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  terror > Hechos realesInflujos

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se publicó en la web el 08 de Marzo del 2010

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  Categoría: terror > Hechos reales
  Titulo:

Escribidme, ¡venga escribidme! Pero antes escuchad lo que me ocurrió un día en el gran torreón de viviendas militares que moja sus pies en el sucio Manzanares. Hacía un enorme calor, como estas soporíferas tardes de agosto en la gran capital donde el vapor proveniente del suelo y la contaminación propia del tráfico se confunden y provocan ese sudor grasiento que se acumula en la frente.
Pues así es como entré en el portal de la casa de mi abuelo no sin antes mirar a uno y otro lado de la calle, angustiado tal vez de que alguien se hubiera fijado en el aspecto aletargado que poseía. Atravesé el zaguán conforme a la rapidez que la situación provocaba y llamé la atención del concurrido vecindario que se agolpaba frente a la puerta del ascensor por mi manera de caminar con las piernas solapadas. Una sirenita de tiempos modernos, pensé.
Qué mala suerte la mía. Allí estaba ella, por fin sola, la nieta del militar de aires fascistas que me mira airadamente de arriba a abajo cada vez que me lo encuentro. La niña que provoca que todos los veranos acuda con frecuencia a ver a mi veterano militar y pase la tarde asomado al balcón, mirando como ella toma el sol mientras escucho a mi abuelo jactarse de los provechos del aire acondicionado para captar mi atención.

- Buenas tardes.
- Buenas tardes caballero.

Odio este formalismo castrense que confunden con la educación. Había tres personas, pero sólo atendí el resonar de su timbre. Nos embutimos en el forjado vehículo trepador que se empeñan en llamar ascensor… como si fuera incapaz de bajar. Éramos cuatro y se encendieron cinco lamparitas. No entiendo nada pero me molesto y sudo más. La miro, no pierdo detalle ni sensación de ninguna de las partes de su cuerpo. Parezco enderezarme pero mi forma física no me lo permite del todo. Ella me mira de reojo, como alguna que otra vez de lejos ya hizo. Creo que le gusto, aunque hoy la noto más distante. De pronto me mira, asombrado observo que dirige su mirada hacia mi pantalón y su rictus pierde rigidez al dibujar una sonrisa cargada de entresijos. Me ruborizo y no sé donde mirar, pero me doy cuenta de que nos hemos quedado solos. Estamos en su piso, se abre el ascensor y me despide con un abierto y feliz hasta luego que da paso a una elocuente risa. Mi corazón late con fuerza. He olvidado porqué me encuentro aquí pero ahora me siento más relajado, sonrío. Salgo como en una nube del ascensor y delante de la vetusta puerta de madera recuerdo su mirada y miro mi pantalón. “Joder, me meé”.


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