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  terror > Hechos realesIan Francis. Crimen, Castigo Y Arrepentimiento.(1)

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se publicó en la web el 12 de Enero del 2009

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  Categoría: terror > Hechos reales
  Titulo:

Martes, por la tarde. Él no era como todos los demás. ¿Y cómo eran todos los demás? Ian opinaba que eran estúpidos, ignorantes desprovistos de lo que él denominaba un criterio unificador. Es decir, no tenían visión global, sino que sustentaban su existencia en lo presente, efímero e intrascendente. Por supuesto que todo era efímero e intrascendente, pero ellos aún no lo habían descubierto, lo ignoraban y vivían con los ojos vendados una fantasía de locos. Esas fantasías que se avivan con la perversidad de la mente y de las que brotan ríos de sangre y horror. Encendió un pitillo y disfrutó de la primera calada como si fuera la última. Las moscas zumbaban monótonamente al otro lado de la ventana, golpeando la tela mosquitera una y otra vez. La luz apenas conseguía llegar al interior a través de las rejillas de la persiana. Pero Ian no quería sembrar el horror: tan sólo iluminar a todos aquellos que habitaban en las tinieblas de la caverna. Y cambios así necesitaban alimentarse de vidas inocentes. Había escrito un cuento con el que pretendía demostrar la importancia de las leyes del azar, más allá de los juegos de cartas o los dados, en la vida. Era el siguiente: “Los últimos rayos de la tarde imprimían un tono áureo a los matojos que bordeaban los campos de maíz. Las mazorcas colgaban muertas en su tallo como besando la tierra y los mosquitos sacudían sus brillantes alas y zumbaban cuales helicópteros de un lado para otro. Una serpiente dibujaba un surco sinuoso en la arena roja mientras seguía el rastro de un ratón. El ratón había salido corriendo al verla entre las mazorcas de forma alocada, moviendo sus tiernas patitas rosáceas con isócrona majestuosidad. Y ahora el reptil sacaba su sibilante lengua con forma de Y al tiempo que se deslizaba, curva, por los tallos verdes y los tallitos marrones que abundaban por todo el campo. El ratoncito, instintivamente conocedor de que aquel compendio de puro músculo y hueso era más veloz, se coló por un pequeño agujero que había visto en la tierra húmeda. La serpiente reptó a gran velocidad entre los matojos, guiada por su olfato, hasta finalmente dar con el agujero, por donde el cuerpo verde del reptil también se coló sin ningún problema. El mamífero corría con todas sus energías. Varias piedrecitas de las que se derrumbaban del techo de la caverna golpearon su blanca cabeza. Detuvo el avance en seco para escudriñar el laberinto. Sus pequeños ojos miraron a los lados por encima del hocico. El roedor, sostenido sobre sus patas traseras, pudo entonces sentir el pequeño temblor que llegaba a través de las negras paredes del túnel desde unos metros por detrás: la serpiente se aproximaba con la fuerza de un maremoto. Se metió a la derecha, luego atajó por su izquierda y de nuevo cambió de dirección. El cuerpo de la serpiente avanzaba a golpes entre las paredes del laberinto, como un tráiler atrapado en un callejón, el polvo ya se empezaba a depositar en la película córnea de sus ojos y su cabeza esquivaba de forma continua las numerosas piedras, algunas de tamaño considerable, que había esparcidas a lo largo del suelo. A mitad de camino estuvo a punto de quedarse atrapada en uno de los segmentos de aquella trampa subterránea, pero se impulsó en la pared y salvó el pequeñísimo orificio a tirones. Siguió avanzando y al poco su lengua ya casi pudo tocar la cola del roedor, que daba latigazos de un lado para otro, levantando nubecitas de polvo. El ratoncito detectó entonces una pequeña grieta en el techo del túnel, a pesar de la oscuridad. Se paró y se dedicó a agrandarla con sus pequeñas pezuñas con el fin de convertirla en agujero. Las patas rascaban veloces la arena, como rastrillos. De pronto aconteció un ruido sordo. Sus orejas respondieron girando levemente de un lado a otro, como un satélite que persigue determinada señal, hasta que detectaron a la serpiente, que se aproximaba sibilante, sinuosa, sin perder tiempo. La luz amarillenta del sol se coló de golpe, disipando las tinieblas de igual modo que el viento repele el fuego. Las patas traseras del roedor empujaron desde atrás, enviando su cuerpecillo al exterior. Rodó y se volvió a poner en pie para seguir corriendo. Corrió y corrió y, cuando aquellas galerías quedaron a varios metros, se percató de que la serpiente había dejado de perseguirlo. Se regocijó por su suerte moviendo el hocico alegremente y exhibiendo sus enormes incisivos a la mañana. Igualmente, aquella Suerte había abandonado al reptil. El cuerpo del reptil se sacudía de manera rítmica en el interior del agujero, como atravesado por una corriente eléctrica de alto voltaje. Su cabeza descansaba aplastada por una piedra. Las paredes del túnel frenaban el elíptico movimiento de su verde cuerpo que, lejos de detenerse, continuó danzando como un péndulo sin control hasta quedar finalmente sin energías.” La serpiente sólo se movía guiada por instintos y encontró la muerte en la persecución con el ratón. Había sido probabilidad. Todo era probabilidad, un juego. Supervivencia, nada más. El raciocinio es útil para conocer nuestra posición dentro del juego, pero no por ello nos hace superiores, no nos libera de esas cadenas. El acto de Ian iba a arrojar luz, potenciar ese raciocinio, hacer que el hombre dotara su vida del único sentido existente: el saber, el conocer el fin de la partida no para evadirse de él, sino para saberse dentro de ella y vivir en consecuencia. Ian bajó de la cama a abrir las persianas. Tiró hacia abajo de la cuerda que pendía del techo y las delgadas láminas se separaron como vértebras, comunicando la habitación con el exterior por los espacios existentes entre ellas. Entornó los ojos, la cara bañada de luz, y de nuevo volvió a tenderse en el colchón. Ian consideraba al ser humano un animal capaz de sentir y de pensar, pero nada más. Él no lloraba por nadie. Nunca llegó a estrechar verdaderos lazos afectivos con nadie: tan sólo lamentaba la mala suerte por una u otra cosa. El día en que murió su padre, cuando la gente se acercaba entre lágrimas a darle el pésame, él les consolaba y les decía “no lloréis por él. Fue feliz”. ¿No había muerte más plena que aquella que lo alcanza a uno de improviso en un momento de felicidad? ¿Matar? Carecía de fundamento si se hacía porque sí, por placer o por venganza. Debía tener un objetivo. En su particular código de conducta no se concebía, por supuesto, matar por poder. Apoyaba la pena de muerte no como castigo al asesino, sino como método de eliminación de energúmenos peligrosos. El ser humano era libre y todo igual. La vida era un sueño: se podían alcanzar sentimientos fugaces como el odio, la esperanza, la alegría, la tristeza; pero siempre estaba ahí la Muerte recordándole que no sería así siempre. Había que vivir creando fines a medio plazo, sin molestar dentro de lo posible, pero sin llorar tampoco por la desaparición de nadie. Su acto sería, pues, un Sacrificio, una Liberación y, sosteniendo su cigarrillo entre índice y pulgar, se dijo que valdría la pena.


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