criticas (886)
    Criticas de Cine (145)
    Deportivas (37)
    Duras (222)
    Generales (252)
    Juegos (27)
    Literatura (50)
    Musica (76)
    TV y Famosos (77)
   eroticos (3048)
    Anales (115)
    Desvirgaciones (403)
    Dominación (116)
    Fantasías Eroticas (210)
    Gays (497)
    Hetero (787)
    Lesbianas (161)
    Lluvia dorada (28)
    Orgías (164)
    Otros (332)
    Sadomaso (35)
    Transexuales (57)
    Voyerismo (67)
    Zoofilia (76)
   fantasia (2148)
    Epica (233)
    Fantasia General (543)
    Poesia (424)
    Rol (182)
    Romantica (766)
   ficcion (1044)
    Ciencia Ficción (192)
    Futuristas (102)
    Narrativa Libre (660)
    Ovnis (27)
    Snuff (67)
   humor (1088)
    Asi soy yo.... (60)
    Bromas (28)
    Chistes (398)
    Citas y Frases (42)
    Fabulas (45)
    Hechos Reales (186)
    Parodias (197)
    Piropos (67)
    Sexuales (65)
   terror (2722)
    Asesinos en serie (160)
    Espiritismo (124)
    Hechos reales (724)
    Pesadillas (256)
    Teorias (69)
    Terror General (790)
    vampiros (599)
 
 Top 5
    Como escapados de un ..
    Solo se ...que me sie..
    Las cosas que nunca t..
    De repente oscuridad
    Valiente Guerrero, Mo..
 
Recomendamos
Relatos Cortos, la mayor web de relatos te trae relatos de terror, eroticos, humor, ficcion, fantasia y criticas.
     

  criticas > LiteraturaLa tragedia del Coronel Trombón

------------------------------------------------------------------------------------
 
se publicó en la web el 20 de Octubre del 2008

Desde entonces este relato ha sido leido 2,252 veces desde que apareció en www.relatoscortos.com, y ha recibido 22 votos.

Los visitantes han dejado escritos 0 comentarios

------------------------------------------------------------------------------------
  Categoría: criticas > Literatura
  Titulo:

EL CORONEL TROMBÓN nos refirió una historia tan singular, que no me resisto al deseo de publicarla. Bien sé que puede tachársela de indelicada y que no encontraría un solo poeta lírico que quisiese ponerla en versos. Pero, a la postre, nuestros clásicos han inventado episodios más incorrectos para sus novelas; y esto no es una novela, ni yo invento nada. Me limito a transcribir la narración curiosa y quizá instructiva que nos hizo un corazón desgarrado por el infortunio. -- Yo adoraba a Lucila – nos dijo el coronel – y mi existencia a su lado no tenía que envidiar a ninguna otra existencia. Nos habíamos casado hacía un lustro cuando ocurrió la catástrofe, y entre nosotros no había aparecido aún la menor discrepancia. Lucila era mucho más joven que yo; pero yo no era un viejo. Tenía en ella una confianza absoluta y procuraba brindarle todas la comodidades que pudiese amar. El día del suceso, el comandante López, recientemente ascendido, nos había invitado a varios camaradas, y pasamos en su casa un agradable par de horas. Apretaba el calor y yo bebí tanta cerveza como puede beber un hombre sin dar un estallido. Bajaba la escalera cuando advertí que en mi cuerpo había una excesiva cantidad de líquido y que apremiaba la espulsión de una parte de él ; parte bastante considerable a juzgar por los síntomas. -- Bien – me dije – aquí cerca en la primera bocacalle. Y me dirigía apresuradamente a una especie de garita de hierro pintada de gris que en la tal bocacalle existía, cuando vine a dar de manos a boca con la esposa del general Gutiérrez -- Dichosos –exclamó ella – dichosos los ojos que le ven a usted ¿Qué es de su vida? Nada había en mi vida de extraordinario y así se lo hice saber con todo respeto. Pero la señora Gutiérrez es una de las mujeres que más hablan entre todas las de la Península. Me tuvo detenido quince minutos, y entonces preguntó: -- ¿A dónde iba usted? Naturalemnte, yo no podía contestarle a la mujer del general Gutiérrez: “Señora iba a una especie de garita que hay cerca de nosotros. Si yo hubiese dicho esto, es muy probable que la señora e Gutiérrez me retirase el saludo y que el general se enfadase conmigo. Me limité a balbucir, disimulando mi enojo: -- A ninguna parte. -- Muy bien – aprobó - ; pues acompáñeme usted hasta casa. -- Con mil amores. Y caminé a su lado. La< insoportable mujer pertenecía a esa odiosa especie de gentes que se detienen cada cuatro pasos para matizar sus tediosos discursos. Yo respondía maquinalmente, y miraba a derecha e inzquierda, como si hubiese de encontrar un recurso de huída. Ella notó mi inquieteud. -- Parece que le pasa a usted algo. --¿A mí?¡Oh, nada, se lo juro! Voy encantadísimo. Sufrí mucho, amigos míos, sufrí mucho. Pero esto no era todo aún. Aquella mujer entró en un comercio y me hizo esperar. Mi angustia ara mayor, parado, en actitud de “firmes”, en el umbral de la tiemda. Coimencé a dar cortos y apresurados paseos, y ya estaba dispuesto a escaparme cuando ella salió. En el portal de su casa me retuvo otro cuarto de hora. No sé lo que me dijo. Yo estaba obsesionado por esta idea: “¡Voy a estallar; voy a dar un espectáculo vergonzoso delante de la generala! -- ¿Por qué no sube usted? Mi marido está en casa. --Gracias, señora... Preséntele mis saludos... -- Suba usted --¡Oh! - protesté, entregándome sin reservas a la faena de levantar ora una pierna, ora la otra, para aliviar mi ansia. -- Un instante nada más.-- ¡Imposible! -- rugí, y me alejé a pasitos rápidos y cortos. ¿A dónde ir? No se me ocurría solución. El general vive4 en una calle demasiado concurrida para wque un hombre que lleva un uniforme respetable oyeda mancillar una pared. Llegué a creer que era necesario morir heroicamente. Por un instante pensé quer toda la cervexa que había bebido y toda la ingurgitada por mis compañeros, multiplicada por diez, se dilataba en mi cavidad abdominal y se agitana en oleadas como un marf enfurecido; y snetí como los riñones trabajaban incesantementea, destilando, destilando, destilando... -- Mi casa no está lejos. --¡A casa! -- decidí Y llegué como un loco. --¡Portero! - grité – ¡El ascensor! No funcionaba el ascensor. Subí a grandes zancadas lor tres pisos... Sa qué el llavín... Me temblaban las manos de tal manera, que tardé más de un minuto en abrir la puerta... Y sin detenerme a cerrarla, entré. Entré como un torbellino. Al pasar ante una antesala ví... lo que ya no podré olvidar jamás: ví a Lucila, a mi mujer, en brazos de capitán de la Remonta, Arístides Manzano. Fue como si recibiese un balazo en el pecho... Me detuve un instante. Pero compréndalo ustedes – yo no podía más... Asomé la cabeza y les dije rápidamente: -- ¡Os mataré a los dos, miserables! ¡Ahora vuelvo! Y seguí. Me era imposible proceder de otro modo... Tardé cinco minutos. Di un suspiro. Me eastreamecí. Corrí hasta la estancia que albergaba a los culpables. ¡Nadie! Busqué en toda la casa. ¡Nadie! Los cobardes habían aprovechado aquel tiempo para huir. El coronel Tromnón calló un instante. Después añadió: --¿Quieren ustedes creer que nadie admitió la explicación de mi conducta? --Antes que nada – me decían – debió usted atender a su honor. Sin embargo era imposible. Imposible... Tuve que pedir el retiro.. Mi vida quedó para siempre deshecha. Enmudecimos ante aquella congoja. Amaro Sobral, el hipocondríaco, se atrevió a afirmar consoladoramente, después de una breve meditación: -- Peor sería que tuviese usted una otitis supurada, o que padeciese aerogafia...La aerofagia es tremenda.


------------------------------------------------------------------------------------
Vota este relato
0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

------------------------------------------------------------------------------------
Comentarios



Busca relatos



InicioAgregar a favoritosPoner como página de inicio
siguenos en feedsiguenos en facebook.comsiguenos en twitter.com


¡Tu también nos puedes enviar tus propios relatos!
[Enviar relato]








Web desarrollada con Iwcms.com
Impresiones Web, SL. C/ San Bernardo, 123, 7ª Planta;28015, Madrid (España).Tlf: +34 911 61 01 13 E-Mail : info@impresionesweb.com
Inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, Tomo 19602, Folio 112, Sección 8ª, Hoja M-344480, con CIF B-83844787.