sí,... Maestro. El hombre sonrió. Los tres se cogieron de las manos formando un círculo. El Maestro pronunció unas palabras en aquel lenguaje tan extraño. Los tres desaparecieron del claro instantáneamente.


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