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  ficcion > Ciencia FicciónHombres de barro

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se publicó en la web el 14 de Mayo del 2007

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

Sucedió que el virus se apoderó de toda la población mundial. Esa maldita enfermedad dejaba pocos segundos de vida una vez te habías contagiado. Nadie sabe cual fue su origen. De improviso, un día más de la mitad de la población había muerto. Las autoridades no tenían la solución. Días más tarde, no había gobierno. Y un funesto día, sólo nos despertamos unos pocos. Solo había cadáveres por las calles. Vagué solo durante mucho tiempo alimentándome de latas y bebiendo agua embotellada. Pasaron unos meses, y gracias a Dios encontré a mi nueva familia. Tendido en el suelo encontré un cuerpo que tenía algo especial, se movía asustado en un charco de sangre. Cuando me acerqué, descubrí una joven herida. -Sola, estoy sola…-susurraba con la poca fuerza que le restaba en su frágil cuerpo. Me arrodillé junto a ella: ,unos cortes le cruzaban las muñecas. Las heridas no eran muy grandes pero la sangre era abundante por lo que supuse que la chica llevaba tendida en el suelo mucho tiempo. Me rasgué la camisa y tapé las heridas que seguían vomitando sangre. La levanté en brazos y caminé hacia un lugar más acogedor: el supermercado donde me aprovisionaba. Hacía días lo despejé de cadáveres y lo limpié. No quería que eso se convirtiera en un campo de cultivo de enfermedades. Aunque no había electricidad, el lugar estaba bien iluminado gracias a los amplios escaparates que dejaban pasar la luz solar. La comida era abundante pero faltaban unos meses para que caducaran. Debería haber pensado en algo. Tumbé a la muchacha en mi colchón ubicado junto a las cajas registradoras. La chica deliraba .La dejé descansar unas horas y luego, mientras dormía, me acerqué en silencio, la desnudé, y le limpié la sangre que cubría casi todo su cuerpo. La chica una vez higienizada adquirió el aspecto de una diosa griega. Su cara tenía unas proporciones perfectas, sus pechos exuberantes parecían tallados en mármol, su cintura describía una curva que acababa en unas sensuales caderas, y sus piernas eran largas y bien formadas. Hacía mucho tiempo que no veía a una mujer viva, o adolescente en este caso. Hacía tanto tiempo que estaba solo que no me acordaba del sonido de mi voz. Me sentía muy solo. Mi mente me sugería ideas inmorales que tenían el propósito de aliviar mi soledad. Me fui al otro extremo del local y pasé allí la noche, aislándome de tentaciones. Por la mañana me desperté ansioso para ver si estaba despierta. Recorrí el largo local corriendo a toda prisa. Pero seguía durmiendo. Decidí preparar un buen desayuno y después despertarla. Tenía ganas de preguntarle mil cosas. ¿Por qué nosotros dos sobrevivimos? ¿Somos inmunes al virus? ¿De donde viene ella? .Muchas preguntas asaltaban mi cabeza mientras comía una lata de habichuelas frías. Mirando el cielo despejado me replanteaba mi vida. Hasta entonces mi destino era suicidarme. Lo tenía claro. No quería ser el último hombre del planeta. No había esperanza en el género humano. No había futuro. Pensaba aguantar unas semanas y después escribiría una carta por si algún día alguien la encontraba, supiera lo que Dios había decidido hacer con sus hombres de barro. Finalmente tenía planeado cortarme las venas con el machete que siempre me acompañaba y esperar mi funesto final, que no sería peor que el del resto de humanos. Pero ahora…Quizás aun hay esperanza. Un escalofrío me recorrió la columna sacándome de mis cavilaciones. Alguien me había tocado la espalda. Me levanté instintivamente de mi asiento y al darme la vuelta la vi. La chica que recogí estaba ahí, mirándome, cubierta con una sábana que apenas ocultaba su hermoso cuerpo. Su pelo negro era mas largo de lo que en un principio creí. Le recorría toda su espalda y llegaba hasta donde la misma pierde su nombre. Me miró sin decir nada. Sus ojos negros laceraban mi interior. Sus pupilas reflejaban dolor y confusión. Esa mirada silenciosa acabó con una pregunta: -¿Has sido tú quien me ha traído aquí?-reveló su voz. -Sí. -Tengo muchas cosas que preguntarte-dijo con su melódica voz. -Antes acompáñame. Necesitas ropa. -Coge lo que quieras. Tómate tu tiempo, yo vendré dentro de un rato-le dije al llegar a la sección de ropa femenina. -¿Lo que quiera? . -Si, tengo suficiente dinero en mi cuenta bancaria-bromeé, aunque ella no se inmutó. Aun mantenía su mirada llena de tristeza. Cuando regresé ella estaba con ropa limpia sentada, esperándome. Llevaba comida en lata para ella. Mientras devoraba aquel “manjar”, le abordé con mis preguntas. -¿Cómo te llamas?-empecé por lo mas sencillo. -Eva -¿Estás sola? ¿A quien has perdido? -A mis padres, mi hermano mayor…a todos-me contestó con ojos llorosos. -¿Sabes cómo?-le pregunte a continuación. -El virus acabó con ellos. Y yo me quedé en casa mucho tiempo. Cuando el olor se hizo insoportable decidí salir a la calle. Pero sólo encontré cadáveres. Vagué durante días y no había nadie vivo. Desesperada y hambrienta, decidí que lo que el virus no quiso hacer, lo iba a hacer yo. Pero debí hacerlo mal. Porque no estoy con mi familia. Me quedé en silencio. Me acordaba de que ella quería lo mismo que yo. Pero encontrarla en la calle mientras se desangraba, impidió su suicidio y el mío. Ahora no estaba solo. Los dos nos encontramos para salvarnos la vida mutuamente. El destino nos unió cuando mas lo necesitábamos, y esto era una señal de que debíamos vivir, y ¿quien soy yo para cambiar el destino?. AHORA QUIERO VIVIR - ¿Qué planes de futuro tienes?-me dijo una voz femenina, sacándome de mis pensamientos. -¿Futuro? Supongo que sobrevivir. -¿Puedo sobrevivir contigo? Estoy sola, no tengo a nadie. -Ahora no estas sola, y yo tampoco. Charlamos mucho ese día y el siguiente y el siguiente. Era lo único que podíamos hacer. Un día, mientras registraba los cajones de las oficinas por aburrimiento, encontré un folio de colores. Era un mapa de mi región. Observándolo reconocí un punto en especial. Era una zona deshabitada en varios kilómetros a la redonda, excepto los veranos. En esa época mi familia y yo íbamos a una casita bastante humilde que heredó mi madre. Se trataba de una casita pequeña rodeada de manzanos. Se encontraba cerca de un río donde mi hermana y yo solíamos bañarnos desnudos cuando éramos niños. Solíamos ir allí para aislarnos de la gran urbe convertida en necrópolis en la que en ese momento me encontraba. En poco tiempo esta ciudad acabaría con nosotros: la comida caducaba en poco tiempo, los cadáveres se pudrían y pronto surgirían enfermedades y el agua embotellada era limitada. En la casa ,en cambio, no veríamos más cadáveres, podríamos cultivar nuestra propia comida y el río nos proporcionaría el agua. -Vayámonos de aquí-dijo ella. - Asumimos muchos riesgos. Quizá se nos acabe la comida y el agua-debía dejarle claro todos los inconvenientes. -De todas formas pronto moriré aquí ¿no? Quiero intentarlo. -Tardaremos días en llegar andando. -Tenemos tiempo de sobra. -Vayamos pues. Y así fue como un rayo de esperanza iluminó mi vida. Me sentía como un ciego que vuelve a ver tras muchos años de oscuridad. Mi mísera existencia había encontrado su rumbo, tras días de soledad y de pensamientos impíos. Tendremos mucho que hacer y padecer para llegar a nuestro destino. Ella y yo: los últimos… En mi cabeza resuenan unos versos que aprendí hace tiempo: “Si emprendes el viaje hacia Ítaca, pide que sea largo el camino, lleno de aventuras, lleno de experiencias…”


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