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  ficcion > Narrativa LibreLa peor de sus pesadillas

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se publicó en la web el 06 de Abril del 2009

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

Una noche más, como cada noche desde hacia dos años, Ryan se despertó súbitamente. Sin embargo, esta vez, todo parecía diferente. No sintió ese sudor frío que le empapaba el cuerpo cuando despertaba y se incorporaba de medio cuerpo en su cama como si un resorte saltara en su cintura. Esta vez, el resorte no saltó y no había sudor frío. Solamente hacía frío y su cama le pareció dura y helada. Además no vio la luz de la lámpara que Ryan dejaba toda la noche encendida en una mesilla en la esquina derecha de su habitación, esta vez la luz provenía de arriba y era prácticamente cegadora. ************************ Tres años atrás, Ryan era pasante en un prestigioso bufete de abogados de New York. Llevaba en ese puesto casi un año, desde que se licenció en la universidad de Columbia. Uno o dos años más como pasante y seguramente ascendería al plantel de abogados y quien sabe si con los años y muchos juicios ganados alguna vez le propondrían ser asociado. Claro, que ese era el sueño de su madre que vio como una viuda, a base de muchos años de duro trabajo, de horas extras, de doblar turnos y de privarse de prácticamente todos los caprichos, pudo enviar a su hijo a una buena universidad y si dios le daba fuerza y los años suficientes, posiblemente también lo vería convertido en un famoso abogado de esos que en un solo año ganan tanto dinero como ella había ganado en toda su vida. Ese era el sueño de Claire para su hijo y en un principio también el de Ryan, pero en el año que llevaba en el bufete, había visto pasar ante sí muchas injusticias, incluso había ayudado a cometer muchas de ellas. El bufete representaba a grandes empresas, millonarios, aseguradoras, etc, etc y ponía a su disposición los mejores abogados para sacar adelante despidos sin ningún tipo de indemnización para el trabajador o sentencias a favor de una financiera multimillonaria que gracias a un tecnicismo enrevesado y rebuscado, dejaba sin casa y sin recursos a una pobre familia del Bronx. Ahora, cada vez que Ryan tenía un nuevo caso de estos, no podía dejar de pensar que esa mujer a la que iban a despedir y a dejar sin seguro médico, podría haber sido perfectamente su propia madre o que esa familia a la que se le ha quemado su casa y la aseguradora no iba a indemnizar, podría ser su propia familia. Ryan sabia que su madre se llevaría el disgusto de su vida, pero él no podía seguir ni un minuto más en aquel bufete haciendo y nunca mejor dicho, de abogado del diablo. Le costaría, pero al final Claire también lo entendería. Seguro que por mucho dinero que pudiera ganar su hijo, Claire no quería verle convertido en un monstruo sin piedad, escondiéndose tras la Ley para cometer las tropelías que los poderosos solían cometer contra los más débiles. Ryan dejó su trabajo en el bufete, pero la cosa no quedó ahí. Ryan se sentía sucio y necesitaba de alguna manera “expiar su pecados”. Hizo un curso intensivo de auxiliar de enfermería y pocas semanas después salía junto a un medico, un pediatra y una enfermera hacia una aldea de Ruanda como cooperantes sanitarios en una ONG. ************************ Era su visita semanal a la consulta del la doctora Kenneth. Ryan acudía semanalmente a terapia con Wanda Kenneth desde unos meses después de volver de Ruanda. En realidad Ryan no creía en absoluto que la doctora Kenneth pudiera ayudarle con su problema. Por muy psiquiatra que fuera, que podía saber una persona acomodada como ella, que seguramente jamás se había visto sin la protección que primero le dieron sus padres y después su marido, que podría saber una mujer así de las miserias del mundo, del dolor de los parias y sobre todo, que podía saber Wanda o cualquier otra persona que no lo hubiera vivido como lo vivió él, de la crueldad, de la barbarie, del odio y de lo perversos que podemos llegar a ser los seres humanos incluso con nuestros propios congéneres. Desgraciadamente, Wanda, aunque por razones distintas, pensaba igual que Ryan. Llevaba aproximadamente año y medio tratando a Ryan y no había atisbado en él ni una leve mejoría. Las recurrentes pesadillas de Ryan donde le despedazaban miembro a miembro y órgano por órgano de mil y una formas distintas, acudían noche tras noche hasta su mente torturándolo de manera tan real que prácticamente desde hacia dos años no había podido dormir más de dos o tres horas diarias. Las pesadillas que desquiciaban la mente de Ryan y sobre todo la falta de sueño durante casi dos años habían hecho mella sobre la salud de Ryan. No solo física, que también, si no mental que era lo que más preocupaba a Wanda. Ya había tratado antes varios casos similares al de Ryan. Un par de veteranos de la Guerra del Golfo que habían tenido episodios muy traumáticos durante su misión en Irak y que al igual que Ryan tenían un grave cuadro de stress postraumático con pesadillas recurrentes e insomnio. En ambos casos Wanda no pudo ayudarles y los dos veteranos terminaron por suicidarse. Wanda sabía que aunque ella no hubiera podido ayudarles, no había sido culpa suya, aquellos dos veteranos que había tratado Wanda no eran ni muchísimo menos los únicos casos de suicidio entre veteranos del Golfo había un estudio hablaba de 6.256 suicidios entre veteranos de Corea, Vietnam y el Golfo. Pero eso no reconfortaba demasiado a Wanda. Sabía que si Ryan seguía con sus pesadillas y no lograba dormir al menos 5 o 6 horas diarias acabaría como esos dos pobres veteranos de guerra. ************************ Era 23 de diciembre, estarían todo el día en el consultorio de Tamira y el día 24 volverían a Mogadiscio para pasar la noche buena junto a otros equipos de sanitarios de la ONG. El equipo de Ryan visitaba Tamira una vez al mes. Su equipo se encargaba de pasar consulta en unas 50 aldeas de Ruanda, una o dos cada día. Tamira era una aldea creada en 1997 para acoger a 370 tutsis que regresaron del vecino Congo tras la victoria de las tropas del Frente Patriótico Ruandés. La mayoría eran los únicos supervivientes de sus familias después del genocidio de los hutus contra los tutsis en 1994. Hacía ya más de un año que en toda Ruanda no se habían producido más ataques y la gente empezaba a superar la tragedia. El barracón de madera que hacía de consultorio en Tamira era un lujoso hospital comparado con las chozas de paja y barro de la mayoría de las aldeas. A Ryan le encantaba ir a Tamira. Le reconfortaba enormemente poder ayudar a aquellos niños huérfanos, a las viudas y a los pocos hombres que quedaron después de la terrible experiencia de ver impotentes cómo asesinan a todos tus seres queridos. Además, desde dentro del consultorio y a través del gran ventanal del barracón, Ryan podía ver mientras desempeñaba su trabajo de auxiliar, las cumbres del volcán Karasimbi y Ryan se imaginaba allí arriba entre la niebla con sus gorilas a Sigourney Weaver, o mejor dicho a la doctora Dian Fossey con la cara de Sigourney Weaver. El día transcurría como cualquier otro en el consultorio. El doctor Bernard, que era el pedíatra, pasaba consulta a los menores de 14 años en una sala improvisada con cuatro biombos de cañas. El doctor Pettersen se ocupaba de los adultos en una contigua e igualmente improvisada sala con biombos de caña. Al fondo del barracón otro par de biombos separaban otra parte que se utilizaba como intendencia para las medicinas, material médico y lencería. El resto del barracón se utilizaba de sala de espera. Nicole era la enfermera. Los doctores seguían atendiendo pacientes y Nicole limpiaba y cosía las heridas, ponía inyecciones y vacunas o vendaba a los pacientes que lo necesitaban. Mientras tanto Ryan reponía a Nicole y a los doctores el material medico que iban necesitando, jeringuillas, ampollas de penicilina y guantes y campos estériles, y retiraba los vendajes, sábanas y campos sucios al baúl de bambú que había en el apartado de intendencia. Justo donde se encontraba cuando desde dentro del barracón se oyó una ráfaga de disparos y gritos. A los pocos segundos y después de un gran estruendo, se abrieron de par en par las puertas del barracón y entraron como una veintena de hombres. Todos ellos armados, 5 o 6 con fusiles y el resto con machetes. Fuera se seguían oyendo gritos de dolor y dentro los niños se habían refugiado debajo de las sillas y de una gran mesa que había en el centro del barracón. Algunas mujeres intentaron tapar a sus hijos con sus cuerpos. Los hombres tutsis que había dentro del barracón no reaccionaron, parecían haberse quedado paralizados, posiblemente aterrados por la visión de lo que ciertamente esta vez el destino no les salvaría. Los únicos que se enfrentaron a aquellos hombres fueron Pettersen y Bernard que salieron de sus consultas tal vez inconscientes de lo que en realidad estaba pasado. Bernard fue el primero en caer, una ráfaga le atravesó las piernas. Pettersen intuitivamente se abalanzó sobre el que había disparado, pero antes de que ni siquiera hubiera dado un paso, desde atrás surgió un enorme brazo negro que sostenía en su mano un no menos enorme machete que de un solo y certero tajo decapitó a Pettersen. El doctor Bernad seguía en el suelo, herido y aterrorizado por la visión de la cabeza sangrante de su colega justo a su lado derecho. La agonía de Bernard no duró mucho, mientras uno de los hutus lo levanto, otro le clavó el machete y lo retorció dentro de su cuerpo hasta que Bernard soltó una bocanada de sangre y calló al suelo muerto cuando el otro hutu lo soltó. Hasta entonces, Nicole que se encontraba en el centro de la sala había pasado desapercibida para los asesinos, pero la decapitación de Pettersen la había hecho soltar un seco grito de terror y los que parecían ser los cabecillas de la banda se encaminaron hacia ella. Nicole miró nerviosamente a todas partes para ver por donde podría huir mientras los asesinos se aproximaban hasta ella. No encontró ninguna salida e intentó refugiarse tras los biombos de intendencia, pero los hombres la alcanzaron antes de que hubiese podido llegar aunque a Nicole tampoco le hubiera servido de nada. Tres hombres retenían a Nicole mientras ella gritaba, mordía y pataleaba lo que podía. Unos de los hombres le propinó un puñetazo en toda la cara y la dejó sin sentido. Los demás hutus habían comenzado a mutilar salvajemente a los hombres. Excepto alguno que había vencido su miedo inicial y se enfrentó a los hutus y fue pasado a cuchillo, el resto fueron colocados con las manos sobre la gran mesa de madera que había en el centro del barracón, mientras uno les sujetaba desde atrás las manos sobre la mesa, otro con un golpe de machete se las cortaba. Mientras tanto Ryan contemplaba horrorizado la dantesca escena a través de los huecos que el trenzado de las finas cañas de bambú dejaba en el baúl de la ropa sucia donde Ryan aprovechando el desconcierto de los primeros instantes del ataque había acertado a esconderse antes de que nadie hubiera reparado en él. Los tres hombres que habían atacado a Nicole la desnudaban arrancándole la bata y la ropa interior a tirones. Uno de ellos la violó salvajemente con el cañón de su fusil hasta que los muslos de Nicole se llenaron de sangre proveniente de su vagina. Cuando el primero acabó de violar a Nicole, el segundo desenvainó su machete y le cortó los pechos. Gracias a dios, Nicole se encontraba sin conocimiento, desde que se desmayó por el puñetazo en la cara. Después el tercer hombre, hincó su cuchillo por encima del pubis de Nicole y con fuerza tiró de él hacia arriba hasta que tropezó con el estern, abriendo en canal a Nicole y sacando los intestinos de su cuerpo. Todo aquello ocurrió ante los ojos atónitos de Ryan. Agachado y arrodillado dentro del baúl de la ropa sucia. Incapaz de mover un solo músculo ni siquiera para cerrar los ojos y no ver todas aquellas atrocidades. Una hora después, cuando todo había acabado y los hutus se habían ido después de dejar 31 cadáveres y 11 hombres mutilados, solo entonces Ryan pareció volver a la vida. Seguía en la misma posición dentro de aquel baúl de bambú y un fuerte olor a sangre le hizo despertar de ese letargo en el que estaba sumido. El olor de la sangre penetro en su nariz y por primera vez desde que aquella horrible pesadilla empezó, notó que una parte de su cuerpo podía moverse. Era su estomago. Una náusea le vino desde el estómago a la garganta y vomitó. ************************ Ryan estaba intentando con todas sus fuerzas incorporarse en esa dura y fría cama en la que se había despertado pero no conseguía mover ni un músculo. Tenía los ojos abiertos, pero no veía más que aquella luz cegadora de la potente lámpara, que tenía encima de él y tampoco fue capaz de cerrarlos. De repente, oyó por encima de él una voz grave que decía: Doctor Nicolas Mcdowell. Forense del Presbyterian Hospital. Autopsia de Ryan Callen. 26 años. 173 cm de altura. 78 kg de peso. Posible causa de la muerte; parada cardiorrespiratoria a causa de una sobredosis voluntaria de bisoprolol y lorazepam, sin descartar alguna otra sustancia más. Ahora Ryan además de paralizado estaba horrorizado por lo que estaba oyendo. No entendía nada. La voz grave continuó: Me dispongo a hacer una incisión en forma de i griega desde el torso hasta el abdomen. Tras una visera de perxiglass, Ryan vio la cara del doctor Mcdowell asomar por debajo de la cegadora lámpara. Nicolas Mcdowell era afro americano, corpulento y alto. En la mano derecha asía un bisturí que acercaba al pecho de Ryan para hacer una incisión desde casi el hombro izquierdo hasta el centro del pecho y otra igual en el otro lado y después un corte más desde donde se juntaban los dos anteriores hasta el final del abdomen. Ryan sintió como una fuerte quemazón seguido de un indescriptible dolor cuando el doctor Mcdowell metió las manos por las incisiones del pecho y tiro con fuerza hasta separar la carne del esternón y las costillas. Ryan seguía sin poder moverse ni articular palabra para que aquel carnicero dejara de torturarle. Me dispongo a separar la parrilla costal- siguió dictando el doctor Mcdowell a la grabadora que recogía los pasos seguidos en las autopsias para luego redactar correctamente el correspondiente informe. Bajo la lámpara volvió a aparecer la cara del doctor y esta vez en las manos llevaba una mini sierra eléctrica. Mcdowell se bajó la visera, encendió la sierra y se dispuso a cortar los cartílagos costales a 1cm. de las uniones costocondrales hasta la segunda costilla sin perforar para no dañar los pulmones. Después separó el diafragma desde el esternón hacia las costillas. Esta vez el dolor no fue tan fuerte, pero el olor a hueso quemado y ver su sangre salpicando la visera que cubría la cara del doctor Mcdowell lo acentuaba bastante. Ryan sintió en su abdomen el peor retortijón que nadie podría sentir en toda su vida. Era el doctor Mcdowell abriéndole la cavidad abdominal y extrayendo su estomago, el cual pasó a su ayudante para que lo diseccionara y extrajera su contenido. Al pasar el estomago de unas manos a otras por encima de la cara de Ryan, cayó una gota de sangre que fue a parar a los labios entre abiertos de Ryan y que posteriormente se deslizó hacia el interior de su boca. Fue entonces cuando Ryan se dio cuenta de un detalle más que le hizo darse cuenta de que aquella pesadilla difería en mucho de sus pesadillas habituales. Nunca hasta entonces en los dos años de pesadillas había tenido sensaciones de sabores y de olores. Experimentaba miedo, el mismo miedo que pasó en Ruanda y también dolor, aunque ahora descubría que no era nada comparado con el que estaba sufriendo ese día. Pero no recordaba ningún sabor u olor en las pesadillas. La gota de sangre llegó hasta su lengua y sintió su sabor salado. Entonces llegó a su nariz el olor férrico de la sangre y tal y como hacia dos años en aquel baúl de bambú le sobrevino una nausea, pero esta vez no vomitó puesto que su estomago estaba a su derecha en una bandeja de acero inoxidable, siendo abierto por el ayudante del forense que vaciaba en un tarro de muestras su contenido, donde podían observarse los restos de las más de 100 pastillas que Ryan se había tomado la noche anterior. De nuevo sintió una fuerte quemazón sobre su piel, esta en la cabeza donde el doctor Mcdowell había cortado con el bisturí desde un pabellón auricular hasta el otro. Y la quemazón de segundos anteriores se convirtió en un inaguantable dolor cuando el forense separó los planos del cuero cabelludo hacia atrás y hacia delante para poner al descubierto el cráneo desnudo. Una vez más Ryan olió el hueso quemado por la sierra cuando el doctor Mcdowell le recortó el cráneo hasta dejar al descubierto su cerebro. Luego sintió una fuerte descarga eléctrica que le recorrió toda la columna vertebral cuando el forense hundió sus manos por ambos lados del cráneo hasta la base del cerebro para extraerlo cortando el bulbo raquídeo por encima del agujero occipital. Aquella descarga eléctrica hizo que los músculos de Ryan volvieran a la vida y sintió como ahora ya podría moverse y seguramente gritar pero en ese preciso momento el doctor tiró hacia sí del cerebro de Ryan librándolo de una vez por todas y para siempre de la que sin duda había sido la peor de sus pesadillas.


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