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  ficcion > OvnisGabriel

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se publicó en la web el 22 de Enero del 2003

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  Categoría: ficcion > Ovnis
  Titulo:

Nací como cualquier otro niño, viviendo en la ignorancia de todaaquella realidad. Pero lo cierto es que hacía tiempo que había comenzado a sospechar. Mi familia, padres, y demás, no eran más que monstruos con apariencia humana que ocultaban su horrible aspecto negro y viscosodetrás de aquellas estúpidas máscaras. Sus palabras hipócritas ydesconcertantes nunca consiguieron engañarme. Yo sin embargo les seguía el juego,fingiendo no enterarme de nada, y lo cierto es que nunca me cayeron bien. Me los imaginaba allí, reunidos, y aprovechando mi ausencia, descubrían su verdadero aspecto riéndose a carcajadas. Traté de espiarles enmúltiples ocasiones, pero lo cierto es que nunca llegué a descubrir como eran en realidad. Me bastaba con observar aquella mirada brillante ymalintencionada y su sonrisa, incapaz de ver con mis propios ojos, pero que escondíandetrás aquellas estúpidas máscaras. Poco a poco fui dándome cuenta de la situación. El conserje delcolegio, movía su manojo de llaves de manera nerviosa y estridente. Su mirada penetrante le delataba. Siempre supe que era una de ellos, desde elprimer instante en que le vi. Hablaban entre ellos, nunca supe que planes podían tener para mí y losdemás y así, con esa agonía y sentimiento, fui pasando aquellos primeros añosde mi vida. Tal vez se me pueda acusar de desconfiado, pero es que jamás pudieron engañarme. Estudié, como pude, crecía descubriendo cada vez más número de ellos.Estaban esparcidos por toda la población, mezclándose entre la gentecomo si tal cosa, nadie parecía sospechar, excepto yo.Pasó el tiempo. El número de aquellos se agrandaba por momentos y acabésospechando de casi todo el mundo. Era difícil fiarse de la gente. Me hubiera gustado tener un método práctico para delatarles. Siempreobservaba a la gente antes de hablar con ella. No podía confiar en nadie y muchomenos contarles mi secreto. Mi imaginación infantil me llevó a pensar primeramente que no eran másque alienígenas controladores de la civilización y que querían colonizar latierra. Lo cierto es que el número de ellos parecía incrementarse demanera alarmante hasta el punto de que llegué a dudar de casi todas laspersonas que me rodeaban. Toda mi obsesión me llevó a continuar por el camino de las ciencias, intentando encontrar algún remedio a aquello que me perturbaba y de loque estaba totalmente convencido. Pensé que aquel masivo incremento en su especie podría tener uncarácter contagioso, transformante. No descartaba ninguna de las posibilidades,y mientras mi cabeza se llenaba de más y más temores, me dediqué encuerpo y alma a encontrar una explicación científica al problema aprovechandolas instalaciones de aquella base científica donde trabajaba. Mi obsesióncrecía y crecía por momentos. Cada vez me parecía descubrir más sospechosos,todos estaban siendo cómplices de mí y llegué hasta el punto de no quererningún contacto con personas ajenas por miedo a que pudieran estar infectadas. Me aterraba pensar convertirme en uno de ellos, lo que me llevó incluso a desechar todo medicamento que me suministraban, aquellos médicoshipócritas. Tal vez tuvieron conocimiento de mi sospecha y ahora querían acabarconmigo. Caí enfermo, pero me negué a que me ingresaran. No quería que metocaran con sus apestosas manos, e incluso me obligaron a la fuerza. No permitíningún tipo de transfusión de sangre, y llegaron a encerrarme, incluso con el consentimiento de algunos amigos míos. Paranoias, decían. Todo aquelloa lo que tanto tiempo temí, no eran más que simples consecuencias de milocura. ¡Pobres ignorantes!, no se imaginaban el peligro que corrían y nunca mecreerían si trataba de explicárselo. Asi que allí me encontraba yo, atado por ambos brazos por una camisa defuerza que me retenía mientras sudores fríos brotaban por mi cuerpo porel miedo a lo que me iban a practicar. Terapias, inyecciones, absurdas palabras falaces que no podíanconvencerme de mi más profundo presentimiento. Aquel hospital, en aquella habitación, aterrado de lo que me pudierapasar. Quizás había llegado el momento. Me iban a practicar una metamorfosispara convertirme en uno de ellos, no podía imaginarme las macabrasintenciones de aquellos sujetos tan horrorosamente detestables que se hacían pasar porhumanos. Gritaba de agonía, lloraba de impotencia y sufrimiento. Escupía las pastillas que me diagnosticaban y con un tremendo esfuerzo de voluntad,salté de la cama y estrellé mi cuerpo contra los cristales de laventana. Y con estos, que quedaron rotos y afilados conseguí nada menos que rasgarmi camisa de fuerza, y con sumo cuidado comencé mi escapada. Tenía queintentar mi último gran plan. Había utilizado las instalaciones de la baseespacial en la que trabajaba y clandestinamente saboteado los programas parapreparar la huida del planeta en una de las naves. Años de trabajo. Mi últimaopción por salvarme a mí y a los demás. Así que les llamé. Solo a unoscuantos, los que tenía la absoluta certeza de su personalidad, y con una buenaexcusa les cité a todos en aquel centro en donde yo trabajaba para la NASA.Eran conscientes de mis aparentes problemas mentales, por lo que lesalertó mi repentina llamada y acudieron en gran medida a la cita. Tampoco lanave estaba prevista para muchos más. La había diseñado yo mismo, teníatodos los recursos suficientes para aquella furtiva escapada, pero no albergaba capacidad para más de cincuenta personas. Seguí, con mis mentiras, de buena fe, por supuesto, tratando deacercarles a aquella base de lanzamiento. Muchos me preguntaron por mi degradante aspecto, mis vendas ensangrentadas, pero qué importaba eso ahora, erade noche allí pero los guardas no tardarían en perseguirnos.No me quedaba más remedio que contárselo. Cuál era mi propósito aunque estaba seguro que lo echaría todo a perder. Prometí explicarlo todo finalmente dentro de la sala espacial. Y dentro, en uno de los extremosestaba el ascensor, que nos acercaría a la plataforma de lanzamiento,donde poder coger la nave y escapar. Abrí la puerta con mi código secreto de acceso pero de pronto todas lasluces de seguridad empezaron a brillar con una parpadeante luz roja yun estridente sonido de alarma lo invadía todo por completo. La puerta se abrió pero todos aquellos amigos, humanos al fin y alcabo, no quisieron dar un paso más sin que yo les diera de una vez por todas unaexplicación. Me sentía hundido, había hecho todo lo que estaba en mi mano pero ya nopodía levantarme el ánimo entre aquel ambiente caótico, de luces ysonidos que no tardaría en delatarnos. Miraba al suelo, apesadumbrado, buscandola manera de explicárselo sin que me tomaran por loco definitivamente,pero justo cuando levanté la mirada e intenté decir unas palabras, todosaquellos que me rodeaban mirándome extrañados corrían frenéticos al interior dela sala de operaciones con múltiples gritos y aspavientos. -¡DETENEOS!- gritó una poderosa voz que se aproximaba junto con otrosseres vestidos de agentes. ¡Eran ellos! ¡Por fin pude contemplar por primera vez todo aquel temorque había condicionado mi vida y mi existencia! Unos horribles monstruos de color oscuro y viscoso con extrañasextremidades en la cara vestidos de guardianes me apuntaban ahora con una de susarmas. Rápidamente me introduje y mandé que sellaran la puerta. No tardaríanen venir refuerzos y yo tenía que darme toda la prisa del mundo. Instalémi programa secreto. Esperaba de disfrutar del suficiente tiempo parateclear los parámetros de la aeronave estacionada a escasos metros nuestros yque yo intentaba sabotear con el propósito de salvar a todos aquellos humanos. Estaba tan nervioso que me temblaban las manos a la hora de escribir. Sin duda habían llegado refuerzos. Desde el otro extremo de la puerta,los apestosos gendarmes transformados trataban de derruir la puerta, por loque ordené que ascendieran en el ascensor para acceder definitivamente a lanave. Los humanos que aún trataban de sostener la metálica puerta para que noentraran no podrían aguantar mucho más. Yo solo necesitaba unossegundos. Estaba a punto de acabar, mandé que dejaran la puerta y que ascendieranal ascensor y reunirse con los demás para introducirse en la nave que se propulsionaria manualmente desde mi control remoto. ACCEPTED escribía definitivamente el ordenador. -PREPARED TO TAKEOFF Una luz roja se iluminaba ahora en mi mando a distancia. Esperé elascensor, pero justo cuando lo cogía aquella especie de mutantes babosos habían entrado en la sala y disparaban a diestro y siniestro mientras se mecerraba la puerta. Tendría que darme toda la prisa del mundo si quería que me diese tiempoa llegar. Los tenía detrás y dudaba de que pudiera llegar a tiempo,mientras, todos los demás me esperaban ya metidos dentro del cohete. Una vez subida la distancia de esos veinte metros, había un largopasillo recto que conducía directamente hasta la compuerta de la nave dondetodos me esperaban. No estaba en las mejores condiciones físicas para correr, todo vendadoy lleno de sangre, pero no había tiempo para pensar en eso, solo teníaque llegar, correr por todo aquel pasillo de más de sesenta metros yapretar el botón. Llegar a tiempo... Los falsos gendarmes ya habían subido al pasillo y comenzaba lapersecución. --¡GABRIEL ERWEN! ¡NO LO HAGAS! Mientras, los gritos de aquel no dejaban de sonar: «¡GABRIEL, GABRIEL!»,una y otra vez. A duras podría llegar a tiempo. Aquellos habían desenfundadosu arma y estaban dispuestos a dispararme si seguía avanzando, perodetenerme en aquel momento era algo que ni se me pasaba por la cabeza. Avancécuanto pude, uno de los disparos me alcanzó la pierna. «Solo unos metros más», pensé... Acabé tropezando. --¡Gabriel! --me gritaban desde ambos bandos. El control remoto había caído por el suelo y me di cuenta de que nunca llegaría a tiempo. Lo había echado todo a perder. Miró a todas esascaras de preocupación mirando desde la compuerta sin poder hacer nada, y mearrastré, con un gran esfuerzo hasta el mando a distancia y apretar el iluminadobotón con mi puño enrabietado. Con un poco de suerte y astucia podrían encontrar un lugar, ysobrevivir. La raza humana jamás podría agradecérme bastante lo que había hechopor ella. --¡GABRIEL! Querría haber podido salvar a todos aquellos humanos que aún quedaranen la tierra, pero él sabía que había hecho todo lo posible por su especie. --¡¡¡GABRIEL!!! De pronto, la enorme potencia de la explosión hizo temblar a toda la instalación. El cohete se elevaba ahora tras sus espaldas. Aquella voz enfervorizada se hacía más potente por momentos y a pesarde estar débilmente distorsionada, logré reconocer al sujeto. Era micomandante jefe, de la unidad de investigación espacial, del que siempre había sospechado, pero esta vez con su verdadero aspecto. Aquellos monstruos parecidos a mutantes avanzaban hacia él mientrasaquella voz se enfurecía cada vez más. «¡GABRIEL!,¡GABRIEL¡» Aquellos entes extraterrestres se abalanzaban ahora sobre mí,rodeándome, mostrando con entereza todo su asqueroso esplendor. De su cuerpoviscoso, desprendían líquido por todo el cuerpo mientras yo solo podía gritar deespanto. --¡Dios mío! ¡Iban a ponerme las manos encima! Y a medida que se abalanzaban sobre mí con sus dedos digitales yaquellas bocas redondas y viscosas, los gritos del comandante, así como sucólera aumentaban a cada paso que daba para aproximarse hacia mí. --¡¡GABRIEL!! --¡Alejaos! --gritaba yo una y otra vez--. ¡No se os ocurra ponerme las manos encima! Y en medio de todo aquel caos, y el rodeo formado en torno mío aparecióla deforme figura del comandante. «¡GABRIEL...!» Y agarrándome fuertemente del cabello, trató de arrancármelo de untirón, y con él, noté como toda la piel se despegaba de mi cara y se convertíaen pellejo en las anfibias manos del comandante. Y mirando mi propioreflejo en la chapa metálica que tenía detrás, me observé, sentado y asombradocomo estaba, de mi verdadero nuevo aspecto, mi rostro semilíquido yhumeante, con mi nueva triple visión de ojos que colgaban graciosamente de unaspequeñas extremidades salidas de mi frente.


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