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  eroticos > OtrosLas masturbaciones de Paula

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se publicó en la web el 11 de Marzo del 2008

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  Categoría: eroticos > Otros
  Titulo:

Las masturbaciones de Paula La vida en aquel pueblo era aburridísima. Triste. Patética. Horrible. Los veranos eran angustiosos, las primaveras marranas, los otoños despreciables y dolientes y los inviernos ni les cuento. Es más, aquel fenómeno extraño que me invadía, y que es imposible de describir aquí y ahora, me llevó a degollar a la gallina. De un tajo, como dijo mi amigo Palomo, un chaval delgado, comido de mierda y pobre; su padre no trabajaba, sus hermanas eran putas y su madre…, su madre lo consentía. Total, que en aquel pueblo no pude estar por mucho tiempo más. Ya desde pequeño, desde que le corté el pescuezo a la gallina de un tajo, odiaba mi existencia allí. De hecho, no me hablaba con nadie; también es cierto que a nadie le apetecía hablarme. Mi madre decía que yo era raro; y mi padre, que tenía dos cojones. Quizá dijera eso porque también él estaba un poco harto del pueblo, o quizá porque siempre quiso pero nunca pudo, o tal vez porque mi madre, ya desde joven, apuntara maneras de cotorra –como todas las del pueblo- y mi padre, hombre firme que nunca se metía en los asuntos de los demás, pensara alguna vez en darse el piro. Recuerdo que mi maestra, una señora delgada y alta, de maneras educadas y recta al caminar, era una buena persona, pero en el fondo me odiaba. A veces decía que mi destino sería el de pedigüeño, que no valía para nada y que pobrecito de mí cuando fuera mayor. En cierto modo llevaba razón. Menos en lo de pedigüeño, todo lo predijo la muy cursi. Mi primer empleo duró el tiempo que mi madre se dio cuenta de que me drogaba. Fue en una carpintería. Cuando no fumaba porros detrás de las mamparas de madera sin trabajar, sin cortar, esnifaba cola de los botes abiertos. Mi jefe se lo dijo un día a mi padre, pero como él también empinaba el codo, pues no hizo caso. Pero mi jefe, Pedro Ronco, me miraba los ojos antes y después del trabajo, para comparar, decía. Entraba a trabajar a la ocho de la mañana, y ya a esa hora me fumaba el primer pitillo. No sé, me daba morbo entrar en la carpintería, oler a madera y liarme un canuto, cada uno tiene sus manías. Luego, cuando acababa la hora del bocadillo, metía la cabeza en la lata de pegamento y pegaba grandes bocanadas de esa mierda hasta caerme de culo. Así, un día y otro, hasta la hora de salir al medio día. Por la tarde, otra fumata y otra esnifada. De allí no salí con un oficio, sino colgado. Luego me fui a trabajar a un taller de cerámicas. El hijo del dueño era otro elemento que le daba a todo lo que le ponían por delante. De allí también me largué, y, al poco, fue cuando decidí abandonar el pueblo. Quería ir a la gran ciudad. Contra más grande fuera, mejor. El día que cogí las maletas, o mejor dicho, la mochila, no miré atrás. Crucé la calle –recuerdo que hacía un calor infernal-, puse la mirada a la esquina de doña Paulina -la más patética de cuantas mujeres conocí- porque era allí, en esa esquina comida de mierda, donde se cogía el autobús, y salí del maldito pueblo de Roncanillo como galgo detrás de una liebre. El autobús llegó al fin a Laguna del Piedro, un pueblo algo más grande que el mío. Tuve que hacer noche allí hasta la mañana siguiente, que fue cuando tomé otro autobús hasta llegar, al fin, a la gran ciudad. Y qué ciudad, oiga. No era más grande porque no había más mundo. La habitaban millones de personas, todas ellas muy ocupadas, que desfilaban a toda prisa por delante y detrás de mí. Los coches iban casi a la par de las personas, y los miles de autobuses se detenías lo justo. De tomar un taxi me olvidé. Entre otras cosas porque no llevaba ni un céntimo en el bolsillo. No sé cómo, me apoyé en una esquina, miré a la derecha y clavé la vista en una tienda de ropa. Crucé la calle, entré en la tienda y le pedí al dependiente, un hombre bajito y rechoncho, trabajo. Él me escrutó de arriba abajo. Entrecerró los ojos y me dijo: “no sé, no sé…” Ya, le dije yo. Él, aún con la mirada en mi semblante, se decidió. “Vale. Trato hecho”. Yo solté la mochila en el suelo, le di la mano y le pregunté: “¿Cuándo empiezo?” El hombre, antes de decirme cuándo empezaba a trabajar, me preguntó qué sabía hacer. En aquel instante me dije que drogarme con la cola y fumar porros, pero no, no le dije eso. -Bueno, atender al público, por ejemplo. -¿Tienes experiencia, chico? -¡Ya lo creo! Trabajé con mi padre en los grandes almacenes, luego con mi hermano en el bar y más tarde con mi amigo Palomo en su casa. -¿En su casa? Inquirió el hombre con el ceño fruncido. -Sí, bueno… -supe que la había cagado-. Es una casa muy particular. Verá usted, allí llegaban ingleses para comprar oro, plata y diamantes. Yo me encargaba de las ventas. Su madre estaba muy enferma, sus hermanas tenían algo de mongolismo y mi amigo, al que llamábamos Palomo, no daba la talla. Y su padre, que siempre estaba fuera de casa comprando joyas, pues tampoco se podía ocupar. Así que, como yo era el único de confianza, pues eso. A vender oro. “Del que cagó el moro”, me dije más tarde, porque aquella era una auténtica casa de putas. -Bueno, chaval, pues si es así, tú atiendes y yo me ocupo de las facturas, el almacén y de ir a por los pedidos. Por cierto, podrás dormir en el almacén. Empecé al día siguiente. No me fue mal. Hice una caja de quinientos euros. La mayor parte de la clientela eran mujeres mayores, y así, un día tras otro bregando con ellas, di con una clienta muy especial que me hizo una proposición. -Necesito a un muchacho como tú para el jardín de mi casa, ¿quieres trabajar para mí? -¡Sí, claro! –Tenía pinta de millonaria, por eso acepté y dejé a don Bricio, que era así como se llamaba el dueño del cuchilitrí, y me sumergí en el mundo de los acaudalados. Y qué experiencia, oiga. Se llamaba la mujer doña Claudia, tenía dos hijas, a cuál más putón de feria, y un marido cojo pero muy buena persona. El primer día lo dediqué a conocer al resto de la plantilla: dos mayordomos, dos amas de llaves, tres cocheros, dos almacenistas, tres chóferes, dos cocinero y un guardaespaldas; el que se acostaba con doña Claudia cuando su marido dormía fuera de casa, que eran casi todos los días. Al día siguiente de mi primera adaptación, comencé por el jardín de la piscina. Luego, por el del pequeño parque, por la tarde con el de la parte de atrás y, por último, con las macetas, enormes, de la entrada a la rotonda donde los coches de lujo daban el cambio de sentido. Así estuve tres meses. Cuando me ascendieron a mantenimiento, ya podía recorrer todas las estancias de la gran casa. Así fui inmiscuyéndome en las intimidades de las dos hijas de doña Claudia. Una se llamaba Rossi y la otra Paula. Recuerdo que Rossi era la que siempre estaba más caliente. Desde que me ascendieron, los enchufes se le fundían cada dos por tres. Me hacía cambiar las lámparas de su cuarto y los muebles de sitio. Mientras tanto, ella me observaba. Me comía, sería más conveniente decir. La otra, como tenía celos, provocaba cortocircuitos en su dormitorio, y así, mientras yo ponía y quitaba cables, ella se relamía. Un día me cansé, y para qué, y le dije a una de ellas, a Rossi, que si quería, yo podía hacer favores especiales y mutis. No se enteraría nadie. Estuve los tres meses siguientes, por las mañanas, las tardes y las noches fornicando. Otros tres meses, cuando se hubo cansado Rossi, me lo hacía con Paula, y así, de oca en oca, fui matando el tiempo, o matándome a mí mismo. Mi siguiente puesto en la casa fue de cochero. Yo me encargaría de lavar coches, aparcarlos, anotar los desperfectos y de darle algún que otro hostión. Cada tarde, a eso de las cinco y media, Rissi se pasaba por el garaje y me hacía compañía mientras yo lavaba los coches que iban llegando. Una de esas tarde nos pilló su madre en el interior del Jaguar haciendo el amor. Al principio no dijo nada, yo no supe nunca cuánto tiempo llevaba mirando, pero estuvo allí largo rato. A una distancia prudente. Cuando hubimos acabado el acto del coito, dio unos golpecitos en el parabrisas del coche y, al mirar yo hacia atrás, la vi. Con el dedo índice me indicó que saliera del coche. Rossi, que se ponía en ese momento el sujetador, no dio mayor importancia al asunto. Cuando salimos del coche, doña Claudia me dijo que la acompañara. Fui tras ella hasta el Gran Salón. Una vez cómodos en los mullidos sofás, me dijo con voz serena: -Mira hijo, te contraté para que trabajaras, no para que te follaras a mis hijas. Asi que he tomado la decisión de… -Ahí se detuvo. Creo que se lo pensó mejor y retrocedió. -¿Sí, señora Claudia? –La animé yo. -No, nada –respondió. -¿Me puedo marchar? -No. Aún no. Deja que te diga una cosa –yo me acerqué a ella un poco más para prestar atención-. Si te veo otra vez con una de mis hijas haciendo… eso, te vas a la puta calle. ¿Oído, cocina? -Sí, claro. Es que verá usted. Yo estaba en la cochera cuando… -No me des explicaciones porque sé perfectamente lo que ha pasado. ¿Crees que soy tonta? –No, pero sí algo puta, dije yo para mis adentros-. -No se preocupe, no volverá a ocurrir –le dije agachando la cabeza, con gesto de sumisión. -Está bien. Márchate. Salí del Gran Salón como un gato asustado. Volví a la cochera y allí estaba Paula, de pié, apoyada sobre el capó del Jaguar, con mirada flirtea y piernas sueltas. -Pero, ¿qué haces aquí? ¿Estás loca o qué? -¿Por qué iba a estar loca? Mi hermana estuvo aquí mismo hace unos minutos y seguro que no le dijiste nada. -Tu hermana me ha metido en un buen lío. Tu madre casi me despide, ¿sabes? -Pero cuando te estabas tirando a mi hermana no te lamentabas. -Bueno, ya. Pero eso es otra historia. Si lo llego a saber… ¿Por qué me acosáis? -Porque eres el único hombre de nuestra edad que hay en la casa. Y como estamos de vacaciones y hace mucho calor, pues lo nos apetece es follar. ¿Te parece poco? -¡Joder, mierda! –Grité, dando vueltas sobre mí mismo, sin saber qué hacer o decir. Ella se subió la falda, se metió la mano en las bragas y se frotó el pubis. Yo la miraba fijamente sin decir nada, sin pestañear. Verdaderamente estaba enfadado, de muy mal humor. Un ruido me sobresaltó y, al mirar atrás, Rossi entraba en el garaje. Me froté la cara, las manos me sudaban. Intenté marcharme pero Rossi me retuvo. Miré de nuevo a Paula, que ya había dejado el pubis y había comenzado a masturbarse, y Rossi, al volverla a mirar, me besó, me tumbó sobre el suelo, me quitó los pantalones y cogió mi pene, se lo introdujo y comenzó a subir y bajar ante la atenta mirada de su hermana, que cada vez más estaba más cerca de alcanzar el orgasmo. Los dos gemían desesperadamente. Incorporando un poco y con esfuerzo la cabeza, yo miraba hacia la puerta del garaje por si se dejaba ver por allí su padre, que era el que faltaba, o alguno de los mayordomo, la ama de llaves o el jardinero. Al apoyar de nuevo la cabeza en el suelo, sentí un placer infinito. El flujo de Rossi corría ya por mis testículos y Paula gemía cada vez con más ahínco. Se estaba corriendo y a su hermana le excitaba. De súbito, Paula se unió a nosotros. Se arrodilló en el suelo y comenzó a comer los pechos de su hermana. Yo, definitivamente, me corrí. También Rossi y su hermana Paula. Extasiados, ávidos de otra experiencia igual, y atentos a los intrusos, nos pusimos de pie, nos vestimos y, sin decir una palabra, salimos del garaje hasta el día siguiente. A partir de entonces, lo haríamos juntos. A mí me gustaba especialmente Paula porque siempre comenzaba masturbándose. Rossi era más normal, más clásica, iba al grano. Al poco, como cada día, Paula se unía y se corría con nosotros. Supe meses más tarde que su madre, la señora Claudia, siempre que podía nos miraba, pero nosotros no la veíamos a ella. Supongo que nuestras escenas le valían para sus asuntos extramatrimoniales. No obstante, a mí me empezó a dar igual. Ya no me ocupaba de los coches; ahora mi trabajo era otro muy distinto: cepillar cada mañana las dos yeguas. Los sábados el señor salía de la finca galopando. Tardaba en regresar, exactamente, una hora, catorce minutos y siete segundos. Así es. Lo cronometré tres sábados seguidos. En ese tiempo teníamos los tres, Rossi, Paula y yo, tiempo suficiente para follar en las cuadras. El olor a paja y estiércol nos excitaba. Unas veces –inducida por Paula- era Rossi la que se masturbaba, y, rara vez, yo. Uno de aquellos sábados me propuso Rossi que me masturbase mientras ellas me miraban y hacían lo propio. Siempre experimentábamos algo nuevo. A mí me gustaba, en el fondo. Todo lo que fuera sexo, me ponía. Lo peor llegó una mañana fría. Había llegado el otoño y todo parecía más triste. Las chicas ya se habían ido a la universidad y la madre estaba triste. Su amante, además, la había abandonado. Me propuso cambiar de puesto. Desde aquella mañana triste e imposible de hilvanar, el cocinero me daba clases culinarias. Supe en aquel momento que la señora Claudia me quería cerca y limpio. Cada dos por tres me llamaba y me pedía algo de la cocina. Un té, un trozo de pan, un baso de agua, una galleta, una servilleta, un cuchillo… Pero una tarde, nada más comenzar a llover, me invitó a su habitación. Quería hablar conmigo, decía. Me senté en una silla y, mientras ella se echaba sobre la cama, me dijo. -Sé lo que habéis estado haciendo mis hijas y tú todo el verano. Quiero que lo hagas conmigo, ahora –yo palidecí. -Señora, yo… -¡Déjate de señora y de monsergas! Quiero que me folles exactamente igual que a mis hijas. ¿Quieres que comience yo, masturbándome? -No, por favor, yo solo… -Ven. No digas nada. A partir de ese momento ya tenía solucionado el asunto durante el invierno. Día sí y día no, yo desfilaba, masturbándome, por su cuarto. Al año siguiente pedí el finiquito y me fui de aquella casa. Llegué a la gran ciudad con mucho entusiasmo, grandes proyectos.


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