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  ficcion > Ciencia FicciónLa Máquina de Desinventar

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se publicó en la web el 12 de Diciembre del 2006

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

Nunca supo muy bien de donde había salido. Lo encontró por casualidad ordenando unas cajas de documentos antiguos en el laboratorio. Un cuaderno enormemente antiguo. Como los que guardaba su abuelo. Escrito a lapicero con trazos rápidos sobre sus tapas azules únicamente “Máquina de Desinventar”. Hojeó con atención su contenido. Todas las páginas estaban llenas de anotaciones en un idioma incomprensible. Posiblemente un idioma eslavo. Unos cuantos esquemas y gráficos. Estos los podía entender con mayor facilidad a pesar de su anacronismo. Alguna ecuación. Fórmulas. Un todo familiar para un profesor auxiliar como él. Aunque incomprensible. Se abstuvo de comentarle nada al titula de la cátedra. La anotación de la portada era letra de otra persona. Conocía al catedrático y sabía que si aquello que acababa de encontrar tenía alguna importancia se lo arrebataría apropiándose de cualquier mérito. De lo contrario sólo le serviría para ganarse una reprimenda por perder su tiempo. Así es que lo llevó a su casa y pasó toda la noche estudiándolo. Difícil. Apenas conseguía entender nada. Pero a él le gustaban las cosas difíciles, así es que no desfalleció en su empeño. Le dedicó todo su esfuerzo durante muchos meses. No tardó en entender que estaba escrito en polaco. Con la ayuda de algunos colegas consiguió realizar una traducción de todos los textos. Supo que tenía ante sí un estudio teórico, así como los esquemas necesarios para fabricar algo que sus autores habían dado en llamar “La máquina de desinventar”. Su próximo objetivo sería construir un prototipo de dicha máquina. El primer paso fue hacer acopio de todos los materiales necesarios. La mayor parte de los componentes se habían dejado de fabricar hacía ya muchos años, así es que dedicó muchos fines de semana a recorrer mercadillos y tiendas de segunda mano. Compraba todo tipo de aparatos. Antiguas radios, televisores, motores, instrumental de todo tipo. Cualquier cosa constituía una fuente inapreciable de las delicadas válvulas, relés, baterías, condensadores y demás artefactos que iba a necesitar para llevar adelante su proyecto. Continuó su labor con la paciencia y meticulosidad de un coleccionista. En un pequeño taller fabricaba artesanalmente las piezas imposibles de conseguir. Hasta que un día consiguió tenerlo todo a punto. Se lanzó al montaje de su prototipo. Lo había imaginado tantas veces que se sorprendió de su extraordinaria simplicidad. Al poco tiempo había conseguido montar la ‘Maquina de Desinventar” La máquina tenía el aspecto de un robot gordinflón de color rojo con una especie de enorme faldón de color blanco. En sus pequeños brazos sostenía una bandeja sobre la que, según se indicaba en el cuaderno, se debía depositar la información necesaria para desinventar algo. Fue totalmente incapaz de dominar su impaciencia. En su casa tenía varias publicaciones que trataban sobre la aplicación de elipsoides nanodinámicos. Ese odioso invento por el que había tenido que oír una y mil veces los mismos elogios en primera persona al catedrático (aunque probablemente se lo hubiese robado a algún becario incauto). Dispuso sobre la bandeja todas las publicaciones y accionó el conmutador de la máquina. Poco a poco las lámparas se encendieron despidiendo una luz rojiza al tiempo que desde el interior se escuchaban una serie de zumbidos y siseos. De acuerdo a las instrucciones del cuaderno, dejó la máquina funcionando toda la noche. A la mañana siguiente recogió de la bandeja las publicaciones. En ninguna de ellas se podía leer nada. Se habían transformado en un mero conjunto de hojas en blanco encuadernadas. Con impaciencia tomó el autobús y volvió al laboratorio. Revolvió en todos los archivos y estanterías. Todas las referencias a los elipsoides nanondinámicos habían desaparecido de los libros. En ningún sitio logró encontrar ni una sola palabra. Al final de la mañana, cuando se cruzó con el catedrático dejó caer las palabras elipsoides nanodinámicos en una conversación, y éste le devolvió una mirada alucinada. Como si hubiera estado hablando con un marciano. Al llegar la tarde él mismo olvidó de qué se trataba el asunto que había depositado en la bandeja. Tan solo era capaz de recordar que había hecho desaparecer completamente del conocimiento humano alguna invención y que nadie, de ninguna manera, era capaz de recordarla. Como si jamás hubiera existido. Se dio cuenta de que era dueño de un secreto de un alcance inimaginable. Tenía en su casa una máquina capaz de hacer desaparecer en una noche todas las malas ideas, toda la inteligencia perversa que lastraba el caminar de la humanidad. Podría apartar el fuego de la caja de juguetes de los poderosos. Así es que pidió unos días de vacaciones. Necesitaba un tiempo para hacerse con los planos y documentos de todo tipo de armamento. Empezaría por librar a la humanidad de la pesadilla de las armas atómicas y seguiría por el resto de las armas. Iría añadiendo a su inventario todo tipo de inventos inútiles y malévolos terminando por una serie de cosas que le fastiaban especialmente como las monedas de un céntimo, los peajes, los "abrefácil", los contestadores automáticos de atención al cliente, las instrucciones de los juegos de mesa y los mapas de carretera imposibles de volver a plegar. Dejó las llaves a su casera para que vigilara el piso durante su ausencia y viajó a la capital. Allí pasó horas y más horas recorriendo bibliotecas y entrevistándose con colegas de otras universidades. Cuando tuvo lista su colección de horrores volvió a su casa. Abrió con impaciencia la puerta y se dirigió al desván. No podía dar crédito a sus ojos. Allí no había nada. Tanto la máquina como la libreta y todo lo que había escrito había desaparecido. Alguien había entrado a robar. Bajó corriendo a preguntar a la casera si había visto a alguien en su piso. La casera le contestó que nadie excepto ella misma había entrado. Le preguntó si se había fijado especialmente en una gran máquina con aspecto de robot roja, así como una libreta antigua con tapas azules. La casera recordó enseguida y le contestó: - Sí. Está en el desván. Además le dejé todos los papeles ordenados en una especie de bandeja que tenía el robot en las manos.


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