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  ficcion > Ciencia FicciónMadhí, capítulos 6 a 10

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se publicó en la web el 30 de Julio del 2008

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

6 -¡Bájame de aquí! El soldado gritaba al mutante sapiens, pero éste no le hizo caso, continuó llevándolos en el aire y hasta él mismo se puso a levitar levemente. -No conviene dejar huellas- Dijo -Así que esos monstruos eran cosa tuya, ¿no? El mutante rió, se detuvo y se volvió hacia el soldado. Resultaba curioso ver que el sapiens iba fumando un enorme puro. -¡Ojalá que fuera cosa mía! Yo no tengo tanto poder, ¡qué más quisiera! Eso era cosa del maestro. Es cuanto os vi husmeando por aquí avisé al maestro y él se encargó de todo. -¿El maestro? -Sí, el superior de la orden y el mutante sapiens más poderoso del mundo. Pero tranquilo, lo conocerás enseguida, él será el encargado de acabar con vosotros. El soldado intentó moverse pero resultó inútil. En ese momento despertó Patrick. -¿Pero qué cojones…? ¡Estoy flotando! ¿¡Pero qué es esto!? ¡Y allí hay otro engendro! -¡Amo, amo! ¡No estar muerto, amo!- Gritó Calcetines que corría detrás del grupo. -Y encima ese aun sigue por ahí- Dijo Patrick apesadumbrado -Parece que estamos atrapados, Patrick -Eso parece, ¡pero no ha nacido hombre o engendro que detenga a un irlandés! Tras decir esto, el irlandés intentó moverse pero no logró nada, tan solo soltar varias maldiciones y juramentos. El mutante sapiens reía por lo bajo. -Típico de la especie humana…su cabezonería es innata- Dijo cínicamente mientras daba una enorme calada a su puro. Unos minutos después comenzaron a ascender por entre la nieve hasta una colina, donde en la cima les esperaba otro mutante sapiens. Era exactamente igual que el primero, también bajo, deforme, sin pelo, con el cráneo enorme y surcado por gruesas venas, pero su rostro sin labios y sin nariz tenía una mirada más profunda, fruto de mayor edad y experiencia. -Maestro, aquí tiene a los guerreros. -Así que estos son los que destruyeron a mis creaciones…- Dijo el maestro con aire curioso- Bien, vayamos a la ciudad. Allí los examinaré con detalle. -¿Ciudad? ¿Qué ciudad?- Preguntó el soldado, todavía en el aire. -A la ciudad de los mutantes sapiens- Dijo el maestro -No me digas que hay una ciudad llena de cosas de estas…- Dijo Patrick con asco -El maestro no respondió. Se limitó a cerrar los ojos y todo el grupo, Calcetines incluido, desparecieron para aparecer en otro lugar: estaban en el interior de la tierra, en una ciudad subterránea con multitud de guaridas medio cavadas en la roca y medio hechas con restos de antiguos edificios. Cuando el grupo apareció en medio de una plaza de esa ciudad, una gran cantidad de mutantes sapiens, todos iguales, casi indiferenciables, se asustaron al ver a los humanos. Algunos cerraron las ventanas y se escondieron pero otros se les quedaban mirando fijamente. Les insultaban pero no con la boca sino con la mente. Mientras el soldado recibía en su mente todos aquellos desprecios, no podía dejar de admirar el enorme poder de aquellos seres. Cambió el miedo a una posible muerte por sorpresa y admiración. -¿Esto lo habéis construido vosotros?- Preguntó -Lo hemos hecho entre todos, aunque casi todo es mérito del gran maestro-Dijo el sapiens del puro- Es la única forma de vivir sin ser perseguidos y aniquilados- Añadió con odio. -Barf, libéralos- Dijo el maestro. El mutante del puro dio la vuelta a las palmas de sus manos y ambos hombres cayeron de bruces al suelo. -Ahora seguidme. Dijo el maestro -¿Nos sueltas? ¿Acaso no tienes miedo de que te ataquemos a traición?- Preguntó Patrick -No tengo miedo porque, si quiero, con tan solo detectar que pensáis atacarme a mí o a alguien de mi gente puedo hacer que, con solo pensarlo, muráis. -Patrick se calló al instante. El maestro se volvió hacia Calcetines. -Tú eres un mutante como nosotros. Puedes vagar por la ciudad a tu antojo. Se te tratará como mereces. -No, yo ir con amo, Él salvarme la vida, yo ahora ser suyo. -Por mí podrías vagar por ahí un poco…- Dijo Patrick, mientras se cubría el brazo-sierra -No me hablaste de tu brazo…- Dijo el soldado -Ah, esto…era una sorpresa para desvelarla en un momento de tensión. Así queda un efecto más dramático, ¿no te parece?-Dijo Patrick con una estruendosa carcajada- En realidad esto no tiene mucho misterio, perdí el brazo en la guerra y me implanté éste en lugar de uno normal para poder luchar de una forma que sorprendiera al rival. No tiene nada malo ser un readaptado. El soldado sonrió. Patrick también perdió el miedo. -Dejemos la charla y vayamos a mi casa- Dijo el maestro- Barf, si te necesito te llamaré. -Como desee maestro. Estaré en la taberna si me necesitáis. Por favor, castigad a esta escoria como se merece- Tras decir esto se marchó y el maestro junto con los soldados y el golem caminaron hasta una amplia cueva con un porche hecho de metal y cubierto por unas telas a modo de cortinas. Con un pensamiento las cortinas se abrieron al paso del grupo y, una vez dentro, se sentaron todos en unos bancos de piedra. Allí el sapiens les observó con detalle. -Así que un soldado que busca a su hermano y un irlandés readaptado de ojos azules, ante la necesidad de dinero se embarcan en una misión dada por el Duque para recuperar un cargamento de armas que le permitirá defender su tesoro… interesante. -¿Nos lees la mente?- Preguntó el soldado -Sí. Es mucho más rápido que hablar. -¿Y qué es tan interesante?- Preguntó el irlandés -Es interesante descubrir que no sabíais que mi gente vive en la zona, no sabíais que nosotros tenemos vuestras armas y es más sorprendente aún que ni siquiera albergáis sentimientos de odio a mi especie…ni siquiera hay odio en el irlandés pelirrojo. -Nosotros pensábamos que las armas las robaron otros humanos- Dijo el soldado. - Y vosotros habéis matado a gente por armas, así que nos eches un sermón sobre el odio- Dijo Patrick -El maestro cerró los ojos. -Debéis comprender el tremendo odio que la gente nos tiene. He visto morir a muchos de los míos de formas muy salvajes, a pobres inocentes, sin poderes muy desarrollados para defenderse y con el único pecado de haber estado cerca de donde cayó una bomba química. Comprended que, al ver el convoy de las armas de fuego, pensamos que de alguna manera los humanos habían descubierto nuestro hogar y que se preparaban para matarnos. No teníamos elección. Ya hemos sufrido bastante. El soldado y Patrick no dijeron nada. Bajaron la mirada al suelo como avergonzados por todas las atrocidades cometidas por sus semejantes. -Yo comprender- Dijo Calcetines El maestro abrió los ojos y sonrió. -He mirado en vuestras mentes y no veo el mal ni el odio. Esto me hace reflexionar sobre que existe la esperanza de que humanos y mutantes sapiens vivan en paz. Voy a dejaros marchar y devolveros las armas como muestra de buena voluntad, y aunque servirán para matar, no van a ser usadas contra nosotros y yo no puedo intervenir en asuntos que vayan fuera de mi gente. -¿Nos dejas marchar así sin más?- Preguntó el soldado sorprendido. -No. Quiero comprobar esta idea del mundo en paz. Quiero comprobar si existe más gente como vosotros allí fuera. Lo que os pido es esto: uno de los míos viajará con vosotros para comprobarlo. -Patrick y el soldado aceptaron con tal de poder quedar libres. -El maestro se concentró en sus pensamientos e hizo aparecer ante él a Barf. La aparición pilló de sorpresa al mutante que apareció todavía con el puro y además con una baraja de póker. Tras explicarle a Barf su misión, éste se mostraba disgustado -Pero, ¿por qué yo, maestro? No quiero viajar con los humanos que tanto daño nos han hecho… -Irás tú, Barf, porque eres el que más necesita que se desarrollen tanto sus ideas como sus poderes y el viaje te ayudará a ello. Recuerda volver en cuanto tengas la respuesta a la posibilidad de este mundo en igualdad. Barf se resintió y no le quedó más remedio que aceptar. -Ahora os devolveré a la colina de antes junto con todas las armas. El maestro cerró los ojos y se preparó para transportarlos. El soldado miró con admiración a aquel pequeño hombre, Patrick le hizo el saludo militar y Calcetines saludó con la mano alegremente mientras Barf ladeaba la cabeza pensando que era todo una mala idea. El soldado pensó que por qué no iba a ser posible un mundo como el que soñaba el maestro. Antes de terminar de pensar esto, aparecieron de nuevo en la colina y junto a ellos, en la nieve, había varias cajas. -Será mejor volver donde el Duque y cobrar la recompensa- Dijo Patrick.- Calcetines, carga con las cajas. El golem cargó sin esfuerzo las cajas y se pusieron en camino, con Patrick a la cabeza y cantando canciones de su tierra de nuevo. Cerraban la marcha Barf y el soldado. -Ya que vamos a pasar tantos tiempos juntos- Dijo el sapiens con evidente sarcasmo- Deberíamos presentarnos. Mi nombre es Barf, como creo que ya sabéis. ¿Cuál es tu nombre? -Yo me llamo Galdian, soldado de élite del 34º regimiento- Dijo el soldado 7 Al día siguiente llegaron a la mansión del Duque, que en cuanto se enteró de que Patrick y Galdian volvían salió a recibirlos en persona hasta el portal. Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta y con las prisas por salir a recibirlos no cogió ni la piel de oso ni el florete, ahora llevaba una camisa blanca con un chaleco negro encima. -¡Pensaba que estabais muertos! Cuando el resto del grupo volvió y me contaron lo ocurrido, me temí lo peor. -Hemos sabido darnos vida- Dijo Patrick, que llevaba de nuevo oculto su brazo de readaptado. -¿Ésas son las armas?- Preguntó el Duque señalando a las cajas que llevaba Calcetines. El hombre estaba tan emocionado de tener sus armas que no prestó atención ni a la presencia del golem ni a la de Barf. -Sí, están todas- Dijo Galdian -¡Perfecto!-Dijo el Duque y al instante se volvió al hombre del ojo artificial que estaba detrás de él- Repártelas entre la guarnición. ¡Con esto mis riquezas están a salvo! -Ahora páganos tal como acordamos. Queremos continuar con nuestro viaje- Dijo Galdian. -¿No queréis quedaros unos días mas? Si os quedáis aquí unos días más hasta que nos ataquen seguro que ganamos y además os pagaré mucho mejor. Galdian se lo pensó, si se quedaba a defender al Duque se reencontraría con su hermano, pero el soldado pensó que no quería enfrentarse a él de esa manera. Era mejor coger el dinero, comprar comida y dejar que este hombre avaricioso defienda su dinero con la sangre de otros. Además una parte de su ser le incitaba a volver a su casa cuanto antes. -No, gracias- Respondió -Por lo menos quedaros esta noche. Pronto anochecerá y es mejor que partáis mañana. El Duque se lo propuso con la idea de ganar tiempo y retenerlos el mayor tiempo posible. En realidad tanto Galdian como Patrick pensaron que era buena idea y aceptaron, mientras que Calcetines, como siempre, estaba distraído con el paisaje y Barf no hacía más que mirar de reojo a todos aquellos humanos. Unas horas después de descansar en casa del Duque y tras haber cobrado lo prometido, los cuatro compañeros se dirigieron al comedor para cenar. Barf les dijo que se adelantaran que tenía que ir al servicio. En realidad era mentira, sólo quería pasar un rato a solas sin la compañía de aquellos estúpidos y arrogantes humanos. Se apoyó en la pared del pasillo y se relajó encendiéndose un puro. Al poco rato aparecieron cinco hombres que rodearon al sapiens. Eran los cinco hombres que fueron en la expedición en busca de las armas. Barf levantó su cabeza y miró a aquellos hombres que casi le doblaban en altura. -¿Algún problema?- Preguntó -Sí- Dijo el hombre del ojo biónico- Sabemos que tu gente mató a nuestros compañeros. -¿Y? Era un caso de defensa propia. -Entonces te parecerá bien que te hagamos lo mismo a ti, ¿no? Ahora ninguno de tus deformes amigos te ayudará- Dijo otro hombre. Barf, rodeado por aquellos hombres hostiles, se limitó a echar el humo en la cara del último que había hablado tras lo cual lanzó a uno de ellos con su poder hacia la pared de enfrente y lo dejó sin sentido. El problema era que Barf no era tan poderoso como para hacer lo mismo con los otros cuatro hombres a la vez, por lo que recibió algunos golpes que el sapiens encajó con aplomo. Con su mente dirigía objetos contra sus oponentes: cuadros, jarrones y mesas que decoraban el pasillo de la mansión volaban hasta las cabezas de los hombres. Cuando sólo quedó en pié el hombre del ojo artificial, Barf hizo palpitar su cerebro por última vez y lo lanzó de cabeza contra la pared dejándolo también a él inconsciente. Cuando todo acabó Barf se lamentó. ¡Había encajado varios golpes! ¿Cómo se habían atrevido? Era una lástima no ser tan poderoso como el maestro, ¡seguro que él habría acabado con los cinco con una sola palpitación de su cerebro! Y por lo visto, parece que la idea del maestro del mundo en paz y tolerante era una idea bastante estúpida. Mientras pensaba en todo esto llegó al comedor, una sala grande con amplias mesas largas donde comían unos cincuenta hombres. Se sentó junto a sus tres compañeros. -¿Qué ha ocurrido, chiquitín? ¿No llegabas a apuntar al retrete?- Preguntó Patrick alegremente. -No me llames chiquitín especie de mono pelirrojo. Me he demorado por que estaba admirando los cuadros del pasillo- Respondió Barf de forma altiva. Patrick rió con una gran carcajada. Galdian también sonrió. Estaba seguro que, a pesar de lo irónico que resultaba el sapiens, acabaría siendo un compañero de viaje interesante. Barf ni siquiera comió. Se pasó el rato de la cena deambulando por las mesas haciendo planes con varios hombres para montar un timba de póquer más tarde. Pensando en sus compañeros Galdian miró al golem. Calcetines tenía una fuente entera de comida para él solo y se le veía feliz. Por supuesto, Patrick seguía evitando a la mole cada vez que éste le llamaba amo, aunque realmente le evitaba en general para todo, pero aun así al gigante se le veía feliz. Quizá viajando con ellos encontrara su lugar en el mundo. Eran, pensaba, un grupo bastante inusual. Aún no había acabado la cena cuando una serie de explosiones se oyeron en el exterior. El techo del comedor tembló y los hombres se sobresaltaron. Sólo Galdian, Patrick y el Duque, que estaba cenando también allí en la cabecera de una de las mesas, mantuvieron la calma. Como antiguos soldados, y además de élite que eran conocían esos sonidos perfectamente. -Lanzacohetes- Dijo Patrick mirando a Galdian. El Duque se levantó y ordenó a sus casi cincuenta hombres que cogieran sus armas. Todos empuñaron sus rifles de asalto que ya llevaban siempre encima y mientras se preparaban se oyeron dos nuevas explosiones que abrieron un boquete enorme en la pared del comedor. Galdian descolgó de la espalda su espada-chapa y desenfundó su pistola con cinco balas a la vez que Patrick descubría el brazo-sierra. Mientras, el Duque, experto combatiente, no iba a usar armas de fuego. Desenvainó el florete y dando una patada a una de las largas mesas con sus botas con espuelas la tumbó y ordenó a sus hombres que se parapetaran tras ella. Por el agujero de la pared entraron unos quince hombres con pasamontañas, iguales que los que Galdian y Patrick vieron en Italia cuando encontraron a Calcetines. Todos iban fuertemente armados con rifles de asalto y metralletas aunque algunos llevaban espadas. Era lógico que en un mundo con las armas de fuego tan encarecidas como consecuencia de la devastación que sufría el planeta, fuera más económico entrenar a los soldados en el manejo de las armas blancas. Entre ellos llegó el hombre con la cara vendada. Seguía llevando el visor de cristal negro en los ojos y el torso descubierto con su gabardina sin mangas. El líder de aquellos soldados de élite de la Alianza Occidental. El hermano de Galdian. 8 -Ya sabéis lo que tenéis que hacer. Coged todas las riquezas que encontréis-Dijo el hombre vendado con una voz ahogada por las vendas. Al instante, los encapuchados comenzaron a disparar y a cargar con las espadas. -¡Matadlos a todos! A mi orden, ¡fuego! El Duque bajó el florete y los hombres que se protegían tras la mesa tumbada dispararon. Los soldados de élite armados con espadas iban colocados delante y usando sus armas bloquearon todas las balas de los rifles de asalto. Aun así el Duque ordenó que el fuego no cesara y sus hombres siguieron disparando. Los encapuchados siguieron avanzando bloqueando las balas hasta llegar a la mesa que servía de parapeto y, una vez allí, comenzó un combate cuerpo a cuerpo. El Duque, quien iba a decirlo viendo su aspecto tan fino, soltó una maldición y peleaba con el florete, acero contra acero y contra balas. Galdian y Patrick se pusieron espalda contra espalda. El irlandés descubrió el brazo-sierra que se encendió con un chasquido. Galdian guardó su pistola con cinco balas para manejar la oxidada y raída espada-chapa con las dos manos. Mantenían a raya a todos los encapuchados que se les acercaban. Calcetines se escondió debajo de una mesa, pero como él era mucho más grande que ella, ésta quedaba sobre su espalda con las patas sin llegar a tocar el suelo; aunque alguna bala perdida le alcanzaba ninguna logró atravesar su piel. Barf se apoyó contra la pared, se cruzó de brazos y se limitó a observar a los inútiles humanos matándose entre sí. Como si su mundo no tuviera suficientes problemas como para perder el tiempo con absurdas peleas, pensaba. Si alguien le disparaba o intentaba atacarle, hacía palpitar su cerebro y los lanzaba contra la pared volando. Todo el comedor era un pequeño campo de batalla. Disparos, chasquidos de espadas, gritos y el olor de la sangre inundaban el ambiente. El hermano de Galdian, que permanecía inmóvil junto a la pared, comenzó a andar despacio, casi paseando, mientras las balas le pasaban rozando. Llegó donde combatía el Duque, que con su florete y un estilo de combate elegante había matado a dos enemigos. Una vez ambos se encontraron cara a cara, el hombre vendado se echó la mano a la nuca y sacó una espada de estilo medieval que llevaba a la espalda y oculta por el abrigo sin mangas. El Duque apuntó el florete hacia su enemigo pero éste ni siquiera se puso en guardia. El Duque estaba nervioso. Miró a los ojos de su rival pero sólo vio su reflejo en el visor de cristal negro. Entonces vio reflejado todo el miedo que el hermano de Galdian le producía. Con una gran rapidez, el hombre de las vendas embistió frontalmente pero el Duque, con un juego de pies muy ágil, giró sobre sí mismo y contraatacó con la punta del florete a la garganta de su enemigo, pero su rival bloqueó el ataque a tiempo, tras lo cual pegó con fuerza un espadazo hacia afuera contra el florete del Duque que hizo que saliera despedido de su mano y mientras volvía a acercar el brazo a su cuerpo le golpeó en la cara con el mango de la espada. El Duque cayó de rodillas con la nariz casi rota. El hermano de Galdian se acercó y, cogiéndole de su coleta rubia lo alzó en el aire. Observó el pelo rubio del Duque y después arrancó la manga de la camisa blanca que llevaba y vio el tatuaje de la épsilon sobre el codo. El hombre vendado rió. Rió como lo hizo cuando se encontró con Galdian en el bosque. -Ahora lo entiendo todo- Dijo, mientras soltaba la coleta del Duque, que cayó al suelo. -¿No me vas a matar?- Preguntó éste desde el suelo. Pero el hombre vendado se agachó y se limitó a hablar con el Duque. Los hombres del Duque estaban acabados. Casi todos habían muerto. Sólo resistían Galdian y Patrick, que al ser también soldados de élite luchaban como iguales con los encapuchados. Barf seguía en la pared sin ser molestado. Al ver los encapuchados que no podrían con ellos decidieron ignorarlos. A fin y al cabo su misión no era matarlos, sino coger todo el dinero que encontraran. Los encapuchados fueron desapareciendo por la mansión y poco a poco salían por parejas portando grandes arcones que sacaban por el agujero que hicieron al principio con los lanzacohetes. Por los comentarios que hacían, Galdian adivinó que habían encontrado casi cien millones entre euros y dólares aparte de varias piezas y obras de arte muy valiosas. Poco a poco los compañeros se iban quedando sin oponentes y ambos se miraron sin saber muy bien qué hacer, si evitar que se llevaran el dinero o irse de allí. Barf, que había leído su mente, les habló directamente a su cerebro sugiriendo que era hora de marcharse. Pero en ese momento el hombre vendado se fijó en ellos. Se acercó seguido por el Duque, que iba nuevamente armado con el florete. Cuando estuvieron a pocos pasos de Galdian y Patrick se detuvieron. -Hermano…-Dijo Galdian -Vaya, veo que te has dado cuenta- Dijo su hermano con su voz ahogada por las vendas. Galdian se enfureció y cargó pero su hermano paró el golpe con su espada. -Deberías venir conmigo. Somos casi iguales, compartimos mucho más de lo que te piensas- Dijo el hombre vendado -¡Antes no eras así! ¿¡Qué te ha pasado?! ¿¡Desde cuando eres un vulgar asesino y un ladrón!? ¡Contesta!- Galdian embistió varias veces con la hoja de chapa pero siempre era rechazada por la hoja de su hermano. -¿Quién no es un asesino en estos días? ¿Quién, asimismo, no es un ladrón? Nosotros hemos hecho esto al mundo y ahora alguien tiene que arreglarlo- Decía su hermano mientras peleaba. Galdian, enfurecido, no respondió y siguió atacando. Mientras el Duque observaba tranquilamente el combate. -¡¿Qué pasa contigo?! Tanto jaleo para conseguir armas, tanto para proteger tu dinero y ahora no haces nada. ¡¿Te has vuelto loco o qué?!-Dijo Patrick -No. Simplemente he visto la luz. He comprendido que el destino me ha marcado para participar en ésta gran obra- Respondió el Duque con su habitual elegancia- He donado mis riquezas a la causa, y tú, como soldado de élite que también eres, puedes ver la luz igual que yo. -Convénceme- Respondió el irlandés poniéndose en guardia. El Duque y Patrick se enzarzaron en otro duelo, elegancia contra brutalidad, pero a pesar de que la potencia del brazo-sierra era tal que podía romper la roca, ni siquiera melló la hoja del Duque. Mientras, Galdian y el hombre vendado seguían luchando, pero llegó un momento en que Galdian empezó a fatigarse. Ya no le quedaban fuerzas y tuvo que apoyarse sobre su espada para recuperar el aliento. En ese momento su hermano bajó la guardia y se acercó a él tendiendo la mano. -Ven conmigo. Te necesitaré. Tú eres el mejor de todos, Galdian, el más parecido a mí. Deja que la luz de la verdad que abrace contra su pecho… Pero mientras hablaba, Galdian, gritando, lanzó un tajo hacia arriba que podría haber partido en dos a su hermano si éste no se hubiera hecho hacia atrás en el último momento y tan sólo quebró el visor de cristal. El grito de Galdian hizo que Patrick y el Duque dejar de luchar y observaran la escena. Hasta Barf salió de su pasividad y mostró curiosidad en los acontecimientos. El visor de cristal negro cayó al suelo. Al descubierto quedaron unos profundos ojos azules, iguales que los de Patrick. Galdian los miró. Algo no cuadraba. Su hermano no tiene los ojos azules. El hombre vendado comenzó a quitarse las vendas de la cara. -Vaya, pensaba mantener esto en secreto, pero ahora ya da igual…-Dijo -Galdian y Patrick quedaron asombrados. Ante ellos había un americano rubio que los miraba con tranquilidad. Pero no podía ser, Galdian vio morir a ese hombre ante sus ojos. -No puede ser…yo te vi morir…-Dijo Galdian -¿Te sorprendes? ¡Vaya!, pensaba que, como me llamabas “hermano”, habías adivinado mi identidad, porque, ¿no somos, en el fondo, hermanos, Galdian? Galdian cayó de rodillas al suelo, atónito. No podía seguir luchando. No contra el hombre que más admiraba en el mundo. No contra el general Chris Anger. 9 El soldado perfecto, el hombre que estuvo a punto de terminar la guerra a favor de la Alianza Occidental. El general Chris Anger. El hombre al que le cayó una bomba encima y que ahora estaba allí, vivito y coleando. Galdian seguía de rodillas. La cabeza le ardía y se llevó las manos sobre ella. ¿Por qué?, pensaba, ¿por qué ese hombre que tanto admiraba ahora hace esto? ¿Por qué no está muerto? Todo eran por qués y ninguno con respuesta. Patrick se acercó enfrente de Chris. -Puede que fueras mi superior, pero ahora que ya no estoy en el ejército no tengo por qué obedecerte. Así que me encargaré de que no nos hagas daño. -Interesante. Un readaptado soldado de élite- Chris miró los ojos azules de Patrick, iguales a los suyos-Puedes venir conmigo, tu también has sido marcado. -¿Haces esto porque te lo ordena el presidente Ember Flamstrike?- Pregunto el irlandés. -No. Ahora no sirvo a la Alianza. Galdian alzó la mirada con rabia, se puso en pie y gritó al Chris -Ahora lo recuerdo todo. ¡Traidor! ¡Eso es lo que eres, un cerdo traidor! ¿Cómo es posible decir que defiendes unos ideales para cambiarlos de la noche a la mañana? Ya no te mereces mi respeto, cabrón- Galdian sacó su pistola y apuntó al americano rubio. El marcado r digital seguía indicando cinco balas. -No quiero matarte. Eres el mejor de los soldados de élite y no mereces ese destino. Acataré tu comportamiento a que verme vivo te ha dejado desorientado. Espero que la próxima vez pienses con claridad- Dijo Chris -¿Crees que te dejaré huir?- Dijo Galdian Chris rió -Es curioso lo leal que eres a la Alianza aunque ya no luches en ella, al querer castigarme por traidor. -No es una cuestión de lealtad, es una cuestión de principios. -¡Esa era la respuesta que quería oír! Son los principios los que marcan nuestos actos. Ahora te plantearé una elección. ¡Elige entre castigarme o salvar a tu amigo! Diciendo esto, Chris golpeó con la cara plana de su espada a Patrick en la cabeza, que cayó al suelo inconsciente, justo en el centro del comedor. Galdian bajó la pistola preocupado por su amigo pero al instante volvió a apuntar a Chris. Éste aprovechó el segundo de debilidad de Galdian para guardar su espada dentro de su gabardina, meter la mano detrás de ésta a la altura de los riñones y sacar dos uzis automáticas. Era el estilo de lucha que Galdian vio tantas veces en los campos de batalla, la combinación de armas de fuego con técnicas de espada. Chris no lanzó a Patrick al suelo del centro del comedor por casualidad. Justo encima del irlandés colgaba una enorme lámpara de araña a la que Chris disparó con sus automáticas hasta que se descolgó. Viendo la vida de su amigo en peligro, Galdian se lanzó para apartarlo de allí pero angustiado vio que no llegó a tiempo. La lámpara se estrelló contra el suelo con un gran estruendo mientras una lluvia de cristales cubría a Galdian. El soldado se protegió la cara y luego buscó a Patrick entre los restos del aparato. Sorprendido no lo encontró allí y lo vio flotando en el aire todavía inconsciente, unos metros alejados de la lámpara. Se volvió hacia Barf y vio al sapiens, que estaba sin apoyarse en la pared y con la mano extendida. Luego Galdian buscó a Chris pero ya no estaba, tanto él como el Duque y los encapuchados se habían ido. Solo quedó un rastro de cadáveres y destrucción. Unos minutos después Patrick se despertó, y una vez repuestos del combate sacaron a Calcetines de debajo de la mesa (aunque realmente lo que hicieron fue quitarle la mesa de su espalda) y se prepararon para marcharse. -¿Qué hacemos ahora, Galdian? ¿Seguirás buscando a tu hermano?- Preguntó Patrick mientras se cubría el brazo sierra. -Sí. Mi corazón me incita a volver a casa y buscar pistas sobre él. Después pensaré en todo este lío que está montando Chris. -Yo iré contigo, ya volveré a mi país más tarde. Tengo curiosidad por ver qué ha pasado con el general- Respondió el irlandés. -Los humanos sois tan típicos… ¡Ni siquiera en un mundo al borde de la destrucción sois capaces de demostrar vuestro lado más noble y bueno! En lugar de reconstruir ciudades o curar enfermos os dedicáis a matar y a amasar fortuna…Y lo peor de todo es que ese imbécil me ha chafado la partida de póquer…-Dijo Barf con su habitual sarcasmo mientras se metía un puro en su boca sin labios. -Marchémonos de aquí- Dijo Galdian Los cuatro recogieron provisiones de los almacenes del Duque y luego bajaron a los garajes en busca de algún medio de transporte que pudieran usar pero no encontraron ni coches ni motos. Hacía años que los pozos de petróleo de todo el mundo se agotaron y pocos privilegiados tenían todavía reservas de combustible. En su lugar encontraron el caballo del Duque, un magnífico animal de color blanco. - Tendremos que turnarnos para montar en él- Dijo Patrick -O ir uno de nosotros montado sobre Calcetines- Dijo Gladian -Yo llevar a amo- Dijo el golem mientras acercaba sus manos a Patrick -¡No, no, de eso nada!-Dijo éste zafándose de las enormes manos de Calcetines. -En ese caso yo iré sobre él- Dijo Galdian palmeando al golem en la espalda. La bestia estaba triste por no poder llevar a su amo, pero al sentirse útil llevando a Galdian, se alegró enseguida. Patrick montó el caballo y se volvió hacia Barf. -¿Tu que harás? ¿Irás levitando? -No puedo levitar todo el camino, me cansaré enseguida- Barf iba cubierto por una capa negra para protegerse del frío, pues esa noche había vuelto a nevar y su frágil cuerpo era propenso a las enfermedades. -Entonces te llevaré en la grupa. ¡Arriba chiquitín!- Dijo Patrick tendiendo la mano al sapiens. -No necesito tu ayuda, maldito mono ¡Y no vuelvas a llamarme chiquitín!- Barf levitó hasta montarse en la grupa del caballo. Una vez en marcha, Patrick llevaba el caballo al trote a un ritmo adecuado para que Calcetines fuera a su par dando zancadas y sin cansarse en exceso. Galdian, envuelto en su capa de lona de tienda de campaña, iba sentado en el hombro del golem y se entretenía arreglando los bordes quemados de la lona. Patrick rompió el silencio con una pregunta. -Dime, ¿a qué te referías exactamente al decir que Anger es un traidor? -¿Recuerdas que te conté que tras el ataque a mi base en oriente me desperté bastante confuso y desorientado? También te conté que allí Chris luchó con valor contra el enemigo hasta que le cayó la bomba encima. -Sí. Por eso no me cuadra que sea un traidor. -Pues resulta que la conmoción que sufrí tras el ataque bloqueó parte de mi memoria. Chris no luchó con valor contra el enemigo. Luchó con valor contra sus hombres. -Explícate- Dijo Barf -Fue Chris quien permitió entrar en la base a los hombres de Perro del Desierto y, una vez dentro, luchó codo con codo al lado de ellos. El problema fue que accidentalmente la aviación oriental lanzó una bomba sobre él. Ese detalle se tergiversó en mi mente y por eso pensaba que luchó con nuestro bando. -O sea que ahora trabaja para los orientales. ¿Y por eso reúne todo ese dinero, para dárselo a Perro del Desierto?- Preguntó Patrick -Esa es la única idea que se me ocurre- Respondió Galdian. Continuaron por las montañas hasta descender a un valle que era la entrada a Francia. Saliendo de un sendero entre las rocas, se incorporaron a una carretera. Tras salir del sendero, un hombre de traje y gafas negras y envuelto en una capa blanca salió de detrás de las rocas y observó cómo se alejaban. Se tocó la oreja donde llevaba un comunicador del que salía un pequeño micro hasta su boca. -Señor. Los he encontrado- Dijo 10 El grupo decidió descansar dentro de un edificio abandonado. El lugar apestaba, la estructura de metal del edificio estaba corroída por el efecto de las armas químicas, pero ya que había empezado a llover de forma estruendosa, no les quedó otro remedio que cobijarse allí, aunque comprobando previamente que no quedaran restos de bombas que pudieran mutarles. Patrick ató al caballo blanco mientras le acariciaba el lomo. El irlandés había cogido cariño al animal del Duque y le llamó Algodón. A Patrick le gustaba hablar con el animal y muchas veces le contaba chistes. Curiosamente, el animal emitía relinchos como si entendiera lo que se le contaba. Aquella noche Galdian se dedicó a curar a Calcetines una herida que llevaba en el brazo. Por lo visto en aquel almacén guardaron ácidos y mientras el golem jugueteaba por el lugar encontró restos del líquido y se hizo una pequeña quemadura. Primero quiso que Patrick le curara, pero como su amo no le hizo caso tuvo que acudir a Galdian. -Si ese ácido me hubiera caído a mí ahora no tendría brazo- Dijo Galdian mientras vendaba al golem. -Míralo por el lado bueno: en ese caso ahora tendrías un brazo como el mío. ¡Mierda, pierdo otra vez!- Dijo Patrick El irlandés y Barf estaban apostando a la carta más alta. El poco dinero que Patrick encontró en la mansión del Duque estaba ahora en manos del sapiens que, como siempre, fumaba un enorme puro. -Los mutantes somos seres mejorados. Ese ejemplo del ácido lo corrobora- Dijo -Si te hubiera caído a ti el daño hubiera sido peor, con tu cuerpo tan delgado…- Dijo Galdian- En eso estás igual que los humanos. -Patéticos humanos… Otro as, estúpido mono, vuelvo a ganar. Horas después el grupo se fue a dormir pero la tormenta no ceso. Galdian, tumbado boca arriba, observaba el destello de los relámpagos y luego esperaba el sonido de los truenos. Recordó cómo tantas veces en la guerra, en misiones de infiltración esperaba al sonido de los truenos para moverse y así disimular el ruido que provocaba. Por eso las noches de tormenta no dormía, pensando en quién podría usar ese truco contra él. No era consciente de lo bien que le vino pensar eso. -Galdian…- Barf le hablaba a su mente- No estamos solos. El mutante sapiens se levantó y levitando extendió su bazo a la vez que palpitaba su cerebro. Un relámpago cayó, en ese momento la oscuridad desapareció para mostrar cómo Barf lanzaba un trozo de tubería que salió despedido contra un hombre que pudo esquivarlo a tiempo. Luego el sonido del trueno y más oscuridad. De repente otro relámpago, ahora Galdian vio cómo otro hombre disparó tres dardos contra el cerebro del sapiens que se desplomó contra el suelo. Galdian sacó la espada-chapa, después de nuevo oscuridad. En medio de la penumbra no sabía cuando le atacarían. De lo alto se encendieron dos focos, colocados sobe las vigas del techo. Galdian vio al primero de los hombres, el que esquivó la tubería y que además tenía un gran bigote, que se acercó donde estaba tumbado Patrick y le apuntó con una pistola. El irlandés seguía tumbado sin poder hacer nada. Calcetines seguía durmiendo y Barf estaba sedado en el suelo, junto a otro hombre de aspecto enfermizo, pálido y con ojeras. Frente a Galdian había un hombre con gafas negras y una pistola. Los tres iban trajeados de negro y con capas blancas, además los tres llevaban un sofisticado aparatito colocado en la oreja que Galdian sospechó que era un comunicador. -No queremos mataros, solo queremos que vengáis con nosotros- Dijo el hombre de las gafas. -¿Y esto te parece una forma correcta de pedirlo?- Preguntó Galdian empuñando la espada -Te recuerdo que el sapiens atacó primero, nosotros nos defendimos. -No me vengas con esas excusas. -¡Dale duro Galdian!- Gritó Patrick, pero el bigotudo sacudió su pistola y el irlandés se calló en el acto. Galdian cargó contra el hombre de negro pero éste, que al parecer era cierto que no quería matarlo, guardó la pistola en su chaqueta y a cambio sacó un cuchillo de combate. Su idea era esquivar la espada y al instante amenazar la garganta de Galdian con el cuchillo para que se rindiera. Pero Galdian no atacó con la espada: cuando estaba a un metro del hombre de negro Galdian clavó la espada en el suelo y, apoyándose en la empuñadura le dio una fuerte patada con las dos piernas en el pecho. El hombre de negro salió despedido hasta la pared por el impulso y mientras Galdian caía desincrustó la espada-chapa y la lanzó, con su metro de largura que tenía, contra su enemigo. La espada se clavó en la pared a escasos milímetros de la cara del hombre de negro. Por lo visto Galdian tampoco quería matarlo de momento. El hombre de negro, al que le caía el sudor por la cara, permaneció unos segundos en silencio hasta que recuperó el aliento. -Pensaba pedírtelo por las buenas, pero veo que no será así- De su comunicador de la oreja salió un pequeño micro hasta su boca –Adelante- Dijo De las vigas donde estaban los focos bajaron unas cuerdas y por ellas se descolgaron diez soldados que rodearon a Galdian apuntándole con sus armas. -¿Sois soldados de élite traidores vosotros también?- Preguntó Galdian. -No. Nosotros somos soldados leales a la Alianza Occidental. El hombre de las gafas arrancó la espada de la pared, no sin esfuerzo, y se la lanzó a Galdian. Con otra orden, los soldados bajaron sus armas y el bigotudo dejó de apuntar a Patrick, que se levantó. -¿Qué queréis?- Pregunto Galdian -Sólo que vengáis con nosotros- Dijo el hombre de las gafas -Ya no estamos en el ejército. -Eso no importa. -¿Quiénes sois? Los tres hombres de negro sacaron unas placas de sus capas blancas. En las placas se leía CIA. -Alguien quiere veros- Dijo el hombre de las gafas. Galdian y los suyos no pudieron negarse. A decir verdad, no tenían opción de negarse. El hombre de las gafas, que se llamaba John, pidió por su comunicador un helicóptero que llegó en media hora. En ese tiempo Barf volvió en sí y Calcetines se despertó. Sus compañeros les explicaron la situación pero Barf se mostraba muy cauteloso y se puso muy apartado del grupo de soldados y de los hombres de la CIA. Cuando llegó el helicóptero, una enorme máquina militar, los cuatro compañeros subieron a bordo acompañados de los tres hombres de la CIA. Patrick se negó a marchar sin Algodón así que lo embarcaron también. John les dijo que volarían a París y que estarían allí en una hora. Cuando despegaron la tormenta cesó y comenzaba a amanecer. A Calcetines le gustaba ver amanecer, y disfrutó de la vista hasta que llegaron a la capital francesa. Era curioso cómo la ciudad se veía intacta a pesar de tantos años de guerra; nunca una sola bomba cayó en París. El helicóptero aterrizó en el jardín una lujosa villa. Allí los cuatro fueron escoltados por los hombres de negro por dentro de la casa hasta una gran puerta doble. Allí el bigotudo y el de las ojeras se quedaron en la puerta, que la abrió John. Dentro había un amplio escritorio de madera cara frente a una gran cristalera. Un hombre estaba sentado en un sillón mirando por los cristales, de espaldas a los recién llegados. -Señor, aquí están- Dijo John. -Buen trabajo, John- Dijo el hombre del sillón. Entonces el sillón giró y apareció un hombre de unos treinta y cinco años, pelirrojo y con el flequillo engominado hacia arriba. El hombre se levantó y miró al grupo. -Espero que nos os haya molestado mi necesidad de hablar con vosotros. Mis disculpas por las molestias causadas. Supongo que me conocéis, por lo menos vosotros dos, soldados de élite. -Por supuesto que te reconocemos, eres el líder de la Alianza Occidental y presidente de los Estados Unidos- Dijo Galdian. El hombre sonrió. Ember Flamestrike no esperaba menos de aquel soldado.


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