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  terror > Terror GeneralEl cuadro

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se publicó en la web el 17 de Diciembre del 2008

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  Categoría: terror > Terror General
  Titulo:

Andrés era un chiquillo de ocho años, delgaducho pero rebosante de energía, con un flequillo que caía como una cortina encima de las cejas, de pelo oscuro, casi negro. Alto para su edad e introvertido, basaba su vida fuera de la escuela en su imaginación. Se inventaba muchas historias en sus horas muertas en las que se convertía en héroe salvador de hermosas damas, en un poderoso guerrero con una espada encantada, en un agente secreto con decenas de chismes tecnológicos, incluso en el único superviviente de un ataque extraterrestre. Su mente bullía con su interminable imaginación. Los padres de Andrés se llevaban constantes desencantos con su hijo. En el día de Reyes le regalaban un coche teledirigido, el barco pirata de Playmóbil o un Mecano... y su hijo se ponía a jugar con las cáscaras de unas nueces, transformándolas en feroces tortugas mutantes. Lo mejor para Andrés venía en verano. Llevaba tres años pasándolos con sus tíos en una mansión de tres plantas y algún que otro kilómetro cuadrado. Era un foco para su imaginación, ahí transformaba cada habitación en un microcosmos. En el mes que pasaba, desde mediados de Julio a mediados de Agosto, exploraba cada vez más zonas del antiguo edificio. Las escaleras eran cascadas de un mundo mágico; las lámparas de araña eran estrellas del universo que recorría con su nave espacial, con la compañía de su inseparable androide; las mesas eran la fortaleza del malvado general que iba a acabar con el mundo... todo lo transformaba. Y sus tíos, a los cuáles la naturaleza les negó tener hijos, disfrutaban del muchacho que corría sin parar por la casa. Andrés sólo había visitado las dos primeras plantas del edificio, pues la superior la tenían de trastero y no le dejaban subir. Así que, con el paso de los días y el comportamiento típico de un niño al que le prohíben algo, la planta alta se convirtió en su objetivo. Soñaba con millones de maravillosos cachivaches con los que jugar. Hasta que un día sus tíos se tuvieron que marchar y le dejaron con su abuela al cuidado. Sabía que a su abuela, una anciana de ochenta y cinco ocho años, viendo el culebrón de la tarde, le comenzaba a pesar la cabeza cada vez más, hasta no poderla sujetar y caer dormida. Siempre le hacía gracia fijarse en la lucha de la anciana con el peso de la cabeza y de los párpados, a los que también parecía que se les habían colgado un par de pesas. Pero ese día se quedó mirándola fijamente, nervioso e impaciente. Los diez minutos que la anciana tardó en dormirse se le hicieron eternos. Y, en cuanto cayó dormida, salió disparado hacia la segunda planta. Iba a trepar hasta la planta alta, sin ningún miedo, puesto que ahora mismo era “El hombre araña”. Lo cierto es que la parte de la fachada donde daba la ventana que había abierto en la segunda planta estaba cubierta de hiedra. Y, al lado de la ventana, había una escalera que llegaba desde el suelo hasta la planta más alta: su tío la utilizaba para podar y arreglar la enorme planta. Así que no le fue difícil encaramarse hacia la ventana de arriba. La ventana estaba entreabierta, su tío la solía dejar casi todo el verano así, para que se aireara. Entonces, Andrés entró. Estaba oscuro, así que descorrió las cortinas. Lo que se encontró no era lo que esperaba, esperaba miles de utensilios brillantes, piedras preciosas, juguetes antiguos... pero ahí sólo había trastos llenos de polvo y telarañas. Pero daba igual, los cacharros podían ser igualmente atractivos. Encontró una funda de espada que ponía “Recuerdo de las Grutas del Águila”. Entonces fue cuando se transformó en el gran pirata Jack Sparrow, luchando contra los muertos vivientes; estocada aquí, finta allá, salto hacia atrás. -¡Jo, jo! – exclamó – Nunca podréis con Jack Sparrow, el capitán de la Perla Negra. ¡Mi espada hará harina de huesos con vosotros! Entonces le pareció ver una sombra por el rabillo del ojo. Se quedó parado un momento, pero rápidamente lo unió a sus juegos. -!No podréis esconderos de mí!, tengo el amuleto de la isla “Un ojo”. Encontraré a todos los muertos que se escondan. -¿De verdad?- la voz resonó, fantasmal, en la habitación. Andrés se volvió a quedar parado, al escucharlo. -¿Hola?- dijo, asustado - ¿Quién ha hablado? Ninguna respuesta. El chico estaba casi petrificado, dejó la funda de la espada con cuidado dentro de una caja. -¿Tía Elisa? - la voz le había recordado a la de su tía-. Por favor, me estás asustando. -¿Y qué te hace pensar que no es lo que quiero? - La misma voz resonó al final de la sala, con un sorprendente eco, que hacía parecer que la habitación estaba vacía. Andrés perdió el equilibrio cuando retrocedió de un salto y cayó sentado, encima de una caja. Al fondo relucía algo. Fijó la vista y lo vio con más atención; tanta atención que su visión, para su horror, se acercó más y más, como el zoom de una cámara, a la fuente de la luz. Era un cuadro y, para Andrés, parecía muy macabro. En el cuadro se veía a una mujer, vestida de época, con la luna a su espalda y traje oscuro, bordado de oro. Pero lo que más llamaba la atención era su rostro, con una mueca en la boca de repugnancia, una larga cicatriz en el cuello y los ojos vendados con una cinta dorada, de la que parecía rezumar sangre. No pudo apartar la vista, hasta que la mueca de la cara cambió, tornándose en una sonrisa irónica. De repente, la habitación se quedó más a oscuras, ya que se corrieron las cortinas que hacía un rato había movido. El chico, movido por el instinto, se levantó de un salto y se dirigió corriendo a la ventana. Estaba encajada, ¡no se abría!. Luchó con el picaporte y lo golpeó con el primer objeto que encontró. Seguía sin abrirse. Toda la habitación se empezó a iluminar, pero Andrés no quería mirar hacia el cuadro, no podía, aterrorizado con lo que se podía encontrar... Desesperado, golpeó las cortinas que tapaban los cristales de la ventana con el primer objeto de metal que encontró. Nada ocurrió. La voz de la mujer del cuadro volvió a retumbar. -¿De verdad crees que puedes escapar de mí?. Las cortinas se volvieron a descorrer solas y la ventana se abrió. Andrés saltó hacia la escalera por la que había subido a la tercera planta, pero puso demasiado impulso y cayó... Notó que se rompía una pierna y que se hacía mucho daño en la espalda, y gracias a que las flores y el césped del jardín habían amortiguado el golpe. Se quedó inmóvil, el dolor punzante le llegó de todas las partes de su cuerpo. La mujer del cuadro apareció a su lado, sin la venda de los ojos y sin ojos. Las cuencas estaban vacías y goteaban sangre oscura, casi negra. -La maldición de mi cuadro dice que todos los descendientes de mi hermano deberán tener en posesión el cuadro, porque si se deshacen de él, yo volveré. Curioso el error de tus tíos: dejar el cuadro en ese trastero, abandonado, ha tenido el mismo resultado que si lo hubieran tirado a la basura. El horror y el dolor hicieron que el chico perdiera el sentido. Y soñó con la vida de la mujer del cuadro, el odio de su padre, los sacrificios de brujería, baños de sangre y la tortura a la que le había sometido su propio hermano ...


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