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  terror > Hechos realesIan Francis. Crimen, Castigo Y Arrepentimiento.(2)

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se publicó en la web el 12 de Enero del 2009

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  Categoría: terror > Hechos reales
  Titulo:

Sábado, de la mañana a la tarde. Una masa de nubes se aproximó surcando el cielo. Ian estaba tendido boca arriba en una azotea, contemplando su límpido vagar por el azul infinito. Y el sol, que terminó siendo devorado tras las blanquísimas nubes; y un ave que aprovechaba las ráfagas de viento para sobrevolar los campos cercanos en busca de suculentas presas; y el murmullo de la gente, la vegetación y los animalillos que la brisa llevaba hasta sus oídos. Era un bonito lugar. El joven se irguió, encendió un cigarrillo y se pasó la mano por la cabeza. Miró con ojos inexpresivos el estuche negro del tamaño de un madero que se encontraba situado a su lado. Tras unos instantes de vacilación, concluyó que aquel era el momento idóneo para actuar. El silencio precedente a cualquier matanza se abalanzó entonces sobre el lugar. Sus dedos descorrieron el cerrojo de la caja, que cedió con un seco “tac”, y luego se sirvió de las palmas de sus manos para elevar la tapa, revelando así el contenido: un lustroso rifle de asalto Winchester acompañado de una mira telescópica y dos cartuchos perfectamente acomodados en sus respectivos espacios. No existía en el mundo nada más majestuoso para Ian que un arma limpia y lustrosa lista para ser utilizada. Dio una última calada al cigarrillo antes de lanzarlo al vacío. Su luz parpadeó hasta apagarse a medio camino entre la azotea y el suelo. Luego se agachó a coger todas las partes del rifle, las dejó con cuidado en el suelo rojo y se agachó a acoplarlas. Sus manos fueron de un lado a otro, caminando sobre los dedos como arañas, uniendo, ajustando, aflojando, golpeando…trabajando. Se implicó tanto en el montaje de la mira y los cartuchos que el tiempo pareció detenerse a su alrededor. Al cabo de diez minutos el arma ya estaba perfectamente montada. Ian se puso en pie, portando su trabajo entre los brazos con el gesto orgulloso y regocijado del padre que sostiene a un hijo y miró abajo. Las voces de la gente habían ido adquiriendo volumen poco a poco hasta alcanzar el estrépito. Eran las nueve de la mañana y todo el mundo entraba a trabajar. Las carreteras se llenaban de coches que viajaban en todas las direcciones y sentidos, los tubos de escape vibrando y liberando humo negro al aire, las ruedas rechinando en el asfalto, los motores ronroneando, las luces deslumbrando. Ian se volvió a tender en el murete que bordeaba el edificio con el torso boca abajo, apoyándose en sus codos, dejando un hueco ideal para el perfecto asentamiento de la Winchester. El cañón de ésta se asomó al otro lado del bordillo gris, atravesando la finísima neblina gris flotante empujado desde sus hombros. El chico se ajustó el arma en el espacio entre cuello y hombro y acto después clavó el lateral del rostro en la base de la culata. Se le dibujó en la cara una mueca esquinada. Lo primero que su ojo izquierdo apreciar en el fondo de la mira fueron los surtidores de la gasolinera que había en frente del edificio, a unos cien metros. Movió un poco el rifle hacia la derecha y ahora aparecieron los asientos oscuros de una furgoneta a través del cristal parabrisas. Reguló el zoom con la punta del índice, disminuyéndolo. Conforme lo hacía, la imagen se alejó y fueron desvelándose el techo rojo del vehículo, varios árboles y matojos pertenecientes al campo colindante y, finalmente, la cabeza de un tipo (presumiblemente el dueño) cubierta con un sombrero blanco de cowboy. A pesar de la distancia, Ian era capaz de observar sus ojos escondidos al otro lado de la sombra que se le proyectaba desde el sombrero. Ian pensó que aquél era un blanco perfecto: inmóvil, grande, sin estorbos de por medio. Se relamió los labios mientras acariciaba el gatillo áspero del rifle. Ahora lo sentía como una extremidad más de su ser, un instrumento poderoso controlado con absoluta plenitud que respondía a órdenes rápidas, eléctricas. El tipo de allí abajo continuaba son la manguera cogida, mirando el contador. Ahora o nunca. Ahora. Oprimió el gatillo e instantáneamente una fuerte explosión roja nubló sus oídos. Sus ojos se cerraron de manera instintiva y cuando volvieron a abrirse un segundo más tarde fue para presenciar un brillante chispazo en el aire y una tremenda explosión de sangre junto al surtidor de la gasolinera. El cowboy soltó la manguera y cayó como un peso muerto, golpeándose la parte posterior de la ensangrentada cabeza con el espejo retrovisor. Ian pudo observar cómo las piernas del vaquero empezaron a convulsionar nerviosamente como en uno de esos muñequitos eléctricos a pilas de Elvis Presley. Sus caderas se agitaron medio minuto antes de perder cuerda en una elocuente interpretación de rock. Alrededor, en diferentes puntos, dos o tres personas se habían detenido para contemplar la escena. El cadáver detuvo al cabo su movimiento, quedando enfangado en un enorme charco de combustible, sangre y sesos. Ian sonrió, complacido de su buena puntería. Pensó que todo sería más difícil. Poco a poco la gente se había ido agolpando en medio de la calle, corriendo y gritando como si sus cuerpos estuvieran en llamas. Un tipo gordo con una gorra abortó su carrera, alzó la cabeza hacia la posición del chico y se quedó mirándolo. Ian se percató de este hecho con el rabillo del ojo e inmediatamente empujó el arma en su dirección. Todo sucedía muy rápido. Un instante de imágenes borrosas. Su pecho centrado en el objetivo. Explosión. Caída hacia atrás del gordo. Brazos extendidos al cielo, boca llena de sangre. Gente mirándole y corriendo. Llorando. Imagen nuevamente borrosa. Imagen nítida de la puerta de la gasolinera. Retracción del zoom. Imagen nítida de un grupo móvil y cambiante de personas. Sucesión de explosiones. Ruido metálico suspendido en el aire. Renovados gritos. Mucha más sangre y varios cuerpos en el suelo. Ian subió el aumento de la mira con el índice para presenciar con todo detalle la agonía de una niña. Tenía el pelo rubio recogido en dos trenzas. Había quedado tirada junto a la puerta después de que la alcanzase en la garganta, donde se había abierto un agujero del tamaño de una moneda del que afloraban borbotones de sangre negruzca. Comprobó que la niña no podía llorar a pesar de que sus ojos estaban inundados en lágrimas, sólo abría y cerraba las mandíbulas rumiando su propia sangre. La angustia mortal fue desapareciendo de su mirada hasta acabar apagándose definitivamente. El cuello perdió toda su tensión muscular y la cabeza de la niña se apoyó de lado en el suelo con un delicado movimiento, casi imperceptible. Las sirenas de la policía resquebrajaron el ambiente. La sequedad del polvo que flotaba en el aire obstruyó tanto sus narices que tuvo que sonarse los mocos con la manga mientras guardaba las cosas y echaba a correr. El ruido de la sirena era muy estridente. Sentía su corazón latir a doscientas pulsaciones por minuto. Dio un puntapié a la puerta, que se abrió con un duro golpe, y descendió por las escaleras entre grandes brincos. Portaba el largo rifle oculto en su estuche como un soldado que cruza la extensión de un río, en alto. La escalera desembocaba en un pequeño rellano que a su vez daba a un pasillo. No había nadie. Accedió al pasillo andando en cuclillas. La sirena seguía sonando atrás con gran estrépito, ensordeciéndolo todo. Sus ojos se quedaron fijos en el pesado portón que se hallaba al fondo del pasillo. Cuando lo hubo cruzado agarró el pasador, tiró de él y salió del edificio. Siguió corriendo por la calle con todas sus fuerzas. Grandes gotas de sudor le resbalaban por la cara. Frente a él, la calle se terminaba bifurcando en dos callejones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Optó por el segundo. El arma pesaba demasiado como para llevarla levantada en peso durante todo el trayecto que aún le separaba de casa. Miró en derredor, buscando un sitio seguro donde ocultarla temporalmente. Sus ojos hallaron ágiles el basurero ubicado justo antes de doblar la calle. Corrió hacia allí sin perder tiempo y arrojó el estuche en su interior. Reanudó la marcha otra vez. Las sirenas policiales ya sonaban silenciadas por la lejanía. Era como escuchar una jauría de gente que gritase al ritmo de un pito de colegio. Cruzó con el corazón en la boca el par de huertos que separaba la avenida Coolidge, la cual había dejado atrás en un tiempo récord, de su casa. Su madre estaba sentada en el porche. A su llegada, dejó de coser y se quedó observando con sorpresa a Ian. -Pero bueno, ¿qué prisas son esas? ¿No habrás vuelto a pelearte con ese chico del sur, verdad? -No…no…mamá. Me robaron…y quería pegarme un grupo de macarras -contestó Ian a punto de desmayarse. Los ojos de su madre le observaban, incrédulos, a través de las gafas. - ¿Qué? Maldita gentuza… ¿Estás bien, hijo?- La madre dejó el amasijo de lana y los moldes a un lado, se puso en pie y fue corriendo en dirección de Ian, quien se había recostado en el suelo. Le tomó la temperatura. -Tu frente está ardiendo. Fiebre, seguro que tienes algo de fiebre-diagnosticó. -Necesito descansar…un rato. Estoy exhausto-dijo él sintiendo la fresca caricia de su falda. - Ven conmigo, hijo. Te darás una ducha y luego te acostarás, ¿eh? Después tendremos tiempo para hablar con tranquilidad. El chico se metió en la casa con su ayuda. Estaba un poco asustado, pero nada importante. Simple fisiología. Se dijo para sus adentros que la próxima vez todo sería muy distinto. Mucho mejor. No había nada que dañara más al artista que la interrupción de su tarea. Se acostó a dormir después de bañarse. A la hora de la comida su madre le despertó. Parecía un poco exaltada. Sirvió su plato con manos temblorosas que no eran un testimonio para nada verídico de sus grandes capacidades para la costura. Durante la comida le miraba de reojo, y parecía algo asustada. -¿Qué pasa, mamá?-Preguntó al fin. -Termínate la comida- replicó. -¿Es algo grave?-La madre abandonó su asiento y le dio un abrazo. Le contó la historia a su hijo entre caricias y cariñosos besos en el pelo. “Hijo, hoy…hoy ha ocurrido una matanza cerca de aquí. En Baltimore. Alguien ha matado con un rifle a ocho personas”. Ian se volvió a estrechar en un abrazo con su madre, consolándola. “¿Han encontrado al culpable?”, preguntó. Ella le dijo que no, pero que le estaban buscando. Creían que había sido un varón joven. Y también habían descubierto el lugar desde donde se produjeron los disparos. A Ian se le había quitado el apetito. Se levantó y encendió la tele un rato. No se comentaba otra cosa. Los presentadores de turno hablaban del psicópata de Baltimore, dando descripciones de posibles perfiles y mostrando el retrato robot realizado por los especialistas del FBI. Malditos ignorantes. “Si ustedes, habitantes de Maryland, ven a algún individuo cuyo rostro se corresponda con los rasgos de este retrato, no duden en llamar al 0013-452-384. Y ahora nos vamos unos minutos a publicidad. A la vuelta les ofreceremos una interesante entrevista con Alan Schuter, un reputado psiquiatra especializado en asesinos en serie. Para la mejor información, CNBC.” La cosa marchaba. Desenlace Dos días después una brigada de policías irrumpió de noche en el hogar de los Francis. Lo esposaron y leyeron sus derechos ante los ojos inauditos e inconsolables de su madre, que se desmayó en el umbral de la puerta. Un año más tarde Ian sería condenado a cadena perpetua en una prisión de Portland. La señora Francis podía verle tan sólo una vez por semana. Y cada vez aparecía más delgada y estropeada, como si la carne se cayera de su cuerpo. Él pasaba los días encerrado en su celda, leyendo todo tipo de libros y recordando los buenos momentos. En contra de lo esperado, con el tiempo comenzó a sentirse apenado por su madre y se sumió en una depresión. Empezó a escribir un diario por aquel entonces para intentar olvidarse de ella. Pero no pudo. Podría decirse que, por primera vez, Ian conoció la culpa entre las paredes de su celda. La culpa y el arrepentimiento. Los sentimientos profundos son la diferencia entre los seres inteligentes y los seres humanos. Y él se hizo humano en la cárcel. El día en que su madre murió uno de los celadores se dirigió a su celda y abrió la puerta. Ian, de 36 años, quien dormía plácidamente, o al menos lo más plácidamente que uno puede dormir en la cárcel, se despertó cuando el celador llevaba medio minuto vociferando al otro lado de la rejilla. “Ian Francis, su madre falleció anoche. Vístase. Debe acompañarnos”. Pero Ian Francis ni se vistió aquel día ni volvió a vestirse nunca más. Hizo un lazo con varias prendas de ropa que encontró tiradas por el cuarto, las colgó de la lámpara y se ahorcó. Él y su madre fueron enterrados al día siguiente. El diario inconcluso que escribió durante su estancia de 15 años en Portland se vende hoy bajo el título de “Ian Francis: Crimen, Castigo Y Arrepentimiento. Diario de un Asesino de Masas.”


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