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  fantasia > Fantasia GeneralLeyendas de Arisse (Capítulo 2)

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se publicó en la web el 05 de Agosto del 2008

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  Categoría: fantasia > Fantasia General
  Titulo:

Hojas de Trisalia para un diente roto -Zirge, despierta. Sintió que alguien le movía el cuerpo bruscamente, y abrió los ojos con mucho esfuerzo. Junto a él estaba Yarenna, sonriente como era habitual, mirándole con gesto ansioso. -Vamos dormilón, ya han llegado algunos comerciantes al poblado. -Uhmm- acertó a decir Zirge con la boca ligeramente entreabierta. -Venga- tiró ella de la sábana con fuerza, dejándole parcialmente descubierto.- tenemos mucho que hacer. Los demás están esperando abajo, no tardes. Yarena se acercó al borde de la plataforma, amarrada al árbol por tres puntos diferentes, y se dejó caer por el borde con absoluta tranquilidad. Zirge se revolvía aún en la cama, sin encontrar la postura más cómoda. El día era bastante soleado. Desde aquella altura, podía divisarse el primer sol ya en lo alto y, entre los árboles, un pequeño trozo del segundo despuntando entre el horizonte. A ratos soplaba una ligera brisa que acariciaba la cara de Zirge y le traía un dulce aroma de hojas de yum, ahora en plena floración. Se revolvió una vez más en la cama, sin encontrar una postura lo suficientemente cómoda, por lo que se puso en pie de un respingo. Las tablas, de madera gruesa y oscurecida por los soles, crujían y oscilaban ligeramente bajo sus pies con cada movimiento, haciéndole sentir como si estuviera a bordo de una nave en alta mar. Por el borde de la plataforma, asomándose un poco, veía empequeñecidos a los demás habitantes del poblado. Smert, uno de los cazadores, volvía del Bosque Profundo con varias piezas cobradas, algo habitual en los últimos días, a pesar de que las nieves comenzaban a divisarse a lo lejos, en las montañas, y muchos animales empezaban su ciclo de migración hacia el norte. El frío aún no había llegado a la región, pero se notaba la bajada de temperaturas y pronto empezaría a bajar el número de especies que campaba a sus anchas por el bosque. De hecho, Zirge no había percibido en toda la noche, como otras veces, el ruído de los majires, unos pequeños ratoncitos de grandes colmillos triangulares que roen la madera haciendo un sonido característico. Se puso el peto de cuero, el cinturón y los gruesos botines de piel. Un pequeño cuchillo, de piedra gris bien pulida encordada toscamente en un extremo, colgaba del cinturón junto a un saco de cuero negro que contenía varias semillas de wemte, las más nutritivas del bosque. Los cazadores las empleaban especialmente en las largas travesías de invierno, cuando las jornadas de caza se prolongaban durante muchos ciclos en entornos hostiles y se hacía necesario disponer de un alimento que no requiriese transportar grandes cargas, y que a la vez, fuese duradero. Zirge se acercó al borde la plataforma, como ya antes había hecho Yarenna. El grueso tronco del árbol, de 20 alturas, quedaba a sus espaldas, mientras él miraba el horizonte durante un instante. Dio un paso adelante sin vacilar, inclinando ligeramente su cuerpo hacia delante mientras la inercia hacia el resto. Los árboles en los que los Nupptekkas construían sus plataformas tenían la particularidad de tener 2 copas: una en lo más alto y otra, curiosamente, a ras de suelo. Los árboles de otras regiones no sólo no tenían esta característica sino que además raramente llegaban a las 10 alturas. Los árboles nupptekkas eran los más altos y vigorosos, duros como la piedra. Y la copa que crecía a ras de suelo suscitaba el interés de los más jóvenes por sus enormes posibilidades de diversión. Entre sus ramas, tan frondosas que formaban una tupida red vegetal, jugueteaban continuamente los pequeños nupptekkas saltando y enredándose en las hojas, que con frecuencia alcanzaban un tamaño desproporcionado. Zirge aterrizó suavemente sobre la más alta de las que se encontraban en la copa inferior, deslizándose después entre unas y otras con maestría. Visto desde fuera, parecía que el viento mecía algunas ramas mientras esquivaba otras. Enseguida la velocidad aumentó lo bastante como para salir despedido de la copa si no acertaba en medir bien las curvas, pero Zirge tenía demasiada habilidad acumulada para dejarse llevar. Al entrar en la última rama antes del suelo, lanzó un brazo hacia atrás para agarrarse a una de las hojas que tenía más cerca. Cualquiera de ellas puede soportar sin problemas el peso de un joven nupptekka sin romperse, dado que son muy flexibles: tan sólo hay que calcular hasta que punto lo son, y Zirge tenía la medida tan cogida que se quedó a un palmo escaso del suelo, columpiándose un momento mientras soltaba la rama, que volvió rápidamente a su posición original. Frente a él, de espaldas, conversaban su hermana Yarenna, Mimeth (a quien Zirge apodaba “Manosfinas” por su habilidad para vaciar cinturones ajenos) y Tälvan, el pequeño-gran cazador de majires, de regreso tras una de sus incursiones de caza en el Bosque Profundo. Mientras Zirge se acercaba, observó que Tälvan llevaba una mano, la izquierda, envuelta en una hoja con varias cuerdas alrededor. Los menudos y peludos dedos apenas asomaban por el extremo. -Los majires terminarán por devorarte si les dejas, amigo mío- dijo Zirge mientras le rodeaba la espalda con un brazo. Tälvan giró la cabeza sonriente, mostrando una dentadura afilada de tanto morder cuerdas y trozos de madera para hacer trampas. -Zirge el Dormilón. Si los majires tuvieran la misma habilidad para trepar a los árboles, como para comérselos, estoy seguro que no habría hojas suficientes en tu árbol para taparte las heridas. -Es evidente que os tenéis gran aprecio- interrumpió Yarenna haciendo en gesto con la mano entre la mirada desafiante de ambos- pero tenemos cosas importantes que hacer. Mimeth- giró la vista hacia el delgaducho nupptekka, que, distraído, hacia gestos de olisquear algo en el aire con su prominente hocico- ha visto nuevos comerciantes en camino hacia el mercado de Ahrabak, ¿verdad?. -Cierto- aseguró, mientras se arrodillaba y dibujaba algo en la tierra con ayuda de una ramita- dos carros que Mimeth no visto nunca. Uno ligero, ruedas poco surco. ¡Nipste!- hizo una mueca burlona al aire sacando la lengua, visiblemente deforme-. Mimeth no gusta. Otro, delante, pesado, muy pesado. No huele. Raro también. Hace mucho tiempo, cuando sólo eran dos pequeñas bolitas peludas, Mimeth y Zirge jugueteaban junto a una hoguera. En un momento dado, Mimeth tropezó al borde de la fogata y golpeó con la cabeza varias brasas, con tan mala suerte de tener la boca abierta. Se quemó parte de la cara y la lengua, aunque el espeso pelaje facial ocultaba las quemaduras en su mayor parte. Tälvan miraba con gesto extrañado los dibujos de los carros en la tierra. -A mí tampoco me gusta.-dijo por fin el cazador- Un comerciante con un carro vacío o con poca carga. Otro con un carro pesado lleno de algo que no son alimentos. ¿Armas, tal vez?. -¿Por qué no valiosas gemas?- contestó Zirge, con un brillo especial en los ojos. -Nos meteremos en un buen lío, Dormilón. Ni un carro vacío ni uno demasiado pesado nos convienen. Además, puede que ni sean comerciantes. -¡Nipste!- volvió a exclamar Mimeth rabioso, mientras dibujaba algo en los laterales de los carros-. Tres hojas verdes pintadas, comerciantes, ¡comerciantes!- gritó en alto, lanzando una mirada airada al cazador. -Está bien, está bien.- dijo Zirge, intentando tranquilizarle- Debemos comprobarlo de todas formas, Tälvan. No estaría mal conseguir algo más valioso que frutas demasiado ácidas o unas pocas semillas que se pudren por falta de terrenos donde plantarlas. -Hoy tienes ganas de jugarte el pelaje, amigo- Tälvan le estiró con dos dedos de un mechón del brazo- bien, allá tú. No iré con vosotros en esta ocasión. He de preparar otra cacería para esta misma noche, pero me apetecía conocer vuestras intenciones. Yarenna, cuida de tu hermano- señaló a Zirge con un dedo que avanzaba hacia él como si fuera una flecha. Zirge, por su parte, hizo una mueca forzada. -Cuídate tú también de los majires, Tälvan- le respondió Yarenna con sorna. El cazador esbozó una pícara sonrisa y, tras dar un vigoroso salto sobre una de las copas cercanas, escaló rápidamente hacia la parte superior del árbol hasta que se figura dejó de ser visible, confundida con el mismo tronco. Mimeth parecía haberle cogido cariño a la ramita, porque había seguido dibujando detalles alrededor de los carros de comerciantes. Ahora se podía ver el camino por el que, imaginariamente, circulaban ambos, varios árboles en los alrededores y tres figuras sombrías que, al parecer, se acercaban sigilosamente a la parte trasera del último carro. Mimeth, aparte de imaginación, demostraba tener cierto talento para el dibujo. Yarena y Zirge estuvieron mirándole un instante, absortos, hasta que la voz suave y familiar de la tía Vandara sonó justo a sus espaldas. -Os estaba buscando a los dos. Ambos se giraron al unísono y saludaron sin mucho entusiasmo. Yarenna echó la cabeza hacia atrás un instante para calcular un puntapié a Mimeth, que al principio la miró con gesto contrariado. De seguido, éste hizo una mueca de complicidad y se apresuró a borrar por completo el dibujo. La tía Vandara era sólo un poquito más alta que Zirge. A diferencia de la mayoría de los nupptekkas, que poseían pelaje oscuro en la mayoría de su cuerpo, la tía tenía un pelaje gris claro jaspeado suave y abundante que le daba un aspecto noble. Sus ojos eran del mismo color y tenían un brillo especial cuando miraba a sus sobrinos. -Me imagino que tenéis pensado ir al mercado más tarde, ¿verdad?.- miró a ambos como si ya supiera la respuesta- Zirge, pásate antes por el árbol de tú tío Walok, andará con sus pinturas, ya sabes. Yarenna y yo estaremos en el almacén, os voy a dar una lista de semillas que necesito. -Tía Vandara... - exclamó Yarena, con cara de súplica. -No te preocupes, será un momento.- le tranquilizó ella mientras se alejaban andando- Son cuatro cosas nada más. Zirge hizo una mueca de burla a Yarenna aprovechando que su tía le daba la espalda, y acordó con Mimeth que fuera a buscarle cuando el primer sol estuviera en lo alto, así dispondría de bastante tiempo para charlar con su tío. Emprendió el camino hacia las afueras del bosque, donde se encontraba el árbol del Tío Walok, “el más raro de todos los nupptekka” como solía referirse a él Tälvan. Vivía en el mismo borde del poblado, en un tronco que a duras penas se mantenía en pie tras recibir un rayo durante una espeluznante tormenta, hace cientos de ciclos. Muchos vecinos afirman, irónicamente, que el rayo también dejó dañada desde entonces la sesera del Viejo Walok. Zirge había oído la historia de la terrible tormenta en multitud de ocasiones, pero seguía entusiasmándole escucharla de labios de su tío. Y él, también agradecía que su sobrino favorito le preguntara sobre aquella experiencia, aunque siempre estuviera presente el peligro de que Walok no recordara todo los detalles... Un terrible enfado se cernía sobre su cabeza entonces. A medida que caminaba, Zirge iba saludando a cuanto nupptekka se encontraba en su camino. Aunque era temprano se notaba bastante actividad, principalmente de cazadores y recolectores de frutos preparando sus carros para acudir al mercado. Pasó delante del gigantesco árbol de corteza rojiza donde Shedam, el jefe del pueblo, echaba sus larguísimas siestas, a veces hasta que caía la noche. Se dijo a sí mismo, que si alguna vez conseguía llegar a ser el jefe del pueblo, su primer objetivo sería echarse una siesta en aquella copa de gigantescas hojas suaves y frondosas. “Después, llamaría a ese envidioso de Tälvan, y le ordenaría ir de caza al Bosque Profundo, de noche y sin candil. Así aprendería” pensó, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Un poco más adelante, Zirge comenzó a distinguir la zona exterior del poblado, donde la abundante y verde hierba que inundaba el bosque se tornaba más bien escasa y de tono amarillento. Los árboles, a pesar de todo, se presentaban fuertes, vestidos de troncos gris ceniza y copas doradas. Una plataforma de madera, amarrada rudimentariamente con unas cuantas lianas, destacaba unos metros más adelante, en lo alto, mientras se aferraba a un árbol desprovisto de copas. La parte superior del tronco aparecía desgarrada brutalmente, como si una zarpa gigante la hubiese arrancado sin miramientos. Una mancha negra serpenteaba alrededor del borde superior dotando al árbol de un tono sombrío. Zirge se acercó un poco más, hasta casi poder oler el tronco, y gritó con fuerza el nombre de su tío. Una bandada de pequeños pájaros de colores surgió por sorpresa de una de las copas cercanas, revoloteando anárquicamente sin dirección mientras emitían agudos chillidos. En la plataforma varias de las tablas crujieron alternativamente mientras una sombra se movía de un lado a otro: una negra y peluda cabeza asomó lentamente por el borde. -¡Zirge!.- exclamó la cabeza- ¡qué sorpresa!. Por un momento pensé que era ese fanfarrón de Korovan. ¡Grslch!- un liquido extraño, viscoso y amarillento, salió disparado de su boca hacia el suelo de la plataforma.- ¿Crees que podrás subir sin escala?. Tu tía ha ordenado todo esto y no hay quien encuentre nada. -Tío Walok, la escala está echada sobre el árbol. -¿Qué?- bramó éste asomándose todavía más con cara compungida.- Por el pelaje de mis antepasados que esa escala no estaba ahí hace un momento. Vamos, ¡sube!, se avecina una nueva tormenta, lo huelo en el aire. Zirge se encaramó a la escalerilla de un salto, Mientras subía pensó que su tío había perdido el escaso juicio que le quedaba. “Quizás Talvän estaba en lo cierto. Una tormenta, con el espléndido día que hace”. En el cielo únicamente se movía una pequeña y rechoncha nube con aspecto de algodón. El viento mecía suavemente las copas amarillentas, que ondulaban emitiendo un débil siseo. Zirge tardó poco en asomar su cabeza por la plataforma, que desde abajo parecía menos extensa de lo que era en realidad. Mientras andaba, tuvo que echar a un lado varios cuencos de madera de diferentes tamaños que bloqueaban el camino. Algunos de ellos contenían pintura, elaborada con semillas trituradas mezcladas con agua, un método que Walok tenía muy perfeccionado hasta el punto de tener memorizadas todas las semillas necesarias para obtener una amplia gama de colores. A Zirge siempre le gustaba ver pintar y preparar pinturas a su tío, más todavía si se acercaba la hora de la comida, dado que el olor de cada una de las semillas impregnaba cada pintura dándole un aroma de lo más sugestivo. Atisbó a ver a su tío al fondo de la plataforma rodeado de tablas de madera y pinceles de diferentes grosores. Dependiendo de su tamaño, cada uno de ellos llevaba amarrado con finas cuerdas una cantidad mayor o menor de pelos que Walok solía coger de su propio pelaje. Estaba sentado de espaldas a Zirge mientras realizaba suaves trazos de color verde sobre una de las tablillas, colocada con cierta inclinación sobre un improvisado soporte. Una fina nube de humo ascendía lentamente sobre su cabeza. -Ah, muchacho.- dijo sin girar la cabeza- Nada mejor que una buena pipa y un buen paisaje que dibujar. ¿Qué te parece?. Zirge llegó hasta él y vio un prado verde dibujado sobre la tablilla, con pequeños matices amarillos y blancos que lo sembraban de flores en toda su extensión. Un aroma dulce a semillas azucaradas inundó sus sentidos. Notó que salivaba. -Muy bonito tío. Es el prado de Urdelte, al norte del poblado, ¿verdad?. -¡Así es!- exclamó Walok con alborozo.- No podrías haberme dedicado mejor halago, mi querido sobrino. ¿Qué haces aún de pies?. Vamos, siéntate junto a mí.- carraspeó toscamente varias veces. Zirge se sentó a su lado mientras observaba las volutas de humo ascendiendo hacia el cielo dado que la plataforma, como era habitual en las construcciones nupptekkas, carecía de techo. -Hoy iré al mercado de Ahrabak, con Yarenna y Mimeth.- dijo Zirge al tiempo que jugueteaba con uno de los pinceles.- La tía nos ha encargado comprarle unas semillas, y me dijo que pasara por aquí. ¿Necesitas tú algo?. -¿Uhm?. Ah, no, no te preocupes. No obstante, si que podrías hacer algo por mí- giró la cabeza hacia él. Unos ojos negros profundos y misteriosos se percibían lejanos entre el espeso pelaje- Cuéntame que planes tenéis para los mercaderes. Zirge esbozó una sonrisa. -Lo mismo que otras veces. Coger semillas de lurdre, antanea y mëmnade. Si es posible, tampoco estaría mal unas pocas hojas de selandra, aunque será más difícil. -Siempre es difícil.- se acercó la pipa a los labios y aspiró una larga bocanada.- Pero sois hábiles, y rápidos. Me recuerdas mucho a tu padre, cuando ambos éramos jóvenes y nos movíamos como el viento entre los carros. Nunca nos cogieron. Walok alzó la cabeza hacia el cielo mientras expulsaba poco a poco el humo. Una ligera brisa sopló en aquel momento, arremolinando la columna que ascendía. -A nosotros tampoco nos descubrirán- dijo Zirge con suficiencia.- No te preocupes tío, somos demasiado rápidos para los Yedrin. -No subestimes nunca a un Guardián, pequeño nupptekka. Podría contarte cosas terribles sobre ellos, pese a que están aquí para protegernos y evitar el mal sobre este mundo.- una nube tapó el sol momentáneamente, sombreando la plataforma. -¿Qué historias son esas?- preguntó Zirge intrigado. Walok lo miró fijamente mientras dejaba el pincel sobre el suelo. Se acercó la pipa a los labios e inspiró una nueva bocanada. Los ojos emitieron un leve destello bajo el pelaje. -Está bien jovencito. Pero no me interrumpas con preguntas hasta que termine, ¿de acuerdo?.- Zirge asintió entusiasmado- Esta historia arranca mucho tiempo atrás, cuando los nupptekka aún no bailábamos sobre las ramas en las noches estrelladas. En aquel entonces, sólo los miembros de una única raza inteligente, los Yedrin, poblaban las extensas y frondosas tierras que todos conocemos hoy. Los Yedrin era, y siguen siendo, nobles criaturas surgidas de la misma tierra que les vio nacer, y desde el principio tomaron conciencia de que su papel era proteger todo aquello que les rodeaba. En ese entorno había numerosas plantas, árboles, y también varias razas de animales, entre los que se encontraban los Nuppes o Arborícolas, nuestros antepasados. A pesar del aspecto en apariencia frágil de un yedrin, su poder es superior a cualquier otro ser de este mundo. Una especie de semilla y un cristal transparente como el agua lucen en la cabeza de todos ellos, aunque los nupptekkas desconocemos para qué sirven. -¿Qué clase de semilla es esa?- preguntó Zirge, intrigado. -Shhhh, hasta Korovan aguanta más tiempo que tú sin interrumpir, jovenzuelo.- bramó Walok encolerizado, mientras Zirge hacía un gesto de disculpa con las manos- ¿Por donde iba?. Ah, sí. Cientos de ciclos después de su nacimiento, los Yedrin asistieron a la llegada de una nueva raza. Y digo “llegada” porque llegó desde el cielo, envuelta en una gigantesca bola de fuego que impactó contra la tierra, oscureciendo los dos soles con una densa nube de humo. El ruído fue ensordecedor, tanto que los Yedrin pensaron que su existencia había llegado a su fin. Sin embargo, del cielo sólo llegó una roca que se quebró al chocar liberando varios huevos, una simiente que con el tiempo y los cuidados de los Yedrin, dio lugar a los Thuereghün o “Raza de Reptiles”. Viendo que crecían y se desenvolvían mejor si el entorno era cálido, los Yedrin les cedieron un extenso territorio en las tierras áridas del norte, dando lugar a la actual Yhanaptra (“Tierra Árida”). Mientras tanto, en la otra parte del mundo conocido, dos razas evolucionaban rápidamente a partir de simples animales. -Los nupptekkas y los dreidan, ¿verdad?.- interrumpió Zirge de nuevo. Walok miró hacia el cielo como si no le hubiera escuchado, y observó que el número de nubes crecía rápidamente. Las ráfagas de viento cada vez eran más frías e intensas y los árboles parecían quejarse en cada movimiento. Zirge no llegó a percibir que su tío cogía un cuenco vacío a sus espaldas. -¡Irdra ne mentia! .- vociferó el anciano mientras le daba un ligero golpe con el cuenco en la cabeza- Los Dreidan quizá sean más antiguos que los mismísimos Yedrin, aunque ni siquiera ellos lo saben. Ambas razas se cruzaron en un momento dado sin saber de dónde había salido la otra, y gracias a su carácter pacífico formaron rápidamente alianzas. Pero eso es otra historia, las razas a las que me refería yo son los nupptekkas y los morloj. Zirge frunció el entrecejo. -¿Morloj?- preguntó extrañado.- Nunca había oído semejante nombre. -Ni quieras ver a uno de ellos tampoco o saber nada más de su existencia.- dijo Walok en tono sombrío- Son una raza de seres repugnantes, enormes bestias deformes de ojos rojizos y piel oscura como la noche. Se dice que nacen de las mismísimas entrañas de la tierra y hablan una lengua monstruosa, el morlojai, llena de horribles palabras que prefiero no repetir aquí. Dicen también que quien les escucha hablar, sufre dolores interminables. Al principio de los tiempos, atacaron a los Yedrin saliendo de cuevas subterráneas, movidos únicamente por un odio sin sentido que arrasaba todo cuanto se encontraba. Pero los Guardianes, los Yedrin, exterminaron a la mayoría de ellos usando un poder devastador como nunca más se ha visto sobre este mundo. Sólo unos pocos morloj sobrevivieron, y, medio agonizantes, fueron encerrados en las mismas cuevas subterráneas de las que habían salido. Algunos aseguran haberlos vuelto a ver, de noche y con siniestros jinetes montados sobre sus lomos. -¿Y qué poder devastador fue ese?- preguntó Zirge intrigado. -Otra buena historia que contar, mi querido sobrino.- zanjó Walok mientras se levantaba- Pero los dos tenemos cosas importantes que hacer. Ve al mercado e intenta conseguir lo que tu tía os ha pedido. Ya habrá ocasión de charlar largo y tendido. Y recuerda que si los Guardianes os descubren, cuanta menos resistencia opongáis, mejor. ¿Has entendido?. Zirge asintió sin mucho entusiasmo. -No nos cogerán, confía en mí. -Confío muchacho, confío- le acercó con ambos brazos hacía sí para darle un abrazo, al que el pequeño correspondió. Las nubes habían cerrado casi por completo el firmamento, y una calma relativa se vivía en las afueras del bosque. El viento había dejado de mecer las doradas copas de los árboles mientras un ligero manto de hojarasca pintaba el suelo de color amarillo pálido. A ratos las hojas correteaban de un lado a otro impulsadas por leves corrientes de aire como si éstas les dieran vida propia. Zirge había bajado la escalinata de un par de saltos. Mientras bajaba se había fijado que tenía las manos manchadas de pintura de juguetear con los pinceles, aunque no le dio importancia dado que al correr a cuatro patas, el mismo roce de las hojas quitaría los restos por muy resistentes que fueran. La luz diurna era escasa, sesgada por las espesas nubes que se cernían sobre el poblado, y daba la impresión de estar anocheciendo. Al menos, eso le pareció a Zirge, que aceleró el paso hasta que el aire le empezó a sonrojar las imberbes mejillas. En la lejanía vio como aumentaba el colorido de los árboles, cogiendo de nuevo las copas y las ramas renovados matices verdosos, como si su tío estuviera pintando el paisaje desde la plataforma. Vio una figura que se aproximaba andando sobre dos patas, en esa misma lejanía, dando pequeños saltos mientras hacía gestos con las manos. Era el pequeño Mimeth que iba a buscarle. Zirge dio un par de saltos más y aminoró la marcha, hasta detenerse por completo a escasa distancia de él. -¡Todo preparado!- exclamó el pequeño nupptekka con inusitada alegría. -Bien. ¿Están preparados los kaböltidas?- preguntó Zirge. -Sí, sí, listos. Desde antiguamente, los arborícolas habían habitado el Valle de Unyin, al este del Bosque Profundo. Los nupptekkas tenían todo lo necesario para sobrevivir dentro de los límites de sus tierras, pero aún así algunos, los más intrépidos, se aventuraban a traspasar esos límites, no siempre con buenos resultados. En ocasiones sufrían ataques de animales salvajes, bestias desconocidas para ellos que la mayoría de las veces únicamente querían defenderse. Otras, las menos, se adentraban más allá incluso del Bosque Profundo, al otro lado del río que recorría el borde de las Tierras Sombrías. En aquel territorio desolado, en medio del mayor desierto conocido nunca por un arborícola, encontraron un animal salvaje al que llamaron Kaböl-i-tie (en primitivo nuppteikko “animal muy veloz”). En apariencia eran bestias inofensivas, cuadrúpedas y robustas, no mucho más grandes que los arborícolas pero sí más estilizados que ellos. Su pelaje era abundante y de varios tonos, como si estuviera pintado de manera anárquica. Ante los nupptekkas se mostraban confiados y amigables, por lo que no tardaron en ser domesticados. Y es que los kaböltidas resultaron ser un medio muy rápido para desplazarse ya que cubrían grandes distancias en escaso tiempo. En época fría además, proporcionaban calor a sus dueños y una cariñosa compañía. Como decía Zirge, "sólo les faltaba hablar". Llegaron rápidamente al poblado, justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas. El viento arreciaba por momentos provocando que las hojas de los árboles murmuraran sibilinamente. Muchos nupptekkas se movían apresuradamente buscando cobijo donde podían mientras otros se limitaban a esconderse bajo la hoja más grande que tuvieran a mano. Pronto comenzó a llover con intensidad, al tiempo que Zirge divisaba un poco más adelante a Yarenna intentando controlar a varios kaböltidas que se mostraban inquietos por la lluvia. Llegaron hasta ella cuando parecía a punto de soltar las finas cuerdas que utilizaban a modo de riendas. -Se avecina una buena tormenta. Hemos de darnos prisa o no alcanzaremos a los comerciantes a tiempo.- dijo Zirge mientras sujetaba a uno de los kaböltidas. Zirge y Yarenna tenían su propias monturas llamadas “Vralon” ("Furia") y “Yushe” ("Noche"). “Vralon” era probablemente el kaböltida más fuerte de todos los del poblado. Entrenado personalmente por el padre de Tälvan, Korovan (y perdido también por éste en una apuesta contra el Tío Walok) Vralon tenía pelaje de color castaño muy abundante y una enorme cabeza, además de dos colmillos que le asomaban a los lados de la boca y le conferían un aspecto temible. Por lo demás era muy tranquilo, pero cuando las cosas se ponían feas incluso Zirge llegaba a comprobar su fuerte carácter. “Yushe”, en cambio, a parte de ser una hembra muy hermosa de pelaje completamente negro (de ahí su nombre), era tranquila y cariñosa y rara vez daba muestras de ponerse violenta. Era extremadamente rápida y en ocasiones a “Vralon” le costaba seguirle el ritmo. -Zirge, recuerda que cuando lleguemos a los prados debemos seguir a pie a través del bosque o los comerciantes nos verán seguirles- dijo Yarenna tras montarse en “Yushe” y hacer gestos a Mimeth para que montara detrás de ella. -Lo sé. Debemos apresurarnos. ¡Nef, nef!- gritó. “Yushe” y “Vralon” gruñeron al unísono antes de lanzarse a la carrera hacía el camino que conducía al borde septentrional del poblado. La lluvia caía con persistencia regando con generosidad las plantas y arbustos, de diferentes tamaños y tonalidades, desperdigados en los alrededores del sendero. En el horizonte medio, y gracias a la altura extra que le proporcionaba la montura, Zirge conseguía divisar la frontera del bosque: los prados de Urdelte que el tío Walok había representado en sus pinturas y que se extendían como una fina alfombra de hierba por los valles y laderas de los alrededores. Se oía un suave susurro que lo envolvía todo, una tenue melodía que tocaba acompasadamente la lluvia al caer con fuerza sobre los prados. “Yushe” comenzó a emitir un débil jadeo, muestra de que se disponía a acelerar el paso, mientras “Vralon” generaba un enérgico gruñido en señal de aprobación. Pronto los dos parecían volar sobre el suelo, al quedar envueltas sus vigorosas patas en el fino manto de hierba que pisaban. El camino realizó una suave pendiente que hizo esforzarse al máximo a las monturas, y al comenzar la bajada, “Yushe”, que iba un poco adelantada, profirió un extraño gruñido y clavó las patas delanteras en el suelo. Yarenna y Mimeth consiguieron agarrarse en el último momento para evitar la caída. -Nampta, Yushe-dijo Yarenna al oído del kaböltida como intentando calmarle. -¿Qué ocurre?-preguntó Zirge extrañado. -Algo la ha asustado-miró alrededor. En la lejanía, al final de la bajada en la que se encontraban, creyó divisar varios carros que se movían lentamente entre los árboles. Un matiz verde asomaba de vez en cuando como si algunas tablas del carro estuvieran pintadas de ese color.-¡Shhh!-gritó mientras los señalaba-¡Comerciantes!. Como si estuvieran sus mentes comunicadas por una fuerza extraña, todos, monturas y jinetes, corrieron a esconderse tras unos arbustos cercanos situados al borde del camino. La bajada era bastante despejada, con una vista excepcional de los alrededores. Los prados se mostraban en toda su verde magnitud, y no era difícil divisar varias ciudades, entre las que sobresalía Ahrabak, la Ciudad de la Alta Muralla, a no mucha distancia. Zirge fijó su vista primero en la bajada: camino recto, sin obstáculos pero con una gran pendiente. Demasiado peligroso para bajar deprisa. El camino después transcurría llano, en medio de un pequeño bosque de teldes por el que circulaban los carros de los comerciantes. Desde donde estaban le pareció divisar dos, efectivamente con la hoja de color verde oscuro pintada en los laterales, y varios drummens muy robustos tirando de ellos. “Vralon” gruñó levemente, molesto por la intensa lluvia que le calaba hasta los huesos. -Yarenna-dijo Zirge en voz baja-quizás tengamos la suerte de cara hoy. Mimeth hizo una mueca con la boca como sonriendo, pero sin decir nada. -¿A qué le llamas tú tener la suerte de cara?-señaló hacia el cielo, sembrado de nubarrones de algodón gris oscuro. -Aún no han llegado al poblado. Si nos damos prisa nos libraremos de la vigilancia de los Yedrin-hizo un gesto con la cara, señalando las murallas de la ciudad. Yarenna emitió un pequeño bufido y miró simultáneamente la bajada que se extendía ante ellos y los carros de los comerciantes. -No lo veo claro.-susurró como para sí-Pueden vernos. Zirge y Mimeth se miraron el uno al otro con complicidad mientras lo decía. Se acercaron a “Vralon” y ambos montaron casi al unísono. El kaböltida permaneció agachado para evitar ser visto mientras Zirge le susurraba algo al oído. -¿Es que nunca me vais a hacer caso?-preguntó Yarenna sin mucha convicción. La respuesta de Zirge fue azuzar suavemente a “Vralon”, que salió sigilosamente del arbusto y comenzó a bajar con brío por la empinada bajada. La lluvia aún caía persistentemente y el ruido camuflaba las pisadas de la montura. De vez en cuando el kaböltida se detenía y, agachado, levantaba la cabeza y lanzaba miradas furtivas como queriendo saber en todo momento la posición de los comerciantes, que avanzaban lentamente por su camino dándoles prácticamente la espalda. Yarenna permaneció dubitativa un momento, observando la maniobra parapetada tras el arbusto todavía. “Yushe” emitió un grave ronquido que la nupptekka interpretó como una queja. -¿Qué te pasa a ti también?-le dijo en bajo mientras sujetaba la correa. “Yushe” gruñó de nuevo sacudiendo la cabeza. El agua salpicó a Yarenna en la cara. -Tú y ese cabezota de “Vralon” no nos llevaréis a buen destino, ¿lo sabías?. Dentro de poco estaremos de vuelta, con el trasero escocido tras un buen puntapié de comerciante. ¿Eso es lo que quieres?. Un nuevo gorgoteo surgió de la garganta de “Yushe”, más fuerte y sostenido que el anterior. -¡Shhh!. Nos van a descubrir por tu culpa. Está bien, cabezota, vamos a buscar tu puntapié. Montó rápidamente y tiró de la correa hacia un lado. El kaböltida salió del arbusto y se lanzó cuesta abajo tan rápidamente que por momentos daba la impresión de que fuera a despeñarse. Pero sus movimientos eran seguros y precisos, adoptando a intervalos la misma posición que había utilizado “Vralon” para cerciorarse de que no eran avistados. Yarenna observó que el terreno por el que bajaban era ligeramente resbaladizo, ya que la lluvia había aflojado el terreno y éste se desmenuzaba con facilidad, formando pequeños y aislados trozos de tierra que se deslizaban por la pendiente a la vez que el kaböltida. Para entonces “Vralon”, con Zirge y Mimeth sobre su lomo, había dado un último y ágil salto para situarse al comienzo del camino llano. Delante de ellos, el sendero transcurría en su mayor parte en línea recta hasta la posición de los comerciantes, que avanzaban sin percatarse de nada hacia las proximidades de la ciudadela. Zirge giró la cabeza para localizar a “Yushe” y Yarenna, que prácticamente llegaban justo en ese momento por detrás. -No parece que nos hayan visto-dijo Zirge en voz baja. -Vamos, vamos-susurró alborozado Mimeth. Se puso de pies sobre “Vralon” para hacer una pirueta, pero trastabilló y volvió a caer en la silla. Yarenna alzó la cabeza e hizo un gesto de olisquear el aire. -Tenemos que ir con cuidado-dijo- o los drummens notaran el olor. Tenemos el viento de espaldas. Los comerciantes se acercaban a un estrecho recodo en el camino, tras el cual parecía perderse la senda entre los numerosos teldes sembrados a ambos lados del camino. Numerosos helechos gigantes, que asemejaban ser monstruos verdosos de brazos ondulantes, silbaban a merced del viento y la lluvia. A Zirge le pareció escuchar un tenue rumor sobre su cabeza, como si en la lejanía del cielo un enorme kaböltida emitiese un solemne bufido. -Bien-dijo ansioso y mostrando una sonrisa de dientes redondeados- este es el momento. Azuzó suavemente a “Vralon”, que estiró su cuerpo hasta casi tocar el suelo con el vientre. Comenzó a dar pasos con una agilidad pasmosa, a pesar de que el suelo estaba embarrado y ralentizaba la marcha considerablemente. A su lado, “Yushe” demostraba tener las mismas aptitudes y reptaba a escasa distancia en paralelo. Los carros de los comerciantes casi se perdían entre la espesura del recodo y los dos kaböltidas aceleraron el paso. Zirge y Mimeth se sujetaban firmemente contra la espalda de “Vralon”, que respiraba ansioso mientras emitía ligeros jadeos entrecortados. Pronto tuvieron los carros a la vista, justo después de doblar el recodo. Yarenna observó que la madera empapada que los conformaba parecía ser de buena calidad, oscura y muy veteada. “Quizás tengamos suerte también con el cargamento” pensó mientras “Yushe” se aproximaba con cautela y comenzaba a enfilar el lado derecho del último carro. A escasos metros a su izquierda, un sibilino “Vralon” ocupaba su lugar en el lado opuesto. Delante de ellos, las ruedas que sujetaban la estructura crujían y saltaban con cada bache del camino. El olor a madera mojada inundaba el olfato de Zirge mientras observaba la parte trasera del carro: era completamente lisa, a excepción de dos listones transversales que sobresalían en la parte superior e inferior. Un tanto extraño, ya que todos los carros que habían visto hasta entonces tenían justamente en ese lugar los portones de carga y descarga. -Yarenna-dijo Zirge susurrando- este carro no tiene portón trasero, voy a mirar si es posible entrar por la parte de arriba. -Ten cuidado. -Mimeth, sujeta a “Vralon”-el pequeño nupptekka cogió las riendas con indisimulada alegría. Zirge se puso en pie sobre la montura, con cuidado de no perder el equilibrio, y dio un ágil salto hacía el travesaño inferior. Al caer, consiguió apoyar el pie sobre el canto de la madera no sin dificultad ya que el traqueteo del carro aumentaba por momentos. Encaramado a la parte trasera y ligeramente encogido, asomó la cabeza por la parte superior. No veía al comerciante, pero pudo distinguir un poco más adelante el siguiente carro en la fila y, no muy lejos, las murallas de la ciudad. Frente a él, en primer término, vio una pequeña trampilla cerrada con una pequeña puerta, provista de un tosco cierre conseguido con una tira de cuero anudada entre dos argollas. El resto del techo estaba completamente cubierto con tablas de diferentes grosores y tamaños. Entre las rendijas apenas entraba luz y no consiguió ver el interior. Volvió a agachar la cabeza e hizo un gesto a los demás para que esperaran. -Zirge, la ciudad está próxima- dijo Yarenna, nerviosa-. Salta, lo intentaremos desde dentro de las murallas. -No, me quedo aquí. Voy a echar un vistazo- esbozó una sonrisa-. Si las cosas se ponen feas, esperadme dentro de la ciudad. Yarenna susurró algo a los kaböltidas en voz baja y, con dos suaves y limpios movimientos, “Vralon” y “Yushe” desaparecieron entre la maleza casi sin hacer ruido. La lluvia, entretanto, parecía amainar y pronto se fue difuminando hasta quedar reducida a una tenue y silenciosa cortina. Zirge volvió a asomar la cabeza, distinguiendo ya la cercanía de la muralla que se erguía poderosa ante ellos. Los enormes listones de madera rojiza, ajada por el paso y la inclemencia del tiempo, se levantaban ocho alturas y a Zirge le parecieron más firmes y robustos que en otras ocasiones. Una enorme puerta oval de doble hoja, más alta aún que los largueros que la flanqueaban, cerraba el paso por el centro. Zirge se aproximó lentamente a la trampilla y cogió entre sus dedos la tira de cuero que unía las argollas. Acercó sus afilados dientes y la partió de un profundo mordisco. Al abrir la trampilla, percibió un intenso olor a milyena y paja húmeda. Oteó un poco el interior sin intuir ningún movimiento, al tiempo que percibía como el carro aminoraba la marcha hasta casi detenerse. “Ahora o nunca Zirge”, pensó. Con un veloz movimiento, se dejó caer por el hueco de la trampilla, agarrándose con una mano firmemente al borde de la misma. Con la mano libre, tomó impulso para agarrar el borde de la puerta y cerrarla tras de sí, con tan mala suerte de que, justo cuando estaba a punto de cerrarse, la mano de apoyo le resbaló y cayó de bruces contra el suelo. El mayor golpe se lo llevó la cara, en especial la zona de la mandíbula, y Zirge ahogó un grito de dolor ante el temor de que le oyera alguien. De seguido notó un sabor extrañamente amargo, y algo que se movía entre sus dientes. Escupió entre sus manos y encontró un pequeño trozo de diente. “Muy bien, Zirge el Tontorrón, encima de encerrado, desdentado” pensó para sus adentros, maldiciendo el momento en que se le ocurrió semejante maniobra. Aunque el dolor era leve, le producía una sensación extraña pasar la lengua por encima del diente partido. Decidió olvidar el incidente, centrándose en lo que le rodeaba. La oscuridad lo envolvía todo en su mayor parte, aunque pequeños resquicios de luz se filtraban desde los maderos que conformaban el techo, dejando entrever (o al menos intuir) los numerosos objetos que le rodeaban. A un lado, apoyadas contra la pared, se hallaba una hilera de pequeñas tinajas de barro, apiladas convenientemente con la intención de que no se vertieran con el traqueteo. En cada extremo de la hilera, una tinaja de mayor tamaño y recubierta de un líquido parduzco aprisionaba a las demás para evitar su movimiento. Dos cuerdas de esparto recorrían todas las tinajas por las asas para terminar amarradas a la pared de detrás. Zirge se acercó a una de las tinajas más grandes y tocó el líquido parduzco con curiosidad. Inconscientemente, se llevó el dedo a la boca. “Melaza...”, pensó, “y no muy buena”. Se sobresaltó al oír voces en el exterior. Aguzó el oído contra una pared: era el comerciante del carro que iba en cabeza, hablando con los vigías de la ciudadela para que les abriesen las puertas. Por un momento, pensó que aunque la puertecilla de la trampilla había vuelto a quedar cerrada, le descubrirían al ver la tira de cuero rota, pero ya era demasiado tarde. Notó una sacudida en el carro, que se puso de nuevo en movimiento con algunos crujidos. Empezó a percibir más voces alrededor, atenuadas por el propio ruído del carro en movimiento. Miró nuevamente alrededor, mientras notaba la intensa humedad que desprendía la madera a su alrededor. Se aproximó hacia el centro del carro, donde numerosos bultos descansaban esparcidos por el suelo. La mayoría eran cajas de diferentes tamaños, y Zirge comprobó que algunas eran muy pesadas y otras bastante ligeras. Abrió una de las ligeras con las manos, dado que la madera estaba bastante mojada y no ofrecía mucha resistencia. Dentro encontró varias bolsitas de tela anudadas por un extremo; abrió una de ellas y olisqueó por encima. -Trisalia-se oyó decir desde el fondo del carro, justo enfrente del nupptekka. Zirge soltó un leve chillido y el saquito se le escurrió entre las manos. Simultáneamente y sin darse la vuelta, pegó un brinco hasta detrás de una caja grande que estaba a su derecha. Notó que todo el cuerpo le temblaba, y echó mano de su cinturón, aferrándose con fuerza a su cuchillo de piedra. Un silencio se creó dentro del carro, que continuaba moviéndose a través de la ciudadela. No se oían voces en el exterior. Zirge respiró hondo, e intentó pensar con calma, pero multitud de ideas afloraban en su mente a cada instante. “Maldito idiota, no has mirado bien, hay uno de esos comerciantes aquí adentro”. Tragó saliva. Desenfundó lentamente el cuchillo, sin hacer ruído, y lo puso a la altura de su pecho. Miró la trampilla, a escasa distancia encima de él. “Demasiado alto” pensó, “ni Yemdro Brazo-Rama alcanzaría hasta allí”. Una extraña sensación de miedo y rabia empezó a crecer dentro de él. “Vamos Zirge, ¿vas a dejar que te cojan tan fácilmente?. Eres un animal enjaulado”. Pegó un grito contenido, y salió de detrás de la caja lanzando varias cuchilladas al aire. -¡Vamos, no me dejaré atrapar sin luchar!- gritó enardecido. Pero frente a él no apareció nadie. La oscuridad envolvía varios bultos más alrededor de él, y al fondo, junto a la pared, la tenue rendija de luz filtrada desde el techo dibujó una forma con suaves pinceladas, envuelta en una sombra indefinida. La figura se encontraba sentada en el suelo, y Zirge titubeó dando un paso atrás mientras balanceaba con imprecisión el cuchillo en el aire. -No te hace falta eso, no voy a hacerte daño- dijo la sombra, y Zirge percibió más claramente que la vez anterior una voz aterciopelada y muy femenina, de acento extraño. Las palabras sonaron lentamente dentro del carro, como si hubieran sido pronunciadas con una tranquilidad absoluta. Zirge notó que le sudaban las palmas de las manos ligeramente. -¿Quién eres?-preguntó nervioso. La sombra permaneció estática. Sus facciones quedaban ocultas por la oscuridad, pero Zirge intuyó que debía ir ataviada con una túnica u otra prenda parecida. El pico de una capucha despuntaba en lo más alto de la cabeza de aquel ser. -No tengas miedo, por favor- dijo la sombra con voz melosa-. Mi nombre es Khamtia.-se inclinó ligeramente hacía delante, levantando un brazo a media altura y enseñándole la palma de la mano mientras agachaba la cabeza. Zirge creyó ver en aquella extraña postura adoptada una especie de reverencia. O, al menos, algún tipo de saludo respetuoso. -Yo me llamo Zirge-dijo, a modo de tímida respuesta y esbozando una forzada sonrisa. -¿Zirge?-se creó un silencio momentáneo, como si emanara de la propia sombra-. Nunca lo había oído. Me gusta. Es un nombre bonito. La sombra echó su cuerpo ligeramente hacia delante sin levantarse. Un halo de luz iluminó su cabeza vagamente, dejando entrever una túnica de color azul marino brillante, que cubría a aquel ser de pies a cabeza. Un fino brazo de color marrón claro apareció a un lado del cuerpo para coger la capucha de un extremo y volverla hacia atrás ante la sorpresa de Zirge, que se acercaba hacia ella lentamente. Ante él se hallaba una criatura aparentemente de raza Yedrin, los Guardianes del Mundo. Aquellos sobre los que el tío Walok tanto había hablado a Zirge. Pero había algo extraño. En la frente de aquella criatura, a diferencia de los de su raza, no existía ni la semilla ni el pequeño cristal transparente, y sin embargo los rasgos eran claramente de un Yedrin. Zirge observó su cabeza atentamente antes de hablar: tenía forma ovalada en la parte inferior aunque a medida que ascendía hacia la frente se iba tornando más cuadriculada y carecía totalmente de pelo; a ambos lados de la frente y a lo largo de la fina nariz dos pequeñas espinas discurrían bajo la piel hasta terminar junto a los ojos, rasgados y de un intenso color verde. Las mandíbulas eran muy angulosas, con una pequeña boca que pasaba casi inadvertida. Una hermosa diadema, hecha con raíces verdes entrelazadas, descansaba sobre la frente dando al conjunto de la cara cierta armonía. Zirge notó que la visión le agradaba y le estremecía, al mismo tiempo. -¿Qué hace una Guardián aquí adentro, atrapada entre mercancías y tratada como una de ellas?-preguntó intrigado. Un atisbo de tristeza asomó fugaz entre las facciones de Khamtia, que agachó la vista momentáneamente. -Porque eso eres, ¿verdad?-continuó Zirge-. Un Yedrin. De la Raza Guardián. -Sí, lo soy-contestó ella con voz trémula-pero, desgraciadamente, aquí eso no tiene importancia-mostró el otro brazo que escondían las sombras y el nupptekka observó que la habían encadenado al carro con ayuda de unos grilletes-. Es una larga historia, Zirge. Al nupptekka le gustó oír su nombre con aquel extraño acento. -¿Una larga historia?... Antes de que acabara la frase, un grito sonó en el exterior acompañado de varios gruñidos quejicosos de drummen. Zirge corrió contra el lateral del carro mientras notaba cómo éste se detenía. Oyó pasos en el exterior del carro, aproximándose a la puerta lateral y, tras hacer un gesto a Khamtia para que volviera a su postura inicial, se parapetó en la medida que pudo tras una de las grandes tinajas de melaza. En aquel momento Zirge se acordó de la tira de cuero rota, y deseó haber buscado otra manera de entrar en el carro menos llamativa. Se oyó un oxidado cerrojo en movimiento, y la puerta crujió gravemente antes de abrirse. Desde la posición de Zirge no se podía ver nada más que la tinaja y el extremo opuesto de la pared, pero podía intuir una presencia que entraba en el carro dando pesados pasos. Hubo un momento de silencio, en el que el nupptekka se tragó su propia respiración, y acto seguido nuevos pasos en dirección opuesta la que se encontraba. Zirge notó una corriente de aire frío que le llegaba por detrás de las tinajas. -Veo que sigues aquí-la voz era grave, ligeramente ronca, y procedía de la zona donde se encontraba Khamtia-. Es un alivio, no me gustaría haber tenido que soltar a mis drummens para que te dieran caza-dijo con sarcasmo. Khamtia no dijo nada, o al menos Zirge no creyó oír que dijera ninguna palabra. Una risotada siniestra terminada en tos estertórea sembró de tinieblas la estancia, ya de por sí sumida en ellas. -No vas a tener tiempo de preocuparte, te lo aseguro-la voz se volvió maligna por momentos-en cuanto caiga la noche partiremos. Y después... no te lo tomes a mal, pero van a pagarme muy bien... Se oyó el tintineo de monedas dentro de un saco, y una nueva risotada resonando con fuerza. Hubo nuevos pasos. -¿Y qué tenemos aquí?-preguntó la voz ronca. Por un momento, Zirge pensó que aquel ser había descubierto su posición, pero la voz se oía demasiado lejos. “No ha podido verme desde donde está”, pensó, y a cambio otra terrible posibilidad comenzó a fraguarse en su mente. -¿Tenemos compañía aquí, o te alcanzan tanto los brazos como para fisgar entre mis hierbas?. Zirge se encogió todo lo que pudo en su escondite, tan asustado que notaba como todo su empequeñecía a su alrededor también. -Llegas tarde-dijo Khamtia de repente-. Ha huido por la trampilla cuando te ha oído entrar. -¿Qué se ha llevado?-gruñó el comerciante con fuerza. -Nada. No le ha dado tiempo. -Si me estuvieras engañando... -la frase sonó casi gutural. -Compruébalo tú mismo, si no me crees. Hubo un silencio instantáneo que al nupptekka le pareció eterno y, de seguido, unos pasos que se encaminaban apresuradamente hacia el exterior. Zirge esperó a que el comerciante echara de nuevo el cerrojo; y antes de salir del escondite, le escuchó decir “Coge la cuerda y echa un vistazo a la trampilla. Si ves algo raro me avisas. Y en cuanto acabe el mercado, limpia bien el carro. Huele a boñiga de drummen”. Zirge se acercó velozmente hasta Khamtia, que estaba sentada contra la pared del fondo del carro. Apoyaba la espalda contra la pared y se había vuelto a poner la capucha sobre la cabeza. Zirge se arrodilló delante de ella. -No sé quién eres ni cómo has terminado aquí-dijo el nupptekka-pero te debo un favor por no descubrirme. Gracias. Khamtia levantó la cabeza lentamente y Zirge creyó ver como una tímida y finísima sonrisa se dibujaba en su boca al principio, para terminar con expresión seria de preocupación. -Márchate, aprisa-inquirió la Yedrin-. Si cierran la trampilla de nuevo, no podrás escapar, es tu única vía para salir. -No te voy a dejar aquí-contestó-. Intentaré volver con ayuda. Saldrás de esta, confía en mí. Khamtia lo miró fijamente un instante, como despidiéndose, y le señaló la trampilla con el brazo extendido. -No te entretengas más, por favor. Zirge se puso aceleradamente en pie. -No te olvides de la trisalia. -¿Qué?-Zirge la miró, extrañado. -La bolsita de hierbas. Son hojas de trisalia. Mitigan el dolor, úsalas para tu diente roto. El nupptekka cogió una de las bolsas y se acercó hasta debajo de la trampilla. Para alcanzar el hueco, debía conseguir saltar desde más altura, por lo que movió una de las cajas de madera, intentando no hacer demasiado ruído. Se subió encima, y de un poderoso salto, consiguió aferrarse a una de las vigas que cruzaban el improvisado techo de lado a lado. Seguidamente, soltó un brazo y empujo a pulso la trampilla suavemente hasta que la bisagra hizo tope. Lanzó el brazo libre contra el borde del hueco, pero la primera vez no consiguió asirse al extremo del zócalo. Se balanceó suavemente para recobrar fuerzas, y emitiendo un sonoro gruñido, lanzó el brazo por segunda vez, colocando la mitad de la mano por encima de la trampilla. Con una suave contorsión, puso los dos brazos uno al lado del otro, y antes de ascender para echar un vistazo, le dedicó a Khamtia su última mirada dentro de aquel carro, jurándose asimismo que no sería la última vez que la viese.


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