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  eroticos > VoyerismoEl engaño

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se publicó en la web el 01 de Agosto del 2006

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  Categoría: eroticos > Voyerismo
  Titulo:

Se cruzó con ella en uno de los pasillos de hipermercado. Sus ojos le llamaron la atención, pero ya antes le había dado un feroz repaso siguiendo sus redondeces. Luego, volvió a verla en la frutería al lado de los melocotones e imaginó su piel desnuda buscando con desesperación sus caricias. Él se entretuvo eligiendo unas peras con la vana ilusión de conseguir una simple mirada, aunque se preguntaba si sus pezones sabrían tan dulces como ellas. Imaginaba todo esto sin esperar siquiera cómo iban a discurrir las cosas. Al mismo tiempo que con una firmeza no esperada en una mano tan frágil y delicada le agarraba el paquete, tapando la acción con la bolsa de la compra, con un susurro de voz insinuante le dijo “ Si el plátano está maduro no me importaría probarlo”. Fueron dos segundos, casi nada, pero de esta nada brotó una erección loca que tuvo que ocultar metiendo la mano en el bolsillo. La excitación y el deseo le empujaron a seguir su perfume. Los cinco sentidos puestos al servicio de imaginar todo su cuerpo desnudo. Los contoneos le volvían loco y le impedían pensar con claridad. En ningún momento se le cruzó por la mente la idea de que aquel cuerpo no estaba hecho para él. Había oído perfectamente su insinuación. Dentro de nada estaría trotando sobre su grupa, viendo como su polla le penetraba hasta las entrañas y oyendo su respiración entrecortada pidiéndole más y más. Sus sonrisas eran el señuelo, la invitación a buscarle. Andaba cada vez más rápido lo que provocaba el sube-baja de sus peritas. Salió del hipermercado casi corriendo y se dirigió a una arboleda próxima donde había aparcado un todoterreno con una parte trasera amplia, hecha casi a la medida para este tipo de expansiones. Y se metió dentro dirigiéndole la última sonrisa mordiéndose la lengua. Él se paró un poco para recuperar el aliento. Sus ojos no miraban más que lo que se traslucía tras los cristales semiopacos. La blusa fue arrojada a los asientos delanteros. Entonces vio sus pechos y la boca se le hizo agua. Dentro de nada los lamería con ansiedad contenida. Luego se sacó los pantalones y las braguitas y las piernas quedaron izadas en uve. Imaginó sus labios rojos sedientos de besos y los labios del sexo húmedos esperando ser acariciados, besados, lamidos, hollados. Se acercó decidido preguntándose por qué el coche sufría leves sacudidas. Entonces se dio de que había sido un simple elemento de un juego en el que él sólo iba a servir de espectador. Eso es lo que buscaba “la buscota” ,la “puttana”... (así le estuvo llamando un buen rato). Intentó abrir la puerta gritárselo a la cara pero la puerta no cedía y la expresión cada vez más encendida de su cara era lo que ella quería. Las sacudidas del coche se fueron intensificando. Vio otra polla roja y venosa entrando sin tregua en los labios rojos. Oyó cómo ella le pedía más y cómo le miraba con la obsesiva intención de aumentar su deseo. Antes de que el traqueteo del coche parara tuvo que ver (algo había que le retenía a pesar de sentirse ridículo) como otro le daba la vuelta sin compasión y, después de hacerse sitio con el dedo, le clavaba la verga por el ano dilatado. Oyó nuevos gritos, jadeos, insultos. Se escuchó a si mismo frases tan obscenas que jamás pensó podría pronunciar. Sintió como su sufrimiento iba a más, que ya no podía soportarlo y cuando las primeras lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. Justo entonces, se despertó sudoroso, con la mirada perdida reflejada en el espejo de la cómoda. Los ojos vidriosos, la expresión triste, pero una erección tan dura, tanto que bastó un par de roces en el glande para que su esperma se derramase sin control. Ya no pudo dormir. Los pensamientos volaban. No recordaba cuando fue la última que rezó, pero en esos momentos se atrevió a hacerlo y pidió sólo una cosa: sentir como acababa de hacerlo. Sentir, sólo sentir.


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