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  eroticos > DominaciónMi putita rubia

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se publicó en la web el 28 de Agosto del 2006

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  Categoría: eroticos > Dominación
  Titulo:

Lo cierto es que ni me di cuenta de cómo empezó todo. Me fue sorprendiendo su actitud paulatinamente. Cuando la provocaba con alguna picardía, Ana no respondía mal, nunca. Parecía avergonzarse, muy púdica ella, pero me seguía el juego siempre un poquito más de lo que yo esperaba, lo cual me excitaba y provocaba mi imaginación. Me divertía tramando qué podría hacer con esa muñequita rubia la siguiente vez e imaginando hasta dónde me permitiría llegar. Una de las primeras veces que me sorprendió fue cuando me obedeció al colocarse entre las piernas la fría botella de agua que acababa de comprar en la máquina del trabajo al decirle yo que así podría calentarla bien. La siguiente ocasión fui un paso más allá. Cuando se lo volví a proponer al ir de nuevo a las máquinas de bebidas y comprobé que se disponía a hacerlo, le dije sonriente y señalando su falda: “por debajo”. No pensaba que fuera a hacerme caso, pero Ana me miró cohibida, se aseguró de que no había nadie cerca y colocó la botella bajo su falda, sujetándola entre sus piernas, bien arriba. “Muy bien, ¿está fresquita?”, le dije. “Sí”, respondió escuetamente. Entonces me di cuenta de que la dejaba ahí y parecía esperar mis instrucciones. Asombrado, me apresuré a decirle que ya podía sacarla (no fuera que apareciera alguien). Lo hizo y me sonrió de nuevo, vergonzosa. Regresamos a nuestros puestos de trabajo charlando animadamente. Yo estaba entusiasmado, como si tuviera un juguete nuevo. Y pensaba aprovecharlo, vaya que sí... Fui progresando con mis atrevimientos y me di cuenta de que Ana tenía que estar disfrutando tanto o más que yo con esto. Era la única explicación de que aceptara cualquier cosa que le propusiera, siempre procurando que nadie más se enterase, eso sí. Por ejemplo, estando junto a ella en su puesto ayudándola en algo, le pedí al final que como premio se levantara un poco la falda para verle mejor las piernas, que enfundaba en unas sexys medias negras, y lo hizo, aunque fugazmente. Otro día le pedí que la subiera un poco más aprovechando que no había nadie cerca, y ella se ruborizó, pero obedeció y dejó la falda levantada. “Un poco más”, le musité. Y subió. “Un poquito más”, susurré con voz cálida, que me di cuenta que la hizo temblar. Y continuó hasta dejarme ver unas coquetas braguitas blancas. Sonreí mostrando mi aprobación y asentí indicando que ya estaba bien. Entonces se bajó la falda pudorosamente. A partir de entonces cada día que me la encontraba y teníamos cierta intimidad aprovechaba para preguntarle discretamente qué braguitas llevaba. Ella se ruborizaba, y bajaba la mirada, pero me lo decía. Le pedía que me las describiera bien y así lo hacía. Pero después cogí la costumbre de animarla a que me las enseñara, incluso cuando llevaba pantalones. Los servicios eran el lugar adecuado. Se bajaba el pantalón un poco y me las mostraba. El siguiente paso fue instarla a que se diera la vuelta para contemplar mejor el panorama. Se adaptó enseguida, de forma que a en lo sucesivo era ella la que se volvía espontáneamente para enseñarme la parte trasera, e incluso esperaba a que le diera mi aprobación para volverse a cubrir. Por supuesto, había que seguir avanzando. Así que un día, en lugar de consentir que se subiera el pantalón, le dije: “Las bragas. Bajátelas”. Se volvió mirándome sorprendida y le pregunté si prefería que se las bajara yo. Pero enseguida bajó la cabeza... y las bragas. Ofrecía un espectáculo delicioso mi putita rubia. Decidí que la siguiente vez le bajaría yo las braguitas, me apetecía mucho. Se dejó con docilidad. Lo hice poco a poco y notaba como temblaba de excitación. Me acerqué a su oído y le susurré que al día siguiente quería que viniera con unas bragas que no apreciara mucho, porque se las iba a arrancar de un tirón. Noté como tragaba saliva. Llegó el día siguiente y le pregunté si estaba lista. Me dijo que sí y fuimos a los servicios. Se bajó el pantalón y se agachó según lo habitual. “Pídemelo, putita”, le dije sonriente. Se puso muy colorada, pero finalmente reaccionó y lo hizo con decisión: “¡Arráncamelas!” Y de un fuerte tirón la dejé sin ellas. Noté su respiración agitada, estaba excitada. Aproveché la situación y le sobé el culito a conciencia. Al principio se sobresaltó, pero me dejó tocar a mi antojo. Un rato después le di una firme palmada en el trasero y le dije que estaba bien. Continué haciendo grandes progresos con la putita en sucesivas sesiones. Tras dejarle el culo al aire la obligaba a que se masturbara delante de mí hasta correrse. Era realmente excitante verla en acción, absolutamente ruborizada, mientras contenía sus gemidos. En otra ocasión decidí divertirme más: le dije que fuera a los servicios y se masturbara con el mango de la escobilla del váter. Yo iría un poco después, y si no había conseguido correrse sería yo el que empuñaría la escobilla. Pero apenas le dejé un minuto de ventaja. Entré en el servicio (le había dicho que no cerrara la puerta) y la pillé en plena acción. Se quejó de que apenas le había dado tiempo. Le repuse riéndome que no le había dicho cuánto tenía. Cerré la puerta, le cogí la escobilla y la volví de espaldas. “¿Qué vas a hacer?”, preguntó temerosa. “Te vas a dar cuenta enseguida, putita mía. Agáchate y ábrete el culito con las dos manos, anda”. Se resistía y hube de insistir: “¡Vamos!” Obedeció. Apoyé el mango de la escobilla en el agujerito de su culo mientras la sujetaba por la cintura. Ana comenzó a protestar, pero la atajé obligándola a que me repitiera quién era, algo que ya teníamos ensayado. “Soy tu putita rubiaaaa”... Su frase terminó en un gran gemido. Había aprovechado para clavarle la escobilla, por supuesto. Por el otro lado accedí a su coñito y comencé a masturbarla mientras la sodomizaba a conciencia. Ella apenas podía contener sus grititos y gemidos. Realmente ya era mía: había sometido por completo a mi putita rubia.


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