criticas (886)
    Criticas de Cine (145)
    Deportivas (37)
    Duras (222)
    Generales (252)
    Juegos (27)
    Literatura (50)
    Musica (76)
    TV y Famosos (77)
   eroticos (3048)
    Anales (115)
    Desvirgaciones (403)
    Dominación (116)
    Fantasías Eroticas (210)
    Gays (497)
    Hetero (787)
    Lesbianas (161)
    Lluvia dorada (28)
    Orgías (164)
    Otros (332)
    Sadomaso (35)
    Transexuales (57)
    Voyerismo (67)
    Zoofilia (76)
   fantasia (2148)
    Epica (233)
    Fantasia General (543)
    Poesia (424)
    Rol (182)
    Romantica (766)
   ficcion (1044)
    Ciencia Ficción (192)
    Futuristas (102)
    Narrativa Libre (660)
    Ovnis (27)
    Snuff (67)
   humor (1088)
    Asi soy yo.... (60)
    Bromas (28)
    Chistes (398)
    Citas y Frases (42)
    Fabulas (45)
    Hechos Reales (186)
    Parodias (197)
    Piropos (67)
    Sexuales (65)
   terror (2722)
    Asesinos en serie (160)
    Espiritismo (124)
    Hechos reales (724)
    Pesadillas (256)
    Teorias (69)
    Terror General (790)
    vampiros (599)
 
 Top 5
    Como escapados de un ..
    Solo se ...que me sie..
    Las cosas que nunca t..
    De repente oscuridad
    Valiente Guerrero, Mo..
 
Recomendamos
Relatos Cortos, la mayor web de relatos te trae relatos de terror, eroticos, humor, ficcion, fantasia y criticas.
     

  fantasia > Fantasia GeneralExhausto

------------------------------------------------------------------------------------
 
se publicó en la web el 24 de Junio del 2008

Desde entonces este relato ha sido leido 1,562 veces desde que apareció en www.relatoscortos.com, y ha recibido 14 votos.

Los visitantes han dejado escritos 1 comentarios

------------------------------------------------------------------------------------
  Categoría: fantasia > Fantasia General
  Titulo:

Los lugares que describo en el pequeño relato no existen… José, un buen amigo mío llevaba un par de semanas “pachucho”. Era raro, pues siempre le he conocido rebosante de energía. Pocas veces le he visto cogerse un simple resfriado. Además, siempre fue un gran deportista: profesor de educación física del colegio local de Antanares, nuestro pueblo de Cuenca. El caso es que José, de 29 años, se sentía cada vez más agotado. Vivía con su novia en una casa en la periferia del pueblo, rozando el bosque al que llamamos “del Aldeano”. Yo creo que nunca había ido al médico hasta ese día en que se sentía con tan pocas fuerzas que se decidió someterse a un reconocimiento en Cuenca. Le acompañé a las pruebas, preocupado al ver a mi amigo pálido, con los ojos rojos y marcadas ojeras. Fuimos en mi coche y se durmió instantáneamente. Era de las cosas que más me sorprendían, en los últimos días no parecía capaz de permanecer despierto. Y él insistía en que dormía como un tronco por la noche, eso era lo extraño. El médico dijo que las pruebas eran normales. Posiblemente tenía algún trastorno de sueño, incluso sonambulismo, pero su novia me había dicho que si se hubiera levantado, lo habría notado, pues siempre había tenido un sueño ligero. Así que el médico le recetó un somnífero, para que descansara. Nos dijo que los resultados de los análisis arrojarían respuestas más claras sobre la dolencia de José, que era posible que padeciera algún tipo de anemia. En nuestro pueblo cada vez quedaban menos jóvenes, la gente solía irse en busca de trabajo a cualquier provincia, la mayoría a Madrid, por su cercanía. Por eso, sin ser un pueblo pequeño del todo, la población se iba reduciendo, dado el alto número de ancianos y la migración de los jóvenes. Además, en los últimos meses, muchos ancianos nos iban dejando. Era raro el día en el que no tañeran las campanas con el monótono ritmo de defunción en la Iglesia. Una semana después mandaron los resultados de los análisis. Según las pruebas, todos los niveles reflejaban que José estaba en perfecto estado de salud. Dejé a mi amigo en su casa, de vuelta otra vez de Cuenca,tras recoger los resultados y se me acercó el hijo pequeño del panadero, Pablo. Era un chiquillo de unos siete años risueño, muy simpático, de cara colorada, “pelo pincho” y orejas de soplillo. La viva imagen de su padre, Ernesto. Vivían justo enfrente de José. - Hola Félix – me dijo el chico. ¿Está malo José? - No, Pablito. Sólo está cansado y el médico dice que está como un toro. - Me da miedo José, Félix. Le he visto hacer cosas raras. - ¿A qué te refieres? - No se lo he dicho a nadie, pero he visto a José bajar volando desde su habitación hasta el suelo, por la noche. Y después se fue al bosque. Me dieron mucho miedo sus ojos, Félix…. Brillaban y eran blancos. No sé si me vio, pero sueño con él todas las noches. -Bueno, Pablito. No sería más que otra pesadilla eso que me cuentas. -¡No Félix! ¡Es verdad, lo vi! -Venga, Pablo. Tengo que marcharme. Tengo trabajo, saluda a tu padre. Me fui a mi casa, donde trabajaba de programador en una empresa que había impulsado el teletrabajo. Era cierto que tenía trabajo atrasado: en estas últimas semanas, la preocupación por mi amigo no me dejaba concentrarme en mis obligaciones. Al menos pude picar algo de código. Me fui a dormir pensando en las palabras de Pablito. No sé por qué, pero no podía quitármelas de la cabeza. Y eso que estaba convencido que era fruto de la imaginación de un niño de ocho años. Seguro que había visto alguna película de vampiros o similar, recuerdo cómo me marcaban a mí a esa edad. Así que me dormí. Y soñé, soñé con esqueletos de caballos que trotaban por el bosque, llevando a sus putrefactos jinetes encima y seguían ¡a mi amigo José! Portaban velas, candelabros. Desprendían olor a incienso. Vestían capas con capucha que no dejaban ver sus caras, pero las dos esferas que debían ser sus ojos relucían desde el interior. José tenía los ojos blancos, brillaban como dos pequeñas linternas y sujetaba una cruz de un metro de largo. Salieron del bosque y se dirigieron a la casa de Eugenio, el carnicero. Vi cómo mi amigo se caía y se volvía a levantar, con un buen arañazo en la rodilla, pero sin gestos de dolor. La macabra procesión comenzó a cantar, cada vez más alto y de forma más aguda. Insoportable para mis oídos, me desperté. Salté, literalmente, de la cama, con el corazón desbocado, sin poder creer que las palabras de un niño hubieran provocado tal pesadilla. Volví a la cama y me volví a dormir, sin más sobresaltos, hasta la mañana. Me encontré con José al ir a comprar el pan, como casi todas las mañanas. Comenzaron a repiquetear las campanas de la Iglesia, algo normal estos últimos días. - Hola José. ¿Cómo te encuentras esta mañana? - Pues no muy bien, Félix. Y, para colmo, debí darme un golpe en la rodilla con la mesilla. Me he despertado casi cojo. Una coincidencia, pensé, sólo eso. Dos viejecillas se saludaron de acera a acera. - ¿Sabes por quién tocan? – le gritó una a la otra, refiriéndose a las campanas. La otra viejecilla negó con la cabeza-. Pues es por Arnaldo, el padre de Eugenio. - Perdone – le dije a la viejecilla, con curiosidad-. ¿Qué Eugenio? - El carnicero… Me quedé en blanco, sin palabras. No puede ser, no puede ser, no puede ser….


------------------------------------------------------------------------------------
Vota este relato
0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

------------------------------------------------------------------------------------
Comentarios



Busca relatos



InicioAgregar a favoritosPoner como página de inicio
siguenos en feedsiguenos en facebook.comsiguenos en twitter.com


¡Tu también nos puedes enviar tus propios relatos!
[Enviar relato]








Web desarrollada con Iwcms.com
Impresiones Web, SL. C/ San Bernardo, 123, 7ª Planta;28015, Madrid (España).Tlf: +34 911 61 01 13 E-Mail : info@impresionesweb.com
Inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, Tomo 19602, Folio 112, Sección 8ª, Hoja M-344480, con CIF B-83844787.