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  eroticos > DominaciónLa venganza de la putita rubia

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se publicó en la web el 31 de Octubre del 2007

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  Categoría: eroticos > Dominación
  Titulo:

Me divertía mucho con la putita rubia. Una compañera de trabajo en la que había descubierto una dulce y dócil sumisa que toleraba cualquier situación de sumisión que se me ocurría era una verdadera joya. Sabía que siempre que lo deseara podía alegrar una aburrida jornada laboral jugando con ella a mi antojo. Un día reíamos comentando la última encerrona a la que la había sometido y me dijo que como alguna vez le dejara tomar el mando a ella me iba a enterar. La idea me excitó sobremanera. ¿Qué podría hacerme esa rubita de ojos azules? Imaginarla de “Ama” me daba un morbo tremendo. Así que acepté, le dije que era suyo y que dispusiera de mí su antojo, que cambiábamos los papeles una semana. “Muy bien”, sonrió, “ahora eres tú mi putita”. Para mi sorpresa, la primera ocasión surgió solo un rato después y la aprovechó rápidamente, la muy cabrona. No había mucha gente en el despacho y se había acercado a mi puesto con la excusa de preguntarme algo ante la pantalla del ordenador. Se sentó a mi lado, me pidió el teclado y, tras abrir el procesador de textos, escribió lo siguiente: “Mejor así para que no nos oigan. Tú lees y me obedeces en completo silencio, ¿de acuerdo?” Se volvió a mirarme con picardía y encarcó las cejas, interrogadora. Asentí, sonrió y siguió escribiendo velozmente. “Abre las piernas, cariño”. Obedecí de inmediato. Ana echó un vistazo disimulado a nuestro alrededor. Nadie miraba hacia nosotros y la pantalla y la propia mesa nos cubrían. Deslizó una mano sobre su falda y comenzó a subírsela muy despacio. Sonreía y se lamía los labios. Me estaba excitando, y mucho. Entonces llevó el dedo índice a sus labios indicándome que estuviera calladito y se volvió a asegurar de reojo de que nadie nos prestaba atención. Bajó su mano y, súbitamente, me dio un palmetazo en los huevos. Ahogué un gemido mientras ella me chistaba pidiendo silencio y conteniendo la risa. Después me susurró al oído que eso sólo era el principio, que me preparara. Se levantó y regresó a su puesto. Más tarde me envió un correo electrónico instándome a que dos minutos después de que ella se levantara la siguiera hasta los servicios femeninos si tenía huevos. Obedecí sus órdenes entre temeroso y excitado. ¿Qué sería capaz de hacerme la putita? Desde luego, ni me imaginaba lo que me esperaba. Llamé a la puerta cerrada y Ana me dijo que pasara. Primera sorpresa en cuanto crucé la puerta: no estaba sola. Junto a ella se encontraba Concha, una compañera cuyas voluptuosas formas había admirado en numerosas ocasiones. Ana cerró inmediatamente la puerta y echó el pestillo. “Resulta que a Concha también le apetecía divertirse un rato, espero que no te importeo”, explicó. Y no me dio opción alguna, porque tomó un trozo de cinta de embalar que tenía preparado y selló mi boca. “Nos gustaría oírte chillar, pero comprenderás que no queremos que te oigan. Quizá en otro momento”. Ambas rieron. Ana se había colocado tras de mí y me estaba sujetando las manos a la espalda. Concha apoyaba sus manos en mis hombros y se pegaba a mí. “Tranquiiiilo, caballo, tranquilo”, me susurró al oído Ana. “Cálmalo, Concha. Venga: a la de una, a la de dos”,... Las dos coreaban ahora: “A la de tres,...” Me estremecí, pero no pasó nada. Ellas se rieron. “A la de cuatro... ¡y a la de cinco!” Concha elevó su rodilla entre mis piernas y la estrelló con gran puntería en mis huevos. Me encogí del dolor mientras ellas luchaban por contener las carcajadas. “Ahora yo, ahora yo”, exclamó Ana alborozada. Cambiaron de posición y Concha me obligó a levantarme, sujetándome bien por detrás. Ana se colocó ante mí sonriendo maliciosamente. Con las manos sobre mis hombros pero a cierta distancia, comenzó la cuenta: “A la de una... ¡y a la de dos!” Había lanzado su pie hacía el objetivo, pero no muy fuerte. Concha la animó: “vamos, dale con ganas”. Nueva patada de la rubia, que se animaba por momentos. “Venga, no le hagas sufrir, remátale”, la jaleaba su amiga. Y lo hizo, me dio un certero puntapié que me dejó sin aliento. Concha, que no se tenía de la risa, me soltó, y caí hecho un ovillo a los pies de Ana. “Buen chico, buen chico”, me dijo ella. Y salieron dejándome allí tendido. A duras penas volví a echar el pestillo para poder quedarme un rato recuperándome antes de volver a mi sitio... Cuando al fin lo hice, ambas estaban en el puesto de Ana, cuchicheaban y se reían mirándome. Y eso fue sólo el principio. Aunque ese día ya me dejaron tranquilo, el resto de la semana les cundió lo suyo. Cuando una de las dos se aburría o se le ocurría alguna putadita buena que hacerme, me reclamaba a los servicios y me humillaba a placer. El culo no me duró intacto ni un día. Ana me ordenó acudir con diez bolígrafos, me puso con el culo en pompa y me los fue metiendo uno por uno formando un alegre ramillete mientras yo tenía que pedirle por favor que me los clavara fuerte, porque si no me agarraba los huevos y los estrujaba. Después se acordó de que llevaba un voluminoso cepillo para el pelo y disfrutó zurrándome con él hasta dejarme el trasero completamente rojo. Pronto decidió que los bolis eran poca cosa y no tardó ni un momento en sustituirlos por el mango del cepillo, con el que me sodomizó sin contemplación alguna. Pero Concha no se quedaba atrás. Aunque algo más remisa en un principio, luego superó con creces a su compañera en atrevimiento e incluso crueldad. Me llevaba a los servicios, y normalmente de forma literal, porque si no había moros en la costa por los pasillos gustaba de agarrarme por los huevos, sobre el pantalón, y tirar así de mí hacia lo que ella llamaba su “calabozo”. Una vez dentro me sellaba la boca con cinta de embalar. Sabía que me iba a hacer gritar y no quería que llamáramos la atención y se le acabara la diversión demasiado pronto. También solía atarme las manos a la espalda, para evitar que me protegiera instintivamente. Luego comenzaba con la fechoría que se le había ocurrido ese día, y para la que solía venir perfectamente preparada. El colmo fue ya el último día de la semana cuando, tras desnudarme de cintura para abajo, sacó de su bolso un paquete de pinzas de ropa y fue colocándomelas cuidadosamente en los huevos e incluso en la polla cuando se quedó sin sitio. “Duele, ¿eh?, puta mía”, me susurró al oído. Asentí con la cabeza y me dijo que no me preocupara que me las quitaba enseguida. Pero algo en su tono de voz ya me hizo temblar. No me equivocaba. Concha se apretaba contra mi pecho y notaba sus voluminosas tetas sobre mí. Me había forzado a abrir las piernas y pronto sentí su rodilla impactando contra mis huevos. Varias pinzas saltaron mientras yo gemía y me intentaba encoger. Pero me estaba sujetando fuerte y apenas tenía margen de maniobra. Rápidamente llegaron dos rodillazos más. Intentaba soltarme todas las pinzas y llevaba buen camino. Con el cuarto golpe ya sólo quedo una enganchada. Concha se apartó y contempló orgullosa su obra. “Vamos a por la última, putita”. Me agarró de las manos para que no me apartara y lanzó un pie hacía mis huevos. Pleno, la última pinza cayó, y yo con ella. Dolorido, me quedé hecho un ovillo en el suelo. Ella reía encantada. Para rematar la faena, y como vio que tenía el trasero muy a mano, se tiró sobre mí y me sujetó por la cintura. Apenas podía menearme. Cogio la escobilla del váter y me la enseñó: “Ana me ha contado qué le hiciste con esto, ¿te acuerdas?”, me dijo. “Ahora vas a probarla tú, cerdo”. La empuñó, me abrió las nalgas con la otra mano y apoyó el mango en mi ojete, que temblaba. Entonces, de un golpe seco lo clavó en el culo todo lo profundo que pudo. “Toma banderilla, cabrón”, rió... Nos interrumpió una voz desde el otro lado de la puerta. Era Ana, que había visto que su compañera se me llevaba hacía un rato y quería participar. Concha la dejó pasar y volvieron a echar el pestillo. Ana vio mi culo todavía en pompa con la “banderilla” clavada y soltó una risita divertida. Concha le explicó lo que me había hecho y entonces rió más a gusto y lamentó habérselo perdido. “Pero espera, vamos a rematarlo”, le dijo a Concha, “que le he traído un regalito”. Vi de reojo como sacaba dos pares de guantes del bolso, le tendía uno a su amiga y comenzaban a ponérselos. Tragué saliva, la que me debía esperar… Ana me plantó un pie en la nuca para no dejarme ver qué más sacaba, pero oí una bolsa y la risa de Concha. “¿A que le sentará bien una ración de esto?”, dijo Ana malévolamente. “Qué cabrona que eres”, respondió la otra, e inmediatamente sacó la escobilla de un tirón arrancándome un gemido ahogado. Ana no esperó más y atacó, aplastando contra mi culo el contenido de la bolsa. Noté un picor terrible e intenté aullar de dolor sin éxito alguno. ¡Eran ortigas! Quise zafarme girándome en el suelo, pero quedé de medio lado y me encontré con el cuerpo de Concha sobre mí, inmovilizándome. De inmediato, me atacó ella también por delante, restregándome a su vez otro puñado de ortigas en los huevos y la polla. La combinación era tremenda: Ana me abría el culo con una mano y con la otra apretaba las ortigas e intentaba metérmelas urgando con los dedos, y Concha estrujaba mis huevos con la mano enguantada llena de ortigas. Se estaban cebando a gusto. Ana le dijo a Concha que me diera más fuerte mientras ella seguía metiendo ortigas dentro de mi culo. Entonces sentí sus labios susurrándome al oído: “córrete, cabrón”. Lo repetía una y otra vez y apretaba más, a la par que Concha me exprimía los huevos. Finalmente Ana concluyó: “¡ahora!”. Concha me apretó los huevos en su puño y Ana acabó de meter el suyo con todo el puñado de ortigas en mi culo. No pude aguantar más y me corrí violentamente en aquella orgía de dolor y de placer. La putita rubia se había vengado a conciencia. TheBigSpanker (lcasno@hotmail.com)


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