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  fantasia > Fantasia GeneralEl fauno

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se publicó en la web el 19 de Mayo del 2010

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  Categoría: fantasia > Fantasia General
  Titulo:

De cara al Mar Adriático en la provincia albanesa de Dürres, inmerso en la maleza y las tinieblas de las sombras de pino negro y otros árboles autóctonos, se encontraba él. Olfateando a placer el aroma de las flores silvestres que crecían en derredor y oteando las aguas cristalinas que tarde o temprano darían con sus moléculas de bruces en el mar. De tanto en tanto saltaba alegre y jovial, admirando las mariposas que revoloteaban inocentes entre las ramas de algún roble viejo o un haya reverdecida por el musgo. Recibía cada día en un risueño despertar que se aletargaba y se mezclaba con su onírico deseo de encontrar alguna ninfa descuidada a la cual seducir por aquellos parajes boscosos cercanos al prado, ebrios del perfume húmedo y salino que provenía de las frías aguas adriáticas. Rotf, que más que un nombre era un ladrido, era el modo en que le llamaban aquellos que le conocían. Un fauno, descendiente de los sátiros de la antigua Grecia y los silvanos que abundaban en Macedonia. Con un carácter menos lascivo que los primeros y más benevolente que los segundos, Rotf se procuraba cuidar de las ovejas que en rebaño solían acudir a pastar donde el prado se mezcla con los primeros matojos del bosque. En Albania aún se le consideraba una existencia real y las leyendas acerca de su casi extinta raza eran meras anécdotas familiares para este dicharachero ser mitad hombre, mitad macho cabrío. Algunos podrían haberle incluso confundido con aquel que apodaran el maligno por miedo a decir su nombre, pero Rotf no tenía ni por asomo la maldad que a este ser de los infiernos se confería. No obstante, la herencia genética que a través de los siglos llevaba arrastrando el fauno, se hacía patente cada vez que sus fosas nasales se abrían desmesuradamente al percibir el olor de una criatura femenina, ya fuera de los bosques, de los ríos, de los mares e incluso de las ciudades. Su debilidad por el sexo femenino era pronunciada hasta el punto de quedar prácticamente en un estado hipnótico al suponerse cerca de cualquier hembra.

      Rotf no era precisamente un galán, pero no podía quejarse de los atributos que se le concedieran. Torso esbelto al descubierto, duro como roca y delicado a un tiempo, orejas puntiagudas que realzaban sus avellanados ojos, enroscados cuernos semiocultos por una creciente melena, patas de cabra recubiertas de un sedoso pelo negro azulado y un bonito rabo del que gustaba presumir eran los rasgos más característicos de este ser. Se sentía bello, dichoso y presto para amilanar con sus versos a cualquier dama que osase cruzarse en su camino. En tanto, seguía con su juego, danzando, cantando, acariciando las pieles del bosque, agachándose para hundir su nariz entre los pétalos de las más hermosas flores.

      El primer rocío de la mañana le atrajo, embelesado se mantuvo inmóvil viendo las gotas suicidarse de sus hojas corvadas durante largos minutos. Una voz le privó de su estado y absorto aguzó el oído. Su atención dirigida se volvió unos pasos a su derecha, cerca de donde comenzaba el prado y escondida en el murmullo de las aguas del río encontró una canción. Se regaló el oído y se relamió el labio superior, era una señal inequívoca de la presencia de una ninfa. Particularmente Rotf prefería a las hadas, por su carácter variable, a veces enfurruñadas otras complacientes, pero su abanico de apetencias en este campo era tan extenso como la mata de pelo que le recubría el cuerpo de cintura para abajo. Se meció en las notas de la melodía hasta llegar a la ribera. Allí estaba ella, con su pelo azulado y su piel verdina, con su sexo emanando efluvios de frescura acuática y dulzura potable. No fue advertida su presencia de inmediato, o tal vez sí, las ninfas son muy dadas al juego erótico y al ver un fauno acercarse no se puede esperar otra cosa de ellos que no sea un encuentro carnal súbito. Así, el fauno acercándose y la ninfa contoneándose mientras cantaba mojando sus piececitos junto al río, se hallaban ambos seres divertidos. Lo que a priori le pareciera a Rotf una posibilidad de asalto sexual a la inesperada, se convirtió en un juego cargado de erotismo y sensualidad del que ninguno quería deshacerse. La ninfa aprovechó la cercanía del fauno a sus espaldas para proferirle un tentador movimiento que dejaba todo su sexo a la vista mientras se agachaba sin flexionar las piernas y recogía una planta acuática que resbalaba por las aguas en dirección al mar. Rotf entonces sufrió una repentina erección a la que no pudo poner más remedio que el de ocultarla en el mohoso sexo de la ninfa. Agradecidos ambos por este casual encuentro, dieron rienda suelta a su pasión y en el orgasmo que se les llevara el pensamiento, la ninfa se zambulló en las aguas con sus piernas aún goteando de placer. El fauno satisfecho y aplacado entonces se agachó para beber un poco del agua que con su perfume la fémina manchara, paladeando el sabor de un día bien comenzado se dirigió raudo a la tarea que por esas horas de Sol en busca del cenit le traía siempre ocupado. El rebaño aún pacía con calma, sosegado, regalando balidos eventuales que formaban murmullo entre el tintineo de alguna de las campanas que llevaban al cuello los animales. El pastor permanecía con la boina ladeada haciendo sombra sobre la cara, adormecido por la calidez que el Sol le transmitía con sus rayos, con el cayado bajo sus manos, firme trípode ante su sopor.

      Rotf cogió una ramita, se sentó en uno de los brazos de un roble y la mordisqueó sonriente. La mujer del pastor salió a su paso y le besó con ternura por la espalda, le dijo algo y un silbido brotó de los labios del hombre. Obedientes, las ovejas se volvieron hacia él y emprendieron el camino de regreso a casa, a tan sólo unos metros del prado. El humo de la chimenea se alzaba hacia el cielo desde el tejado rojizo y la pareja se dirigió al hogar. Al dar unos pasos se detuvieron, se miraron y volvieron el rostro hacia donde estaba el fauno, el pastor se quitó la boina y saludó con confianza. Rotf sorprendido advirtió entonces que su presencia no pasaba desapercibida, inclinó la cabeza de modo reverencial y se sonrió para sus adentros. Su abuelo ya le había comentado en alguna ocasión cuando aún vivía: Si un humano se recrea en el silencio de los bosques puede oírnos entre el crujir de las ramas y si es capaz de fijarse bien incluso podría llegar a vernos. Se descolgó de la rama y clavó sus pezuñas firmes contra el suelo. Su abuelo también le había dicho que en Albania aún creen en ellos y les respetan, el cordial saludo que le dedicara el pastor daba buena fe de tal conjetura. Feliz, Rotf decidió acabar la jornada sobre un lecho de aromáticos arbustos, viendo venir la temprana oscuridad invernal, silbando alegres tonadillas mientras las estrellas aparecían para darle las buenas noches.
 


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