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  humor > FabulasLEVEDAD

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se publicó en la web el 27 de Enero del 2005

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  Categoría: humor > Fabulas
  Titulo:

LEVEDAD Tenía una movilidad mecánica, casi diría que compulsiva y parecía rodeada de un aura de ingravidez que me desconcertaba. Siempre tenía prisa y parecía como si hubiera algo o alguien que la empujara a caminar, a moverse continuamente. Su delgadez excesiva, casi anoréxica, contrastaba con la energía que desprendía su figura alta y esbelta. Era una mujer fría, eficiente en el trabajo y distante en el trato que nunca dejaba exteriorizar sus emociones y al hablar con ella daba la impresión de que se trataba de una criatura frágil y extraña que se te escurría de las manos y podía volatilizarse en cualquier momento. Hablaba poco y sus monólogos eran cortísimos, aunque siempre se mostraba correcta y discreta. En el trabajo apenas hablaba y nunca se quedaba a comentar ninguna incidencia a menos que fuera estrictamente necesario. Cuando te la encontrabas en la calle te saludaba y ya se estaba yendo, y su presencia, siempre breve, desaparecía rápidamente. Tengo que reconocer que a pesar de todo me gustaba e incluso un día la invité a ir al cine, pero declinó mi invitación con la excusa de que tenía que ir al dentista. Tenía una personalidad tan difícil de penetrar que al final y muy a pesar mío desistí, aunque nunca dejó de gustarme. Pero en el fondo sentía una curiosidad casi morbosa por aquella mujer que me fascinaba, y estaba seguro de que detrás de sus continuas urgencias se escondía algún secreto, así que un día decidí seguirla y desenmascararla. Hacía tiempo que deseaba hallar una explicación a sus continuas y extravagantes premuras. Necesitaba extraer la lógica oculta de aquel extraño comportamiento. Como de costumbre enfiló el mismo camino de siempre y pronto me di cuenta de que gradualmente imprimía un ritmo muy rápido, tan rápido que era difícil de seguir. Miraba a ambos lados como una gacela asustada y daba la impresión de que tenía miedo de que la siguieran. De pronto cambió de ritmo y aceleró. Empezó a zigzaguear entre la gente a una velocidad de vértigo y casi la perdí. Sorteaba coches, semáforos y personas sin tocar a nadie. Parecía un muñeco articulado ejecutando un slalom limpio y perfecto entre la maraña de transeúntes. La gente se giraba y la miraban sorprendida, pero lo más increíble de todo era que no corría, sus largos pasos eran como zancadas de avestruz en aquella jungla urbana y se desplazaba con una armonía y un ritmo admirables. No podría decir si caminaba rápido o huía. La técnica consistía en avanzar deprisa pero sin correr, con un pié siempre pegado al suelo como un corredor de marcha, evitando peatones, coches, semáforos y haciendo fintas complicadísimas que dominaba a la perfección. Era como una locomotora silenciosa de piernas eléctricas que paseaba su ingravidez sobre el asfalto con una técnica depuradísima que a veces parecía acrobacia, y hacía fácil lo difícil. De vez en cuando miraba el reloj como si estuviera cronometrando una carrera. Atravesó plazas y avenidas, cruzó puentes y pasos a nivel, sin aminorar la marcha a un ritmo diabólico, y al final, extenuado, desapareció de la vista de mis desdichados ojos. Aquella persecución duró mas de una hora y reconozco que terminé agotado. Decididamente me faltaba entrenamiento. Lejos de desanimarme, este hecho acrecentó mi interés por ella y no me di por vencido, así que decidí prepararme físicamente para el siguiente envite, pues estaba dispuesto a llegar hasta el final de aquel misterio. Durante un mes salí a correr todos los días después del trabajo. Me entrenaba en la ciudad en medio del tráfico, sorteando peatones y turistas y reconozco que al final llegó a gustarme. Después de un mes de duro entrenamiento me hallaba perfectamente adaptado al entorno urbano y estaba listo para seguirla. El día elegido me preparé con chándal y zapatillas dispuesto a correr la carrera de mi vida y descubrir la verdad. Al igual que la otra vez arrancó suave, hizo un precalentamiento rápido y gradualmente fue ganando velocidad. Muy pronto empezó el repertorio de diabluras y observé como la gente nos miraba sorprendida. Ella delante, y yo detrás, la seguía a una distancia prudencial. Mi entrenamiento había funcionado. Ahora podía mantener el ritmo y controlaba la respiración sin problemas. Casi sin darme cuenta estaba empezando a disfrutar de la persecución. De repente aminoró la marcha y tuve la sensación de que sabía que alguien la estaba siguiendo. Se dio la vuelta sin parar de caminar y tengo la impresión, aunque no la completa seguridad, de que me vio durante un segundo. Inmediatamente y al sentirse perseguida, ralentizó aún más la marcha hasta que estuve casi a su altura, para después, en una maniobra rápida y ágil a la vez, sortear un par de coches, saltarse un semáforo en rojo y en un sprint vertiginoso desaparecer serpenteando entre la multitud. Me había vuelto a ganar. Sus largas e interminables piernas le conferían a aquella mujer rango de magnífica atleta que, consciente de sus posibilidades, había decidido destrozarme primero, para después, burlarse de mí y darme una lección. Dudé si intentarlo de nuevo o aceptar la derrota con deportividad. Finalmente decidí no pensar más en ella aunque me hubiera gustado descubrir el secreto de su rapidez y observarla más detenidamente para poder llegar a comprender sus quiebros y sofisticada técnica. Por otra parte no había perdido el tiempo, la práctica me había servido para ponerme en forma y descubrir una nueva modalidad atlética que combinaba el arte urbano con el esfuerzo físico, y ofrecía inmensas posibilidades. Estaba dispuesto a bautizar aquella nueva disciplina que de buen seguro sería fácil de introducir en las ciudades como deporte de élite. La experiencia me había gustado tanto que decidí continuar por mi cuenta. Ahora ya no cogía el autobús para ir a trabajar. Caminaba cada vez más rápido y casi sin darme cuenta empecé a mirar el reloj y a cronometrar las distancias. Estaba obsesionado en batir mis propios records. Esquivaba las mesas de las terrazas, sorteaba las bicicletas y saltaba bancos y papeleras con una limpieza elogiable, incluso me permitía el lujo de contonearme como un corredor de marcha, lo cual provocaba una mezcla de hilaridad y sorpresa entre los peatones. Me perdía por suburbios y descampados y parecía como si quisiera escapar de aquella ciudad. Mi jugada favorita consistía en driblar a tres o más personas en un par de metros en una finta sublime, sin darles tiempo a reaccionar, lo cual no era sencillo, pues a veces requería quiebros y trazadas geométricas difíciles de ejecutar. Se quedaban tan sorprendidos que hasta les arrancaba murmullos de admiración. Decididamente había mejorado la técnica de mi maestra. Empecé a perder peso y cada vez me encontraba en mejor forma física. Me aficioné a los productos naturales y biológicos y era el primero en acudir al mercado cada mañana para conseguir las frutas y verduras más frescas. Eliminé el vino y la cerveza de mi dieta y utilizaba tapones para los oídos y antifaz con tal de dormir nueve horas diarias. Acudía al gimnasio diariamente y nada era suficiente para mi cuerpo. Quería más y más. Todo valía con tal de dotar a mi cuerpo de un equilibrio perfecto y caminar cada vez más rápido. Eliminé la hora del almuerzo en el bar, con tal de entrenar media hora extra y me volví huraño y hablaba poco con los compañeros. Ella, que desde aquel día no me había vuelto a dirigir la palabra, había estado observando mi cambio y me espiaba con curiosidad pero sin atreverse a decirme nada. Un día a la salida del trabajo observé que me seguía. Noté que no le era posible alcanzarme y poco a poco aflojé la marcha hasta que estuvo a mi altura. La miré con benevolencia y ella me sonrió, parecía feliz y quería decirme algo, pero no podía debido al tremendo cansancio acumulado. Caminamos juntos un par de kilómetros al mismo ritmo. Ella, jadeante pero contenta, yo, orgulloso, sin mirarla y con soltura, mostrándome razonablemente compasivo. Parecíamos dos atletas fundidos en uno marcando el paso de la vida. Ahora ya era mía y parecía que por fin se estaba fraguando el principio de una buena amistad. Nada más lejos de la realidad; sonreí irónicamente, para después arrancar a toda velocidad y perderme entre la multitud sin mirar atrás.


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