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  fantasia > EpicaExtracto de "Udantia"

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se publicó en la web el 03 de Julio del 2008

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  Categoría: fantasia > Epica
  Titulo:

Un extracto de una historia de fantasía épica que he estado escribiendo: *************************************************** Miré a Milios, que se había puesto a buscar algo con mucha prisa y seguí gritando en busca de alguien vivo. Fue entonces cuando sonó, más atronador que la multitud de truenos que nos rodeaba, un gran cuerno de batalla. A su sonido, se unieron otros tantos, más débiles. Rápidamente, me giré para mirar a Milios y me tropecé con otro cuerpo. Era Mixu, uno de mis mejores amigos de expedición. Ensartado con su propia espada. El miedo y el agotamiento dieron paso a la rabia. Milios, que había encontrado su morral, tiró de mi brazo. -Vámonos –dijo-. -¿Qué mas da ya? – Repliqué – Podemos quedarnos y machacar a todos los que podamos. El oráculo me dijo que cuando me fallara el tercer ojo, sería la perdición del mundo. Ya no tenemos nada que perder. -Vámonos, ¡ya oíste a Udocos! – me gritó, tirando de mí. Algo se movió a mi derecha. Sin apenas pensarlo, desenvainé mi espada y extendí el brazo, girándolo hacia atrás. La espada se quedó a dos centímetros del cuello de Erian, el sacerdote. -Soy yo – gimoteó débilmente. Tenía un corte en el abdomen y un golpe en la cabeza pero, por lo general, estaba en mejores condiciones que yo mismo. -Estuve al lado de El Grande en todo momento, hasta que ellos fueron a por él, me empujaron a un lado y me golpeé la cabeza. Antes de perder el sentido vi cómo le golpeaban, ni con su poder pudo repeler a esas bestias. -Está escrito – continuó, con la mirada perdida-, Morel lo predijo en un escrito que pasó a formar parte de las profecías de Udantia: -“Primero, el tercero fallará y los demonios matarán al que fue inmortal; mortal en busca de la oscuridad. Una luz al cielo ascenderá, alumbrará al cegado, y éste sólo se quedará”. -Y el siguiente pasaje: “El oscuro mortal, el hueco libre ocupará. Su mundo será oscuridad, en su reino nunca más habrá paz” Con esa última palabra cayó de rodillas al lado del cuerpo de Udocos y lloró. Lloró por todo lo que había ocurrido, que no era poco. Un dios encarnado en humano acababa de morir. Milios se impacientó y tiró del sacerdote. -¡Arriba! – le gritó-. En estos años he visto muchas cosas en las que no creía. Pero, si podemos hacer algo para poder cambiar esa profecía, tenemos que salir de aquí, y rápido. El sonido de los cuernos de batalla era cada vez más cercano. El sacerdote recogió el medallón sagrado de Udocos y se incorporó. Milios se puso a correr hacia el norte. Le seguimos como pudimos. -¡Corred! – Gritó, mirando hacia atrás- Tenemos que llegar a las murallas de Luanta y rezar para encontrar en sus habitantes nuestros aliados. Sabía a qué se refería, a los luanteños no les gustaban los calandios. No habían tenido ninguna alianza, históricamente. El emperador Arístico quiso, haría unos quinientos años, invadir Luanta. Y, desde entonces, las disputas entre ambos fueron demasiado frecuentes. Luanta era un condado pequeño, en comparación con Calandia. Pero, al estar rodeada de otros países e imperios más grandes, habían intentado invadirla a lo largo de su historia, de modo que estaba casi totalmente amurallada. Poseía uno de los mejores ejércitos, auténticos soldados de élite. Su forma de lucha era famosa en todo el continente, pues buscaba más la aptitud que la fuerza. De los árboles de Axantú, una especie rarísima que sólo existía dentro de sus fronteras, sacaban la madera de los mejores arcos. Y del fruto de esos árboles, sacaban la fibra con la que fabricaban el cordaje de sus arcos y ballestas. Como resultado de esto, sus proyectiles llegaban más lejos y con mayor precisión que ningún otro. A lo largo del tiempo, y con las mejores en las lentes, se incorporaron a ballestas y arcos, mirillas para ver a lo lejos, ganando aún más precisión. Había siempre una numerosa patrulla en las murallas y los arqueros que descansaban lo hacían siempre cerca de ésta. Se comentaba que tenían un preparado tamizado de infusión de romaxa que los despejaba en segundos, para ocupar su puesto, en caso de alarma. Y fue en ese mismo momento cuando sonaron las trompetas, al norte. Pensé y deseé que fuera el sonido de la alarma luanteña… y que nos ayudasen. Continué corriendo detrás del sacerdote, ayudándole. Se tropezaba cada dos pasos y empezaba a impacientarme. -Nos cogerán – gemía-. De nada vale correr, ni el Grande ha podido con ellos. A lo lejos pude ver el final de las nubes y la oscuridad, aunque el sol ya se había escondido y empezaba a anochecer. Y, elevándose, distinguí una gran muralla, cuyos límites se perdían en el horizonte. Nos adentramos en un bosque abrasado, fantasmal. Si se me hizo difícil, anteriormente, avanzar con el sacerdote, esto se podía convertir en algo imposible. Los troncos de los árboles, totalmente negros, parecían estar esperándonos para retenernos, con sus arañazos, pinchazos y pellizcos. -¡Alto! – el grito de una poderosa voz nos llegó del norte. El sacerdote y yo nos quedamos petrificados. Vi a Milios que se fundía entre las sombras del bosque, echando mano al morral. -Si me entendéis – volvió a gritar la misma voz-, ¡contestadme! -¡Te entendemos! – grité yo. -Avanzad rápido, entonces – contestó. Le hicimos caso, avanzando todo lo rápido que pudimos. Pero Milios había desaparecido. Antes de salir del bosque ya vimos el grupo de soldados del que debió salir la voz que nos había hablado. -Decidle a vuestro compañero que salga con vosotros - dijo la misma voz, antes de que saliésemos del bosque muerto-, le apuntan con sus arcos tres de nuestros hombres. Y si cree que erraremos, será porque no conoce en nada a los luanteños. -Milios, ven con nosotros – grité. -Ya estoy aquí – salió de detrás de un grupo de tres árboles, guardando uno de sus explosivos en el morral. Salimos los tres del bosque hacia los luanteños, con rapidez. Erian estaba totalmente exhausto, con los dos golpes de la lucha anterior y repleto de arañazos de las ramas de los árboles del bosque quemado. Vi al grupo que nos esperaba, de unos veinte integrantes. Destacaba el corpulento oficial que los lideraba. Y destacaba, aún más, su enorme caballo, un semental de un color negro acentuado por la oscuridad de la tormenta y con unos ojos que refulgían. Estaba protegido por una armadura, pero sus poderosas patas, descubiertas, tenían visibles cicatrices. -Górex, mi compañero –bajó la vista, refiriéndose a su caballo-, aceptará que el sacerdote monte junto a mí. Yo soy Albanto, capitán de las Espadas Sur de Luanta, no tenemos tiempo para más presentaciones ¡Rápido, sube! – le instó a Erian. ***************************************************** Si alguien quiere, la continuo.


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