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  ficcion > Snuff"Le llamaban Furby el temerario"

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se publicó en la web el 10 de Junio del 2005

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  Categoría: ficcion > Snuff
  Titulo:

En la escuela le llamaban Furby el temerario, por sus tendencias autodestructivas. Furby era en realidad una mujer, aunque en su corazón siempre tuviera vocación de peluche. Su vida al principio no fue fácil, y la mayoría de los padecimientos que sufrió, fueron causa de la nostalgia, de la añoranza por momentos que nunca vivió pero para los que su cuerpo había sido concebido. Provista de una vagina gigante y tremendamente neumática, Furby había nacido para ser penetrada por un oso polar ártico, sin embargo, esto nunca fue posible. En un principio, su padre adujo razones geográficas para impedir a la niña satisfacer sus necesidades; más tarde, comenzó el maltrato de su hermano mayor, quien se negó rotundamente a usar a Furby de peluche masturbador, y mucho menos quería que su miembro viril corriera la suerte de las últimas dos mil quinientas berenjenas que habían entrado en el cuarto de la niña; finalmente, su madre no accedió a su pretensión de irse a vivir con los animales del zoo de Wisconsin, pese a ser ésta la solución propuesta por el médico de cabecera. La situación en la casa familiar pronto se hizo insostenible y, movida por la incomprensión de los suyos, se buscó una compañera de piso en las afueras de la ciudad, dotada de una mano derecha de proporciones desorbitadas, y que cuando se cerraba en puño asemejaba un martillo pilón. Haciendo unos rápidos cálculos en su cuaderno, Furby se percató, con gran satisfacción, de que, con el ángulo adecuado, el brazo de su nueva amiga no encontraría problemas para alcanzar, una vez dentro de su cuerpo, el intestino grueso. Como segunda medida para tener a raya los accesos subcionadores de su vagina, Furby se matriculó en la Facultad de Derecho, para así poder alimentar a su compañera de viaje (que ella llamaba cariñosamente la entrepierna) de gruesos libros de doctrina y jurisprudencia; en el primer cuatrimestre esperaba poder engullir todo el derecho romano y, si las cosas marchaban bien, empezar incluso a ser penetrada por el civil aunque, de seguro, en este punto empezaría a requerir grandes dosis de vaselina. Así transcurrieron cuatro meses para Furby (no se imaginaba que iban a ser sus últimos), en los que fue, literal y sistemáticamente, violada por una buena cantidad de obras magnas de la Biblioteca de su Facultad: su vulva hizo desaparecer ciento cuarenta y nueve libros de tapa dura, y a dos catedráticos de Derecho Penal que pasaban por allí, pese a no estar matriculada en esta asignatura. En definitiva, Furby era feliz en su nueva vida si bien, y como única pega, su amiga y compañera le había hecho firmar ante notario su condición de lesbiana (estaba enamorada), para poder seguir disfrutando de aquel maravilloso brazo jodedor. Durante las clases, todo transcurría con normalidad, si no fuera porque el compañero que tenía a su espalda, enajenado por la enorme cantidad de pelo rizado y abultado de Furby (además del alma, también tenía el cuerpo de peluche), apenas podía reprimir el impulso de agarrarla de aquella innoble mata de pelo, sodomizarla brutalmente y arrojarla a un río. Nunca lo hizo, y en cambio sí invitó a Furby a una fiesta en el jardín de su casa; en aquella ocasión, nuestra heroína, atestada de pastillas psicotrópicas todas ellas con nombres de vehículos deportivos, y algo encolerizada tras una sesión de cuatro horas de la Tuna de la Facultad de Medicina, propuso a su compañero, al que llamaban “Destornillador” (por la habilidad de su miembro con las bragas ajenas), introducirle la pierna en la vagina. El se negó: en el fondo resultó ser un sentimental. Furby tuvo un final prematuro. El mismo día que entraba el mes de febrero, ella salía despedida por la ventana de un piso diecisiete, del brazo de un ventrílocuo loco al que su vagina había estado conectada últimamente para vivir en un constante orgasmo. Su cuerpo se estampó contra el suelo, dejando la entrepierna plenamente visible, por lo que los transeúntes pudieron observar que aquello era más grande que el acueducto de Segovia. Finalmente, su vagina tuvo sus cinco minutos de fama, y nadie puede asegurar que Furby hubiera sido más feliz en un zoológico. Descansen en paz las dos. 6 de Junio de 2005 Raúl Póo Anievas


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