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  ficcion > Ciencia FicciónMadhí, capítulos 1 a 5

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se publicó en la web el 29 de Julio del 2008

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

Deambulaba por el desierto. Desorientado, perdido, así era como se encontraba. Un soldado de occidente, luchando en un país árabe, pero ahora estaba tan aturdido y desorientado que no recordaba dónde. Tenía una base, pero fue arrasada por la aviación oriental, matando a todos. Horas después del ataque, tal vez días, despertó en medio de la masacre para descubrir que era el único superviviente. Todavía atontado por el ataque, sin posibilidad de contactar con el resto de su ejército, arrancó un trozo de lona de una tienda de campaña, se hizo un manto y cortó unas tiras de tela para envolverse la cara, de esta forma se protegía de la arena el desierto y evitaba que vieran su cara; podría ser que algún nativo reconociera sus rasgos occidentales y por eso lo mataran. Realmente morir no le importaba, iba a ocurrir de todas maneras. Iba a morir de hambre o de sed, no tenía provisiones, y lo más importante, no tenía esperanza. Lo único que llevaba encima eran recuerdos del ejército: sus placas de identificación colgadas al cuello, un tatuaje sobre el codo con la letra griega épsilon y una pistola. Miró el marcador digital del arma: ponía que sólo había seis balas. Posiblemente una acabara en su cabeza antes de que acabara el día. Días después, o quizá horas después, divisó las ruinas de una ciudad detrás de unas dunas. Los edificios, mezquitas, puentes…todo estaba derruido por las bombas y la gente malvivía ente las ruinas como podían. Muerte y miseria acechaban en cada rincón, tal era el precio de esta guerra. Aun así todavía existían negocios, como posadas, y el soldado se dirigió a una de ellas. Al llevar la cara cubierta nadie se fijaba en él, pensaban que serían heridas o alguna mutilación similar, finalmente se sentó en la barra y pidió algo de comer. Cuando el camarero, un hombre bigotudo, le sirvió, el soldado se quitó las tiras de tela que le tapaban la boca para poder comer, todo ello con disimulo, pero el camarero vio que era occidental. -No eres de aquí…- Dijo con un tono nada hostil. -No lo soy- Respondió el soldado, al ver que el camarero no pretendía hacerle daño. -Si no tienes cuidado te matarán. -No me importa, he perdido todo. Mis amigos murieron cuando arrasaron mi base, solo quedo yo… -¿No te queda ni siquiera familia?- Preguntó el camarero -Tengo un hermano que también es soldado, pero no sé en qué parte del mundo combate, ni siquiera sé si está vivo. -Yo creo que eso ya es un motivo para vivir El soldado sonrió con sorna -Es curioso que no me odies a pesar de ser occidental y haber sido enviado aquí a matar a tu gente Pero antes de que el camarero pudiera responderle, tres hombres se acercaron. Éste se cubrió la cara de nuevo. -Parece que eres un perro occidental- Dijo el más alto de los tres hombres. -Yo no soy nada- Respondió el soldado con un aire melancólico. -Yo creo que sí que lo eres- Dijo el más corpulento de los tres árabes mientras le bajaba las telas de la cara. Al ver que efectivamente era oriental, los tres hombres sonrieron. -Vamos a destriparte- Dijo el tercero mientras sacaba un gran cuchillo curvo. Pero antes de que lo terminara de desenvainar, el soldado le dio un puñetazo y salió corriendo de la posada. Los tres árabes lo siguieron, mientras el alto le disparaba. En su huída el soldado llegó a una especie de cementerio de chatarra, un lugar lleno de vehículos abandonados, vigas y esqueletos de edificios, el lugar ideal para esconderse. Pero es difícil engañar oso dentro de su propia cueva. Los tres hombres, siguiendo su rastro y llegaron al cementerio de chatarra. El soldado observaba detrás de los restos de un camión, mirando a través de la ventanilla; vio como se separaban por entre la chatarra para buscarle. “Podría vencerles… pero para qué, no tengo por qué vivir…” Entonces, cambió de opinión, no sabía por qué lo hizo, si fue por recordar la conversación con el camarero en la posada o por lo que vio en el suelo a sus pies: un trozo de chapa, oxidada, roída y agujereada, de un metro de alto y de medio metro de ancho. Sonrió. Hoy no iba a morir. El árabe alto buscaba por entre una fila de coches apilados. El soldado esperaba escondido al final de esa fila. Éste sería el primero en morir, pensó, pues es el único que lleva pistola, es el más peligroso. Cuando el árabe llegó al final de la fila de coches y dio la vuelta para buscar por el otro lado de la fila, se encontró el cañón de un arma apuntándole a la sien. Murió en el acto, y el marcador digital ahora marcaba un cinco. El ruido del disparo atraería a los otros dos. Primero llegó el fuerte, pero mientras miraba el cadáver de su compañero el soldado apareció entre dos coches con el trozo de chapa entre sus manos y con él propinó un tajo horizontal en la garganta a su enemigo, que cayó al suelo desangrándose. Después llego el tercer árabe, el del cuchillo. Ahora el soldado no tenía necesidad de atacar mediante la emboscada. El árabe vio los cuerpos de sus amigos y junto a ellos al soldado: parecía un demonio, cubierto con aquella lona y aquella vieja chapa entre sus manos chorreando sangre. No tuvo miedo pues si moría, moriría como un guerrero y su recompensa sería grande en el cielo, por lo que alzó el cuchillo y cargó. El soldado esperó y, justo cuando lo tuvo encima, de nuevo agarrando la chapa con ambas manos, dio un golpe de abajo arriba que tajó al árabe desde la ingle hasta la frente. A pesar que decía que no le importaba morir, finalmente no lo hizo: “hoy no moriré” pensaba. Al atardecer, el soldado, limpio de sangre y de nuevo con la cara cubierta, salió de una armería. El trozo de chapa sucio, oxidado y raído ahora tenía un mango y la llevaba colgada a la espalda. También sabía el camino hacia la ciudad más próxima al mar, que era su siguiente destino. De camino a la salida de la ciudad pasó por la puerta de la posada: el camarero bigotudo estaba apoyado en la puerta. Miró al soldado, le reconoció y se alegró de que estuviera vivo. El soldado también le miró. Ahora tenía un motivo para vivir. Buscaría a su hermano. Tras unos días de viaje, llegó a su destino, la ciudad portuaria. Había decidido que empezaría buscar a su hermano por lo más obvio: volvería a su país, a su casa, a la que hacía años que no volvía, para encontrar alguna pista o tal vez encontrarlo allí a él. Así pues caminó hacia el puerto en busca de un barco. Por el camino observaba cómo la gente se esforzaba por volver a la normalidad: parecía que los negocios poco a poco volvían a arrancar, se organizaban grupos para reparar los edificios, limpiar las calles, enterrar a los muertos… realmente había mucha actividad en la ciudad. Recordó cómo empezó todo: años de tensiones entre oriente y occidente explotaron cuando se crearon las dos grandes fuerzas que se enfrentarían, la Alianza de Occidente, con los Estados Unidos a la cabeza y al mando del presidente Ember Flamestrike y la Unión de la Liberación de Oriente, al mando de un caudillo llamado Perro del Desierto. El soldado pensó en los años que llevaba de campaña luchando contra Perro del Desierto, pero nunca lo había visto en persona. Cuando llegó al puerto, habló con varios capitanes de navíos mercantes para ver si alguno se dirigía a su país pero no hubo suerte. Después preguntó por barcos que, por lo menos, fueran a Europa a algún punto lo bastante cerca de su hogar pero no fue aceptado en ninguno; no por ser occidental, ya que como llevaba la cara cubierta con las tiras de tela no se le reconocía, sino porque no tenía dinero. Por fin un barco accedió a llevarlo a cambio de que durante el viaje protegiera la mercancía de posibles ataques de piratas. Por lo visto el capitán al ver aquella chapa transformada en espada que llevaba a la espalda pensó que se encontraba ante un tipo que sabe lo que es combatir. El problema era que el barco no iba a su país, sino que iba a Italia; una vez allí tendría que volver a buscarse la vida, pero por lo menos ya no tendría que esconder su rostro. Cuando el barco zarpó el soldado bajó a las bodegas. Decidió viajar allí oculto para salvaguardar su identidad. Mientras acomodaba unos sacos en el suelo para improvisar una cama oyó unos ruidos a su espalda. El soldado hizo como que no se daba cuenta y, cuando el ruido estuvo lo bastante cerca de él, agarró la espada-chapa y se dio la vuelta. Se encontró con un hombre de ojos de un azul muy claro. -¡General Chirs!- Dijo el soldado muy sorprendido mientras bajaba la espada. Pero enseguida se dio cuenta de que no era él. -Te equivocas de persona, amigo. -Eres occidental. -Sí. Me llamo Patrick. Soy irlandés. Era un hombre extraño: sus ojos azul claro contrastaban con su pelo pelirrojo. Llevaba una capa sobre el brazo derecho que se lo cubría. Patrick se sentó en el suelo e invitó al soldado a sentarse con él. -Yo también soy occidental- Dijo el soldado mientras se descubría la cara. -Y supongo que eres soldado, ya que me has confundido con el general. -Es que tus ojos son muy parecidos a los suyos. ¿Tú también eres soldado? Parece que conozcas al general. -Lo soy pero no conozco al general, sólo he oído hablar de él- Patrick se remangó el brazo izquierdo.-Mira, el tatuaje con la letra épsilon, la prueba de que soy soldado de las tropas de élite. -Yo también- Dijo el soldado mientras le enseñaba el tatuaje de su brazo- Pero nunca te he visto en la base. ¿No servías en el 34º escuadrón? -No, yo formaba parte de la sección Irlandesa situada al norte del país. Así que tú eras del 34º. Estarías a las órdenes del general Chris. Dime, ¿cómo va la guerra? Hace mucho que no sé nada sobre el ejército. El soldado le contó lo que ocurrió antes de que su base fuera arrasada. Le contó que él junto al resto de soldados de élite del 34º, estaba bajo órdenes directas de Chris Anger, el mejor general de la Alianza Occidental. Chris, americano y viejo amigo del presidente Ember, ascendió rápidamente en el ejército americano hasta ser su máximo dirigente y de allí ascendió a ser el líder absoluto de los ejércitos de todos los países de la Alianza. Su estrategia era simple: colocarse el mismo en el centro del combate. Sea cual sea la misión, se colocaba en el centro de las líneas enemigas armado con su espada y dos uzis automáticas y arrasaba con todos los enemigos sin recibir un solo rasguño. Era un hombre valiente y orgulloso y el soldado pensó en cuanto lo admiraba. Lo admiraba, no lo admira ahora, porque el general Chris Anger está muerto. Siguió contando a Patrick lo que pasó en su base, cuando una mañana los hombres de Perro del Desierto superaron sus defensas y arrasaron la base. Eran demasiados y la confusión era enorme. En medio del fuego y las explosiones, Chris reunió a un grupo de los mejores soldados de élite a su alrededor para formar la última defensa contra los orientales; contó cómo entre ellos luchó, viendo la espada y las automáticas del general matando a cientos de enemigos. Pero al final llegó la aviación oriental y con un bombardeo acabó con todos. Una bomba cayó sobre Chris, tras lo cual el soldado perdió el conocimiento hasta que despertó mucho después. -Así que este es el fin de la campaña en oriente…- Dijo Patrick -Eso parece. Pero no me importa. Ahora la guerra es lo de menos. Quiero volver a mi país para buscar a mi hermano, lo único que queda de mi familia. Patrick rió con una risa estruendosa. -Me caes bien, ¡pareces un auténtico irlandés! En realidad a mi también me da igual la guerra. ¡Ya está bien de dar mi sangre por Ember Flamestrike y por el resto de peces gordos que no salen de sus capitales para no mancharse el culo! Te voy a contar mi historia: yo soy un desertor. Un día me desperté harto de toda esta historia, le pegué un puñetazo a mi comandante y me marché. Así que aquí me ves, también de viaje a mi país. - Creo que me gustará viajar contigo. Dijo el soldado con una sonrisa. Llegaron a Italia sin incidentes. Cuando el soldado y Patrick desembarcaron, el capitán los miró con recelo, ya que los contrató a cambio de protección pero no fue necesaria, así que fue como si hicieran el viaje gratis. Una vez en el puerto preguntaron por barcos que les llevaran a sus respectivos países. -Al parecer no van a salir barcos en bastantes días. Hay batallas navales en todo el Mediterráneo- dijo el soldado. -Y ahora es imposible encontrar coches. No, miento, es imposible encontrar gasolina.- Dijo Patrick -Parece que tendremos que ir andando. Creo que seguiremos juntos bastante tiempo. Patrick rió escandalosamente y rodeó con su brazo izquierdo al soldado. -¡Esto va a ser una gran aventura! -Deberíamos aprovisionarnos. -Cierto.-Patrick hurgó en sus bolsillos- Tengo algo de dinero. Podemos comprar comida. -Y munición. Sólo tengo cinco balas. -¡Es incluso más difícil encontrar balas que gasolina! Ten cuidado, solo una de las balas que tienes vale mucho más que nuestras vidas juntas. Salieron de la ciudad y emprendieron el camino por una vieja carretera. El camino estaba plagado por vestigios de destrucción y cráteres marcando donde cayeron las bombas. Se levantó un fuerte viento. Patrick se sujetó la capa que le cubría el brazo derecho para que no le saliera volando. -¡Joder! En Irlanda no hace tanto viento… -¿Has visto el paisaje? Aquí cayeron muchas bombas. -Sí, lo que no sé es si serian bombas de bajo potencial, atómicas o químicas. El soldado se detuvo a observar un grupo de grandes cráteres. -Fueron químicas-Dijo Patrick se sobresaltó - ¡A ver si vamos a mutar! -Tranquilo, parece que las bombas cayeron hace varios años- El soldado se agachó, cogió un puñado de tierra y lo olió. -Sí, así fue. El veneno de las bombas hace tiempo que se disolvió, ya no podemos mutar. -Que Dios te oiga, no quiero convertirme en un engendro. -El soldado hizo una mueca -Dios no existe Al día siguiente se cruzaron con un grupo de gente. Iban encapuchados y cubiertos y cuando los dos compañeros estuvieron lo bastante cerca de ellos se dieron cuenta de que eran mutantes. En el momento en que se cruzaron el grupo de mutantes empezó a gimotear arrastrándose ante ellos suplicándoles ayuda, como si fueran un grupo de leprosos. El soldado observó con pena sus miembros atrofiados y sus rostros deformados y surcados por protuberancias y por jugos burbujeantes. -Pasemos de largo, no podemos hacer nada por ellos. El soldado no dijo nada pero tampoco se detuvo. Era cierto, no podían ayudarles. Al final dejaron atrás al grupo de mutantes, entre los cuales había niños. -Es raro ver ese tipo de mutantes, no son los más comunes- Dijo Patrick -Así es, las propiedades químicas de las bombas eran propensas a crear dos tipos de mutación. -Sí, las mutaciones que se han llamado sapiens y golem. El soldado pensó en la cantidad de vidas que se habían estropeado por las mutaciones. Los mutantes, ya sean como los que acababan de ver o mutantes del tipo golem o del tipo sapiens, eran expulsados de lo que quedaba de sus sociedades de origen y eso en el mejor de los casos, de lo contrario los perseguían y los mataban, incluso padres a hijos y hermanos contra hermanos. Los mutantes golem tenían su masa muscular muy aumentada y la piel dura casi como la roca, todo ello a costa de una deformación espantosa y de una enorme reducción de sus capacidades mentales. Los mutantes sapiens eran lo contrario, ya que a cambio de encoger su tamaño de una forma grotesca aumentaban mucho su masa cerebral. El soldado pasó lo que quedaba de día pensando en qué haría si se encontrara a su hermano mutado en una de esas formas. Al siguiente día tuvieron otro encuentro inesperado: tras unas horas de travesía a través de un bosque, un convoy de tres camiones se acercó por la carretera, a velocidad muy lenta. Los dos compañeros se escondieron tumbados en la maleza. -Van muy despacio. Dijo el soldado. -¡Mira! ¡Los camiones no están en marcha, van tirados por mutantes golem! Tres mutantes golem, uno por camión, tiraban como si fueran caballos mientras hombres los hostigaban con lanzas y látigos. Alrededor de los camiones iban hombres uniformados y armados con espadas, cuchillos y varas de madera. -Parece ser que son del gobierno- Dijo Patrick -¿El gobierno italiano sigue en activo? -No, aquí ocurrió como en los demás países: ahora hay formados pequeños feudos gobernados por los que tienen algo de dinero y pueden pagarse a un puñado de hombres que trabajen para ellos. -¿Qué llevaran en esos camiones? De repente, unos disparos salieron de la otra punta del bosque acabando con los hombres que iban a la derecha de los camiones. Diez hombres vestidos de militar y cubiertos con pasamontañas irrumpieron en la carretera. Los hombres de los camiones desataron a los tres mutantes golem y los golpeaban para atacar, aunque uno de ellos se lanzó al suelo, se cubrió la cabeza con las manos y e puso a gemir. Era bastante patético ver a semejante mole de esa manera. El soldado se llevo la mano a la espalda agarrando la empuñadura de la espada-chapa, pero Patrick le indicó con un gesto de la mano que no era buena idea. Los hombres de los camiones estaban condenados, pues nada podían hacer contra los rifles de asalto de sus enemigos y murieron enseguida. Hasta los dos golems que lucharon cayeron tras cientos de disparos pero uno de los mutantes logró matar a un soldado de un manotazo. Al golem que todavía estaba gimiendo en el suelo lo ignoraron. Cuando mataron a sus enemigos, los hombres del pasamontañas trajeron un nuevo camión que tenían escondido entre los árboles y que era mucho mayor que los que acababan de asaltar y además tenía gasolina pues lo llevaban en marcha. Pasaron los contenidos de los camiones asaltados al suyo propio, la carga eran sacos. Los compañeros vieron desde su escondite cómo un par de soldados abría un saco y sacaban billetes. -Fíjate, llevaban dinero. ¡Como en cada saco haya tanto dinero acaban de conseguir una fortuna!-Dijo Patrick -Y con el valor que tiene el dinero hoy en día podrán comprar todo lo que quieran. Cuando los militares acabaron su trabajo, recogieron el arma de su compañero muerto y se fueron en el camión. Entonces detrás del soldado y del irlandés se oyó amartillar unos fusiles. Cuando se giraron, vieron a otros dos encapuchados y entre ellos a un hombre de aspecto curioso: llevaba la cara completamente vendada, pelo y boca incluidos, y en los ojos llevaba una especie de protector de cristal negro. Vestía pantalones y botas militares y llevaba el torso desnudo excepto una abrigo largo con las mangas cortadas. Mientras los encapuchados apuntaban a Patrick, el extraño individuo cogió al soldado por el manto hecho con lona de tienda de campaña y lo alzó del suelo, lo miró con detalle y se echó a reír; después lo dejó caer y los tres desaparecieron entre los árboles y la risa del hombre vendado aún se escuchaba. El soldado se sentó en el suelo y se quedó mirando al suelo como hechizado. Patrick se levantó y se acercó hasta el golem que seguía gimoteando, después revisó el cuerpo del encapuchado muerto, tras lo que regresó junto al soldado pero el golem le seguía. -¡Me he acercado a decir a este engendro que deje de berrear y ahora dice que quiere venir conmigo, que está solo, que tiene miedo y no sé qué historias más… El soldado no dijo nada, ni siquiera levantó la vista. -He registrado el cuerpo del encapuchado y ¡sorpresa! Llevaba la épsilon tatuada, era un soldado de élite de la Alianza Occidental. -Todos lo eran. Aquel hombre vendado también. -¿Cómo lo sabes? -Lo reconocería en cualquier parte. Era mi hermano. -No tenemos comida- Dijo Patrick -Ni dinero. El irlandés miró preocupado al soldado con sus profundos ojos azules. -Hay que conseguir una de las dos cosas, o ambas. ¡Y encima ese engendro no hace más que seguirnos! Ya llevaban varios días con el mutante golem siguiendo a los dos compañeros. A Patrick le molestaba pues detestaba a los mutantes, los consideraba engendros, pero el soldado ni si quiera tenía tiempo para pensar en ello. Había encontrado a su hermano, pero no de la forma que esperaba. Recordaba a su hermano como un soldado comprometido y lleno de ideales y resulta que ahora era el líder de una guerrilla que se dedicaba a reunir grandes sumas de dinero ¿y por qué iba vendado? ¿Acaso había mutado? De todas maneras el viaje continuaba, Patrick quería volver a su país y el soldado seguía con la idea de volver a casa, ahora buscando pistas sobre lo que le ha pasado a su hermano. Ante el problema que supone no tener comida volvió a la realidad. -Buscaremos trabajo. Podemos trabajar un tiempo- Dijo -Yo no sé hacer otra cosa que combatir- Dijo el irlandés mientras se rascaba la melena pelirroja. -Podemos trabajar como mercenarios o guardaespaldas, es lo mejor que sabemos hacer. -Bien, pero con esa cosa detrás nuestro no nos darán trabajo. El golem les seguía aparentemente feliz. De vez en cuando llamaba a Patrick “salvador” o “amo” porque decía que le había salvado de que los encapuchados le mataran. Evidentemente, esto enfurecía al alegre irlandés de ojos azules que cuando oía esto daba la vuelta e intentaba asustar al golem corriendo hacia él dando gritos. La pobre mole era tan cobarde que huía asustado dando grandes zancadas pero en cuanto Patrick dejaba de ahuyentarle el golem se paraba y volvía a seguirle. -No deberías tratarle así. No tiene la culpa de ser así- Dijo el soldado. -Ya, pero solo nos traerá problemas. El soldado se detuvo hasta que le golem se acercó. Era realmente horrendo, desproporcionado, enorme, calvo y además olía mal. Pero no eligió ese destino. Lo menos que se merece como humano que es en el fondo, es algo de ayuda. -¿Cómo te llamas?- Preguntó el soldado. -Yo no saber…hombres llamarme “cosa”, “bicho”, “tú” o “ven aquí” Patrick suspiró pensando en la que le iba a tocar aguantar. -Yo ir con vosotros. Él salvarme. Él mi salvador- Dijo el golem -Vas a venir con nosotros- Dijo el soldado-Y no hay más que hablar. Dijo mirando con reproche a Patrick -¡Está bien! ¡Está bien! Acepto. Ala, “tú”, vámonos. -No le llames así… -Está bien… te llamarás…Calcetines -¿Así le vas a llamar? -¿Por qué no? Si dice que soy su amo puedo llamarle como quiera. Además, ¿no decías que no le llamara “tú”? Y calcetines era el nombre del gato de mi abuela. -Mí gustar Calcetines…Amo ser muy sabio. El golem era ahora la persona más feliz del mundo con su nuevo nombre y además estando al lado de su amo, pero no podía decirse lo mismo de Patrick. Aun así el problema de la comida persistía y algo había que hacer. Siguiendo con el viaje llegaron a los Alpes en la frontera de Italia con Francia. Empezaba a verse el paisaje nevado y el frío aumentaba. El soldado se protegía usando el manto de lona y Patrick se ceñía la capa que levaba sobre el brazo derecho. Calcetines ni se dio cuenta de que hacía frío. Llegaron a un pueblo bastante grande donde buscar trabajo. Escondieron a Calcetines en el bosque para evitar problemas y, una vez en el pueblo, les informaron que el señor feudal de esa zona era un francés. Este hombre, que se hacía llamar Duque, estaba reuniendo hombres para un trabajo. Los compañeros decidieron acercarse al caserón donde gobernaba este Duque. Era fácil de encontrar, era una casa enorme que estaba sobre una colina nevada Allí unos guardias armados con lanzas les interrogaron pero cuando dijeron que querían ver al Duque para buscar trabajo, les hicieron pasar a una sala amplia donde enfrente de ellos había un estrado con un trono de madera. Les hicieron esperar de pie durante una hora. Tras la espera una gran puerta se abrió y entró un hombre llevando una enorme piel de oso y un florete al cinto e iba seguido por otros dos lanceros. El hombre de la piel de oso, que obviamente era el Duque, se sentó en el trono y sus hombres lo flanquearon. -Soy el Duque y me informan que buscáis trabajo. -En efecto- Dijo el soldado- Nos han dicho que buscas hombres y nos interesa. -Parece que sabéis luchar…espero que no os importe que lo compruebe. Sonriendo, el Duque chasqueó los dedos y los dos lanceros atacaron a los compañeros. Patrick dio un par de patadas que tumbaron a su adversario y, una vez en el suelo, le rodeó el cuello con el brazo izquierdo amenazando con partírselo. El soldado por su parte sacó la espada-chapa, cortó la lanza con uno de los bordes raídos y oxidados para después golpear al hombre con la hoja plana haciéndolo caer, una vez en el suelo acercó la punta de la espada a su garganta. -¡Muy, muy bien!- Dijo el Duque con un aplauso- ¿Dónde aprendisteis a combatir? Los compañeros dejaron de amenazar a los dos lanceros y le enseñaron al Duque los tatuajes de la letra épsilon. -Antiguos soldados de élite- Dijo Patrick -Vaya vaya…que coincidencia…-Dijo el Duque mientras sacaba el brazo por la piel de oso mostrando otro tatuaje igual- ¿En qué compañía servisteis? -Yo en la sección Irlandesa. -Yo en el 34º -¡El 34º! ¡Bajo órdenes directas del general Chirs Anger! Entonces deber de ser muy bueno. -El general era mejor. No hay nadie como él- Dijo el soldado con aire de admiración. -No me lo pensaré más, os contrato. -Queremos dejar claro que sólo trabajaremos en esta misión, después nos despediremos.- Dijo Patrick -Como queráis, pero tal vez luego cambiéis de idea y queráis seguir. -¿En qué consiste ese trabajo?-Preguntó el soldado. -Al parecer, hace dos días el reino vecino a mi ducado cayó. Por lo visto iban armados con armas de fuego, mataron al rey y robaron todas sus riquezas. Mis arcas son mayores que las que saquearon y no es de extrañar que sean el siguiente objetivo de aquellos asaltantes. No lo permitiré. Con esta guerra a la que nos han llevado Flamestrike y Perro del desierto nos toca a nosotros encargarnos de amenazas como ésta. El soldado pensó de inmediato en su hermano y sus hombres. -Entonces necesitas que protejamos tu tesoro- Dijo Patrick -En primer lugar, no. He comprado un cargamento de armas de fuego para preparar una defensa pero de camino aquí fueron robadas. Desconozco si los que las han robado son los mismos que saquearon el reino vecino pero hay dos cosas claras: la primera es que sin armas de fuego no podremos defendernos y lo segundo es que esas armas de fuego han costado una buena parte de mi dinero. Quiero que busquéis el cargamento y regreséis con él intacto. Los compañeros aceptaron el trabajo, parecía fácil y estaba bien pagado. El Duque consideró que con ellos dos ya había hombres suficientes para iniciar la búsqueda. Mañana a primera hora partirían. Aquella noche cenaron y durmieron en una cama por primera vez en mucho tiempo. Aun así el soldado durmió mal, ya que quizás mañana tuviera que luchar con su propio hermano. Aquella noche nevó copiosamente y la tierra amaneció cubierta por un manto blanco. En la puerta de la casa del Duque esperaban siete hombres, incluidos Patrick y el soldado, que eran los que partirían en busca de las armas. El líder sería un hombre de la zona que conocía a la perfección el terreno y que a la vez haría de guía. Le faltaba un ojo y en su lugar llevaba uno de cristal conectado al cerebro por una serie de cables y mecanismos que le salían del oído hasta enlazar con el ojo. Tras unos minutos l Duque salió por la puerta, cubierto por su abrigo de piel de oso, y les despidió con su bendición. Los hombres marcharon en fila mientras Patrick amenizaba la marcha cantando canciones irlandesas. Cuando llegaron al bosque tras salir del pueblo, el soldado pidió al resto que pararan, tras lo cual entró en el bosque y salió al rato con Calcetines. Al verlo, los demás se sobresaltaron y se pusieron en guardia con sus armas. -Tranquilos, va con nosotros y es inofensivo- Dijo el soldado. -¡Es un monstruo! ¡Hay que acabar con él antes de que nos haga daño!- Exclamó el hombre del ojo artificial, que llevaba una escopeta y disparó contra Calcetines, pero el soldado sacó la espada-chapa y paró con ella la bala. -Es nuestro amigo y viene con nosotros. No sabemos lo que nos vamos a encontrar y su fuerza nos será útil. -Eso será si no se pone a gimotear…-Dijo Patrick por lo bajo, paro nadie lo oyó, aunque si le hubieran oído daría lo mismo, ya que después de ver cómo el soldado paraba la bala y demostrar que era un soldado de elite con todas las de la ley, el resto del grupo quedó tan impresionado que ya no se atrevían a llevarle la contraria. De esta manera el grupo avanzó durante unas horas hasta que llegaron, según las indicaciones del guía, al lugar donde asaltaron el cargamento de armas. Allí entre Patrick, el soldado y el hombre del ojo artificial cavaron en la nieve hasta descubrir el suelo para observar los rastros y así encontrar pistas. -Iban 12 hombres llevando el cargamento, ¿verdad?- Dijo el soldado -En efecto, y eran buenos hombres, les tuvo que atacar un gran número de enemigos para acabar con ellos. Aunque era extraño, ya que cuando recogimos los cuerpos todos habían muerto a golpes.- Dijo el guía del ojo artificial. -Eso no es lo único extraño, ya que según estos rastros su enemigos eran tan solo dos personas- Dijo Patrick -Entonces deberían ser dos como ése- Dijo un hombre mientras señalaba a Calcetines, que estaba apartado observando los pájaros. -No puede ser, las huellas son del tamaño de un hombre- Dijo el guía. -¡Es imposible! Dos hombres matando a doce solo puede ser cosa del demonio- Dijo otro hombre -O ser cosa de un soldado de élite- Dijo el soldado. Desde una cornisa escarpada en la montaña, una figura observaba a los siete hombres. No se daban por vencidos, pensó. Era hora de avisar el maestro. Pasaron dos horas pero no encontraron más rastros alrededor de la zona de los hechos. Ni marcas de vehículos ni de animales donde hubieran podido cargar las armas. Era extraño y dos hombres llevando semejante cantidad de rifles de asalto tienen que dejar por fuerza rastros en el suelo, pero no encontraron ni siquiera huellas humanas. Mientras el soldado estaba buscando pistas, oyó pasos. Levantó la cabeza y entonces los vio. Los dos hombres que atacaron al convoy. Eran un hombre hecho de roca y otro hecho de nieve. El soldado retrocedió asustado hasta el resto del grupo que estaban igual de sorprendidos. Cuatro de los hombres se pusieron a gritar y huyeron aterrorizados. El guía del ojo artificial disparó con su escopeta al hombre de nieve, pero el agujero que le hizo en el pecho se cerró al instante. -¡Es cosa de brujería!- Dijo y huyó también. Patrick y el soldado no estaban acostumbrados a huir. A pesar de lo extraño de la situación se quedaron a luchar. El hombre de roca cargó contra Patrick que esquivaba sus puñetazos. El soldado apuntó con su pistola con cinco balas al hombre de nieve, pero pensó que sería inútil y, guardándola, descolgó de su espalda la espada-chapa. Mientras Patrick esquivaba los golpes del hombre de roca, vio cómo allí donde golpeaba, ya sea suelo o un árbol, la criatura abría un boquete considerable. Eran realmente fuertes pensó mientras se acercaba a Calcetines que seguía ajeno a la situación. -¡Calcetines! ¡Ataca! -Amo… ¿ocurrir algo? Patrick clavó sus ojos azules en el golem furiosamente -¡¿No lo ves, pedazo de animal?! ¡Nos atacan! ¡Haz algo, tu amo te los ordena! ¡Son tan fuertes como tú, yo no puedo hacer nada! Entonces el hombre de roca corrió hacia Calcetines y le lanzó un puñetazo que el golem bloqueó. -Doler mucho- Dijo mientras se puso a correr hasta esconderse detrás de un árbol donde se puso a llorar. Patrick suspiró y el hombre de piedra volvió a ir a por él, aunque todos los golpes eran esquivados. Mientras, el hombre de nieve, que era tan fuerte como el hombre e roca, atacaba al soldado que paraba los golpes con la chapa oxidada. A pesar de la fuerza del ser, la chapa resistía. El soldado atacaba pero cada vez que cortaba una extremidad del hombre de nieve o le hacía un corte, le crecía o se cerraba. Durante un instante miró al rostro sin cara del engendro que dejó de atacar esperando el contraataque del soldado. Había que hacer algo para acabar con él, pensaba, pero ¿qué? Patrick decidió que ya bastaba de esquivar golpes. Se agarró la capa que le cubría el brazo derecho y la arrancó. Patrick no tenía antebrazo. A la altura del codo le salía un apéndice largo de madera con dientes de metal como si fuera un serrucho. Con un ruido similar a un chasquido, los dientes del brazo comenzaron a moverse de atrás adelanté como si fuera una sierra mecánica. -Ven aquí, preciosidad que te enseñaré mi juguetito. El irlandés comenzó a acometer al hombre de piedra con tanta violencia y rapidez que no le dejó otra opción que defenderse. Pero aun así era inútil. Aunque bloqueara con los brazos los golpes del brazo-sierra, sus dientes eran tan fuertes que trituraban la roca. Poco a poco, los brazos del monstruo se desmenuzaron y una vez sin ellos estaba indefenso. Patrick trituró el resto del cuerpo hasta que solo quedó gravilla. Mientras, el soldado seguía cortando al hombre de nieve, pero éste continuaba regenerándose. El soldado, ya cansado, observó que la regeneración le llevaba un tiempo. Entonces supo que hacer. Atacó con un corte vertical que cortó a la criatura de la cabeza a los pies y luego atestó nuevos tajos hasta trocearlo; después usando la espada como palanca lanzó los restos de nieve lejos unos de otros. Se mantuvo en guardia un tiempo pero el hombre de nieve no se reconstruyó. El soldado se giró a ver como le iba a Patrick. Vio que ya había acabado con su enemigo pero se sorprendió al ver su brazo artificial. No tuvo tiempo de preguntarle nada, solo de guardar la espada, ya que en ese momento dos piedras les golpearon en la cabeza dejándolos inconscientes. Cuando el soldado abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba tumbado pero de una forma imposible ¡estaba flotando en el aire! Levantó la cabeza y vio que se movía, ya que vio que Calcetines les seguía a lo lejos llorando y llamando al soldado y a su amo. Miró a su derecha y vio que junto a él Patrick estaba tumbado también, todavía inconsciente y flotando en el aire y moviéndose hacia adelante como él. Tumbado como estaba, hizo un esfuerzo por moverse pero no podía mover ni piernas ni brazos, solo el cuello, así que lo giró para mirar hacia sus pies y así ver quién los manejaba de esa manera. Delante de ellos, una figura de apenas un metro de alto caminaba con los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia arriba. De esa forma era como los llevaba en el aire. El hombrecillo era deforme y su cráneo era mucho más desproporcionado que el resto de su cuerpo. Entonces lo comprendió todo. Por eso estaban flotando en el aire y había visto a aquellos hombres de roca y de nieve. Todo el mundo sabe que con su mente superdesarrollada eran capaces de usar poderes extraños. El hombrecillo que los llevaba en el aire era un mutante sapiens.


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