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  terror > Asesinos en serieLos bromistas

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se publicó en la web el 20 de Octubre del 2008

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  Categoría: terror > Asesinos en serie
  Titulo:

Bastó que el despertador sonara una vez para que Esteban se convirtiera en un motor de arranque en su propia casa, vistiéndose, desayunando y limpiándose los dientes... todo a la vez. Aquello no formaba parte de su comportamiento habitual, bien sabía que los osos hormigueros y él se parecían bastante en lo que a horas de sueño se refería, pero era la hora de llevar a cabo su plan. Como un duendecillo travieso corrió hacia su ordenador que con los años se había convertido en una extensión más de su cuerpo y de su mente, y lo encendió. Entonces, en el mismísimo fondo de pantalla apareció ella. Su vecina desde hacia cuatro años. La que durante tanto tiempo había perseguido sin éxito, y hoy, si todo salía bien, sería suya. Sara. Esteban abrió Mis documentos, llegó hasta el fichero de imágenes y encontró las fotos... Ahí estaba la llave definitiva al mundo de su vecina. Sólo tenía que mandárselas a su correo electrónico bajo el nombre de un delator anónimo y la muy guapa, en menos de lo que cantaba un gallo, dejaría a su novio. Miró a su salón vacío y de pronto notó como esa soledad le oprimía. Todo aquello era demasiado frío... demasiado inhumano. Aún no las mandaría. Ni hablar. Faltaba el factor regodeo. Tenía que compartir aquello con alguien, tanto el antes como el después al envío. Decidió ir a casa de su buen amigo Ricardo y mandarlas junto a él. De camino a su casa, Esteban tuvo una extraña sensación... sintió como si le siguieran. Sin embargo, las veces que miró tras de él no llegó a ver nada sospechoso. Dedujo que debía ser la mala conciencia. -¡Ricardo, tío! ¡Estás apunto de asistir a un día histórico! –dijo irrumpiendo en la casa de su amigo-. Hoy por fin Sara caerá en mis brazos... -¿Y cómo es eso? –preguntó él cuando entraron en su habitación cutre. Esteban se sentó en su ordenador y del bolsillo sacó su Pendrive. -Digamos que su actual novio ha tenido un tropiezo con otra chica... y que yo he podido inmortalizar uno de esos tropiezos. En ese mismo momento, los dos estallaron a carcajadas. -Venga, tío, pongámonos manos a la obra. Ricardo miró a Esteban como si este fuera un Dios. Se equivoca, pensó a su vez Esteban, Esto es una mierda. Un acto repugnante. Pero esta putada es la única salida que me queda. Tras enviar las fotos, Esteban decidió pasar el resto del día en casa de su amigo y darle así el tiempo suficiente a Sara para que viera las fotos, dilucidara la situación, pudiera llorar y todo lo que conllevaba el acto de infidelidad para sus víctimas. Esperó hasta las ocho de la tarde y fue entonces cuando abandonó a su amigo y se puso en marcha hacia su casa. Durante el trayecto se sintió atenazado otra vez por la incómoda sensación de ser observado. Se dio la vuelta con brusquedad. En ese instante, Esteban los vio... Eran cinco. Parecían ser sólo unos chavales... Desaparecieron con la misma rapidez con que habían surgido. Había sido cuestión de abrir y cerrar los ojos. Qué cosas, pensó Esteban quitándole hierro a su perplejidad. Se detuvo en Gargariums pizza e hizo algo que ya había hecho otras veces, comprarle una pizza a Sara. Era una costumbre entre ellos la de ayudarse mutuamente como buenos vecinos en épocas de exámenes. El pretexto perfecto para poder verla esa misma noche y consolarla. Entró en su portal y fue directo al tercero. Atenazado por los nervios, su figura parecía un flan andante. Con movimientos espasmódicos tocó a la puerta. Sara abrió y para alivio de Esteban la vio como se la había imaginado. Completamente abandonada a las lágrimas. Pero fue un alivio fugaz porque al segundo siguiente se sintió como un miserable. Sara le miró a los ojos y dejó asomar una expresión de gratitud. Ahí estaba todo lo que Esteban había soñado... seguramente le dejaría entrar, hablarían, la consolaría pero... Las pizzas cayeron al suelo y al instante siguiente, sin poder evitarlo, Esteban le contó todo, echando por la borda de un plumazo todo el plan que tanto tiempo le había llevado urdir. -Llevo mucho tiempo pensando en tí –dijo sin más- No sé lo que he hecho. Para sorpresa de Esteban, la chica le dejó pasar. Esteban le juró y le perjuró que las fotos eran cien por cien reales. De lo único que se lamentaba era de haber sido tan rastrero para usar los desaires de su novio a su favor. Esperó un fuerte rechazo por parte de Sara pero ella le trajo para sí y se besaron por primera vez. Dos horas más tarde Esteban regresó a su casa con andares tambaleantes. Se sentía completamente desorientado por cómo habían ido las cosas. Había mucho en qué pensar, muchas cosas que ordenar en su atolondrada cabecita. La almohada le ayudaría en eso. Sin duda alguna sería el sueño más dulce su vida. La chica de sus sueños le había besado, ¿qué más podía pedir? Era un tío feliz. Abrió la puerta de su casa y en ese instante, la nube mágica en la que se encontraba se desvaneció. Cinco desconocidos se encontraban en la entrada, mirándole, esperándole... Eran los chavales de antes. En sus manos vio que llevaban bates de béisbol y barras de metal. Con educación le hicieron pasar a su salón de tal forma que parecía que el invitado era él. Le ordenaron a sentarse en su sillón y a tranquilizarse. Luego agarraron su mano. Esteban cerró el puño al ver unas tijeras de grandes dimensiones acercarse a él. La hoja se abrió y le indicaron que abriera también su mano y la extendiera. Esteban se negó. -Pues irá a la entrepierna –le amenazó el que parecía ser el líder de los chicos. Al segundo siguiente, su meñique derecho quedó a disposición de las abiertas hojas de las tijeras. Esteban soltó un grito de terror. -No te pasará nada, si nos ayudas un poco –dijo el Líder. -¿Qué queréis? ¿Robarme? Los chicos rieron. -No, no. Para nada. -Es algo muy sencillo. Es un juego doméstico –dijo otro chico. El Líder asintió. -Te lo explico. La tele, ¿no? –dijo el Líder señalando su plasma del salón, regalado por gentileza de sus padres. Esteban la miró. -Si la rompes… Nosotros no te rompemos el meñique. Así funciona esto. -Pero… no entiendo. El Líder parpadeó dos veces consecutivas con una expresión de impaciencia. -¿Por qué? –preguntó Esteban. Uno de los chavales le entregó un bate de béisbol. -No seas pesado y decídete –dijo el Líder. Todos se pusieron en guardia por si Esteban se proponía atacarles con el arma que acababan de cederle de forma temporal. Ni en mil años, pensó Esteban, eran demasiados y con bates… sin dudarlo le harían picadillo. -¿Trato hecho? –preguntó el Líder. Esteban no se molestó en responder. Se levantó del sillón y con aplomo destruyó el televisor en tres histéricos golpes. Los chavales aplaudieron. El Líder le indicó a que se sentara de nuevo. Le agarraron otra vez la mano y la tijera volvió a amenazar a su meñique. -¿Pero qué?... –dijo Esteban sin entender nada. -No iba a ser tan fácil, amigo. Nos hemos desplazado hasta tu casa. No nos íbamos a ir tan pronto. -Hay que subir de nivel, amigo –agregó otro de los muchachos. El Líder chasqueó los dedos como si fuera un mafioso de pacotilla y dos de los chicos abandonaron el salón para introducirse en su dormitorio. -¡¿Eh?! –dijo Esteban indignado. -Tranquilo, ahora mismo salen –dijo el Líder. El Líder miró a otro de sus muchachos. -Tú, ve al baño y busca algo de alcohol. El muchacho obedeció. A su regreso no trajo alcohol pero si todas las colonias de Esteban. Una pequeña fortuna a costa de sus inofensivos caprichos hacia sus padres. Acqua Di Gio, Arman, Angel Schlesser, Hugo Boss, Burberry. Todas. -No había alcohol, pero esto servirá –se disculpó el chico. -Perfecto. El Líder miró a Esteban. -Más de lo mismo, amigo…-le dijo y le entregó su lote de colonias-. Ellas al suelo… O tu meñique al suelo. Esteban ni se molestó en pensarlo… arrojó con fuerza esas mierdas. Se oyeron fuertes crash y llovieron varios trozos de cristales por la estancia. Uno incluso alcanzó a uno de los jóvenes. -¡Mi ojo! Los chavales rieron. -Tranqui, el alcohol por lo menos ya no lo necesitas… -dijo el Líder, divertido. -Ja, ja, ja –dijo de forma sarcástica el chico herido. Los dos chicos que habían ido a su habitación regresaron con sendas montañas de ropa en sus manos. -Tiradlas a ese charco que huele tan bien –indicó el Líder. Esteban vio como su ropa de marca, su particular tributo al pijerío, las gorras Nike, O´neill y sus calzoncillos de Dolce & Gavana se mojaban con el alcohol. El Líder sacó un mechero de su bolsillo. Se oyó un chasquido y lo encendió. -…Tu meñique o tu ropa –le dijo al tiempo que le hacia entrega del mechero-. Ánimo, que lo estas haciendo muy bien, ¿a que sí, chicos? Todos asintieron. -Eres un crack, tío –le dijo uno de ellos. La tijera se apartó de su meñique. Unos pequeños instantes de libertad hasta que terminara el trabajo. Miró el mechero y el montículo de ropa. Ahí estaba lo que le había definido y diferenciado de los demás… Su seña de identidad. Toda aquella ropa que nadie tenía y él sí. La envidia del grupo. A tomar por culo, se levantó, se acercó al montículo y apuntó la boquilla del mechero hacia ese charco que olía tan bien, tal y como había dicho el Líder de forma tan elocuente. Encendió el mechero y vio como empezaban a arder sus prendas. La mirada de los chavales al ver aquello era idéntica a la de unos niños contemplando un espectáculo de fuegos artificiales. Abrieron las ventanas para airear la estancia. Cuando comprobaron que la ropa no era más que trapos inservibles, decidieron apagar la improvisada fogata. Alertado por el humo y el olor, uno de los vecinos de Esteban tocó al timbre. -Esteban, ¿estás bien? –le preguntó preocupado tras la puerta. -Si no quieres jugar más, tu mismo, amigo… -le susurró el Líder al oído. Los demás chicos estaban quietos y en silencio. Tumbas humanas. Esteban miró su meñique… Y las tijeras… -¡Váyase a tomar por culo, González! ¡Estoy haciendo una pequeña parrillada! –gritó Esteban, enérgico. Tras la puerta se hizo un pequeño silencio. -…No tienes por qué hablarme así –dijo el vecino azorado, sin saber muy bien qué más decir. -¡Que te pires o te parto la cara, coñazo de los cojones! –gritó Esteban enfurecido. El vecino ya no volvió a hablar más. Todos rieron. Sin poder evitarlo, Esteban se sorprendió a sí mismo esbozando una pequeña sonrisa al sentirse halagado. Siguieron jugando: lo siguiente fueron sus películas. Las destruyó. Su equipo estéreo, lo destruyó. Sus CDs. -Nunca me gustaron estos grupos –dijo Esteban riendo y dando fuertemente con el bate a varios CDs-. Parecían maricones. -Jajajaja. Bueno, sí –dijo el Líder asintiendo-. Pero el último de los Spaces no estaba tan mal. -¡Tonterías! –dijo Esteban golpeando con tanta fuerza la estantería de CDs que casi hizo que retumbara toda su habitación. Fueron a la cocina y ahí Esteban dio al traste con toda la comida recomendada por su dietético del gimnasio. Otra fortuna de la que preferiría no pensar. Sus batidos de proteínas, sus músculochocolatinas, sus zumos, sus pastillas de vitaminas. -Se ve que te cuidas, amigo –comentó el Líder. -Hoy ya no –dijo Esteban, animado, y pisando una de las chocolatinas con ira, de la que salió una pasta espesa. Los muchachos volvieron a reír. El siguiente lugar fue su habitación. Dieron buena cuenta de sus pósters, de su otra televisión, de sus carísimas figuras de Star wars, de su máquina de abdominales. -¿Qué es esto? –preguntó el Líder, señalando la mesa. -Apuntes de la Universidad. -Los reventamos, ¿no? –preguntó el Líder. -¿Tú que crees? –dijo agarrándolos y tirándolos por la ventana. -Cuidado, amigo –dijo preocupado uno de los chavales mirando por la ventana-. Casi le das a una vieja. Joder, menudo susto se ha llevado. -Yo también me lo llevé cuando supe que tenía que estudiar todo eso –comentó Esteban desenfadado. Los muchachos estallaron a carcajadas. El Líder le dio una palmada amistosa en la espalda. Cuando se calmaron, se hizo un silencio, y los ojos de todos, primero los del Líder, luego los de los demás, se volvieron hacia lo único intacto que quedaba en su habitación. El ordenador. Sara miró a Esteban desde el fondo de pantalla. Estaba preciosa. Se le hizo un nudo en la garganta. Ahí estaban todas las fotos de ella, sus e-mails, sus conversaciones en el chat, las cuales había estado guardando sumariamente desde hacia años y que prácticamente releía a diario. No, el ordenador no. Pero el Líder le asintió con la cabeza. -Vamos allá, ¿no? -Esto… ¿No podría ser una excepción? Tengo muchas cosas valiosas ahí dentro. Cosas importantes que significan mucho para mí. No se trata de algo material… -Ajá… -Fotos, recuerdos, ¿entiendes? -¿No estarás hablando de pornografía? -No, no. Hablo de fotos familiares, de cartas privadas, de escritos… escritos íntimos. ¿Ves a esa chica? El Líder asintió, inexpresivo. -Es Sara, la chica de mis sueños. Lo tengo todo sobre ella ahí dentro. Mi relación con ella se ha basado en el ordenador. Es patético, lo sé, pero así ha sido. Es muy importante para mí tener estos recuerdos. Es lo más importante. -¿Y no has hecho copia de seguridad? Esteban negó con la cabeza. -Mal hecho, amigo -¡Por favor! ¡Destruiré lo que quieras! ¡Lo que me pidas! -Puesto que hablamos de un fuerte valor sentimental y no material, podríamos hacer una excepción… -¿De veras? –preguntó Esteban esperanzado. -Podríamos sí –dijo rascándose una mejilla-. Sólo una, ¿de acuerdo? Tu ordenador vivirá de momento. -Graci… El sonido de su timbre entrecortó a Esteban. Sin perder ni un segundo los chicos le arrastraron al salón con rapidez, le sentaron el sillón y extendieron su mano. El meñique volvió a estar en situación. El timbre sonó otra vez. -¿Seguimos con el juego? –preguntó el Líder. Esteban, a su pesar, asintió. -¿Quién es? –dijo Esteban alzando la voz. -Esteban, soy Sara, ¿estás bien? Los ojos del Líder y de los muchachos se abrieron sorprendidos. -Sí, ahora estoy ocupado –dijo Esteban con tranquilidad. -Es que hemos oído rudos… y se ha visto humo que salía de tu habitación. -¡Eso fue hace ya tiempo! –dijo Esteban intentando sonar alegre. - ¿Seguro que estás bien? ¿Por qué no me abres la puerta y hablamos? Vio la sonrisa de los chicos ante esa perspectiva. -¡No! –gritó Esteban-. ¡Ahora estoy ocupado! El Líder disimuló una risa. -¡Esteban, ¿qué te pasa?! -¡Nada, joder, déjame en paz! -Esteban… -la voz de Sara se debilitó. -¡Estoy bien! ¡Estoy haciendo ejercicio! ¡No me molestes! –gritó Esteban airado-. ¡Pírate, ostias! Se oyeron los pasos de Sara alejándose de la puerta. Esteban miró la puerta con rabia y pequeñas lágrimas brotaron de sus ojos. Se imaginó la reacción de Sara ante su brusquedad. La pobre. Lo único que había hecho era preocuparse por él. -Ajammm, con que Sara es tu vecina –dijo el Líder con rintintín. -Ya basta, por favor –dijo Esteban-. Os habéis divertido lo suficiente. ¿Por qué no os vais? -Nos iríamos, amigo, pero nos debes una –dijo el Líder-. El ordenador, ¿recuerdas? -Pues lo destruiré ahora mismo –dijo Esteban levantándose del sillón-. Dádme un puto bate. -Ey, tranquilidad, Joe Di Maggio. La cosa se ha puesto más interesante. Los muchachos asintieron con su cabeza. Esteban les miró irritado. -¿Quién coño son éstos? ¿Tus Lemmings o qué? Todos rieron. -Lemmings, dice. Este tío es cojonudo, ¿eh? –dijo el Líder. -De lo mejorcito con lo que nos hemos topado –dijo uno de ellos con una expresión que le dio tanta repulsión a Esteban que sintió unas ganas inmediatas de abrirle la cabeza. -Siéntate, Esteban. Una prueba más y terminamos, ¿vale? Esteban se sentó. -Bien, Esteban, ahí va… ¿Qué es lo que harías por ella? Esteban les miró perplejo, en silencio. -Coño, Esteban, es fácil, ¿qué es lo que harías por ella? ¿Le salvarías la vida? ¿La protegerías de malhechores? ¿Darías tu vida por ella? Esteban le miró aturdido. -Sí… -dijo titubeante al cabo de unos intensos segundos-. Claro…. -Pues… ¿Tu meñique o ella? La tijera volvió a rodear su dedo. -¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Los chicos rieron. -Queremos que te conozcas –dijeron todos al unísono. Esteban sintió escalofríos por la forma con la que lo habían dicho. -¿Por qué? ¡No tiene sentido! -Nada de lo que hemos hecho hoy tiene sentido, así que espabila. -¿Queréis que la mate? -O destruirla, como quieras llamarlo –dijo el Líder. -¡No puedo hacerlo! ¡Estáis locos! -Entonces nos quedamos con tu meñique, ¿no? La hoja de las tijeras hizo un pequeño movimiento. -¡No! El Líder le miró con una especie de expresión de compasión. -Míralo de esta manera, amigo. Ella es la materia. Tú te quedas con lo sentimental: el ordenador. -¡Estáis como cabras! ¡¿El ordenador por mi novia?! ¡Estáis locos! ¡Os doy el puto ordenador, ahora mismo! ¡Me lo cargo en un segundo! -No, no. Es muy valioso para ti. Lo dijiste. -¡No voy a hacerle nada a Sara! -Baja la voz y decídete. No vamos a perder más tiempo. El brillo de las tijeras resultaba dolorosamente deslumbrante. Sin poder evitarlo, Esteban se echó a llorar. No pudo apartar de su cabeza las terribles tijeras y de los dolores que ella traería consigo. Suplicó hasta desgañitarse, intentando con todas sus fuerzas que sus gritos resonaran en las cabezas de esos maleantes. Los chicos apartaron las tijeras y al mismo tiempo que lo hicieron le entregaron un cuchillo. Ella o tu meñique, le repitieron. Le acompañaron hasta el piso de Sara, escoltándole. Uno de los chavales se acercó al Líder, algo nervioso. -Oye, ¿de verdad que…? El Líder negó con la cabeza, sonriendo. -Tranqui. Todo controlado, Dani. El chaval le miró inquieto y respiró profundamente. Se detuvieron ante la puerta. Esteban apenas podía estar en pie. Sin embargo reunió las fuerzas suficientes para tocar el timbre. A los pocos segundos, Sara abrió la puerta. Miró a Esteban con una expresión de desconcierto, luego a su cuchillo y finalmente a los chavales que estaban detrás de él. El Líder, en ese momento, tiró al suelo las tijeras de imitación, las cuáles habían servido de utilidad en infinidad de cortometrajes. -Bien, Esteban, ya está. Todo ha acabado –dijo el Líder sonriendo y con voz amistosa. Esteban sin apartar los ojos de Sara casi quiso encogerse de hombros y decirle que las cosas funcionaban así. El Líder agarró el hombro de Esteban y tiró de él. Esteban miró a Sara por última vez. Utilizó el arma. -¡No! -gritó el Líder. Esteban no paró de mover su brazo una y otra vez con energía, mirando al frente pero sin mirar ningún punto en concreto. Los muchachos abrieron los ojos, asustados, pero ninguno se movió. Ninguno se había esperado que sucedería lo que acababa de suceder. Pero para Esteban fue más fácil de lo que había creído. Sólo tuvo que pensar en el brillo de las tijeras y en sus dolorosas consecuencias (¡Dios! ¡Su meñique amputado!) Después, húmedo y aturdido, miró a los chicos. Pero ya no estaban a su lado. Todos habían echado a correr, excepto el Líder, que palidecía ante él, con la misma expresión con la que alguien miraría a un fantasma. Se dio la vuelta, y tambaleante y despojado por completo de toda aquella capa de seguridad que le caracterizaba, vomitó sobre la esterilla del vecino de Sara y corrió como pudo por el pasillo. Esteban ya no sentía terror, ni preocupación, ni rabia. Ni sentía lástima por Sara. De momento no, al menos. Sólo una fuerte y dolorosa vergüenza. Por un meñique, pensó Esteban cerrando los ojos, por un simple y triste meñique....


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