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  ficcion > Narrativa LibreMensaje de texto

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se publicó en la web el 09 de Marzo del 2009

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

Hoy que resumo los sabores que me dejan los años, sueños, errores, muecas insensatas y camino dado, me atraviesa la piel la fría sensación de un punto aparte, como si fuera posible enmendar el trazo, pasar el corrector a los meses y ofrecer un texto nuevo, un intento corregido, nuevo maquillaje y hasta creerse firmemente que los sabores extraños son nuevos, son otros, son solamente. Qué miedo. Creo que la locura del exceso de errores me atiborra la mente y me hace creer, en un reflejo engañoso, que mi yo de detrás del vidrio es el verdadero, aquél que camina recto por la vida y que no se arrepiente de nada. Qué locura. El mensaje llegó justo a la una de la tarde, directo al celular, directo a la médula. Provenía de internet así que no tuve cómo saber de quién se trataba, pero pude sospecharlo. Me cogió con una copa de pisco. He resuelto que en este nuevo quiebre daré la bienvenida no solo a la adultez sino al pisco y al vino como compañeros gentiles y amables de mi soledad. La copa de pisco, confundida con el vibrador del pequeño teléfono, supo más fuerte que de costumbre, y me llenó de intranquilidad en ese día lleno de voces, lleno de gente, lleno de todo, y de nada a la vez. La frase era contundente, unas líneas mal escritas como siempre, pero que sabían cómo alterar mi conciencia. Acaso él sabía como hundirme en la miseria. Traté de olvidar pero no pude, insistí con mi lectura de Cortázar pero fu inútil. Comencé una nueva copa de pisco, pero no había forma de disipar la niebla espesa de mi desasosiego. Me confundí entre páginas y sorbos, entre voces y llamadas de buenos augurios y mejores deseos, muestras todas de un cariño gratuito al que me he hecho acreedor en estos tantos años de lamentable existencia, de todo un poco, creo yo. Esa mañana, al despertar, sentí la misma estúpida sensación que ya me había molestado antes, años antes. Era ineludible, otro quiebre había llegado con la mañana de aquél martes trece, como a los once, como a los veintidós, como de seguro sucedería en sucesivos períodos endecanuales por el resto de mi vida, de mi lastimada vida. Días atrás, mientras conversaba con mi amigo de Los Claveles, había expuesto mi teoría de los oncenios para graficar los quiebres o cortes que me han agobiado desde niño. A los once -le dije- comencé a sentirme un niño solitario, no por falta de afecto ni de atención sino porque la soledad se hizo mi sombra feliz, una especie de hada madrina, mi mejor compañera, la que iría descubriendo cada pequeña e insolente cana aparecida entre mis negros cabellos adolescentes, la que me susurraría al oído en medio de mis alocados y húmedos sueños, la que me ayudaría luego de alguna que otra frustración, alguna que otra mala tarde, la que sería cómplice de mis primeras mentiras grandes, la que me ayudaría a hacerlas más grandes, maduras, fuertes, permeables y, sobre todo, creíbles. A los veintidós –seguí diciéndole- tras despedirse de mí la adolescencia, la timidez y la ingenuidad, apareció de forma siniestra la sórdida soledad, con formas humanas esta vez, viciosamente ataviada y desesperada en hacerme notar las ventajas de lo decadente por encima de lo virtuoso. En esa época conocí a los monstruos de la “Cafeta” y bebí de sus mágicas pociones, me deleité en sus enredados esfuerzos por llamar la atención del mundo y del buen hado, aquel que posee el secreto de la normalidad. Por esos años mi alimento fue la locura y mi bebida la miseria, me debatía a diario entre los anhelos y los desvaríos, tratando de olvidar que la gente que me rodeaba era parte de mí y de una salvación que, en realidad, no quise buscar ni mucho menos encontrar. Hasta mi estúpido metabolismo cambió dando paso a la inefable predisposición para aumentar de peso. Mi complicidad con la soledad tomó nuevos rumbos. Ahora las mentiras se hacían verdades, se entumecían mis dolencias, se reforzaban mis temores, cobrando vida propia y asumiendo la figura fantasmal de lo negro, lo total, lo absoluto. Buscaba el amor pero no sabía dónde -acaso por idiotez, acaso por negación- y lo hallé dentro de una chica estupenda, la chica de quince con alma de buena y corazón de gigante, la que me regaló desde decencia hasta cordura, y no era un error ni un fantasma ni un sueño lindo, era tan solamente -como decía Martín Cervetto- la maldita realidad. Me alejé de todo y de todos para vivir mi propia mentira, quizás la más grande que mis enfermos mente y corazón han desarrollado solamente para no caer en el abismo insondable de la locura y la mendicidad. Desplegué nuevas maneras de paranoia y de ansiedad, capacitándome en alquimias novedosas para mantenerme vivo a fuerza de lo diario, lo hermosamente diario. A los treinta y tres –concluyo ahora- me toca despedirme de la juventud y me encamino hacia el letargoso y amargado karma rutinario de los seres humanos comunes y simples. Y produce risa que me condene a algo de lo que siempre huí, de lo que siempre traté de alejarme, de aquella terrible comunidad de los hombres simples. Sin embargo, la soledad sigue a mi lado, ahora convertida en un órgano interno, una parte de mi cuerpo capaz de producir sus propias emociones y expeler aromas y sensaciones. Tras los giros de curva que me llevaron a ir desapareciendo de mi vida las mentiras increíbles que construí, conociendo a personas inexplicables y pronunciando palabras atroces, me toca enfrentar desde ahora lo más terrible y monstruoso que me pude jamás imaginar: la verdad. Hoy, con mi copa de pisco y un libro entreabierto puedo decir que hay puertas que no deberían abrirse o, en todo caso, no tan tardíamente. Por mi boca, por mis ojos y por mi piel siento que se despliegan esfuerzos innombrables por reconquistar la cordura perdida, pero veo que los días pasan y mi mente, exhausta ya, no quiere rendirse a la esperanza y al optimismo, por el contrario, mi eterna vocación tanática cobra nueva vida y se instala en mi sala, a mi lado, bebe conmigo, lee conmigo, siente lo que yo, se alimenta de mí. Desde que lo conocí no ha habido paz en mi vida, y esa es razón suficiente para pasar esta página lamentable de mi cumpleaños y servirme otro Biondi, sin dar más importancia a ese mensaje cuidadosamente pensado para causar el efecto formidable de hacerme llorar. Si fuera tan fácil hacerme llorar sería feliz –aunque la paradoja no sea entendida-, pero con las penas que él mismo me causó se agotaron mis lágrimas y desde aquello mi alma está dormida a esfuerzo propio y no por cansancio necesariamente. Pero con estos años las personas y los cariños han aumentado, cosechando no se qué emociones improvocadas, pero lo cierto es que ahí están, a mi lado, dándome fuerzas y buenos deseos. Los amigos de siempre con sus abrazos y bromas y los nuevos con mensajes de optimismo y esperanza. Trato de sobrevivir cada día a la tortura del despertar, aquellas vieja letanía de rutinas inmemoriales que he alimentado alucinadamente en tantos años, más treinta al fin y al cabo. Y están los amigos especiales, los que me dejan ser, los que ven el lado oscuro de mi luna, los que pueden ver mi reflejo en los tontos espejos que voy construyendo para esquivar el paso de la muerte, a veces disfrazada a veces no. Y está ella, Cinthya, mi nueva razón, mi nueva esencia, aquella que con una manita estirada o esa sonrisa coqueta me arrebata el espíritu, pero que me despoje de mi alma laberíntica para que ella pueda sentirse amada me rescata, me alimenta. Cinthya es y ya no importa nada más, en ella está mi optimismo y mi esperanza, si alguno de ellos cabe para mí. Al final del día vuelvo a buscar en mis mensajes recibidos. El celular me muestra intransigentemente la pantalla nefasta con aquel mensaje que quería olvidar. Ya no queda más Biondi ni ganas para seguir terqueando la lectura. Ya no quedan ánimos para seguir adelante, la noche lo cubre todo y mi cumpleaños se termina. Los amigos se fueron, mi madre se fue, con la mirada triste y la sonrisa cálida. Cinthya está dormida. Beatriz pretende ser feliz, a pesar de todo. Y yo, mirando la pequeña pantalla, susurro el mensaje lapidario, más para dentro que para el mundo, después de todo el mundo carece de sentido en este momento porque ya mi cuerpo así lo siente, mi alma así lo exige; los latidos se aceleran, he cambiado al vino para darle continuidad a la espera lenta del sueño, el único que me arrancará de la vigilia impenitente, el único que me reunirá con la gigante soledad íntima que me ulcera desde dentro; el vino se hace largo, su acidez perfora mis sentidos, busco con desesperación unos quesos en el refrigerador, anhelo sentir a mi lado el calor de la trágica noche, el vino me sumerge en el olvido, ya ni sé qué día es, o será que no quiero que el día termine, tal vez mi conciencia entretenida en los desvaríos propios del alcohol se resista a la idea de dormir pensando en la remota posibilidad de no despertar; y recuerdo que la idea de la muerte estuvo tantas veces cerca, fue tantas veces mía, que me exacerba el espíritu comprobar que al menos soy cobarde de esa extraña manera; y de pronto me asalta una feliz visión, veo frente de mí a Josemari, sentado en el gastado sofá color café, con las piernas cruzadas, esas largas divertidas piernas transeúntes que tanto recorrieron en busca de alguna verdad, y me lanza su mirada inquisidora, curioso e interrogante, sabiendo de mis angustias, leyendo mi mente, y le pregunto por qué se fue cuando yo más lo necesitaba, y por qué no está ahora que todo es confuso, que la verdad ha llegado a mis sienes y el sudor viene desde el fondo de mis pies cansados hacia el cabello enredado de cada vez, y mirándome prefiere darme una sonrisa, con su diente salido, con sus ojos verdes, con su rostro pálido, envuelto en su propia luz final de aquel día, confundido entre niebla y mirada, entre lluvia y Magdalena; y se va y me deja solo con mis sedientas palabras, hablando con mi sombra, hundiéndome en mi propio sofá gastado, con sabor a sal en los labios, con los ojos ensangrentados, con la piel abierta, con la mente desnuda, con mis demonios en derredor, esperando el momento último, sabientes de que la completa expulsión quizás nunca se dé; y veo los rostros de todos los cuerpos amantes, sus lamentables emociones, sus nombres irreconciliables, sus sexos olvidados, y lo veo a él con la cara desgarrada monstruosamente feliz triunfante sin amor sin luz y sin alma gritando a baladro vivo entre lágrimas secas y risas descaradas con la garganta abierta expeliendo los hedores de todas las vidas malogradas y los aromas de todos los momentos de mierda que jugó ganó perdió y quedó entrampado entre las piernas del mundo sin remedio que nunca lo vio nacer o en todo caso lo malparió para castigar a los enfermos del espíritu que se dedican a destruir los sueños irresueltos de aquellos miserables seres humanos empobrecidos que pueblan la tierra; y lo oí gritar mi nombre y sonaron las trompetas del infierno en mi cerebro cuando abrió sus labios para decirme, disparando justo al medio del alma, al entrecejo adormecido, “qué triste es llegar a viejo y no saber lo que es el amor”. Tomé la botella de pisco, o lo que quedaba de ella, y la vacié sobre mi cuerpo, ya insensible, ya furioso, y, mirando fijamente el encendedor sobre la mesa de centro, invoqué a Josemari y a los fuegos eternos, susurré el nombre maldito del gran amor de mi vida, hice mío el mensaje aquél, reviví como en un carrusel demente los pasajes más obscenos de mi hipócrita vida, disfruté y lamenté en fracción de segundos las mismas cosas que me tomó años aceptar, me deleité artificialmente en el demente espectáculo de la complicidad que puede desprender el fuego confortante, releí el mensaje, sonó el celular, una voz infernal me apuraba los músculos, mi mente a ebullición negándolo todo, busqué el encendedor, tomé el celular, oprimí “contestar”, era su voz, sin más reparo me desgarré en llanto, te extraño, te amo, y no pude más, me quedé oyendo el sonido eterno de los fuegos, me quedé ahí sentado con los ojos cerrados, bien cerrados, muy cerrados.


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