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  eroticos > HeteroMi primo del pueblo

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se publicó en la web el 01 de Septiembre del 2008

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  Categoría: eroticos > Hetero
  Titulo:

Odiaba el pueblo; bueno, todavía lo odio. Yo siempre he sido muy de ciudad y no me hace mucha gracia que a mis padres les de por desperdiciar algún puente para ir a visitar a unos familiares que viven allí y, encima, me arrastren a mi con ellos. Mas de una vez, mi padre ha propuesto que nos mudáramos allí, ya que aquel lugar le recordaba a su infancia y le dolía haberlo tenido que dejar a los 18 años para buscar trabajo en la ciudad. Afortunadamente, mi madre, que ha sido siempre de ciudad, se oponía. Sin embargo, no hay manera de librarme de esos viajes. Por suerte, hay cosas buenas que hacen estos viajes algo mas soportables. Una de ellas es Víctor, uno de mis primos. Era cuatro años mayor que yo, alto, fuerte y de cabellos rubios y piel blanca, pero muy morena por el sol. A diferencia de mi, a él si le gustaba el pueblo y su única aspiración en la vida era trabajar en la huerta de mis tíos. No era la clase de chico con el que yo compartiría el resto de mi vida; pero estaba muy bueno. Cuando era mas joven, me contentaba con mirarle a escondidas; especialmente, cuando trabajaba bajo el ardiente sol sin camisa y con su sudoroso torso al aire o cuando se bañaba en el río completamente desnudo. Después, por la noche, me masturbaba pensando en él. No obstante, un año, cuando yo tenía 15 años y él 19, decidí pasar a la acción. Desde el primer día que llegamos allí, me ponía de lo mas insinuante con él. Me puse mis falditas mas sexis y mis blusas mas ajustadas y escotadas y me ponía mas sexy cuando estábamos solos. A él, acostumbrado a las recatadas chicas del pueblo, esto le sorprendía y, aunque me reprochaba mi actitud, en el fondo notaba como se sentía excitado. El día antes de regresar a la ciudad, mis padres, mis tíos, mis hermanos y mis otros primos organizaron una acampada para todo el día. Cuando me enteré de que él no iba a la acampada y se iba a quedar en la casa trabajando, como hacía casi siempre, a mitad del camino fingí encontrarme mal y me volví a la casa. Una vez allí, corrí a mi habitación -bueno, no era mía, sino una de las habitaciones que había libres en la casa; la cual era muy grande -y sustituí los pantalones vaqueros y la camiseta que me había puesto para la acampada, por una faldita rosa muy corta y una blusa blanca de botones muy ajustada y escotada. Después le busqué. Estaba en el establo dando de comer a los animales. El lugar apestaba no era muy agradable para la vista, pero estando él allí eso no importaba. Llevaba puesto unos pantalones sucios y una camiseta sin mangas, también sucia. Esto, lejos de escandalizarme, me excitó aún mas. Él se sorprendió al verme allí, parada en el umbral, con aquel atuendo tan sexy y mirándole con mi sonrisa mas provocadora. - ¿Que haces aquí...? -me preguntó muy nervioso - Creía que estarías en la acampada, con los demás... - Me he puesto enferma -di un par de tosidos, claramente fingidos, y me acerqué mas a él de manera insinuante -; aunque ahora me encuentro mejor... - ¿Y que quieres...? - Solo ver como trabajas... Me puse frente a él y comencé a pasar una de mis manos por uno de sus musculosos y desnudos brazos, llenos de sudor y suciedad. Él trató de apartarse y continuar con lo que hacía, pero yo le perseguí. - Diana... Por favor... Si mis padres o los tuyos nos vieran así... - Tranquilo, estarán todo el día en el campo. Además, si llegaran antes, los oiríamos llegar... - Estás como una cabra; como todas las chicas de ciudad... Él seguía intentando esquivarme, mientras yo continuaba insistiendo. Estaba muy nervioso y excitado y, por mucho que se negara, se le veía en los ojos que quería abalanzarse sobre mí y arrancarme la ropa. En uno de sus intentos por apartarme, me manchó la blusa. Solo era una pequeña manchita, pero me vino muy bien. - Mira que torpe... -le dije mientras le miraba con una diabólica sonrisa - Ahora me tendré que quitar la blusa... Y, ante sus atónitos ojos, empecé a desabrocharme los botones uno por uno mientras lo miraba ardientemente. Me quité la blusa, quedándome en sujetador delante de él, que comenzó a sudar mucho y, esta vez, no era por calor. - ¿Te gusta...? dije señalando el sujetador; él, cada vez mas nervioso y excitado, negó con la cabeza - Pues me lo quito... Acto seguido, me lo quité dejando mis tetas a la vista. Él las contemplaba como si fueran las primeras que había visto en su vida. Aquello fue suficiente para él. Sus fuertes manos me agarraron por los brazos y me atrajeron hacia él, que juntó su cuerpo con el mío y me besó apasionadamente en los labios. Luego, sus manos y su boca se entretuvieron un rato jugueteando con mis tetas mientras yo le acariciaba el cabello mientras gozaba. Luego, le quité la camiseta y empecé a besar, lamer y acariciar su duro y palpitante torso. Después, me cogió en brazos y, como si de una película erótica se tratara, me llevó a un gran montón de paja que había cerca, donde me depositó suavemente. No fue muy cómodo, la paja me pinchaba por todos lados y se me enredaba en el pelo, pero estaba tan excitada que no me importaba. Él se colocó colocó frente a mi de píe y, desde la paja, yo le miré mientras sonreía maliciosamente. Se desabrochó los pantalones, sacando su polla, grande y muy dura. Yo ya se la había visto cuando se bañaba en el río, pero él no lo sabía y, para excitarle mas, fingí sorprenderme al verla y quedar boquiabierta por su tamaño. Rápidamente, me incorporé y me puse arrodillada delante de él. Agarré con fuerza su verga y me la metí en la boca mientras no dejaba de mirarle para ponerle mas cachondo. Él, cada vez mas excitado, agarró mi cabeza con las manos y empezó a jugar con mis cabellos. Durante la mamada, me metí la polla entre las tetas y le masturbé un rato antes de volver a metermela en la boca y continuar chupandosela. Después, volvió a hacer que me tumbara sobre la paja boca arriba mientras él se colocaba a mis píes. Me quitó la falda y, acto seguido, las bragas. Después, con sus fuertes manos me agarró mis muslos y me los separó con tanta fuerza que creí que me los iba a arrancar. Luego, metió su cabeza entre mis piernas y noté su lengua metiéndose dentro de mí mientras yo gemía de placer. Luego, se colocó sobre mí. Dí un fuerte gemido al sentir su verga penetrándome y luego jadeé de placer mientras él continuaba follándome mientras su boca se entretenía en jugar con mi cuello. Estuvimos así un buen rato. Después, él se colocó boca arriba y yo me senté sobre él empezando a cabalgarle. Mientras gozábamos, él alargaba sus manos para acariciar mis tetas mientras yo acariciaba su duro y velludo pecho. Tras un largo rato follando, él volvió a ponerse de píe para que yo pudiera volver a chupársela. Después, me coloqué a cuatro patas sobre la paja poniendo mi culo a su disposición. Instintivamente, él me agarró de la cintura con sus manos y yo abrí mucho los ojos y la boca al sentir su enorme polla penetrando por mi culo. Su pesado cuerpo se me echó encima para que su verga se adentrara hasta lo mas profundo mientras mis gemidos y alaridos iban en aumento. Sentí su lengua sobre mi nuca y sus manos toqueteando mis tetas mientras me enculaba. Llegó el momento. Su polla estaba a punto de reventar. Yo, rápidamente, me la metí en la boca y sentí un poco el sabor de mi ano antes de que la verga estallase y notara como mi boca se llenaba de leche caliente que no dudé en tragarme entera. Después, limpié con mi lengua los restos que quedaban alrededor de mi boca mientras no dejaba de mirarle. Los dos terminamos sobre la paja. Él tumbado boca arriba y yo de lado muy pegada a él mientras acariciaba y daba pequeños besitos a su pecho. - Ha sido fantástico, Diana... -decía él con la mirada perdida en el techo -. Es una pena que te bayas mañana. Ojalá te quedaras para siempre. Así podríamos repetir mas estos momentos... Entonces empezó a hablar de lo bonito que era el pueblo, la vida en el campo y mas tonterías estropeando aquel bonito momento. Pronto, la paja y el olor del lugar empezaron a resultarme mucho mas incómodos. Tenía que huir de ahí. Total, ya tenía lo que había ido a buscar. Con una falsa sonrisa, me incorporé y le di un último beso. - Bueno. Creo que debería irme. Nuestros padres no tardarán en volver y, como nos pillen aquí nos matan. Antes de que él pudiera decir nada, me levanté, recogí mi ropa del suelo y me vestí a toda prisa. Lo único que no me puse fue las bragas, las cuales no encontraba y no quería entretenerme buscándolas. Acto seguido, me encaminé hacia la salida del establo. - Espara -dijo él. Me giré y vi como sacaba mis bragas de entre la paja y las sostenía en una de sus manos -. Te olvidas esto. Sonreí maliciosamente. - Quédatelas. Te las regalo... Tras decir esto, volví a girarme y salí del establo. Pasé el resto del día metida en mi habitación hasta que volvieron los demás familiares. Solamente le volví a ver durante la cena. Ninguno de los dos comentamos nada de lo sucedido pero, cuando nadie nos miraba, nos dedicamos alguna que otra mirada y algunas disimuladas sonrisas. Después, nos fuimos rápidamente a la cama, ya que al día siguiente salíamos muy temprano para regresar a mi amada ciudad. No obstante, yo no podía dormir esa noche. Tras pensármelo unas cuantas veces, me levanté de la cama, salí sigilosamente de la habitación y me encaminé hacia el cuarto de Víctor. Quería despedirme muy bien de él...


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