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  ficcion > FuturistasFragiles doncellas

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se publicó en la web el 11 de Octubre del 2007

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  Categoría: ficcion > Futuristas
  Titulo:

La compuerta comenzó a abrirse con esa lentitud propia de los objetos pesados y conforme lo hacía, fue desapareciendo tras sus contornos, hasta dejar una abertura circular. En el umbral emergió una figura femenina vestida sólo con una bata tan delgada, que podían apreciarse sus atributos a trasluz. Sus cabellos eran largos y caían desparramados sobre sus hombros desnudos. Parecía ser una de las muchas concubinas de ese palacete dedicado al cuidado personal y la relajación, muy frecuentado por clientes de alcurnia, la elite de este lado de la galaxia. Entre ellos se contaba al senador Mustrakiar, un nativo de kiaarakia y como todos los de su raza, su aspecto no resultaba muy agradable a la vista; tampoco lo era el olor que despedía. La mujer ingresó con un andar calmo, como si fuese una novia camino al altar y al hacerlo, la compuerta se cerró a sus espaldas. Había poca luz en ese espacio abovedado, sólo algunos haces iluminaban la estancia, aunque con demasiada timidez. –Al fin llegas humana –la saludó Mustrakiar. Sus cinco ojos formaban un delta en su cabeza, cubierta de filosas protuberancias. Se asemejaba a un cangrejo–, eres hermosa ¿cómo te llamas? –le preguntó en ese incomprensible dialecto de los kiaarakios. Ella se valía de un traductor que llevaba colgado en su cuello y este resultó ser su único accesorio decorativo. –Tersia –respondió, acercándose a la figura del senador, quien tenía la mitad de su cuerpo sumergido en el agua. –Dicen que las humanas son grandes amantes –señaló y Tersia sonrió con picardía. –¿Me está proponiendo algo excelencia? –al decir esto, ella desabrochó su bata dejándola caer al suelo. Ahora su único atavío era ese bikini negro que parecía demasiado pequeño para contener sus exuberantes atributos. El kiaarakio dilató el globo ocular de su ojo mayor, para aumentar la imagen de la mujer y admirar su silueta en toda su magnificencia. Su cuerpo parecía esculpido a mano, perfectamente proporcionado y que reflejaba una curiosa mezcla entre delicadeza y vitalidad. La vio entrar al agua portando una escobilla de baño y esencias perfumadas. Sus pechos se mecían voluptuosos con cada paso que daba. –Eres toda una diosa –exclamó deslumbrado por las sinuosas formas femeninas–, ahora entiendo por qué las de tu especie son tan cotizadas en el mercado de esclavas. –¿Debo tomar eso como un cumplido? –su voz adquirió un tono muy sensual. –Es el mercado más poderoso en esta parte de la galaxia. Sé de muchos traficantes que pagarían mucho por ti. –Creí que ese era un negocio ilegal, excelencia. Suena deslucido escuchar a un senador hablar de el con tanto conocimiento de causa –la ironía de sus palabras fue captada de inmediato por el kiaarakio. –Para ser una simple concubina eres muy perspicaz. –Descuide usted que yo sólo me ocupo de su relajación y nada más –acompañó sus palabras de suaves caricias al exoesqueleto del senador. La textura áspera de su piel no fue del agrado de la muchacha–, debe ser estresante la vida en el senado –agregó retirando su mano. –La política es un oficio complejo. –E imagino que también es lucrativo ¿no? Los ojos de Mustrakiar escrutaron a la humana. Su tenaza acarició la cabellera azabache de la concubina, que parecía una frágil muñeca en comparación a la talla robusta del senador. –Ojalá tuviera receptores cutáneos para poder percibir la suavidad de tu piel, bella concubina. –Pero excelencia, mi cuerpo no está dentro de los servicios que ofrecemos en este respetable recinto. El otro emitió unos extraños siseos que ella interpretó como una risotada. –Yo soy un personaje ilustre y pago bien por todo servicio prestado –recalcó el senador, mientras deslizaba su tenaza por las caderas de Tersia–, tengo buenos contactos. Además me caracterizo por mi buen tacto para los negocios, no serán muy limpios, pero son muy rentables. Podría conseguirte trabajo con gente muy influyente. –¿Y se puede saber cual sería mi ocupación? –Bueno, darle un mejor uso a ese cuerpo tuyo; por ejemplo. –Quizás su excelencia se ha confundido, pues mi oficio es el de masajista no el de prostituta. Además, qué dirá su esposa si supiera en lo que usted se ocupa. –Querrás decir mis esposas, porque tengo cinco, pero que importa su opinión, ellas son como todas las hembras de kiaarakia, sumisas y delicadas. Se someten a la potestad de sus maridos. Mi dulces primores son fieles y enamoradas –Tersia esbozó una sonrisa al oír las palabras del senador–. Pero, no hablemos de ellas, eres tú la que me importa en este momento. Dime ¿aceptas mi oferta? –Senador, yo también tengo contactos influyentes y poseo un oficio muy bien remunerado –la muchacha se acercó al talante fétido del kiaarakio–, no crea que soporto su hedor sólo por “amor al arte” –todo ocurrió demasiado rápido para que Mustrakiar lograra reaccionar a tiempo, no supo de donde sacó esa pistola hipodérmica. Con una habilidad que parecía innata en ella, la hundió en esa única y diminuta zona desprovista de coraza. Ella conocía muy bien la anatomía de estos seres–. Es veneno de un Mukara, rápido y letal, tu muerte no será agradable. –¡Eres una maldita asesina! –gruñó el agonizante senador– ¿quién te contrato? –le gritó sintiendo que sus músculos se contraían y la energía vital se le agotaba con demasiada rapidez. –Lo siento, no puedo revelar la identidad de mis clientes –un dolor insoportable le provocó espasmos al senador. Cayó de costado entre convulsiones y salpicando agua por doquier, maldijo a la humana en todas las formas que los de su raza conocían. El agonizante Mustrakiar intentó atacar a la mujer, pero fue inútil y cayó violentamente para no volver a pararse. No pasó mucho rato para que las puertas volvieran a abrirse, permitiendo el paso a cinco hembras de Kiaarakia que se pararon en el borde de la alberca –“Cinco musas dulces e indefensas…”, así las llamó el senador, ¡pobre! si supiera que fueron ustedes las responsables de su muerte –exclamó con sarcasmo. –Te equivocas humana, tú hiciste el trabajo –recalcó una de las esposas del senador–, no por nada te has ganado la reputación que tienes como asesina profesional. Cierto es que vales lo que cobras por tus servicios –Tersia sólo respondió con una sonrisa cínica. –Desafortunadamente, en el mundo de los negocios no todo es tan limpio como uno quisiera –esta curiosa reflexión hecha por otra de las hembras de kiaarakia, puso en alerta a la humana. Súbitamente, ellas cerraron filas en torno a la asesina y alzaron sus tenazas en actitud amenazante. A pesar de que eran menos robustas que las de Mustrakiar, no dejaban de ser peligrosas. Además, eran cinco contra una y sus tallas dejaban en desventaja a la muchacha–. Lo sentimos Tersia, no es nada personal, pero la recompensa por tu captura era demasiado tentadora como para ignorarla y de paso nos deshacemos de una testigo muy peligrosa para nuestros propósitos. –¿Propósitos? –repitió la humana notoriamente confundida–, ¿de qué están hablando?, creí que el objetivo era matar al senador, porque estaban hastiadas de sus maltratos, por eso me contrataron ¿no es así?. –Al principio sí, pero hace ya bastante tiempo que sospechábamos de los sucios oficios de nuestro esposo y sabíamos que él chantajeaba a los dos líderes del mercado de esclavas: Harakiar y Kravenik y así se ganó su odio. Bueno, hicimos un trato con ellos, nosotros lo quitábamos del camino y a cambio recibíamos un pequeño porcentaje del negocio ¿qué te parece? Tersia las escuchaba atentamente y en su rostro se notaba lo aturdida que la dejó esta revelación. –Estoy impresionada, veo que lo tenían todo muy bien planeado. No son tan inocentes como creía el senador después de todo. –Así es, ahora tendremos que eliminarte –Tersia retrocedió un par de pasos. –Asesinarme no se vería bien en damas tan respetables como ustedes, no será muy convincente ¿no lo creen? –su sarcasmo no surtió el efecto esperado. –Te sorprendimos in fraganti tras haber asesinado a nuestro esposo, la ira se apoderó de nosotras y no pudimos evitar cortarte en rebanadas. Será muy convincente ya lo verás. –Suena perfecto –señaló Tersia acorralada ahora contra el cuerpo del senador, la espigadas púas de su caparazón comenzaban a herirla–, salvo por un pequeño detalle –las kiaarakias detuvieron su avance. –¿Qué quieres decir?, ¡habla de una vez! –gruñó la que oficiaba de líder. –Bueno, que Tersia fue condenada a la cámara de desintegración y de ella sólo quedan millones de ínfimas partículas que flotan inertes en el espacio –en eso, las puertas se abrieron y un contingente policial ingresó a la sala encañonando a las kiaarakias. Ellas depusieron su actitud sorprendidas por esta inusitada maniobra. –¿Quién eres tú entonces? –la increpó otra de las viudas. –Mi nombre es Ursula y soy una caza recompensas, yo fui quien capturó a Tersia y me contrataron también para desenmascarar al corrupto senador, pero descubrir las intrigas ilegales de sus frágiles esposas y obtener los nombres de los altos líderes del mercado de esclavas; fue un bono extra. –¡Pero tú lo asesinaste! –le gritaron. –No, sólo está bajo los efectos de una droga que le inyecté, despertará muy adolorido eso si y muy enrabiado también cuando sepa lo que trataron de hacer. Díganme ¿qué harán tan frágiles doncellas como ustedes en la cárcel?, donde estarán además esos contrabandistas a los que han delatado. No es un futuro muy auspicioso. Veremos si son tan convincentes como creen serlo.


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