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  terror > Terror GeneralLa puerta

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se publicó en la web el 01 de Marzo del 2010

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  Categoría: terror > Terror General
  Titulo:

Estaba sentado al borde de su cama sucia con sabanas corroídas y rotas, mirándose en aquel espejo con restos de óxido, como sartén con cochambre, miraba sus lentes estrellados y empañados, su ropa rasgada y manchada de su propia sangre, su rostro, con aquellos inconfundibles caminos que dejan las lágrimas cuando resbalan por las mejillas, sus manos maltrechas y sucias y el pelo desordenado. Totalmente desordenado, cabizbajo y triste, Renzo, a sus catorce años, pensaba en que no tenía motivos por los cuales vivir ahora. Miró las paredes herrumbrosas de su alcoba y de nuevo su vista tropezó con su imagen en aquel espejo.
“Si mi madre me viera ahora…”
Renzo nunca había permitido que su madre le viera sin asearse y siempre había destacado en la escuela por su alto coeficiente intelectual, era de los primeros lugares (si es que no el primero) en matemáticas, física y química, en contraste con su vida social de ermitaño consecuencia de sus altas calificaciones. Los demás alumnos le alejaban de sus círculos sociales y sólo tenía cabida en el de aquellos (muy escasos) grupos de “nerds” que se reunían a la hora del recreo, vivía su despertar a la adolescencia, sus últimos momentos de la secundaria.
Durante los períodos de exámenes finales, Renzo contestaba una de las 64 preguntas de su examen de física, pensando ya en cuál sería la escuela que lo recibiría para estudiar la preparatoria (aunque claro está que no tendría problema alguno para aprobar el examen de admisión), cuando un dedo índice se posó en su clavícula repetidamente. Volvió la mirada hacia atrás por encima del hombro y sus ojos se abrieron más de lo normal bajo los lentes. Rey, el alumno que nunca entraba a clases, el que fumaba en el baño, el que nunca se peinaba y amante de la música estruendosa le extendía la mano:
-      Genio ¿me prestas un lápiz?
Renzo mantuvo su mirada en él, escasas veces Rey le había dirigido la palabra más que para decirle “Fenómeno” o “Lentes de culo de botella”, pero ahora el indeseable le pedía un lápiz.
-      ¿Disculpa?
-      Que si me prestas un lápiz…
-      ¿Por qué habría de hacerlo?
-      Oh vamos, son los últimos días aquí, se amable y préstame un lápiz genio…
-      De acuerdo, aquí lo tienes “Elvis”, y no soy genio…
-      Gracias
Rey intentó escribir mientras Renzo dejaba escapar una risotada dentro de su avanzado cerebro.
-      Genio esto no tiene punta
-      Consigue un sacapuntas
-      Cómete la caca de tu abuelo
Para cuando Rey terminó de sacar punta, el timbre había sonado ya.
En los últimos días de escuela, Genio se presentó sin lentes e hizo amistad tardía con la Señorita Imán (le decían así las chicas porque no había alumno al que no le gustara), muy pocas veces conocida por su nombre original (Carolina), incluso la besó en la mejilla, habló con quién nunca lo había hecho en el curso y jugó fútbol quince minutos. Cuándo no podía más, se tumbó a descansar bajo aquel viejo sauce llorón junto a Carolina. Platicaban como viejos conocidos sobre la preparatoria. Fue entonces cuándo él escuchó aquel sonido como de abejorros rebotando sobe una pared, miró por encima del hombro de Carolina y descubrió a quién había hecho tap-tap en su hombro durante el examen. Rey, escuchando su música estruendosa al máximo volumen. Renzo levantó un audífono de su oreja sonriendo y le gritó:
-      ¿Acaso piensas quedarte sin oído Elvis?
Carolina sonrió, más por el hecho de que los que nunca se habían hablado en el salón, yacían bajo ese árbol platicando como viejos amigos.
-      Vamos genio deberías oírlo por lo menos un momento
-      No gracias, quiero seguir cuerdo.
Los abejorros se dejaron escuchar en los audífonos de Rey, mezclados con un sonido más raro aún, a Renzo se le antojaban como suspiros de anciano.
-      Vamos genio
-      Si – dijo Carolina – es genial – alargando la cara para demostrar que mentía.

Renzo rompió en lágrimas en su corroída cama de nuevo al recordar ese momento, ahí había comenzado todo, desde los abejorros rebotando y los suspiros de anciano que escuchaba Rey, miró las paredes llenas de óxido y la puerta de su habitación de nuevo, aquella maldita puerta de su habitación, pasaría un largo tiempo antes de que la volviera a abrir.

Tomó los audífonos y los colocó en sus oídos lentamente, entonces su cabeza y sus neuronas vibraron, y sus tímpanos se sacudieron. Los abejorros rebotando se convirtieron en guitarras eléctricas llorando como almas torturadas, acompañadas de esquizofrénicas baterías luchando por tamborilear más rápido sin obtener compás alguno. Renzo no podía comprender lo que estaba escuchando, su diccionario de la memoria no encontraba término para esos sonidos.
“Lo siento, el término que usted busca no existe”
Recordó entonces los suspiros de anciano y se le ocurrió que no quería saber que eran, más ellos fueron más rápidos que sus manos, convirtiéndose en un susurro de voz que parecía hablar en un lenguaje desconocido, después entendió que hablaba invertido. Renzo no aguantó más, se sacudió las baterías y las guitarras y los susurros, que volvieron a ser abejorros y suspiros al tocar el césped, ante las risas de Carolina y Rey.
Él no reía, no podía, los ecos aún reverberaban en la esfera de su conciencia.
Camino a casa (después de algunos minutos más de jugar fútbol) Renzo se sorprendió a sí mismo recordando la música psicótica de Rey, caminaba a ritmo de las guitarras, y no es que su cerebro se lo dictara a sus pies, sino que ella estaba ahí, obligando a sus pies a caminar así. Se detuvo un momento, miró un instante a los árboles, el césped, el asfalto y… susurros desconocidos.
-      ¡No! Debo dejar de pensar en eso…
Pensó en un filete caliente con patatas fritas, un vaso de limonada y… Guitarras llorando.
-      ¡No!
Corrió a casa lo más rápido que pudo.
Las siguientes horas no pudo hacer más que recordar, guitarras-baterías-susurros, guitarras-baterías-susurros, se repetían mientras veía la televisión, recordando las palabras de Rey después de que tirara los audífonos al suelo.
-      Es “cuate” ¿no?
Alterado, Renzo no contestó.
-      Es un sonido muy “cuate” – decía Rey - cuando lo escucho tengo ganas de correr, huir lejos, golpear a alguien. ¿Sabes? En ocasiones me da inspiración para escribir, dibujar y esas cosas, da lugar a buenas creaciones. Te juega la mente, te abre puertas que jamás hubieras conocido.

Las lágrimas seguían bañando el rostro de Renzo, mientras miraba la puerta de su habitación recordando.

Puertas, puertas, puertas. Renzo se retiró a su habitación para comenzar su trabajo final de física, hurgó en su mochila. Las libretas, utensilios y demás que ocuparía, la escuadra y… algo que no era suyo, cuadrado plástico, un casete. No lo podía creer, Rey había sido capaz de introducir la cinta en su mochila mientras jugaban fútbol. El primer impulso fue tirarla, mas su brazo se detuvo a centímetros del cesto de basura.
-      ¿Y si la escucho?
Debes estar loco, le susurro la cordura dentro de el. No lo hagas. Aturde tu cerebro, no te deja pensar.
“Es cuate” decía Rey en alguna parte de su cabeza.
No, no es verdad, aturde, por eso hay tantos como Rey que reprueban las materias. No lo hagas.
“Te juega la mente”
-      No, no la escucharé – decía la conciencia hablando por su boca – mañana lo devolveré a su dueño
-      Vamos, tan sólo un poco, te juega la mente, te inspira para escribir, dibujar… - Rey en el fondo de su conciencia
-      No es verdad
-      Es cuate, te ayuda a escribir… Un momento, puedes escribir tu trabajo final
-      No, no lo haré
-      Te abre puertas que jamás has visto.

La mano no le obedeció, aunque temerosa, se dirigió a la casetera, despacio (Te juega la mente), avanzó lentamente, un paso, luego otro (Es cuate), abrió la puertecilla para introducir la cinta (Te abre puertas…), apretó el botón de play para tocarla (Da lugar a buenas creaciones). Tamborileos, susurros y guitarras. Al principio fue difícil adaptarse a escucharlos todos seguidos, después, Renzo se acurrucó frente a la cabecera media hora, una hora, hasta que por fin entre susurros y guitarras, fue quedándose dormido.

Despertó sobresaltado y preocupado, se había quedado dormido sin comenzar su trabajo de investigación, ni siquiera un renglón, sentía hambre y le pareció raro que su madre no le hubiese despertado para comer. Miró el reloj, las 3:30. Raro, al parecer el reloj se había descompuesto, había demasiada claridad (aunque el día afuera parecía nublado) para ser de madrugada, quizá había dormido de más. No, el nunca lo hacía. Se desperezó encaminándose a la puerta. Cogió la chapa, la giró sintiéndola helada, frotándose los ojos, abriéndolos poco a poco descubrió las escaleras grises, el clima fúnebre y las paredes enmohecidas.
Algo, como un gusano eléctrico empezó a cosquillearle en los talones, subió por las piernas, engrosó en la espalda y se esparció en los cabellos de Renzo, poniéndolos de punta. No conocía ese lugar, no era su casa, no eran las escaleras de caoba que bajaban al comedor, no había cuadros de su graduación de la primaria en la pared. No.
La desesperación lo envolvió de pies a cabeza. Su lengua comenzó a moverse dentro de su boca.
-      ¿Mamá?
Fue lo único que acertó decir. Espero la respuesta. Espero la voz que dijera “La sopa está lista Ren” pero esa voz nunca llegó. El gemido provino desde la parte más baja de las escaleras, prolongándose hacia arriba, alargándose. Después, siguieron aquellos pasos flácidos salpicados, como pies gigantes mojados en lodo. Renzo permaneció inmóvil, los cabellos de punta, el vello erizado. Entonces se escuchó el jadeo de perro agitado. Algo subía desde el fondo de la escalinata hacia él. No podía ser su madre con la sopa lógicamente, su madre no haría como perro jadeante sólo por jugarle una broma. Era real y no lo era, no estaba en su casa, la cosa subía por las escaleras y gemía y jadeaba acercándose cada vez más. Pudo oír el chapoteo más cercano, más cerca, cuando estuvo seguro de que vería algún miembro de aquella cosa, cerró la puerta y corrió a refugiarse bajo su cama, quizá aquello abriría la puerta y… y después ¿Qué? No quería averiguarlo. Descubrió lágrimas en sus ojos y sus pantalones mojados, las manos temblorosas y sus dientes mordiéndole las uñas. Esperó y esperó y esperó. La cosa no tocó la puerta ni se dejó escuchar más, probablemente estaría fuera esperándole, su corazón latía acelerado como auto de carreras tratando de obtener la pole position. Nada. El silencio y la niebla le respondían, el automóvil de su corazón fue disminuyendo la velocidad, más lento, más lento, su respiración se tranquilizó, sus ojos dejaron de llorar y el sueño volvió a cubrirlo después de unas horas.

Despertó sobre su cama, las sábanas ligeramente ajadas. ¿Había sido un sueño? podía averiguarlo sólo de una manera. La miró, con su chapa dorada y su color mahogany clásico. La puerta permanecía ahí impasible, a Renzo le pareció que miles de años podían pasar y ella seguiría ahí, incluso le pareció que ella le miraba también ¿Vas a abrir? levantó la mano, avanzó hacia ella, sintió su corazón acelerar y esa sensación eléctrica en los tobillos. Tocó la chapa, ya no estaba helada, afuera estaba gris aún. Giró lentamente y con los ojos cerrados, sin hacer ningún ruido, la puerta se abrió, el no se atrevía a mirar aún ¿Y si la cosa estaba ahí aguardándole? Poco a poco, su ojo derecho se abrió tras de los anteojos. Al principio le pareció que estaban empañados, pero a fuerza de parpadear algunas veces tuvo que reconocer lo contrario. El paisaje aparecía nuboso y gris, gris melancólico, y se extendía sobre un campo desolado con árboles secos y resquebrajados, muertos. Ante Renzo se ensanchaba un camino labrado a fuerza, parecía como si una pala mecánica gigante lo labrara desde la base de la puerta hasta donde la vista llegaba en el horizonte. A los lados del sendero, había montículos de tierra sepia dónde crecían marañas espinosas. ¿Dónde habían quedado las escaleras grises? ¿La cosa subiendo? La memoria de él rechazó la petición a saber las respuestas y prefirió decir a las piernas que caminasen sobre ese sendero más lógico, más tangible. Renzo dio un paso inseguro sobre el camino, dos más y luego cinco. Un impulso le hacía pensar que quizá por ahí llegaría a casa (si es que no se encontraba ahí) sus ojos ya no lloraban, pensó en correr hacia el final del camino, pero una voz real, no en su mente, no era la de él, le hablaba.
-      No lo hagas
Renzo buscó la voz sin encontrarla, a los lados, arriba, en los árboles.
-      No lo hagas por favor
La voz sonaba como una persona mayor, madura, sollozante. Retrocedió algunos pasos
-      No lo hagas, no…
Sus pies tropezaron con algo que brotaba del piso haciéndole caer de espaldas. Lentamente, se incorporó.
-      No lo hagas me duele mamá, me duele
Renzo descubrió al causante de la voz. Un rostro adulto, de expresión torturada brotaba del piso, rogándole a “mamá” que no lo hiciera.
-      No lo hagas mamá
-      Eres un mentiroso Alfred, ojalá te pudras en el infierno
Otra voz a sus espaldas, otra más metros delante de él. El ambiente se saturó de oraciones furiosas, exaltadas, de dolor, de enojo, de sentimiento. Un pensamiento fue creciendo en la mente de Renzo.
“Te abre puertas que jamás hubieras conocido”
Era la voz de Rey. Renzo volvió a sentir ganas de llorar, se levantó y se encaminó hacia la puerta de regreso.
-      Mamá no por favor, me duele
-      Mientes Alfred ¡¡¡mientes perro!!!
-      Papá que harás con esa pistola… ¿Papá?
-      Te amé, te amé de verdad…
Corrió hacia la puerta como león tras una gacela, rasgándose la ropa con las espinas, haciéndose sangrar la piel en su desenfrenado intento por escapar, tropezó en el quicio de la puerta y cayo de bruces sobre el suelo de alfombra de su habitación. Los anteojos cayeron delante de él y surgió la sensación de que alguien tras él le vigilaba, le miraba sin tocarle. Tanteó sobre el suelo buscando los anteojos, su respiración se aceleró.
“Es cuate ¿verdad?”
Sus manos se abrían y cerraban buscando los anteojos sin lograrlo, sus dedos de los pies se apoyaban sobre los rostros surgidos del piso para arrastrarse, la presencia tras el crecía.
“Me dan ganas de correr…”
Humedad rozando su pantorrilla, desesperación, el suelo se humedeció con sus lágrimas. ¿Madre, dónde estás?, sus manos rozaron el armazón delgado, luego, los cristales; con manos temblorosas, Renzo se colocó los anteojos, se levantó y cerró la puerta. Lloraba, lloraba como una niña, jamás se había visto a sí mismo llorando así ¿Porqué él? ¿Qué eran esos lugares? ¿Porqué estaba ahí y no en casa? Eran preguntas que no se podía responder, cayó de rodillas frente a su cama y lloró como nunca, como nunca lo había hecho.

Despertó sin haber soñado y sin darse cuenta del tiempo que había dormido, miró las paredes, el suelo, cada vez más corroídos, más podridos. Incluso sus sábanas y su ropa adquirían ese aspecto. Se sentó sobre su cama, meditabundo y nostálgico, pensando en cómo saldría de ahí. La puerta, era la única y la menos viable salida.
“Las ventanas” pensó, por un momento, pero ellas eran menos viable que la puerta, no podían abrirse y no dejaban ver más que niebla afuera.
“Debo abrirla otra vez…” pensó de nuevo, y la miró ahí, desafiante y riéndose de él, era la única que no se había manchado, ni oxidado ni ensuciado. Renzo se limpió la cara con las manos y dio un paso al frente. Su respiración se agitó. Otro paso más sobre el piso envejecido, su mano se estiró exigiendo girar la chapa otra vez. Los centímetros entre mano y chapa disminuían, el corazón le latió otra vez aceleradamente.
“Es cuate ¿no?”
Algo desde fuera golpeó la puerta, desorbitando los ojos de Renzo, noc-noc repetidamente en golpes furiosos. Pensó en la criatura de las escaleras frenética, golpeando la puerta, pero una voz eliminó ese pensamiento.
-      Ren… ¿saldrás a comer? La sopa está lista.
-      Mamá…
La mano le detuvo antes de abrir la puerta. Era una mano fuerte y mayor. Renzo volvió la vista hacia el hombre del abrigo que sujetaba su mano.
-      No la abras
Trastabilló y cayó al piso sin perder de vista al recién llegado, los dientes le castañeteaban.
- ¿Quién eres t-tú?
La voz le temblaba. Un frío lo recorría por dentro.
-      Ren, la sopa se enfría… - tras la puerta, los gritos y el noc-noc persistían.
-      No la abras Renzo, no es tu madre.
Renzo pensaba en abrir la puerta, en encontrar a su madre con un plato de sopa caliente sobre la mesa, en volver a ser el de antes, el mismo que no escuchaba la misma música que Rey, el que sacaba buenas notas, si tan sólo pudiera abrir la puerta.
-      Si piensas abrir, sólo escucha Ren, escucha unos segundos más…
El hombre del abrigo y pelo largo y lacio, se sentó sobre la cama cruzando los brazos.
-      Ren hijo, abre ya… ¡La sopa se enfría!
Ren sollozaba confundido, el extraño lo miraba, no parecía que fuera a hacerle daño, los gritos de afuera le insistían, su mano se estiraba para llegar a la puerta de caoba, pensaba en bajar por esas escaleras hacia el comedor, el mantel de cuadros, el mandil de su madre de nuevo…
-      Ren, ¡abre ya!
-      Si lo haces, los invitarás a entrar – decía el hombre sobre la cama.
Los golpes afuera parecían balones de fútbol sobre la puerta.
-      ¡Abre maldita sea, hazlo ya!
Ren no conocía esas palabras en boca de su madre.
“Nunca digas malas palabras hijo…”
Retrocedió, los golpes arreciaron en la puerta y en su corazón, un paso atrás, el extraño en la cama, la voz de su madre, los golpes, la puerta, la sopa, el mantel, otra voz afuera.
-      ¡Abre maldita alimaña o entraré por ti!
Más golpes, la puerta resistía tambaleándose, el extraño lo tomó del antebrazo y lo sentó en la cama suavemente, lo miró tratando de tranquilizarlo, con la mano hizo un gesto de guardar silencio. Entonces de afuera surgió el gruñido, sonaba como si un sapo gigante saltará en una oscura charca pútrida, acompañado del alarido de lo que parecía ser su madre hablándole afuera, el ruido fue intenso, aturdidor. El hombre del abrigo resguardó a Renzo entre sus brazos, temblando, la puerta crepitó, tembló y después el zumbido en los oídos cuando todo queda en silencio, después de una andanada de gritos infernales.
-      Se han ido.
El hombre del abrigo miró a Renzo, caminando sobre el delgado hilo entre la cordura y la esquizofrenia, era muy joven para malabarear sobre el abismo de la locura, se inclinó sobre él y aún sobre sus lágrimas pudo notar trozos de fortaleza dentro de su derrumbado interior, encendió un cigarrillo y se sentó frente a él.
-      Ren escúchame, no puedo permanecer aquí por mucho tiempo, pronto ellos vendrán de nuevo, así que escúchame.
Ren lo escuchaba sin mirarlo. Se sentía caer en un oscuro abismo sin fondo.
-      Hay momentos inoportunos en la vida de ustedes los humanos, como cuando oyes una discusión entre tus padres, o cuando estás en un lugar equivocado en un momento equivocado, como sucedió contigo, se que pensarás que tiene que ver con la música que Rey te dio pero no es así, a veces el inframundo, los mundos alternos y tu mundo coinciden en un tiempo y en un espacio determinados, el tiempo fue ahora y el lugar tu habitación, los tres mundos han coincidido, pero esta vez, la colisión se prolongó indefinidamente, el ciclo normal del tiempo-espacio ha estado avanzando en espiral, colisionando más de una vez tu mundo con los otros, de tal manera que…
Renzo levantó la vista. ¿Cómo era posible que ese hombre supiera todo de él? ¿Cómo es que sabía sobre Rey y la música?
-      ¿Quién eres tú? – preguntó ya sin rastro de temor en sus ojos
El hombre del abrigo se incorporó y arrojó el cigarro al suelo, lo restregó con el pie apagándolo.
-      Me llaman el Neutral
-      ¿El neutral?
-      Sí, vago entre los tres mundos que mencioné tratando de guiar a los que como tú, sufren una colisión como ahora.
-      Me sacarás de aquí.
-      No puedo hacer eso – el Neutral sonrió mirando hacia el techo – tampoco puedo decir que me daría gusto hacerlo, no puedo estar del lado de nadie, de ninguno de los mundos, sólo puedo orientarlos, darles algunos consejos para salir del instante de colisión, mostrarles el escape.
-      Y en este caso, el escape es…
-      La puerta Ren – el Neutral sonrió irónicamente – la puerta que te ha mostrado cosas horrendas y sonidos bizarros, ella Ren, es la única salida de este instante. Al igual que tú, las bestias del otro lado están tratando de salir de este cruce de tiempos, algunos de ellos como las criaturas de inframundo, aprovecharán para llevarte a su mundo, no te dejes llevar, no perteneces a él, bueno, tú sabes como es el inframundo, tratará de fingir la voz de tu madre, de tus amigos, imitando sus imágenes. Incluso podrá imitar tu casa, no totalmente, pero lo hará, como pasa ahora con tu cuarto, tu cama, el mundo más allá de tus ventanas.
Renzo no podía creer lo que estaba oyendo aún, le pareció como si fuese un sueño, oprimió entre sus manos la sábana para convencerse, rechinó los dientes rogando porque ese mundo no existiera, pero no era así, el neutral no había desaparecido y el cuarto mostraba aún el herrumbre, propio del inframundo en el intento de aparentar su cuarto.
-      Ren, ha llegado la hora de irme, sólo puedo decirte algo, escuches lo que escuches, no te dejes llevar por el inframundo, tú y sólo tu puedes decidir el momento en el que debes abrir la puerta, si te equivocas y el inframundo de atrapa cerrando tu puerta, jamás volverás a ver a tu mundo, tu madre, tus amigos, todo habrá desaparecido… ¿Lo entiendes?
Ren asintió con la cabeza, cerró los ojos y pensó en la salida, miró la puerta a la que había considerado su enemiga, le miraba ahora dándole esperanzas, desde los rostros en el piso y los gritos afuera, Ren lo pensaría dos veces antes de tratar de abrir de nuevo, aunque a fin de cuentas debía de hacerlo otra vez, quizá por última vez. Se dio la vuelta para agradecer al neutral del abrigo y las oxidadas paredes le contestaron, el se había marchado.
“No puedo permanecer mucho tiempo aquí…”
Ren reunió todas sus fuerzas, se concentró y apretó los puños, ya no debía sentir miedo, la puerta debe volver a abrirse, por última vez quizá, y debo hacerlo bien, de lo contrario, me quedaré aquí perseguido por esa bestia de los pies pegajosos, no debo temer, esto es… es… como un examen de física, si, eso es, un maldito examen de física. Se preparó y se encaminó hacia la puerta. Los escuchó venir desde lejos, galopando en la oscuridad, susurrando cosas terribles, acercándose cada vez más. Renzo ya no sentía miedo.
“Es cuate ¿no?”
Sí, era muy cuate tener control de ese mundo que no conocía, aún más cuate que escuchar los abejorros y susurros en los audífonos de Rey, caminando hacia la puerta, omitiendo los ruidos de afuera, estirando la mano hacia la perilla, girando suavemente la dorada chapa entre colisiones de mundos avanzando en espiral, liberándose con los consejos del Neutral, no había nada que temer y sin más que esperar, sin perder un instante, abrió la puerta…
Sus ojos miraron hacia abajo, esperando encontrar lo peor, aunque ya no importaba, volvería a abrir cuantas veces quisiera hasta encontrar su hogar, hallara lo que fuera, esperando encontrar bestias y rostros de nuevo, esperando encontrar oscuridad y cielos nubosos, esperando encontrar…. Sus escaleras de caoba, sus reconocimientos de primaria. La sensación electrizante lo recorrió de pies a cabeza.
-      Ren, la sopa está lista
-      ¿Madre?
-      Vamos, baja o se enfriará
Se llenó los pulmones de ese aire casero, del olor de la caoba, de la sopa de su madre, se llenó la vista con los cuadros del mandil de su madre y el mantel, con el calor de hogar. Avanzó lenta y gustosamente hacia la mesa, ocupó su silla preferida ante la sonrisa de mamá que servía la sopa y observó hacia fuera, el paisaje nublado seguía.
-      Tu sopa preferida Ren
El plato humeaba la sopa recién servida, olía a rancio, a olor anormal a su nariz.
-      Oh, hijo, perdón olvidé los cubiertos
Renzo observó a su madre de espaldas y observó la sopa, luego volteó de nuevo hacia ella y pudo ver aquel tercer brazo surgiendo de su espalda, rompiendo su vestido. El sonido de la puerta cerrándose se escuchó arriba, mientras aquello que aparentaba ser su madre regresaba con los cubiertos…
-      Come hijo o se enfriará, come maldita alimaña…
Renzo no mencionó palabra alguna, se quedó mirando hacia la nada, pensando en lo que le dijera el Neutral, mientras una lágrima se deslizaba lentamente en su mejilla…


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