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  humor > SexualesLA NOCHE

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se publicó en la web el 24 de Octubre del 2003

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  Categoría: humor > Sexuales
  Titulo:

La noche Esta historia comienza donde debería acabar. Pero es que yo soy así, muy chulo, y además la historia es mía y empieza y acaba donde me da la gana. ¡Hala! ¡Chúpate esa! Bueno, pues como intentaba contar, que esta historia comienza en el váter de la casa de una chica. Una chica que he conocido en un bar, y mira tú por dónde, se ve que hoy estaba guapo, porque he tenido una suerte loca y he ligao. ¡Que sí, de veras! Que quizás esto para ti no sea cosa importante, pero para mí, que como menos que Carpanta, el haber conseguido embaucar a una, es como si la Anita de la tele se internase de por vida en el convento de las Carmelitas. En fin, a lo que iba, que divago más que Valdano explicando las tácticas del Madrid. Este hecho sin parangón, que en fecha de hoy me ha ocurrido, pensaréis que me tiene loco de contento, y en circunstancias normales creedme que así sería. Pero hemme aquí, en el escusado de la citada, cayéndome el sudor por todos lados y sin saber qué hacer. ¿Por qué? – os preguntareis. Eso tiene fácil explicación, y cuando os cuente lo que me ha ocurrido seguro que comprendéis la impotencia – no toméis mis palabras al pie de la letra, por favor – y la frustración que me embarga. Estábamos en los previos, es decir morreo por arriba, manita por abajo – ya os he dicho que no tomarais estas líneas al pie de la letra, no seáis mal pensados – cuando no sé a cuento de qué estúpida frase, que resulta que la tipa ésta va y conoce a uno de mis mejores amigos. Pues vale, qué bien, seguro que ya te lo has tirao, porque el citado va fardando que se ha “cepillao” a medio pueblo – y doy fe de que cuando hemos salido juntos, el colega ha vuelto loca a más de una -, pero yo no soy celoso, hoy te acuestas con él, mañana conmigo, qué más da, practiquemos el sexo libre, practiquemos el sexo, por favor, déjate de cháchara y vamos a lo que importa, que la última no me ha sentado bien y estoy viendo como las paredes se tuercen y cambian de color. Pero a mi frase de que somos muy amigos y que hemos pasado algunos años saliendo juntos – frase, os lo juro, carente por supuesto de cualquier doble significado y más bien un intento diría yo de acabar con la conversación y pasar a los hechos, que de palabras ya tengo bastantes – va la tía separándose de mí dos pasos y mirándome fijamente a los ojos y me dice que qué significa que hemos estado varios años juntos. ¿Qué mosca le ha picado a ésta? – digo para mis adentros. ¿Qué ostias le habrá hecho el cabrón de mi amigo para que reaccione así? ¿A qué por esta gilipollez me tengo que marchar a casa con el rabo – cualquier pensamiento irónico sobre el doble sentido de esta palabra huelga comentarios – entre las piernas? Pues nada – le comento con el tono más suave de que soy capaz a esas horas – que antes siempre salíamos él y yo juntos de fiesta y todo eso... ¿Y todo eso? – vuelve a interrogarme. No entiendo nada, pero como esto puede ser debido a la ingestión masiva de Cruzcampo y Catisar, decido que para no meter la pata más – si ya sé que meter, meter, meto poco y al final de esta historia meto menos, pero bueno – voy a andarme con pies de plomo y a dejar que continúe... A la vista de que las palabras se me han agotado, y de que mi gesto no expresa incredulidad, ni desazón, ni ninguna otra cosa – ya os he dicho que en ese momento sólo tenía la cabeza para un único pensamiento, allá cada cual para juzgar cuál – la chica se coge una silla y me escupe a la cara, casi sin tiempo de reacción: - ¿No serás maricón también? Creo que no lo he encajado aún. Han pasado más de veinte minutos, pero la cuestión esta ahí, repitiéndose en mi cabeza sin parar, una vez tras otra, como un gotear constante: toc, toc, toc, toc... La cara de tonto que se me queda, debe hacerle pensar que no sé de que me está hablando, y tras unos segundos de angustioso silencio, la chica me vuelve a espetar: - Sabes que Enrique es homosexual, ¿verdad? Y entonces cambio la cara de tonto, por la cara de capullo, que me funciona mucho mejor en circunstancias como ésta. ¿Qué pasa? ¿Cómo que es homosexual? ¿Quién coño me ha mandado venir a casa de esta petarda, y encima en su coche? ¿Cómo voy a volverme si ni siquiera sé dónde estoy? ¿Por qué bebo? ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Estamos solos en la galaxia o acompañados? Mi primera idea es de rabia, indignación, frustración. No voy a irme de aquí sin demostrarle quién soy yo. Voy a dejar muy alto el pabellón varonil. Me acerco a ella, la agarro por los hombros, y le meto la lengua hasta la garganta. ¡Vale! ¡Parece que le ha gustado! ¡Ya reacciona! ¡Insinuarme a mí que...! ¡Machote, que eres un machote! Comienzan los juegos de manos y el calorcillo me sube y me baja. Y entonces, cuando más eufórico estoy, cuando despego mi boca de la suya porque necesito aire para respirar, va ella y me lo suelta: - Me dijo Enrique que la tienes pequeña. ¡Enséñamela! Enrique. Mi gran amigo. Mi amigo del alma. ¡¡El hijo de puta!! ¡Qué pasa! ¿Es una competición? ¿O es que el cabrón se dedicaba a medirlas? ¡Será maricón! ¿Y de qué sirve tenerla tan larga? ¿O es que tengo que usarla de bastón? Y esto.... ¡No!, no se vayan a creer que la tengo pequeña. Lo del rabo corto y el rabo largo es un mito heredado de generaciones anteriores, cautivas en normas de moralidad que..., ¡que no coño! ¡que no la tengo pequeña! ¡que la tengo normal! ¿Que cuánto es normal? ¡Otro que quiere sacar el metro! ¡Que te den, Manuel! Bueno, como habéis podido comprobar la chica en cuestión puede pecar de muchas cosas, pero no de falta de sinceridad. ¡¡La muy puta!! Aunque mi problema ya no es ella. Es ello, que se ha derrumbado al oír tan crueles acusaciones. La buena moza intenta de nuevo amordazarme con sus labios. Yo me dejo, no vayáis a creer, debo intentar demostrar todo lo que soy. Pero desde el primer roce noto que la cosa no va a funcionar. A mi cabeza sólo vienen recuerdos de cosas pequeñas. Los gnomos, garbancito - mi héroe de juventud – y demás bichos repugnantes que no alzan ni un palmo del suelo. Y además todas las palabras que salen de mi boca son diminutivos: corazoncito, amorcito, cosita... - ¡vamos hombre! ¡hacerme esto a mí! ¡el día que me las prometía felices! ¡y sin posibilidad de escapar! Total que la tía, que se está entonando, comienza con el despelote, y yo tira que te va, me voy quitando también algo de abrigo, a ver si al contacto aquello vuelve a entonarse. Pero ni por esas. El nervio se me ha bajado a la entrepierna, y por allí no hay movimiento. Algo debo hacer. Una excusa. ¡Ya está! Me encamino hacia el baño y le digo a la muchacha que me la voy a enfundar en goma. Y en el camino voy pensando en el cabrón de mi amigo Enrique, quién te tuviera ahora delante, ibas a saber tú lo pequeño que te dejaba yo... Sí, cariñito, - otra vez la mierda de palabra – enseguidita salgo. Y aquí, en la inmensa soledad de este cuarto de baño en el que ahora me encuentro, le digo a mi cosa que por favor suba, que crezca, que no me deje caer en el ridículo. Pero de ésta no me salvo. He intentado todos los trucos, desde jugar con ella, hasta pensar en lo más sugerente – he estado corriendo junto a la Pamela por las playas de Miami, ya me entendéis – pero nada ha funcionado. Y así me encuentro, con una dama en pelotas aporreando la puerta y preguntándome si me he ahogado o si quiero llamar a mi mamá. ¡Por favor, ayudadme! ¡Dejad que esta historia finalice! ¡No me pidáis que os cuente como acabo! ¡Sed buenos cristianos y apiadaos de un desgraciado como yo! FIN


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